El siguiente cuento pertenece a Hematoma, el más reciente libro de Yael Weiss (Ciudad de México, 1977), publicado por Elefanta. Entre la intimidad y el mundo exterior, la resignación y la esperanza, en los entresijos de la cordura y la razón, los personajes de este libro están en combustión, a punto de saltar de la página. Por su capacidad de intriga y su arquitectura original a varias voces, “Prueba de oído” nos confronta a lo abyecto, no sin hundirnos en un humor negro tan necesario como omnipresente.


En las salas del hospital, los desquiciados dejan pasar el día, ninguno brinca ni corre ni se aferra a los barandales gritando que lo matan. Es un sábado tranquilo de inicio de primavera, sin sobresaltos ni urgencias. Las ambulancias descansan en el porche con las luces apagadas. Algunos familiares esperan en los sillones de la recepción y más lejos un niño juega con los botones del elevador: no hay un alma que lo regañe.

Una estudiante de medicina cruza la planta baja a la carrera, pero se inmoviliza ante las exageraciones de las jacarandas detrás de los cristales. Nunca ha visto tanta explosión de color sobre las ramas negras y torcidas. Algunos pacientes deambulan por el patio y pisan sin fijarse las florecitas moradas, las adhieren al suelo. La estudiante suspira y retoma su camino, abre la puerta de las escaleras y desciende un nivel hacia los archivos, determinada a desenmascarar al doctor González.

Los flujos primaverales se han colado hasta este recinto subterráneo y animan al muchacho oligofrénico que atiende los sábados: se le ve feliz y de su boca escurre un poco de baba. Es más alto que los otros mongoles que ayudan en la cafetería. Mientras recibe la grabadora y la caja con las cintas del doctor González, la estudiante observa con repulsión las palmas lisas del chico: lo diagnostica mentalmente como un potencial violador de niñas. Se refugia con su cargamento lo más lejos posible, en el cubículo más apartado. Aun cuando las estaciones son poco aparentes cerca del trópico, dentro de las mentes más frágiles llegan a ser muy violentas. Al inicio de su pasantía en el hospital psiquiátrico del doctor González, ella no era paranoica. Ahora siente que los ojos del Doc están en todas partes.

La estudiante introduce el casete número G45 en el reproductor. Se ajusta los audífonos y aprieta Play para ubicarse en la cinta. Escucha los ruidos de silla, las órdenes que ladra algún guardia, el rechinido de los zapatos, una puerta que se cierra, unos cuerpos que se instalan. La G45 es una grabación de los años ochenta en un hospital militar de provincia. La voz del Doc es más joven, más chillona. Con el índice colocado sobre el botón Rewind, el medio sobre el Play/Stop y el anular sobre el Fast forward, la estudiante inicia su juego de piano de tres teclas. Tras un primer avance rápido escucha otra voz de hombre: “… bien en su féretro, la cara muy entera, apenas se percibía un moretón bajo el ojo…”. Usa el índice para regresar un poco y luego con el medio aprieta otra vez Play. Ahora es la voz del doctor: “Necesito que nos traigan agua”. Opera otro mini acorde de medio, anular y medio, y ahora sí, agarra justo el inicio:

Doctor, fueron muchas las mujeres muertas, más de las que un hombre puede aguantar en su corazón. Primero nos mataron a Mariana Montes… Se lo cuento para que me entienda la psicología. Todo empezó mucho antes, se fue preparando, digo, a la Montes yo la tenía en el lugar más alto de mi estima. Ella siempre me pasaba la tarea en la escuela y eso no se olvida nunca. ¿Cómo la iba a asesinar su mismo novio? A la chica más suave del mundo, ¿así con tres balazos en la panza? No se vale, digo, el velorio fue en casa de su familia. La Mariana Montes se veía muy bien en su féretro, la cara muy entera, apenas se le veía un moretón bajo el ojo. La maquillaron mucho, le pintaron los labios de rosa bombón. Daban ganas de besarla. Le digo porque usted tiene que ver cómo fueron las cosas exactamente, cómo se nos acumuló el dolor. El mismo Pepe… Perdón pero ¿ya le hizo la evaluación a Pepe Costeño?

La estudiante no sabe si el doctor asiente o niega con la cabeza. Lo que sí sabe es que sus ojos pequeños y húmedos están fijos en el hombre que habla, y que ella, del otro lado de la grabación, no logra representarse.

Se lo pregunto para no repetir, digo, pues esa vez de Mariana Montes, Pepe se trajo al trío de cuerdas de la cantina y estuvimos hasta el amanecer en honor a la muerta. Ahí mismo en su casa. Así fue, digo, luego se nos murió Monserrat Pineda, solo dos meses después. Apareció ahogada en el río Támesis, en Londres. Monse era la héroe de su familia porque se había ido a estudiar al extranjero. A ella la velamos en una caja cerrada. No podía dejar de pensar en el estado de su cuerpo después de tanto tiempo en el agua y luego del viaje en avión. Ella era muy bajita y muy pechugona, yo solo podía imaginarme sus tetas blancas despellejadas. Lo peor era que no podíamos comprobar si el cuerpo de Monse estaba de verdad dentro de esa caja. Todavía me brinca el corazón cuando veo una mujer de espaldas que se parece a ella. ¿Qué tal que está viva y nadie sabe? ¿Qué tal que nos engañaron?

El doctor interrumpe con un asunto de micrófono mal puesto. La estudiante conoce esta técnica, González se la enseña a sus alumnos y la aplica a sus enfermos. Les corta el discurso, les hace creer que no se grabó una parte, los desgasta, los hace repetirse. Le gusta jugar con la psique. La estudiante aprovecha la interrupción para anotar cinco palabras en su cuaderno: labios, rosa, bombón, tetas, despellejos. Cuando el doctor pregunta si también consumieron alcohol durante el velorio de Monserrat Pineda, el interrogado se va por la tangente y responde que quiere fumar, por favor. Aun con la mala calidad del viejo registro, la estudiante oye, o siente que oye, el chirrido de la cajita metálica al abrirse, adivina que el doctor ofrece sus pastillas, esas mentas tan fuertes que a ella le cierran la garganta.

El doctor interrumpe con un asunto de micrófono mal puesto. La estudiante conoce esta técnica, González se la enseña a sus alumnos y la aplica a sus enfermos. Les corta el discurso, les hace creer que no se grabó una parte, los desgasta, los hace repetirse. Le gusta jugar con la psique. La estudiante aprovecha la interrupción para anotar cinco palabras en su cuaderno: labios, rosa, bombón, tetas, despellejos. Cuando el doctor pregunta si también consumieron alcohol durante el velorio de Monserrat Pineda, el interrogado se va por la tangente y responde que quiere fumar, por favor. Aun con la mala calidad del viejo registro, la estudiante oye, o siente que oye, el chirrido de la cajita metálica al abrirse, adivina que el doctor ofrece sus pastillas, esas mentas tan fuertes que a ella le cierran la garganta.

Sí, también bebimos la vez de Monse. Era muy deprimente, o sea: ¿por qué se morían así tan jóvenes las amigas? Digo, qué tal que nos moríamos nosotros también y era una maldición. Ni a los treinta íbamos a llegar. Y en eso pasa lo de Ale. O sea, entiéndanme, Ale, con su paro cardíaco fue la tercera muerta en tan solo seis meses. Además Ale era una deportista, ¿cómo le iba a fallar así su corazón?

El dedo medio pone Stop. La estudiante apunta: corazón. También dibuja un corazón. Toma un lápiz de color verde y lo rellena con cuidado, sin rebasar sus límites. Está pensando en las jugarretas del doctor de noventa años que aún aterroriza a sus alumnos. Por ejemplo, la vez que los puso a trabajar en un falso caso de Alzheimer: agarró un enfermo de otra cosa porque no tenía ningún caso real a disposición en la clínica. Nadie se dio cuenta de la trampa y los reprobó a todos por estúpidos.

Salvo a la compañera de pechos prominentes, porque no asistió ese día. Ese doctor que sabe desnudar con una sola mirada, que la paraliza con sólo posar su mano de venas saltonas sobre su hombro o antebrazo, ese doctor es la mayor eminencia del país. Hay que aguantarse con tal de obtener su firma sagrada en el diploma. Con la serie G10-G65 sustentó su teoría del vandalismo erótico, ahora en todos los libros de texto de primer año de universidad. Pero ella va a demostrar que el doctor hizo trampa. Con su lápiz verde, la estudiante refuerza los contornos del corazón. Opera un breve Fast forward seguido del Play. Dice la voz.

A Ale también la conocíamos desde la escuela, Ale era muy amiga y todos nos acostamos con ella. Pero nunca le perdimos el respeto porque lo hacía con buena onda, para enseñarnos, digo. Ale tenía amigos más grandes, de otras prepas, y con todo nunca nos despreció a nosotros. Conseguía drogas psicodélicas y a nosotros nos las regalaba porque no teníamos varo. Pero las vendía también. La última vez que la vi fue en diciembre en una de las posadas de la colonia. Me dijo que ahora el deporte era su droga. Que jugaba tenis con una falda blanca. Digo, la falda nada más la imaginamos porque nunca la vimos en esa parte de su vida. Nosotros siempre fuimos unos huevones. Mírenme a mí lo flaco que estoy, doy hambre…

Sí. El velorio de Ale fue en casa de su mamá. Aparte de la banda llegaron unos desconocidos en pants que acomodaban todo sin parar y ponían agua en los floreros. Yo creo eran los del tenis, ¿no? Yo digo. Nosotros estábamos. Éramos la banda de siempre, los mismos que habíamos velado a Mariana y a Monse. La banda lloraba menos, como que les valía, pero yo al revés. Digo, se me llenaron de lágrimas los ojos porque se me acumulaba la tristeza. Me daba impotencia. Un tío de Monse se jaló con una garrafa de 30 litros de mezcal. Ale estaba tranquila en el ataúd, preciosa con su corona de flores. Casi no la maquillaron y la verdad es que se veía medio viva por tan natural. Y comenzamos a beber…

La estudiante tensa los hombros una fracción de segundo antes de la siguiente interrupción del doctor. Ya se sabe el guión de memoria. Aquí es donde advirtió, desde la primera escucha, un titubeo en su voz de sabio, algo de perturbación pero también, despuntando, desnudándose, la maldad. Ahora la percibe perfectamente, esa maldad, en las clases de los lunes, en las rondas colectivas entre las camas de los enfermos y en los encerrones privados con él. Le provoca calofríos el jadeo doctoral en la nuca y el aliento mentolado con que profiere palabras lujuriosas cerca de sus oídos. En el registro, la interrupción de González versa una vez más sobre el alcohol. Pareciera, al oído desprevenido, que el Doc se aferra a ese dato duro como a un salvavidas. Pero la estudiante sospecha que sólo quiere administrar el tiempo, frenar una declaración que acelera hacia el punto de interés, como si él, González, lo conociera de antemano y quisiera paladearlo más lento. El acusado, un excelente actor que domina su juego, lo niega con naturalidad: “No doctor, el mezcal no me produce efectos alucinatorios”, y luego improvisa una serie de detalles inútiles sobre su familia cristiana y las prohibiciones de toda una vida. La estudiante resiste a la tentación de poner Fast forward, sabe que la historia está a punto de resurgir pura, de un trecho hasta el final, tres, dos, uno:

Nos dan como las 4 y estamos muy muy pedos. Quedábamos solo Charli, Pepe y yo. No queríamos dejar sola a la difunta en su primer día, así que nos seguimos. La mamá se había ido a dormir temprano con sus tranquilizantes. Al tío que trajo la garrafa hubo que subirlo todo vomitado a un taxi; después todos se fueron y nos dejaron solos a nosotros con el ataúd. Ahora hay gente que dice que no estábamos solos, que por la casa había más gente, derrumbada, como Berenice, pero a ella nosotros nunca la vimos. Ni a nadie.

Puta madre el susto que nos pusimos. De veras que la impresión aún no se me quita. Esa mano de Ale aplastada contra el vidrio del ataúd nos puso el peor de los espantos. Casi me cago. Fue el momento más cabrón de mi vida. A todos se nos bajó la peda a los talones, digo, ya había escuchado de los muertos falsos enterrados por error, pero pensé que el último caso había sido antes de la modernidad. Y con eso de que Ale se veía tan… pues sí… eso, tan viva… hasta alguien había dicho que en una de ésas despertaba. El susto, bueno, pues no lo puedo describir. Ni la euforia que vino después.

Nos asomamos meados de miedo. Sobre el vidrio había vaho y, a través del vaho, la cara de Ale con los ojos bien abiertos y una expresión de qué pedo. Aunque estaba tranquila, como tratando de recordar qué hacía ahí. Nosotros nos pusimos a gritar como locos. Hasta que Pepe exigió que nos calmáramos, que había que rescatar a Ale. Nos costó mucho trabajo la calma, mi corazón iba a toda velocidad, pensé que me iba a dar un paro a mí. Me fui al patio para tomar aire mientras Pepe empezaba a desatornillar el vidrio con su navaja. Me puse a rezar y me di cuenta que había un par de estrellas en el cielo. Luego volví para ayudar a Pepe. Charli no hacía nada, estaba como menso, nada más viendo. Cuando destapamos el féretro, sentimos mucho más calma. Le dimos besitos a Ale en la frente como a una niña que está por irse a dormir. Ella sonreía sin decir nada, pero nosotros empezamos a gritar ¡¡¡¡¡Ale estás viva!!!!! ¡¡Ale!! ¡¡Viva!! Hasta que ella nos calló con un dedo sobre sus labios. Haga de cuenta que de pronto nos calmábamos y luego venía otra vez la euforia por oleadas.

“Échenme una mano”, nos dijo Ale. Tenía la voz muy ronca, digo, cavernosa. La ayudamos a sentarse en el ataúd. Andaba sin fuerzas. Exigió un tequila y se lo tomó a sorbitos ahí sentada. También le trajimos unos tamales y se comió dos. Luego otro tequila. Parecía que nunca hubiera muerto y que estábamos agarrando la peda como siempre, como antes. La sacamos del ataúd. “Vamos a despertar a tus papás”, le dije entonces. “No, esperen”, respondió. Y nunca los despertamos. Ale decía que mejor al día siguiente, que ahora quería festejar con nosotros. “Vámonos de antro”, dijo, y le ayudamos a caminar hasta la calle. Dice Berenice que nos vio cargarla: no es verdad. O sea, ella nos abrazaba por la nuca y arrastraba un poco los pies, pero caminaba con fuerza propia.

Nos subimos al coche de Pepe y arrancamos en busca de un after. Ale empezó a gritar “¡Viva México, cabrones!”, y cosas así. En el asiento trasero empezó besar a Charli con una pasión inesperada. Y Charli feliz porque nadie lo pelaba nunca. Paramos por unos tacos, porque a Ale le dio hambre otra vez. Estaba hecha una fiera. Casi se acaba la salsa del local, y de la enchilada que se estaba metiendo, sudaba y decía que el chile era lo mejor del mundo. Luego pidió una cerveza y opinó que la cerveza fría era lo mejor del mundo también. Quería que le contáramos todos los detalles desde su accidente pero no nos escuchaba. Sus ojos miraban para todas partes, se veía muy excitada. Al final dijo que no importaba, que mañana le contáramos, que ahora había que divertirse. Nos volvimos a subir al coche y Ale exigió que me fuera atrás con ella y con Charli. Nos fuimos besando y fajando como locos, o como desesperados, no sé, mientras Pepe manejaba; pero paró el coche y dijo que él también quería: acabamos cogiendo los tres. El primero en penetrar a Ale fue Pepe. Estábamos muy excitados. Fue un milagro que no nos viera ninguna patrulla. Después de un rato, recuerdo que limpié el vaho de un pedacito de ventana para mirar hacia fuera y ver dónde estábamos. Abrimos todas las ventanas y arrancamos hacia el after.

Bailamos, fajamos más, bebimos muchísimo. Ale pedía cubas para todos. Como a las 8, dijo que nos fuéramos a un mirador a la salida de la ciudad para ver el amanecer. Veníamos gritando con los brazos fuera de las ventanas y el estéreo a todo volumen. Ale se pasó al frente de un brinco y empezó a chupársela a Pepe mientras manejaba. Charli empezó a vomitar por la ventana de atrás. En eso Pepe pegó un grito y dio el volantazo. Dice que Ale le mordió el pito. Ya ustedes sabrán si es verdad, con el análisis médico. Yo solo recuerdo el ruido del vidrio y un dolor insoportable en el brazo que perdí. Cuando retomé conciencia, Pepe discutía con un policía. Había dos ambulancias. Sobre el asfalto estaba un cuerpo cubierto con una sábana y adiviné que era Ale. Doctor, cuando te toca, te toca. No se puede escapar de la muerte. Así es. Y así fue. Es todo. Ya terminé.

Stop. La estudiante mira su hoja de notas con las cinco palabras y el corazón verde. Termina el dibujo del ahorcado que empezó sin pensarlo, distraída, mientras escuchaba la entrevista con que González pretendía completar su rompecabezas psiquiátrico del vandalismo erótico. El ahorcado en su cuaderno es igualito al del juego en que se halla la palabra cuyas letras están representadas por guiones. Siempre dibuja sin querer el mismo ahorcado cuando escucha esta grabación. Está segura de que la G45 no es un caso real. Ha buscado en los periódicos de hace treinta años y el guión se desvía. ¿Cómo pudo González engañar al gremio por tantos años? Esta noche lo confrontará y González tendrá que ponerle la calificación más alta, incluso una mención honorífica. Aún no piensa en la posibilidad de una nueva jugarreta, de otra máscara bajo la máscara, de un casete detrás del casete. La estudiante no sospecha que el doctor podría estar otra vez jugando con ella. Guarda su cuaderno, se alisa la falda, entrega las cintas, se apura. Necesita tiempo para depilarse, exfoliarse y perfumarse antes de su cita con el Doc.

 

• Yael Weiss, Hematoma, México, Elefanta editores, 2019, 120 p.

 

Yael Weiss
Licenciada y Maestra en Letras Modernas por la Universidad Paris-IV-Sorbonne. Ha publicado Cahier de violence (París: Édition Et what, 2009) y Constelación de poetas francófonas de cinco continentes, Diez siglos, selección, traducción y notas de Verónica Martínez Lira y Y. W. (Espejo de viento-UNAM, 2010). En 2014 realizó Archivo Abierto, la App histórica del Fondo de Cultura Económica (FCE). Es editora digital de la Revista de la Universidad de México y conductora en TV UNAM.

 

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