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. Eduardo Lizalde: Memoria del tigre. Editorial Katún, México, 1983, 256 pp.

. Eduardo Lizalde: Autobiografía de un fracaso. El poeticismo. Martín Casillas Editores-INBA, México, 1981, 118 pp.

Advertencia del animal vertido. Aquí se considera la obra de Lizalde a partir de Cada cosa es Babel (1966), donde comienza la “inoportuna memoria” en que reúne sus libros de los últimos veinte años. El mismo excluyó “el mal sueño de los poemas, plaquetas y libros publicados por el autor entre los años 1949 y 1961″. Sin embargo, los textos de aquel mal sueño no duermen el justo descanso eterno que el autor dice desearles. La publicación de Autobiografía de un fracaso, considerada suicidio literario” por Lizalde, obliga a que eventualmente robemos un poco de sueño a las pesadillas perpetradas hasta la nada juvenil tercera década de su edad”. Toda vez que sus bestias salvajes y domesticadas ya pululaban por los años cincuenta, apelarán ocasionalmente a la atención del lector, así sea para bostezar con el autor en esos aburridos malabares del poeticismo que hacia la treintena trágica se soñó marxista. El animal ha quedado vertido y expuesto con todo y pesadillas. Cada página publicada es un delito que debe pagarse, peor aún si reincide, no importa con cuántos anatemas de vergüenza. Así lo ordenan las leyes de la crítica, cualesquiera que sean, derivadas sin remedio, como todas las demás, de la inapelable ley de la selva.

Tú no tienes nombre.

Tal vez nada lo tenga.

Roberto Juarroz

Riesgo. Los últimos años de la poesía mexicana son de recapitulación. Cada poeta más o menos reconocido ha publicado sus obras escogidas o completas en mínimo ajuste de cuentas que apunta a la posteridad, si bien mira para atrás, a veces hasta con nostalgia: en busca del estro perdido. Paz y Huerta se recopilaron generosamente. Sus sucesores cronológicos han ido haciendo lo propio: Bonifaz Nuño, Chumacero, Segovia, Sabines, y más acá la no llamada “generación de los sesentas”: Zaid, Pacheco, Montes de Oca (caso aparte, ya que él parece tener cada diez años nuevas obras completas), y antes de ellos Becerra, quien se les adelantó en varios sentidos (el primero en morir fue también el primero en ser recopilado). Los hijos de Poesía en movimiento comienzan a arreglar sus cuentas con lo que les toque de posteridad. ¿Será este corte de caja en cadena una señal de agotamiento? Los libros-definitivos coinciden con la exhumación de las viejas revistas literarias en ediciones fascimilares; podemos hablar de una pasión por el pasado reciente que algo tiene de autocrítica, algo de complacencia y mucho de necrofilia. A esta epidemia recopiladora se agrega, tardíamente, un eterno rezagado: Eduardo Lizalde, quien si no es propiamente un poeta marginal, con harta frecuencia llegó a parecerlo. Excluído (ignorado, olvidado o como se diga) de las antologías sesenteras Poesía en movimiento y Poesía mexicana del siglo XX, aparecidas en ese 1966 y que en 1983 siguen siendo las antologías por inercia, por calidad o por lo que se quiera (las nuevas antologías y asambleas funcionan como apéndices menores de la que se nos vende como una edad de oro après López Velarde, pasando por Contemporáneos hasta el clímax paciano), Lizalde ocupa sin embargo un sitio nada marginal: poeta reconocido y premiado (¿permeado?), y veterano funcionario cultural. Su condición excéntrica lo llevan a recopilarse en una editorial excéntrica (Katún), luego de un libro autobiográfico fuera de lo habitual (Autobiografía de un fracaso 1981) y de una larga elipse política que arranca en el PCM de los cincuentas, pasa a los espartaquistas, llega a las posiciones escépticas de la “conserva” mexicana y acaba en un puesto oficial. Lo importante es que, a diferencia de sus congéneres, tiene biografía política y puede leerse en su poesía. Entre otras, ésta es una de las razones por las que su obra tiene tanta fuerza. Es el único poeta violento, el más angry young man que nuestras letras del desarrollo estabilizador pudieron producir, el único que llegó a 1968 con la espada desenvainada y no la guardó para lamentarse en verso. Se arriesgó a equivocarse, ahora tenemos en las manos su cosecha.

Fracasos y revueltas. La costumbre de poner en duda la propia obra reimprimiéndola parece característica de una generación: Cuestionario, Tarde o temprano y ahora Memoria del tigre. Cabe destacar que los revisores son poetas sólidos y cuidadosos que padecen el viejo mal de lo publicado. ¿Quién dijo que ya no pertenece al autor sino al público, a la prisión del linotipo o a cierta posteridad esquiva? En realidad, los acomodos de Lizalde son menores: elimina lo anterior a Cada cosa es Babel (1966), depura La zorra enferma (1975) y da un muestrario de Poemas de la última época, inéditos o no. La primera conclusión del lector en 1983 es que Lizalde tiene toda la razón en lo que quita. Ningún texto retirado de La zorra es digno de ser extrañado, ni la sección “Oh, César”: quizá eran malignidades, incluso epigramas, nunca poemas.

El vigor, la rabia y la amargura son armas fundamentales para este “poeta de batalla”. Por eso su obra central es El tigre en la casa (1970), monumento al amor como una de las maneras del odio. Ese tigre retórico ya acechaba en 1954, en un poema memorable sólo porque termina diciendo:

Fuiste como pantera junto a tu

propia noche:

yo cuelgo en tí las luces de tigre

que te faltan

y con pasos enrollados y torpes tardó diez años en madurar un proyecto poético. Porque Cada cosa es Babel es el manifiesto de un autor anhelando manifestarse, el proyecto definitivo de un poeta que anteponía los proyectos a las obras, el rollo al poema, casi el poema al poema. “El poeticismo era -escribe en Autobiografía-, más que un proyecto ignorante y estúpido, un proyecto equivocado que salió de madre a desatiempo”. Cada cosa viene a ser el proyecto puntual y correcto, sólo con lejanos resabios poeticistas (mira una lámpara, decimos,/ jaula de luz o rayo en vacaciones”) pero ya con su Muerte sin fin mejor aprendida (“Que el vaso llena el agua y no la colma,/ que el agua solamente la contiene”, etc.). Por eso, la acechanza del tigre toma forma, y qué forma, también, más providente, buscando “nombres amaestrados”. La pugna entre la rabia de la bestia y su domesticador define la obra de Lizalde, y sus mejores momentos son cuando gana la fiereza estrictamente animal: “lince el poeta, ha de saber qué víctima nombrar”. Cada cosa enuncia a la fiera, El tigre da con su víctima victimadora: la mujer. Al final de Cada cosa nada más asecha:

Cosa que incendia el ojo del lince

con la yesca del estar,

acércate a mi mano,

pobre cachorro del ser,

abre la boca y gruñe y haz el muerto.

Ven cosa, yo diré tu nombre.

De ahí salta a la expresión desnuda y directa del tigre. Una ventaja de Memoria es que el salto de lince a tigre, del anuncio poético al poema, en vez de cuatro años nos toma cuatro páginas:

Hay un tigre en la casa

que desgarra por dentro al que lo

mira

Estamos ante uno de los pocos poemas cabrones de nuestra poesía, pero esta vez Tarumba irrumpe a galope en la casa del enamorado y va en pos de esa pérfida vieja: “¿Qué despreciable perra puede ser ésta,/si de veras me ama?”. Las oscilaciones amor/ odio, salvajismo/domesticidad, rebelión/sumisión encuentran aquí al mejor Lizalde, el que lleva su registro a la máxima tensión de amargura, al misógino enamorado de su tormento. Es el samurai que llega a escondidas y se mete en la cama para no caer en las garras de su propio tigre, rabia que ciega. Es también el blando tigrillo que se sienta a tomar su leche caliente, el intérprete de boleros resentidos que pone un acento lopezvelardiano en la vena de Alvaro Carrillo, y a sus dos fuentes traiciona con la múltiple explosión del vociferante. La derrota es suya, del tigre mínimo, de la rabia enamorada, y el triunfo es de la perra, por muerta dos veces perra y más odiada: “su muerte ha sido la más sucia trampa”. Cuando más ardido, el tigre babea autocompasión vallejiana:

íPor qué morir la perra sin el perro!

¿Cómo, antes de ser creada

-antes de Dios-

morir a manos propias la creatura?

La ciudad pierde a su Beatriz, el tigre pierde a su perra y pasa de la eventración desgraciada a la amarga farsa de una zorra enferma. Aunque al comentarse Lizalde gusta de elogiar a La zorra enferma como libro irritante e incómodo, uno prefiere lamentar que sea tan irritado y tan cómodo. Sólo en la sección “¿Quién inventó este juego?” conserva el modo y la fuerza del poema anterior, es un comentario tardío a la triste aventura. Y gana humor sin perder -aquí- fuerza. Ahora el tigre sale de la cantina y se cuida de no hacer el oso a media calle.

El resto de La zorra, bien podado como ya quedó dicho, es un irritado ajuste de cuentas de Lizalde con sus contemporáneos, un homenaje sordo a José Revueltas sin mencionarlo; responde a la necesidad de morder a quienes en nombre de la Revolución lo mordieron y de reparar sus propias faltas populistas. “La sangre en general” (1959) buscó al mundo del otro Vallejo (Demetrio) y no supo encontrarlo. En La zorra dirá:

Si el pueblo leyera este poema

no entendería jamás

que se trata de un poema.

La ironía lo incluye pero no pretende que lo abarque. Quiere que su libro sea una mentada de madre y un antídoto casi festivo contra el susto de la historia.

Durante el recorrido de Caza mayor (1979), el tigre sale con sus cuates a cazar tigres y otras fieras. Aún recuerda a la que lo quiso domesticar, pero la mujer ya no es perra; en todo caso, no tan perra. Y su mesianismo juvenil encuentra nuevo eco en esta caza menor, poema amoroso de menos odio, ironía que busca defenderse -como tantas otras- del desgaste y la Revolución traicionera:

Salvar el Partenón, salvar al tigre,

al hombre.

Viejas disyuntivas líricas

de la izquierda terrestre, la derecha

terráquea.

Otra zoología. Lizalde no es fabulista sino Walt Disney a la inversa. En vez de humanizar a las bestias animaliza a sus personas, y a los seres-tigre, zorra, perra, oso, gatos y ratones los animaliza a lo bestia. En “Cultura” dispara en tres líneas su propia Fantasía:

La música es peligrosa:

apacienta a los leones

pero excita a los ratones.

Otra vez Mickey Mouse es el aprendiz de brujo.

Notablemente, Poemas de la última época centra el ojo en un bestiario más doméstico: gatos que son acertijo, perros como metáfora de la estupidez y el servilismo. Cuando borda al margen de un tratado (el de Wittgenstein, por supuesto) cae en la tentación ahora corriente de saquear al filósofo de las papeletas para obtener epígrafes y pretextos, si bien opta por el curioso camino de no transcribirlos sino referirnos al Tractatus, lo que le permite independizar sus textos y hacerlos más leves y juguetones. Como Juarroz, crea acertijos poéticos, mete a Escher entre líneas y paladea “la sabrosa tautología del ser”. Apela a la música (él que sabe de ópera y voces engoladas) e insiste en sus exorcismos al ausente mundo”

preciso y real en que nos degradamos

con la edad, la política, el benéfico

amor

todos los días.

Por último, dedica la huertiana “Tercera Tenochtitlan” a Efraín Huerta, con una rabia menos convincente y menos retórica, a pesar de que este nuevo circuito interior por el que “siempre pasa un avión” tiene tramos bien pavimentados. Es poco creíble, o al menos poco necesario, clamar que

no ha habido en ningún mundo una

pocilga

para peores puercos.

Con el tigre de Lizalde ocurre lo mismo que con los boxeadores y luchadores: preferimos verlo herido y sufriendo que enojado o aplaudiendo; lo queremos en el ring, no en los palcos.