Parque México (Cal y Arena, 2019) es la exploración de un combatiente por montañas, cárceles, oficinas gubernamentales y pozos petroleros; es el viaje a los orígenes de Saúl López de la Torre (Suchiate, Chiapas, 1950), al Soconusco exuberante y a la pérdida de la magia; es el recuerdo de su abuelo Faustino y de su corazón renovado en una operación maratónica, y es, sobre todo, el testimonio de un escritor insurgente resuelto a mantenerse firme en el combate cotidiano.

No hay que confundirse, Saúl no es el escritor vagabundo del mítico Parque México de La Condesa; Saúl es el escritor guerrero, guerrillero, que encuentra en la realidad insultante el pretexto para convertirse en pólvora, en complot, en contrapoder, en recuerdos y motivos de insurgencia.

Si bien relata sus trabajos como mandadero, bolero, jardinero, redactor de cartas, mecanógrafo en una LC Smith, líder estudiantil, gestor cultural, funcionario, petrolero, su vocación es la de combatiente perpetuo.

Parque México es así, el compendio de sus guerras secretas y públicas; esas que lo llevaron a formarse en Corea del Norte; a unirse a Lucio Cabañas, a caer prisionero ante la Brigada Blanca y de ahí a la legendaria cárcel de Lecumberri y a estrenar el Reclusorio Norte y luego a Santa Martha Acatitla: “cuatro años en ese mundo de barrotes, bardas, marxismo, literatura”.

En este libro de crónicas, de ensayo y de memoria reunida, pasa lista a su tropa leal. Su cómplice mayor: su madre Esther, discreta en la insurgencia y solidaria en la cárcel; quien se viste de protesta para reclamar la aparición de su hijo Joel —también poeta, también insurgente, desaparecido por el Ejército—, y a sus 80 años estudia la primaria y presenta exámenes con nerviosismo infantil en una escuela para adultos. Raquel, su esposa, y sus hijos, René y Saúl, le sirven de asidero a este mundo para no desbocarse en guerras inútiles e infinitas.

Parque México es un también un ajuste de cuentas con su padre, con los funcionarios corruptos, con los pésimos guerrilleros y con uno que otro presidente de la República. De su padre, diestro ejecutante en marimba de Las bodas de Luis Alonso, lo condena por desobligado, parrandero, borracho y por romper una cazuela de mole con conejo para la prole hambrienta.

Saúl es un guerrillero en constante velación de armas. Cuando su corazón lo traiciona, se prepara para el combate con ensaladas de berro, nueces, pan integral y frutas.

Después de la cirugía a corazón abierto y la emboscada de una infección, que está a punto de empujarlo al paredón, afila su cuerpo en el campo de entrenamiento del Parque México, con dos horas de ejercicio furioso, para que su corazón palpite por más de dos décadas.

Pemex es su cuartel abarrotado. Se decepciona: solo en el centro administrativo revolotean ocho mil empleados; “de éstos, mil desempeñan una labor productiva, cuatro mil estorban a los que sí trabajan y el resto sabotea cualquier iniciativa”. Para barrer un pasillo, dice, se requieren docenas de brazos, y otro ejército igual de numeroso para regar macetas, cambiar focos o abrir puertas.

En Pemex emprende los combates por la eficiencia y por el desarrollo integral de comunidades petroleras. Pero el presidente no quiere a un guerrillero al mando de la gerencia social; pide que deserte, y Saúl se va a emprender otras guerras; “¡no se agüite!”, le dice como despedida un compañero; ‘¡a usted le va a ir a toda madre! En la universidad de la vida aprendí que a un chingón cualquier culito le pela el chile’”.

Su próxima batalla es con la terquedad de las palabras por ser domadas. Se dedica cuatro, seis, hasta doce horas, a esculpir frases, a construir párrafos, a armar el libro todo. De ahí surge La casa de bambú, la novela que lo convenció de que era un guerrero definitivo de la pluma, y Parque México, ahora, que lo retorna a lo que siempre ha sido: escritor combatiente.

Desde su catalejo insurgente explora a los habitantes insomnes del Parque México: a José Pascual, exasesor político encumbrado, hoy fantasma que predica contra el materialismo; a Sebastián, el presidente municipal que tenía votos, pero no dinero ni pandilleros, y esos se los proporcionaron los verdaderos dueños de las plazas de Tabasco; al comandante Remigio, combatiente imbatible de la Condesa y anexas; al Gordo, derrotado en la guerra de corazones con la Flaca; a Macario, lechero, ingeniero petrolero y rehén liberado con 60 mil pesos; a colibríes, a vagabundos, a jubilados y a anarquistas expulsados del mundo uniformador. Ahí, entre ellos es poeta, soldado y miembro de un complot onírico para ensartarle una bala al “espurio” presidente.

Ese ejército invisible del Parque México, que se alimenta con discusiones, con lecturas marxistas y anarquistas, planea el golpe letal al poder presidencial y globalizador, total para sus milicianos no hay límite alguno. Hay ironía, hay humor. La sacralidad y la seriedad quedan olvidadas.

Por las letras, de Saúl López de la Torre —“armas cargadas de futuro expansivo”, como diría Celaya—, hay mucho Andric, mucho García Márquez, Canetti, Grossman, Neruda, Hemingway y, por supuesto, Revueltas, comandantes tutelares de las letras latinoamericanas.

Saúl López de la Torre es el combatiente que ha sobrevivido al hielo, al encierro, a la burocracia y que sigue en la insurgencia sin tregua, en su “terco perdurar”, en ese transitar no solo “para mirar las cosas por venir”, sino para armar la Revolución, esta vez definitiva, para vencer la indolencia, fomentar la tenacidad y el ingenio. Eso es Parque México. Historias de petroleros y vagabundos anarquistas.

 

• López de la Torre, Saúl (2019). Parque México. Historias de petroleros y vagabundos anarquistas. Ciudad de México, México: Ediciones Cal y Arena.

 

Sarelly Martínez