La novela Los novios de Alessandro Manzoni tiene 29 símiles. Algunos, como el 14, son muy elaborados (Editorial Sopena, 1980, sin crédito al traductor): “El que viendo en un erial criarse una hortaliza, por ejemplo, una col fresca y lozana, quisiese averiguar si la produjo una semilla madurada en el mismo campo u otra llevada por el viento, o que dejó caer un pájaro, por mucho que meditase, jamás llegaría a descubrir la verdad; de la misma manera no podemos nosotros decir si…”. El símil 26 habla de cómo alcanzan a los personajes de la novela “nuevos acontecimientos más generales, más violentos y extremados, que llegaron hasta ellos y afectaron a todos, aun a los más ínfimos, según la escala del mundo, del mismo modo que un vasto y tempestuoso torbellino, arrancando árboles, hundiendo techos, derribando capiteles y dispersando escombros, levanta también los ligeros tallos ocultos entre la hierba, busca las hojas secas en los rincones donde los había aglomerado un viento menos fuerte y las lleva envueltas en sus remolinos”.

La novela ocurre en la Lombardía del siglo XVII. En un momento el canciller de Milán Antonio Ferrer promete “Pan y justicia” a todos los habitantes y cárcel a los “especuladores” y “encarecedores” de la harina de trigo. Entre una multitud que rodea su coche exigiendo oir lo que quieren, dos símiles (el 10 y el 11) de Manzoni preceden a su futuro acto de gobierno: “Las turbas agitábanse y bullían delante, detrás y a los lados del coche, como se agitan las olas en torno de un buque combatido en su marcha por una furiosa tempestad. Más agudo, más discordante, más ensordecedor que el de la tempestad, era el estrépito de aquella muchedumbre. Ferrer, mirando, ya a un lado, ya a otro… trataba de entender algo para acomodar la respuesta a las circunstancias; […] no obstante, de vez en cuando, alguna palabra, hasta alguna que otra frase, llegaba distintamente a su oído, como suele llegarnos el ruido de una explosión más fuerte que las otras entre el fragor de un fuego de artificio […] Y él habló mientras su coche avanzaba a lo largo de la calle: ‘Sí, señores. Habrá pan en abundancia’”. Luego sus decisiones causaron un estúpido y escandaloso desabasto de harina de trigo en Milán. Y ya que en símiles andamos, con este personaje hoy podría ensayarse un símil que empezara: “Como el nefasto Antonio de Ferrer, cuya ‘bienechora’ ineptitud en el gobierno…”.

 

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