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Alejandro Rossi: Sueños de Occam. UNAM, México, 1983, 74 pp.

La obra literaria de Alejandro Rossi se concentra en dos libros: El manuel del distraído (1978) y Sueños de Occam (1983). El primero fue un conjunto de ensayos, narraciones y narraciones en forma de ensayo que buscaba la unidad estilística y el acecho reflexivo en torno a las grietas del minuto cotidiano. Ahí Rossi describía el peso de certidumbres e inseguridades frente al mundo y su existencia, objetos y geografías; los regodeos del pensamiento en el vicio múltiple de la moral, la amistad y la literatura al servicio de estas ideas: “Creer en el mundo externo, en la existencia del prójimo, en ciertas regularidades, creer que de algún modo somos únicos, confiar en determinadas informaciones, corresponde no tanto a una sabiduría adquirida o a un conjunto de conocimientos, sino más bien a lo que Santayana llamaba la fe animal, aquella que nos orienta sin demostraciones ni razonamientos, aquella que, sin garantizarnos nada, nos separa de la demencia y nos restituye a la vida”.

De este modo en El manual del distraído aparecían recuerdos infantiles, anécdotas de viajes, viñetas domésticas, aforismos, meditaciones, retratos de personajes, crítica del lenguaje, minucias. Se invitaba al lector para entregarlo al juego literario que el autor compartía, “sin planes, sin pretensiones cósmicas, con amor al detalle”. Sin embargo cada uno de los textos imponía sistemáticamente al lector la lápida de los ejercicios lógicos y reflexiones de Rossi mediante moralinas, preceptos, fintas para demostrar que quien escribía era más inteligente que sus personajes e incluso que todos los “improbables” lectores juntos, modestias retóricas, pedanterías, melindres, guiños y recetas instantáneas de estilo empeñados, mal que bien, en la consumación de la utopía verbal, la, “Página perfecta”. En suma, El manual del distraído asestaba la didáctica de quien comenzaba promisoriamente el libro como adulterador de Borges y Ramón Gómez de la Serna, y terminaba ni más ni menos que como… Alejandro Rossi, alguien que asumía su propio personaje de escritor “hecho”: “La paciencia es una virtud heroica que se sustenta siempre en algún fanatismo y no prospera en los distraídos o en los mansos. La mía es la paciencia del racionalista que no cree ni en geometría ni en selvas impenetrables. Ser racionalista es renunciar a las exageraciones interesantes y a los asombros del auditorio. También supone abandonar la quiromancia y los consuelos del escepticismo. Represento una racionalidad laboriosa y modesta, sin éxtasis solares o nocturnas hipotecas del alma. Nadie piense, sin embargo, que esta cautela dieciochesca estimula una vida serena. Implica, por el contrario, la seriedad desesperada del roedor”.

Con estos antecedentes, Sueños de Occam resulta una versión corregida y abreviada de ese extenso borrador que fue El manual del distraído, especialmente de sus últimas páginas, que ya adelantan un desplazamiento de los juegos estilísticos y reflexivos hacia los relatos breves. Los cinco relatos de Sueños de Occam insisten en anotaciones melancólicas: el mundo y sus cosas -ropas, muebles, familiares, ideas, amigos, experiencias- son espacios habitables, cavidades desde las que se ve pasar el tiempo; los espacios son interrogables y hasta conversables, pero no siempre comprensibles; todo esfuerzo al respecto proviene del instrumento filoso de la razón y las abstracciones. Pero aquí ya se puede agradecer que sea un personaje con su propio vuelo literario quien diga, por ejemplo: “Estoy sentado en un sillón -de tela, lo admito, no de cuero-, tengo puesta mi bata escocesa (lo cual no implica, claro está, que el paño sea escocés), quisiera colocarme en la cabeza un gorro de lana, no lo tengo, no sé dónde comprarlo,…, etc.”; y no sea en cambio, como en el libro anterior, Rossi haciendo rabietas porque las cosas ya no son como acostumbraban ser: “Pienso en la variedad enorme de objetos falsos que pueblan el mundo cotidiano, un mundo que se construye como una réplica sistemática, un reflejo, una fantasmagoría. Por un lado los objetos que imitan utilizando un material diferente. Frente al vaso de cartón aquí el rasgo distintivo es el propósito franco de simular otra cosa. Es el caso de un sillón tapizado con un material que se asemeja al cuero, pero no es cuero; la mesa que podría ser de madera y, sin embargo, no lo es,…. etcétera”.

Si en la última parte de El manual distraído Alejandro Rossi se burlaba de “los fantasmas literarios” y sin embargo los exorcizaba, haciendo boxeo de sombra con sus personajes Leñada y Gorrondona, fantoches burlables que caricaturizaban rencores, lugares comunes, manías y escozores literarios, en Sueños de Occam el exorcismo ha desaparecido, o mejor dicho, los fantasmas pertenecen a los personajes y a la factura empeñosa de los relatos. Quizá porque Rossi, después de mucha gimnasia cerebral, entendió que no todos los escritores ni todos los lectores tienen que ser como Leñada o Gorrondona; y entendió algo más sencillo que bien sabía su admirado Gómez de la Serna: “Pensar es fácil. Escribir es difícil”.