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María Luisa Puga: Pánico o peligro. Siglo XXI Editores, México, 1983, 282 pp.

Cuatro personajes femeninos ocupan la mayor atención de María Luisa Puga en su última novela, Pánico o peligro, a través del intento autobiográfico de una de ellas, Susana. El relato de Susana es el larguísimo anecdotario de una niña que comienza su adolescencia en la segunda mitad de la década de los sesenta y que, en el filo inseguro de los treinta años decide llenar todos los cuadernos que sean necesarios con tal de ofrecer un testimonio de su vida al que es su enamorado más reciente. Es una historia mal vista y mal dicha, en favor de cierta flexibilidad, innecesaria e insostenible por lo que a este caso respecta, de lo que puede o no ser verosímil cuando algún inocente toma la pluma para contar lo que ha sido su vida; una historia supeditada a emociones, recuerdos y certidumbres que en sus mejores momentos no pasan de ser una impostura apostrofada por el oportunismo, la banalidad o la simpleza, y que da cuerda también de otros personajes que gravitan en Susana y tres amigas de toda la vida. Sus escenarios corresponden a los de una ciudad inexistente, es decir, a los de una ciudad que sólo existe en la imaginación y en las ideas literarias de sus habilidades más sedentarias. Su voz narrativa es holgazana y en ella, más que en cualquier otro aspecto de la novela, resulta evidente, si no la falta de propósito, sí la falta de dirección y el mínimo control esperado en una escritora que, como María Luisa Puga, no es la primera ni la segunda vez que publica lo que escribe.

El espejismo de un lento paseo dominical abre la novela y Susana le cuenta a su cuaderno para que se entere su galán destinatario, o viceversa:

Imagínate: éramos mi padre, mi madre y yo. Me acuerdo del coche cuando salíamos a pasear. Un Plymouth de segunda que acababa de comprar mi padre. Su primer coche y el último que tuvo. Lo manejaba con temor, con muchísimo cuidado. Nunca se sintió seguro manejándolo. Para ver por la ventanilla, yo me tenía que arrodillar en el asiento. El coche era como una tina de latón, y el mundo afuera era muy raro pese a los comentarios de mi mamá: que si las jacarandas ya estaban floreando, que si aquel edificio nuevo. Contenta mi mamá en esos paseos graves, casi solemnes, de los domingos.

Es el principio de un extenso capítulo en el que caben todos los personajes (o la gran mayoría) que más tarde tendrán su parte, desarrollada o no, para luego esfumarse. Y ya desde este primer capítulo -doce en total- los padres de Susana desaparecen de muerte tan artificiosamente natural e insulsa como su mismo relato; es el recurso que la novela seguirá usando para apartar al lector de los platos ofrecidos al comienzo. “Tenía 19 años y se sentía acabada”, escribe Susana en sus cuadernos. Y abandonada en la gran ciudad por dos líneas de parentesco olvidadas en la provincia, la joven huérfana se recuerda a sí misma en la cuesta que su suerte y su indefensión le han otorgado, teniendo enfrente de ella un escenario digno de un gran pasquín: la ciudad para ser descubierta sin ningún tipo de atadura familiar, el trabajo seguro e intercambiable a capricho para aniquilar la renta a tiempo, la amiga (Lourdes) que algún día será célebre por lo que escribe para llenar sus tiempos libres toda la vida por delante para llegar al sur de la ciudad y para sus romances impredecibles con criaturas politizadas y politizantes. Pero no nos adelantemos. Susana todavía no estrena bien a bien su vida de huérfana en el departamento que tiene para ella sola, cuando en eso se muere una de sus tres amigas, Lola. Después de un año de matrimonio, sale de escena éste que era un personaje secundario, pero mucho más elocuente que el resto de los perfilados hasta el momento. El mismo recurso saca de la novela a Socorro, la última de las amigas que se lleva la muerte. Ella, la bonita del grupo la niña golpeada, la adolescente ambiciosa, la del aborto clandestino antes de los veinte años, la modelo perfumada y frívola que en un pasaje incógnito del cuaderno de Susana se vuelve guerrillera de una organización todavía más incógnita que ese pasaje; ella, Socorro, desaparece en los sótanos de la policía. Pero esta muerte -a diferencia de lo que pasó con Lola- si amerita ir acompañada por una de las tantas exégesis bobas de Lourdes la escritora, la única que supo leer las transformaciones de Socorro. Las de Socorro sí son transformaciones, y no como las de Lola, cuya sola transformación fue casarse y que de cualquier modo nunca sería politizada por su marido. De modo que, junto con Susana, Lourdes también es la única que sobrevive a la terrible disyuntiva cultisureña que plantea el título: “la diferencia entre vivir con pánico o enfrentar el peligro”.

Susana escribe de madrugada. No es escritora ni le interesa serlo a diferencia de Lourdes, que lleva años escribiendo una novela sobre México y que trabaja en una editorial que está en Ciudad Satélite(!). El proyecto de Susana no es ambicioso, pero para el caso es lo mismo porque comparte con Lourdes la ignorancia ilustrada a cada palabra. Así, Lourdes dice que le interesa escribir una novela sobre la corrupción en México:

…la corrupción; no la quiero decir la quiero sentir, escribirla sintiéndola. Quién te dice, dijo, si asumiéndola no llegara a poder convertirse en el único lazo que nos una, que verdaderamente nos haga un país… Asumiéndola quiere decir, entiéndeme, Susana, haciéndonos responsables, partícipes, perpetuadores de ella. Es una manera de deslizarse por la realidad… más, por el lenguaje. Por los conceptos -se entusiasmaba-: los valores. Algo que una vez comprendido a fondo, podría llegar a ser una fuerza.

Y por su parte Susana tiene todo un arsenal de genialidades e intuiciones políticas, literarias y sociológicas: pánico y prejuicio y (otra vez) Cultisur y sensibilidad:

El negocito mexicano (la miscelánea) del que todavía no ha tenido que ser asalariado. Pero ya no tarda (…). Me he fijado cómo acá, en el sur, hay una especie de retorno a ese negocito: esas señoras que entre orden y orden a su sirvienta han alquilado su localito decente para vender los pasteles que han hecho tantas veces en sus casas y tantos elogios han recibido de sus hijos y marido distraído. O las que llevan años de coser primores. Negocitos que se inician con una especie de pudor, un olor azucarado y un apóstrofe arribista y absurdo. O negocios entre jóvenes, de ropa, discos, manufacturas de cosas de plástico. Sí, hay un retorno, o un rechazo a la gran compañía impersonal y tediosa, pero que no tiene nada que ver con ese rincón oscuro y resistente de la miscelánea. No sé si es una cosa de tiempo, o de luz. No sólo de decorado.

Susana no sólo desea su indefensión, sino también hacerla viable y documentarla -por ejemplo, descubre o decide que ya desde niña era pobre porque le daban sólo 5 pesos diarios, ía principios de los sesentas!, para gastar en la escuela -lo mismo que desea que una venta de garage del Pedregal o San Angel o Coyoacán se vuelva estanquillo de la colonia de los Doctores.

Pero no sólo en eso se pasa la vida. Las amigas llegan al departamento de Susana. Ella -que desde su adolescencia arrastra consigo el apodo de La pasmada, por otra brillante idea de Lourdes- ocupa la mayor parte de su tiempo libre sentada frente a la ventana; es lo único que hace. No se va a vivir a otro edificio, sólo cambia una ventana por otra. Y su vida transcurre en las distintas oficinas de sus (siempre a la mano) empleos consecutivos. Y en esas oficinas, una vez resuelto el misterio del ingreso, todo lo que la rodea es una enorme bondad que ella puede o no rechazar juzgándose invicta en un juego establecido por ella para garantizar su triunfo. Nada ni nadie la toca. Quienes se acercan a ella tienen vocación de educadores o lameculos. Ella es o no receptáculo de netas tiradas al aire o de misiones politizadoras, atendidas con paciencia en su trabajo o en el departamento. Pero sobre todo, Susana es una mujer sin cuerpo, como la ciudad que conoce por distintas ventanas. En su adolescencia caminó por la ciudad (o la parte de ciudad que le correspondía), pero esto fue antes de recorrer en camión la distancia entre el trabajo y su ventana; más tarde, cambió por necesidad los camiones y entró en contacto con los peseros. Y en esto fue incapaz de aprenderle un sólo truco a la enormísima ciudad que la hizo aprensiva desde esa vez en que, al caer la tarde, le puso frente a su ventana la escena de un secuestro policiaco que ya jamás podría olvidar.

No falta, por supuesto, algún aspirante con deseos de servirse a sus anchas las carnes de Susana, pero sin poder llegar a ningún lado. Si algo, Susana domina su territorio y ahí siente una seguridad absoluta: ésta es la mejor parte de su inermidad o inocencia o tontera infranqueable, y a la que María Luisa Puga jamás retira su aval como autora. La “pobre y pasmada historia” de Susana -como la misma Susana dice en algún momento- no es tan sólo la vida de una mujer joven pegada ocho horas diarias a un escritorio, o a una ventana vespertina, junto a postales oportunistas de una ciudad ajena a ella y a la novela, es decir, vistas requisadas a otras páginas y autores; Pánico o peligro es también el itinerario que sigue Susana hasta llegar a una ventana del sur de la ciudad, en la que vive la paz de la vegetación y del espacio: la ventana de una habitación en la que todas las madrugadas escribe su historia, o el relato de una adolescente que supo enfrentar serias dificultades -la primaria oficial y los sueños incompletos del padre- hasta llegar a su dulce retiro del sur, pero eso si, ya muy bien politizada por el regio galán del sindicato universitario, el suscriptor principal de los cuadernos de Pánico o peligro. Por eso Susana se sabe parte de la “izquierda contenta” y le dice a su compañero”:

…yo estoy de acuerdo en estar aquí, en ser parte de tu mundo de reuniones y manifestaciones y largas, tediosas precisiones anotadas en nuestros cuadernos Scribe. Estoy de acuerdo en reírnos y en leer el unomásuno y subrayar el Así es y luego cada cual irse a su casa. Y sentirse a salvo. En dormirnos tarde y con música y hacer el amor y amanecer medio crudos.

A la indefensión de Susana la tomaron por sorpresa el amor de coyuntura específica y el tirar línea de los alineados en la misma bobería exegética que Lourdes. Al leer, no se sabe si compadecerla o dar por merecida su suerte entre los conjugadores del verbo politizar, los tales para cuales aleccionadores de “compañeras” (o tales para, al menos, Susana y Lourdes, porque de las otras que se topan con “compañeros” que las consideran susceptibles de politización, no se sabe). Le escribe Susana al joven sindicalista:

Un día entendí. No sé si te acuerdes: hablabas con alguien de tu amigo Quezada y su nueva compañera. Y tú dijiste: la va a tener que politizar, pero no es problema, Quezada puede. No será la primera vez. Yo los oía distraída y me quedó la sensación de que a esa chica le iban a hacer algo; la iban a cambiar, a enderezar… algo. Y de pronto los imaginé hablando así de mí. Sentí, más que pensé: Lourdes y su manía de “educarme”. Y luego me reconocí con extrañeza como si me hubiera olvidado por un largo, largo tiempo. De improviso me topé conmigo misma y ahí supe que algo había cambiado. Me pregunté si era que me estabas “politizando”, y entonces sentí la ciudad distinta a la que yo conocía.

Pánico y peligro es una novela atenida a lo que puede hacer su lenguaje, a la capacidad que tenga el lenguaje para ocupar y ser el relato mismo, porque la historia que Susana tiene para contar es irrelevante; pero resulta que el lenguaje de Pánico o peligro también es irrelevante y nunca aparece al servicio de la narración o siquiera al servicio de Susana. Este personaje no tiene ni voz propia ni cartel dramático; sus cuadernos son incapaces de dar tonos distintos de emoción o recogimiento. La primera persona deja de ser un recurso literario para volverse una regresión al servicio del ego. La informalidad buscada y equívoca en la manera de escribir de Susana: “Nos vi de pronto”, no puede imprimir matices que fundamentarían la distancia entre la escritora (Puga) y la primera voz del relato (Susana); esa informalidad no es intencional ni voluntaria, no es parte del personaje imaginado o visto así por Puga, sino parte de quien supuestamente es el responsable de toda la narración. La voz de Susana no surge del control que Puga haya ejercido sobre su personaje; por el contrario, no hay división: Susana escribe igual que piensa Lourdes o politizan los de la “izquierda contenta” o habla la voz narrativa de María Luisa Puga. En efecto, el relato subordinado a la voz de un personaje, la informalidad de la primera persona controlada por el autor y la apuesta al lenguaje para que ocupe el lugar del relato pueden ser recursos a la mano para dar el perfil de un personaje o las atmósferas precisas de cierta evocación -como en algunas páginas de Sergio Pitol o José Emilio Pacheco o Ibargüengoitia-; pero en Pánico o peligro esto se vuelve onanismo verbal, desgaja cualquier posibilidad narrativa y, a fin de cuentas, sintomatiza una actitud literaria que se ve a sí misma como al margen de cualquier público y actúa en consecuencia: el egotismo da su salto interminable, la autocomplacencia se levanta de madrugada a

llenar cuadernos que no la sacian y piden más cuadernos, mientras la contención literaria se queda dormida.