Hace 30 años, el 21 de febrero, Sándor Márai se suicidó en San Diego de un disparo. Estaba a punto de cumplir 89 años. Salió de su país en 1948 y jamás volvió. Quizá si hubiese vivido unos meses más hubiera recogido los reconocimientos que en vida no pudo recibir. Porque en septiembre de ese mismo año la Academia Húngara de Ciencias, que lo había expulsado por motivos políticos, lo aceptó de nuevo y en noviembre se celebró en Budapest un simposio sobre él y su obra. Después los reconocimientos han seguido dentro y fuera de Hungría (Ernö Zeltner, Sándor Márai, Universidad de Valencia, 2005).

El suicidio fue la desembocadura de su decadencia física y su desmoronamiento emocional. Ello puede leerse en el diario de los últimos años de su vida (Diarios 1984-1989, Salamandra, 2008).

El suicidio de Sándor Márai

Ilustración: Jonathan Rosas

Desde enero de 1984 aparecen en su Diario anotaciones que expresan su agotamiento. Junto a notas varias, escribe: “cansancio, languidez, fragilidad. Como cuando las pilas se agotan y la linterna sólo parpadea”. Asienta que lo buscan para que regrese a Hungría y se ofende: como si él fuera uno de esos “idiotas útiles”, y todavía cree que “la proximidad de la muerte confiere a la conciencia más fuerza que desánimo”.

Pero la enfermedad lo acompaña. Los oídos le dan problemas. Tiene glaucoma y se “acostumbra a vivir medio ciego”. Y cuando la ceguera sea total, dice, sólo lamentará no poder leer más. No parece temer a la muerte sino al deterioro que la anuncia. “Quietud si pienso en la muerte. Inquietud si pienso en el morir”.

Se sabe enfermo, “pero todavía camina, escribe y lee”. Constata que la mayoría de sus amigos y conocidos han muerto, “son tantos que ya no caben en la memoria”. Y sabe que se está despidiendo. Está cansado y su balance resulta terrible o quizá resignado: “La vida es casual, no tiene sentido ni utilidad alguna. La muerte es la consecuencia inevitable de la casualidad, y tampoco tiene sentido ni utilidad”. No obstante, más adelante escribe: “Tiene que ser muy bonito morir sano”. Otra aspiración, lo sabe, que no podrá cumplir.

En febrero de 1985 da cuenta que su hermano menor, Gábor, murió. Pero su quiebre anímico se produce con la enfermedad, agonía y muerte de su esposa: Ilona Matzner, Lola, con quien vivió más de 60 años. Ella se rompe el brazo izquierdo, luego tiene que ser apoyada por enfermeras en su propia casa, aparecen los síntomas de senilidad, y es internada en el hospital. Quiere que la muerte los alcance antes de que él quede definitivamente ciego y ya ni siquiera siente nostalgia, “ya no queda esperanza alguna”. “Irnos juntos, sin dolor, es mi última ilusión”.

Se mantiene firme por sentido de responsabilidad. En el hospital donde acompaña a su mujer, piensa que “si no creyera que ella me necesita (o me hiciera ilusiones de ello) tomaría una decisión drástica respecto a mí mismo. Pero no tengo derecho a escapar”. Ella ya casi no está consciente, no ve ni oye, parece que no sufre. “Tal vez haya sido un error esperar tanto; habríamos tenido que irnos antes, a la vez”.

La agonía es lenta. “Vida, personas, trabajo, literatura, todo se ha acabado. Hastío y vergüenza si pienso en la escritura. Escribía para L., todo era por ella. Ya no tengo a quien escribir. Me cuesta creerlo”. “Me siento abandonado por todos y por todo”. “Si estuviéramos en casa acabaría con los dos. Aquí no puedo hacerlo. Tal vez sea pura cobardía”. El 4 de enero de 1986 ella muere.

Márai deja de leer, siente inseguridad al andar en la calle, pero también en su casa. El 18 de febrero compra un arma de fuego. Aclara: “No tengo planes de suicidio, pero si el envejecimiento, la pérdida de mis capacidades avanzan al mismo ritmo, es bueno saber que podré acabar con ese humillante deterioro en cualquier momento…”.

Luego, le extirpan la próstata, aunque no tiene cáncer, la añoranza de Lola es cada vez más profunda. No frecuenta a nadie. “Duermo solo. Leo solo”. Muere otro hermano menor, Géza, director de cine. “Mi vida ha quedado vacía”. Vejez y soledad le parecen una y la misma cosa. Y en abril de 1987 muere János, su hijo adoptivo, a los 46 años. “Ya no es vida, sólo existencia”. “Paso semanas sin ver a nadie”.

“Se ha acabado la vida que no me ha dado otra cosa que una vejez grotesca y una muerte absurda”. “Mi estado general es desastroso; debilidad, agotamiento, desgana. Sin embargo, sigo aferrado a la vida”. “La muerte no constituye un problema. El hecho de morir, sí”.

El 15 de enero de1989 escribe una última nota: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

 

3 comentarios en “El suicidio de Sándor Márai

  1. ME PARECE EXCELENTE TU REFLEXIÓN SOBRE S. MARAI …Y ME PREGUNTO…SERÁ EL INGREDIENTE DEMOCRÁTICO Y DE LUCHA POR MEJOR CALIDAD DE VIDA UN ESTIMULO PARA ACEPTAR Y VIVIR LA VEJEZ…?
    DÍA A DÍA LO PRACTICO Y RECONOZCO LA SABIDURÍA LA DE SANDOR MARAI, DESPEDIRSE CUANDO EL VIVIR SE HACE IMPOSIBLE,,,LA VEJEZ…

  2. Bueno, en las terribles condiciones finales de Sándor Márai, según las refiere Woldenberg, yo (y supongo que cualquiera) hubiese hecho lo mismo que él.