El otro día encontré a la Luna. Estaba subiendo como un monstruo ardiente detrás del cerro. Una noche fresca y ligera colgaba del cielo. A lo lejos oía a un coro de ranas entregándose a rezos fervorosos y sonoros. Yo me encontraba ciertamente en un estado de ánimo religioso, pero ¡por Dios!, esas ranas con su parloteo incesante miden los padrenuestros por peso y creen que lo que cuenta es la cantidad. Yo, que soy perro luterano, concentro mis sentimientos en un solo golpe; rezo cuando tengo que rezar y cuando siento el impulso en mis adentros. Así que, mientras estaba echado allí fuera, en la falda del monte, con la mirada fija en la bola ardiente, sin ninguna preparación como estaba, sorprendido por el derrotero que tomaban mis propios pensamientos, empecé de repente: “¡Dios redondo de los flequillos luminosos! ¿Eres de veras un ser que nos protege, que nos depara huesos y sobras de carne y nos salva de las palizas de los hombres, que te presentas de noche para que no nos caigamos a las charcas y a las cunetas de los caminos? ¿O eres solamente un disco de señalización que alguien ha colocado ahí, semejante a aquel disco diurno que los hombres arrastran cada día en estado incandescente por el cielo, a fin de mejorar sus gesticulaciones? Y tu severa y bondadosa cara de perro que nos muestras, ¿de verdad nos contempla piadosamente a nosotros, tus pobres hermanos azotados y vapuleados? ¿O es que lo que vemos en ti son solamente los feos agujeros, protuberancias y excrecencias de un viejo y arrugado queso de Holanda arrojado a través de los espacios celestes?”. Tras esa plegaria casi se me partía el alma de tanta emoción, de atormentada duda y dolor existencial, y me puse a aullar y a lamentarme hasta que en las calles cercanas los hombres de batas blancas sacaban las cabezas por las mirillas, maldiciendo, chillando, y gesticulando; uno salió con un bastón en la mano, y eché a correr a toda prisa.

Ilustración: Reinhold Hoberg

Fuente: Oskar Panizza, Diario de un perro (traducción de Luis Andrés Bredlow), Pepitas de calabaza ed., segunda edición, Logroño, España, 2012. [Con las gracias a Kathya Millares.]

 

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