I. [Hay rumores, señor, hay malas lenguas, Vallejo, hay maledicencias, César, que dicen que dijeron que los poetas están haciendo mal uso de todo esto, de la estrofa, de los nombres, de la lengua. Que se van de, dicen. Que usted podría ser uno, nos soplaron. Pero nosotros no creemos. Confiamos en usted. Que no va a malgastar lo más público que tenemos: es de todos, nadie se arrogue la felonía de resanarlo, de reestructurar, de replicar in vitro, de remodelar con otras miras. Confiamos en usted. Sabemos que sería incapaz. Que se andará con cuidado. Que no tendremos que enjuiciarlo. Que no va a inventarse coartadas y palabritas, que se va a ir por la línea. Que va a respetar, señor Vallejo. Que no va a romper, ni a quebrar, ni a invertir, ni a ser hermético, porque esos, señor, son delitos de alto grado, y se pagan con la cárcel.]

Ilustración: Daniela Martín del Campo

Trilce (fragmento XVI)

 

II. [Si sufre desde arriba de su nombre, compañero, hágame la caridad y súbame con usted, para sufrir yo también por encima del mío. O hágase pasar por mí. Intercámbiese conmigo. Me viene siguiendo la policía. Me golpea mi marido. Me explota mi patrón. Me odio fuertemente. Soy su vecina. Soy los hijos que no querían tener y nos tuvieron. Soy lo que queda de la especie. Soy la enfermedad que toma posesión de este cuerpo. Soy el bautismo de dolor de todos. Soy la mujer que corrieron de su casa. Soy el niño abusado por su padre. Soy la madre que no dice nada en los maltratos. Soy el pedacito de piel más golpeado de ese cuerpo. Soy la esquina doblada de la existencia. Soy pobre. Soy muerto. Soy pozo. Soy nada. Tengo hambre. Soy el impedido de amar porque no supo lo que era ser amado. Soy el ausente de la vida porque nadie lo llevó de la mano, como era su derecho, a sentarse en el banquete. Ahora limpio porquería de las mesas cuando el bar está cerrado. Ahora me quedo a deshoras. Ahora me avisan y salgo por la puerta más incómoda hacia el callejón que es mi casa. Soy la letrina a donde todos avientan cal viva. Soy la sustancia que repta por los salones a oscuras de este país de decapitados. Soy todos. Tengo nombre. Soy todos y el dolor es mucho. Soy. Sufro. Como usted. Lléveme, arriba, más allá, compañero, más alto, se lo suplico.

Voy a hablar de la esperanza

 

III. [Morirse, aquí nadie se ha muerto. Perdón que lo contradiga. Pero debe usted estar acostumbrado a que nadie nunca le dé la suave, como dicen, la razón gratuita y sin pelea, la nada absoluta para el sueño. César Vallejo: pudo haber hecho muchas cosas con su vida, con sus poemas, con su tiempo. Viajó a otros universos para huir de cosas, como todos, pero, también como todos, las encontró de vuelta en cada ciudad en la que rentó un lugarcito, con que no sea húmedo y el ruido se calle de madrugada, todo bien, yo soy estándar. Huir, nadie huye, más bien se acelera hacia las calles donde habrá uno de encontrarse con el pasado travestido de futuro. Visiones a usted, César Vallejo, venirle con premoniciones, a usted que vio al mismo tiempo este mundo y otro que presentía y se tardaba y nunca llegaba porque era mejor. Pero eso mismo lo volvía ilusión sin cuerpo, noche sin hora de apagar la luz eléctrica, sin correa de dónde asirlo, sin costumbres de encontrarse temprano y salir a caminar para saludar a sus hermanos y hermanas, hombres y mujeres. Profecías, ninguna, que bien sabemos todos cómo termina la fiesta. Con todo y como sea, ninguno se arredraba, así y de esas ninguno se rajaba, se alabeaba, se zurcía a la hora en que los menos puestos niegan la cruz de su iglesia apostásica y en llamas. Venía a despedirlo, porque usted sigue su viaje, venía a decirle que sus poemas se han multiplicado, como panes bíblicos, pero más horneados, que tienen hijos, pero con menos deudas, que dan la hora y el clima, que dan el paso, sus poemas dan sombra durante el día, pasan recados discretamente por las noches, se han vuelto muchas cosas, cardumen suyo, nuestro, que mantenemos vivo a base de agitarlo, que resucita cada que en la otra habitación se cierra un alma. Ni hablar: morirse, aquí nadie se ha muerto. Empezaron otra vida, sus poemas. Como usted, señor Vallejo. Eso. Bien. Se lo permito.]

Piedra negra sobre una piedra blanca

 

Luis Jorge Boone
Poeta, narrador y ensayista. Su último libro de poemas es Bisonte mantra. Estas “vallejeanas” forman parte de una secuencia de diez fragmentos titulada Monte Vallejo.

 

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