La estatua del mariscal Josip Tito explica bien la relación mexicana con el autoritarismo. Firme, uniformado y solitario, permanece en el Paseo de la Reforma desde 1987. Qué dimensión le habrían dado en la administración de Miguel de la Madrid, lo colocaron entre Winston Churchill y Mahatma Gandhi.

Lazar Mosjov, presidente de la República Socialista Federativa de Yugoslavia, visitó la ciudad a fin de ese año, desveló el bronce y fue declarado Huésped Distinguido. Eran los sepulcros de la Guerra Fría. Al poco tiempo, en Europa del este, la mayoría de los monumentos similares se derribaron. El nuestro sigue en pie.

Fotografía: Laslovarga, bajo licencia de Creative Commons.

Responsable de la unión imposible entre las repúblicas yugoslavas, constructor de la unidad, antifascista, y posteriormente distante a Stalin. México, como muchos otros países, ayudaron a la construcción mítica del personaje. Poco importó la muerte de entre medio millón y poco más de dos millones de personas bajo su mandato. Las cifras que cobijan los totalitarismos nunca son claras. No lo fueron ni siquiera en la operación de limpieza étnica que ubica al Mariscal en la Masacre de las foibe en 1943, cerca de la frontera italiana con el antiguo país eslavo.De cientos a miles de italianos de toda pertenencia fueron asesinados por miembros del Partido Comunista de Yugoslavia.

Tito era un dictador pero en 1987, para México eso era lo de menos. Consideramos la viabilidad del autoritarismo con causa. Durante décadas este país vivió gobiernos que buscaron implantar esa idea. Era un sistema completo que nunca hemos desechado del todo.

El fortalecimiento de la democracia, no solo como forma de gobierno sino, también, en la conceptualización más amplia, depende de una relación dual en la que se tiene que velar simultáneamente por la defensa constante de sus pilares, así como por el debilitamiento de lo que puede hacerle daño: el autoritarismo. La historia política de México en los últimos veinte años sólo se ha ocupado de lo primero. No existe el autoritarismo democrático, quizá el siglo XXI sea buen momento para no olvidarlo.

En cambio, el autoritarismo, sólo necesita fortalecerse a sí mismo para que de manera inmediata, la democracia resulte perdiendo. Esa injusta asimetría es ventaja para la perseverancia de lo nocivo. Mientras la fragilidad intrínseca a la democracia se percibe como signo de su enfermedad, el gran sobreviviente de nuestras formas de gobierno, en todo el planeta, es el autoritarismo. Tristemente, su salud podría ser envidia de la democracia. Cada una de sus expresiones se han debilitado con ataques autoritarios y en ellos, cuando la democracia venció, una muy vulnerable naturaleza le permitió apenas dar respiros de aliento, pero, hemos sido incapaces de generar los anticuerpos suficientes para erradicar las pulsiones autoritarias de la vida pública.

Sin esos anticuerpos, los gérmenes autoritarios se expanden a través del desencanto o malentendido a los principios y valores democráticos. Los gérmenes, terminan habitando en los enramados de todas las convivencias posibles. Durante los últimos años hemos escrito mucho acerca de la democracia, creímos que hacerlo serviría como recordatorio de razones, aún bajo la aceptación de sus fallas. Nos enfocamos en ellas para evitar imponerle un halo aséptico y capacidades por encima de las limitaciones que contiene. Insistimos en sus virtudes, imaginamos que un desglose minucioso sería suficiente para explicar los riesgos de su ausencia. No nos preocupamos de la ausencia y la pensamos poco en su perspectiva futura, demasiado en sus manifestaciones emblemáticas pasadas. Las expresiones rutinarias del autoritarismo mexicano se minimizaron a causa de las mayores. No nos dimos cuenta de que eran la semilla que cualquier sociedad tiene la obligación de rechazar.

Dejamos de lado la explicación, la memoria profunda, los riesgos y las definiciones del autoritarismo cotidiano. Quizá, si en los últimos veinte años le hubiéramos dedicado la mitad de las líneas que le escribimos a la democracia, alrededor del mundo no nos enfrentaríamos diariamente a la metamorfosis de lo autoritario.

Europa, Estados Unidos, América Latina, inmersos en los peligros de la relativización, disfrazan acciones que amplifican pulsiones del más claro talante antidemocrático. Siempre con la justificación de un orden, de una efímera urgencia, de soberanía, identidad, o de protección, se han hecho comunes los señalamientos fuera del esquema jurídico. Abundan las calificaciones que atentan contra el individuo en virtud de un grupo. Se le da prioridad al pensamiento masivo contra el personal.

A la democracia, sus múltiples elementos y en apariencia diáfanas estructuras, les han significado una supuesta futilidad. En nombre lo inmediato y lo pragmático, anulamos lo filosófico. Ningún autoritarismo le ha dedicado tiempo a rebatir contradicciones.  Éstas le estorban a la misión mayor a la que todos los autoritarismos, sin excepción, se han encomendado. Un objetivo planteado y estructurado desde la mirada íntima del proyecto que pueda tener tintes autoritarios.

Confundimos la popularidad con la democracia y su interpretación demagógica creció a expensas de los instrumentos que imploraban equilibrio en aras de la pluralidad. Para ella, nos conformamos con la existencia de minorías electorales, sin tener en cuenta que lo democrático es que las mayorías cuiden la voz de las minorías por encima de sí mismas.

En sentido opuesto, a la amplitud de manifestaciones autoritarias les sirvió la poca memoria trágica de su definición. Dimos por sentado que, al referirnos al autoritarismo, sus infinitas formas quedaron claras para la posteridad. Una a una las pusimos juntas como si no pudieran verse por separado, como si una sola de sus expresiones no fuera señal de alerta y demandara atención. Hemos actuado como si una sola señal es permisible porque no la acompañan muchas más. Es probable que no lo hagan, pero esa singularidad basta para despreciarla.

Las pulsiones autoritarias dejaron de considerarse válidas de angustia, a menos que fueran implementadas por gobiernos asumidos autócratas. Es decir, se disoció la acción autoritaria del autoritarismo. Solo dictaduras, teocracias, y poderes militares o identitarios, llegaron a dar la impresión de ser vistos como entidades capaces de cometer actos autoritarios. Le extirpamos motivo de preocupación a que gobiernos electos democráticamente, cometan arbitrariedades e injusticias porque fueron votados y con las urnas, estos se vacunaron de un ropaje autoritario.

Diluimos las jerarquías del autoritarismo. Quisimos bautizarlas en la dicotomía geométrica.

Los efectos del autoritarismo no ven parangón entre izquierdas y derechas, pero en el continente tenemos demasiado arraigada la costumbre de medir el autoritarismo según nuestras filias ideológicas.

El autoritarismo no es zurdo o diestro, es autoritarismo a secas.

Creímos que la desesperación, la violencia y el hambre; las consecuencias últimas del autoritarismo, eran lo único por lo que valía la pena escribir. Hemos ignorado recurrentemente los atentados contra la vida democrática que significan los ligeros, de menor jerarquía, desplantes de la autocracia.

No tenemos derecho a olvidar que al autoritarismo lo define la realidad de quien lo sufre. Los sujetos de su desesperación y afrenta son tan cambiantes como elásticos.

Es probable que en el paso del tiempo hayamos olvidado, también, que el autoritarismo es un monstruo de muchísimos rostros. Se mueve en una escala de valores y dependiendo de la inclinación de la balanza, llevará de un régimen autoritario, a uno totalitario, o a su cumbre, lo dictatorial.

No se trata de comparar desgracias, como de ver sus diferencias para afrontarlas y entender los límites que soportan las sociedades.

Actualmente, en el mundo, hay alrededor de cincuenta regímenes totalitarios. Si bien toda dictadura es un régimen autoritario, no todo régimen autoritario es una dictadura. Los matices importan, a quienes conocimos la vida entre ellas nos cuesta que se use el término indiscriminadamente, o bien, que se le niegue la condición a quien la evidencia lo marca.

Ningún totalitarismo puede ser defendible. De vuelta, los matices de lo deleznable.

La base de la pirámide es un gobierno centralizado con pocas libertades políticas, en el paso al totalitarismo se anulan las libertades políticas e individuales para llevar la vida privada al control del Estado.

El principio de la agonía es el autoritarismo, su forma extrema es el totalitarismo, y la aplicación de éste, con poder ilimitado, es la dictadura. Uno de los mayores errores en México ha sido creer que en los rangos del autoritarismo sólo la dictadura es sujeto de preocupación. Desaparecimos los niveles anteriores, nos hicimos a la idea de que uno siempre llevará al siguiente. México no es, desde hace y por mucho, un lugar para el epítome. Insistir en ello es de una ociosidad mayúscula. Es país el perfecto caldo de cultivo para la versión primaria y vergonzosa del autoritarismo con causa.

El Mariscal despierta cada mañana en la Ciudad de México.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.

 

Un comentario en “Autoritarismo con causa

  1. Un buen texto: sugerente, provocador, evocador. Apenas corrijo un detalle: no hay cincuenta regímenes totalitarios en el orbe. Hay distintos tipos de autocracias: abierta, cerrada, electorales, monopartidistas, civiles, militares, mixtas, confesionales y un largo etcétera. Pero regímenes totalitarios, en estricto sentido, solo queda Norcorea. Postotalitarios son China, Cuba, Viet Nam y Laos

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