La primera vez que estuve en Madrid fue en el año 1987. Había tomado un tren desde Zaragoza, en lugar de hacer dedo (o pedir aventón) poniendo así en riesgo mi maltrecha economía. En Francia me movía como pez en el agua haciendo autostop, pero en la España de aquellos años nadie levantaba en las carreteras a un joven de mi aspecto, desaliñado y gitano en apariencia. Me hospedé, a cambio de unas cuantas pesetas, en una pensión junto al Museo Reina Sofía, casi frente de la estación de trenes Atocha. Y allí comenzó mi relación o aventura con la ciudad que más recuerdos y aprecio me ha provocado en la vida: Madrid. Si una virtud posee la divagante memoria es que te impide marcharte de una ciudad, sea para bien o para tu infortunio. A diferencia de la Ciudad de México, la cual, en mi caso, se parece más a la amante que no puedes abandonar, aunque te cause estragos y derrote lentamente tu espíritu, Madrid representaba el prostíbulo, la casa que arde de noche y el espacio propicio para practicar la vagancia. Camilo José Cela se salía de Madrid para dedicarse a pasear y buscaba la aventura en sus alrededores, como lo narra en uno de su libros más íntimos y diletantes: Viaje a la Alcarria. Yo, en cambio, me concentraba en el centro de Madrid y como una mosca de barrio me entrometía en todas las tabernas y bares a la mano, ya fuera en Malasaña, Chueca, Lavapiés o en los alrededores de la Gran Vía.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Los meseros y quienes atienden la barra jamás podrán ser tus amigos y esta desconcertante verdad la conocen ellos debido a la intuición y experiencia de su trabajo, pero no todos los parroquianos gozan de tal certeza y van por allí creyendo que el mesero de tal cantina o restaurante es su amigo. Si en ello encuentran algo de felicidad entonces que continúen practicando su ingenuidad y que el cardumen de sus supuestos amigos se dilate. No obstante esa ley universal que impide al mesero convertirse en tu amigo ello no te impide ser capaz de despertarle simpatía. En aquel tiempo yo no resultaba tan antipático como lo soy ahora, ni la rabia se había apoderado de mí, de modo que podía serle simpático a los barman y camareros. Para una persona cuyos funestos bolsillos guardaban migajas, como los míos, resultaba de vital importancia caer de pie en los bares ya que me tomaba dos o tres cañas y, dependiendo del humor del tendero, éste te acercaba a tu lugar en la barra tres o cuatro tapas e incluso pinchos de papas, morcilla o boquerones que representaban todo mi alimento del día. Así, luego de dos o tres meses de experiencia tenía elegidas ya a mis siete tabernas preferidas, una por cada día de la semana y todas ubicadas en diversas zonas cerca de las plazas de Tirso de Molina, Santo Domingo, 2 de Mayo, Santa Ana, Lavapiés, Jacinto Benavente, etcétera… De vez en cuando sobrevenía la excepción y alguna amiga o compañero de barra me invitaba más tragos y los bocadillos aumentaban. ¿Qué obtuve a cambio de aquella penosa dieta? Un cambio absoluto en la percepción y valoración de mi propia vida y, sobre todo, la conciencia de mis impulsos genuinos y de mi inclinación por la literatura (allí publiqué mi primer libro de relatos). No es poca cosa.

Evitaré recitarles los nombres de las bandas, fanzines, revistas, bares y artistas que conocí en aquel primero de muchos otros viajes que realicé a Madrid. Los nombres de Paco Clavel, Patricia Godes, Manolo Campoamor o Víctor Aparicio, entre tantos más, sólo encuentran sentido en mi memoria. Y el Madrid de Gómez de la Serna, Francisco Umbral o Camilo José Cela son distintos al de aquel joven curioso que deseaba conocer a costa de su propia salud. ¿Y qué es la salud, sino un constante combate entre la enfermedad y el deseo? El tiempo me llevó a apreciar el mal humor del barman y mesero madrileños, sus ademanes toscos, sus constantes quejumbres, sus sentencias a veces dogmáticas y otras, la mayoría, pesimistas y nihilistas, su desprecio por la cortesía y su aparente indiferencia hacia los parroquianos. Sin embargo, la vivencia me hizo descubrir que, en general, se trataba de personas bonachonas y respetuosas de su trabajo el cual llevaban de manera eficaz, les ofrecieras propina o no. Sé que Madrid no es ya el que mi memoria insiste en restaurar y que Fuencarral y Hortaleza, por ejemplo, no son las mismas calles que recorrí tantas veces en el siglo XX (ahora están plagadas de aparadores y franquicias). Sin embargo, esta ciudad no ha perdido su alma ni su salero, pese a no estar ya tan a la vista. Uno debe saber buscar y tener olfato aguzado y un poco de suerte. En Madrid todavía se bebe bien, se habla mucho, se carece de miedo y poco a poco se progresa, pese a la plaga de la tecnología y comunicación burda que corroe como una roña a la gente más indefensa.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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