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Sergio Fernández: Los desfiguros de mi corazón, un anecdotario. Ed. Nueva Imagen, México, 1983, 222 pp.

Ubicable en ese grupo de escritores mexicanos perdidos en su propia escritura, Sergio Fernández publica en 1983 Los desfiguros de mi corazón, un libro alejado de sus galimatías anteriores. Desde aquella anécdota en la que se caracterizaba mecánicamente a los invitados a una cena, Los signos perdidos (1958), Sergio Fernández pareció entregarse a la busca de un camino expresivo que siempre se quedaba oculto tras un bosque de signos. Después de su segunda entrega, la novela En tela de juicio (1964) centrada en un singular impasse, se tuvo la certeza de que Fernández escribía un tipo de literatura intelectualizante, de grandes pretensiones, encerrada en su propio laberinto tautológico: el lenguaje. A este tipo de narraciones se le llamó “literatura de conceptos”. Con Los peces (1968), los textos de Fernández enmohecidos por largos años de cubículos y salones de clase, siguieron en su misma vocación: el circunloquio, la barroquería menos que el barroco, la imposibilidad de contar una historia sin retorcerla. Veinticinco años después de su primer libro, Sergio Fernández hace un poco de luz en su producción literaria, en un recuento honesto y preciso de sus obras que viene a ser la primera sorpresa que depara el anecdotario de Los desfiguros de mi corazón.

¿Qué diferencia hay entre este “anecdotario” de Fernández y su producción anterior? Que en Los desfiguros de mi corazón el autor coloca a las ganas de escribir por encima de sus reflexiones estéticas y sus concepciones filológicas, aunque no todas las veces por encima de la verba cultosa. Pero nada de lo que Fernández ha escrito antes es tan fresco como estos desfiguros. Allá el rebuscamiento narrativo y los pininos conceptuales, acá el mundo. Antes, los malabarismos, ahora las bolas fijas. En este último libro aparece su mundo, y aunque en efecto Fernández quiere sustituir la toga anterior por los pants nuevos, no se quita el birrete y las mayúsculas cuando quiere explicar el cambio, “abrirse”, en la entrada del libro: “Tal cual (una aclaración para mí)”, donde habla de sus Importantísimas Manías: “Es por ello, reitero, que necesito de la anécdota, que abarca más de lo que afirmo: abraza mis manías por la Alquimia, la Cábala, la Magia, la Santería o el Tarot; por la pintura y por obscenidades medianamente disfrazadas; por viajes y distancias que llegan a Sor Juana”. Fernández nombra a la ciudad de México como el lugar en el que ha tejido y destejido sus pespuntes y hace otra presentación, más pertinente, de sus historias o anécdotas: “Con ellas revivo un destino, lo que significa destejerlo para recrearlo. Penélope yo mismo a pesar de mi piccola historia. En la redoma mi diablo deja las muletas y, ambicioso, acumula: Guadalajara, Roma, Bahía, Sao Paulo. Un hermafrodita, un poeta romántico. Un novelista ilustre. Un médico alquimista. Un poeta, un escultor barroco; putas, una alcahueta. Un actor cómico del cine mudo. Un crimen insignificante, crueldades; aproximaciones, todas, a lo que llamamos realidad”.

Ya reseñado el libro por su propio autor no queda sino entresacar. La infancia desfigurada por la fantasía de la niñez y por los hechos que la cercan, sería el eje de “Cristina”: la infancia como un pozo donde la edad adulta puede depositar todas sus indecencias. La homosexualidad como pecado y culpa, el deseo que no consigue materializarse, la sensualidad “Incontrolable” y las vigilias de la putería cruzan los relatos “Nossa Senhora do Bonfim”, “Madalena”, “Cada quien su moral”, “Oye Salomé” y “La Narcisa”. Hay en ellos un desdoblamiento de los personajes, una acción que los hace mitad masculinos, mitad femeninos, mitad sueño y mitad realidad, mitad mitos y mitad nada, como en el caso del cuento “450 East 52 St.”, sobre lo que fue y ya no es la Garbo, y sobre el personaje que la vigilia en Nueva York y que en forma de carta relata su desencanto colosal. Este retrato de la Garbo que un buen día sale de su sarcófago para hundirse en la soledad de las calles neoyorquinas, rompe con todo lo que, Sergio Fernández había escrito antes. O mejor: es un claro rompimiento del mito que él mismo llama “una realidad perfeccionada”

Igualmente, nada tan quebrador de ese mito como los gestos y las caricias del brasileño Gilberto Silva, taxista que pasea e invita al narrador de “Nossa Senhora do Bonfim”. Comparado con un tigre que al morder desgarra, asemejado a una fiera hambrienta que hipnotiza con caricias a su presa antes de devorarla, Silva revienta de las ganas en su papel de animal erótico. Esa extraña relación establecida en unas horas con el narrador que visita Bahía, se nutre de una simple frase: “Eu gosto muito de voce. Meu coraçâo está sangrando”. Y este tigre y su rugido “se inscriben” en la piel del narrador mientras bajan a la playa para ayuntarse: “En voz baja murmura que debemos ir más allá, a la arena. Nos mira el mar. Al bajar del auto hace una leve mueca, como si algo le doliera en la ingle, já cansei de dirigir. Como está bonita a luna”.

Los tres cuentos anteriores están construidos con sueños y reflexiones, creencias en la magia y lo sobrenatural, apoyos en lo grotesco. Todo se desvirtúa y degrada, lo altivo baja a la tierra, lo solemne se vuelve trivial, el tono irracional busca romper toda lógica, incluso la de la ficción. El mundo se ridiculiza y se vuelve caricatura, no siempre con fortuna narrativa. Por ejemplo en “Cada quien su moral”, cuento que se quiere infame, lleno de sueños demenciales que narra la historia de un sonámbulo en cuyas pesadillas ve su infancia y su edad actual, su pasado y su presente, sus desdichas y sus placeres sus tormentos interiores y la homosexualidad que lo atosiga. Esto se lo dicta un guajolote con quien tiene un coito macabro. Este guajolote, salido de los escombros del sueño, representa al hermano homosexual del narrador que en un trance familiar se suicida. íComplicadísimo Fernández!

Otra veta explotable en Los desfiguros de mi corazón es la del arte, que a veces se vuelve el Arte, el Harte. “De tejas adentro” es lo mejor en esta zona y se mete en la vida marchita de María Tereza (sic) Montoya, sus dobles, sus bordados, invitada a cenar cualquier día a la casa del narrador. Mujeres múltiples que se juntan en la actriz, varios mundos resumidos en una mirada o en una boca. “Pero, ¿qué necesidad forma a una actriz? ¿El apetito por las vidas ajenas? Hambre de gestos, de pasiones: una ocasión en suma”. Como hilo conductor de la personalidad doble de María Tereza, viene el asunto del andrógino, recurrente en los cuentos de Fernández. “Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón”. María Tereza hecha hombre y mujer, Medea o Bernarda Alva, cortesana o aristócrata, síntesis del mundo y de sus sueños. Al lado de todos esos desdoblamientos se encuentra la mujer de carne y hueso que pasa el día maldiciendo a su país porque, dice, en México nadie sabe reconocer y/o apreciar el arte. “Pero si los objetos se convierten en otros para el arte, ¿sucede con la vida?, ¿será esa la llave para entender los sucesivos del odio y el amor?”. El rollo del artista y su producto se mantiene en varios cuentos del libro. “Hamburgo, 1831” retoma el problema del escritor y su complicidad con el mundo. La historia de Giselle se va bordando a lo largo del relato en el que Fernández mezcla la fantasía con la biografía de Heine. Envuelve a Heine en sus creencias, su fe, la enfermedad venérea que lo martirizó y tal vez lo puso a producir romances.

Los prejuicios de la homosexualidad se ciernen sobre las sombras de algunos personajes de Fernández. Donde más y mejor se apunta en esta dirección es sin duda en el cuento “Oye Salomé”. El narrador debe cumplir con su masculinada para demoler aquella sentencia de su abuela: “Prefiero verte muerto a que seas un pervertido, un maricón”. Los espacios eróticos de este relato se mueven a contraluz con la poesía, el cuerpo, la pubertad y el orgasmo. Para Fernández puede haber un sexo del cuerpo, y otro espiritual, inmodificable. El narrador de “Oye Salomé” se quedó entre el rojo y el azul, en la indeterminación, gracias a la educación de la abuela y sus consejos sabios. “Prefiero verte muerto”. El hermano del narrador se mató; en cambio, él vivió para cumplir una misión desacralizadora: mediante el coito con un pedazo de carne, puta de profesión, renacía él destruyendo a su abuela, a la ciudad donde vivió su infancia, al cura que lo confesaba, a sus amigos que lo creían impotente, a las putas que nunca se pudo coger. Y aquí Fernández se mueve efectivamente entre la cogedera y una irremediable cursilería, la voluntad de espiritualizar espasmos, de las que no están libres varios momentos de Los desfiguros de mi corazón: “Echada sobre mí (anda, tócame más) mis yemas en su gruta. íCuánta, cuánta felicidad! Yo, el agua por ahora; ella el balandro. Después las gotas ella, yo el velero. `Detente, amor. No infundas ese aliento/tan rápido a las brisas./Aminora un poco el paso. Da a tu movimiento/un nuevo ritmo ahora'”.

Los desfiguros de mi corazón parece la síntesis de los pespuntes que su autor había anunciado -o desfigurado- en sus obras anteriores, con la peculiaridad de ahora Fernández ha trocado el cielo por la tierra con sólo poner en movimiento a la experiencia cotidiana por medio de la imaginación. Es un procedimiento que aún puede limpiarse de rebabas excelsas, de Greta Garbo-pero-también-Sor Juana, de diez gramos de espíritu por un kilogramo de carne, y ser convocado para que, en lo sucesivo, haga más tierra.