Dignidad no es una palabra de moda. Se escucha con mayor frecuencia cuando impera la zozobra. Vivimos tiempos grises. Pocas alegrías en el horizonte mexicano y mundial. Humanos y Tierra padecemos: los seres humanos por nuestra propia naturaleza; la Tierra por nuestra brutalidad. Homo hominis lupus, “El hombre es el lobo del hombre”, escribió Plauto dos siglos antes de nuestra era. Para Kant, “el mal está determinado ontogénicamente”. Se puede o no estar de acuerdo con afirmaciones tan crudas. Lo que no se puede es desdeñarlas. Ambas se aplican a la sociedad en general y al mundo. Enfermedad y dignidad conforman un binomio inseparable. De eso trata este texto.

Ilustración: Kathia Recio

La interdependencia entre salud y enfermedad es amplia. Cuando se es pobre y se carece de salud, es fácil vulnerar los derechos humanos. Las personas enfermas y pobres son presas idóneas; siempre hay un lobo plautónico moderno dispuesto a morder. Cuando se trata de comunidades donde campean miseria y enfermedad, la posibilidad de vivir con dignidad y ofrecer futuro a los hijos son nimias —no quiero escribir nulas—. Las comunidades indígenas en Chiapas o los rohinyá en Birmania son tristes ejemplos de destrucción humana llevada a cabo por sus pares. En Chiapas los indígenas son empujados a las sierras por conflictos interétnicos o por las vejaciones históricas de la población blanca; los musulmanes rohinyá son masacrados por policías y civiles ¡budistas!

Complejo hablar de dignidad cuando la enfermedad se manifiesta tanto a nivel individual, i.e., desnutrición, falta de atención médica, infecciones, mala nutrición in utero, como a nivel social: empleos mal remunerados, ausencia de protección estatal, atención médica nula o deficiente. En esas comunidades esperanza es palabra hueca y más lo es en el siglo XXI: hay una relación inversamente proporcional entre saberes humanos y tecnología y la miseria, indignidad, ausencia de futuro.

Para Kant la autonomía personal es el principal rasgo humano. Dos ideas: “La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser fin en sí mismo porque sólo gracias a ella es posible ser miembro legislador en el reino de los fines. Así pues, la moralidad y la humanidad, en cuanto que ésta es capaz de moralidad, es lo único que tiene dignidad”. Más adelante remata, “El hombre tiene dignidad, no precio”.

Sin moralidad imposible pensar en dignidad —yo supliría, con la venia  de Kant, la palabra moralidad por ética—. El círculo vicioso es intrincado: regirse por principios éticos es dable cuando la vida lo permite, i.e., cuando se cuenta con techo, alimento, educación, salud; si se carece de los atributos que permiten una vida saludable, pensar en dignidad es complejo. La secuencia previa amplía una idea expresada párrafos arriba: los derechos humanos son vulnerados si no se cuenta con elementos mínimos para construir una vida digna; sin satisfactores mínimos como agua, educación y alimentos emergen enfermedades individuales y sociales. Romper el continuo anterior, en un mundo “civilizado”, debería ser obligación.

La autonomía, siguiendo a Kant, es un bien preciado e indispensable. Pensadores anteriores a Kant abonan ideas sobre dignidad. Pico della Mirandola en su discurso De dignitate hominis (1486) cavila acerca del valor moral del ser humano, idea fortalecida años después por Juan Luis Vives (1518), “porque el hombre nace digno y todos los seres humanos son igualmente dignos”; dichos valores, sostiene Vives, le permitirían a las personas moverse con versatilidad y libertad para realizarse como seres humanos. Avanzado el siglo XXI las valiosas reflexiones de Pico della Mirandola y Vives son, lamentablemente, mero papel: es improbable que quien nace en hogares miserables, endeudado desde el útero, goce de libertad y dignidad.

La idea de la autonomía se complica debido a los fundamentalismos religiosos, cuyos dictados divinos no aceptan esa cualidad. Para los fanáticos religiosos  la indignidad no es problema: los preceptos divinos son inamovibles y bienvenidos. El ser humano no es responsable de su destino, lo es Dios.

Me llama la atención que en el magnífico Diccionario de Filosofía de J. Ferrater Mora no aparece la entrada dignidad. Las definiciones del Diccionario de la Lengua Española son pésimas, 1. Excelencia, realce. 2. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Ensayo una idea: Dignidad es el valor que una persona se otorga a sí mismo y que le permite situarse en el mundo de acuerdo a sus deseos y posibilidades, sin permitir humillaciones; es un bien incuantificable que se modifica con el paso de los años.

Cuando la pobreza domina y la enfermedad irrumpe, la autonomía palidece. Imposible pensar en dignidad cuando los sostenes vivenciales son magros.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.

 

2 comentarios en “Dignidad y enfermedad

  1. De acuerdo estoy con Mirandola y Vives el hombre nace digno; por lo tanto aún en las peores circunstancias podrá mantenerse digno siempre y cuando sienta el valor que se le ha otorgado; de acuerdo estoy que son muchos los factores externos que debilitan no solo la dignidad, si no también la libertad de las personas , sin embargo a pesar de lo negativo que pareciera el futuro, el hombre harto y desde su trinchera empieza a comprender que el verdadero cambio, tendrá que venir de él; aún con el estómago vacío.
    Dr. Kraus, sabiendo que es un escritor socialmente comprometido, me atrevo a sugerirle escribir sobre los valores personales y sociales del hombre actual; hoy en día se palpa una gran necesidad en todos los niveles sociales de encontrar sentido a la vida, consecuencia del vacío espiritual (no religioso) en la que vivimos

  2. Olivia:
    Gracias por tu comentario. Lo aprecio y concuerdo con tus ideas. La única discrepancia se vincula con la imposibilidad de acceder a una vida digna cuando la pobreza domina la vida. Difícil pensar hacia delante cuando los problemas cotidianos -enfermedad entre ellos- dominan el día. El “estómago vacío”, como bien dices Virginia busca la supervivencia antes que nada. Y si, Vives y Mirandoa, iluminan.
    Gracias por “rico” comentario.
    Abrazo,
    Arnoldo

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