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Uno de los problemas principales para cualquiera que intenta ensayar una definición de la ciencia es la gran heterogeneidad de las actividades conocidas con ese nombre. Así, el trabajo de un físico teórico es radicalmente distinto al del biólogo molecular, y el de ambos es muy diferente al del entomólogo. Y eso que he mencionado tres de las ciencias llamadas naturales, porque si ampliamos el marco de referencia para incluir a las llamadas ciencias sociales, las actividades de los científicos son aún más disímbolas, al grado de hacer muy difícil o imposible una generalización que las incluya a todas. Desde luego, es posible distinguir unos cuantos elementos comunes a la gran mayoría o a todas las actividades aceptadas como científicas, pero tales elementos no alcanzan para separarlas con precisión de otras ocupaciones que nadie aceptaría como ciencia.

Dentro de los pocos elementos comunes a los investigadores que cultivan distintos campos de la ciencia se encuentran los 3 siguientes: 1) los científicos no conocen de antemano lo que va a surgir como resultado de sus trabajos; 2) el objetivo central de los hombres de ciencia es aumentar el conocimiento de la Naturaleza 3) las probabilidades de qué el resultado específico de una investigación sea correcto aumentan conforme se difunde entre la comunidad científica pertinente y esta lo acepta de manera generalizada. Los tres elementos mencionados giran alrededor del conocimiento, que es lo que no se tiene, se persigue, y finalmente se alcanza por consenso.

Sin embargo, todavía hay un elemento más, común a todas las ramas de la ciencia, sin el cual no es posible avanzar en ellas y al que los resultados contribuyen cuando se transforman en conocimiento. Todos los científico necesitan y utilizan la información.

Para alcanzar nuevos conocimientos hay que partir de los que ya existen. De no hacerlo así se corre el peligro de descubrir la leche tibia. No se piense que este peligro es algo remoto o fácil de evitar. Por el contrario, representa uno de los riesgos más inmediatos que acechan a todo investigador científico cuyo trabajo se sitúa en las fronteras de su campo. La razón es muy sencilla: siempre existen otros científicos interesados en la misma área y en el mismo problema, con capacidades e intereses más o menos similares y con niveles comparables de información. Por eso es que en la ciencia, a pesar del gran componente creativo que requiere, los grandes genios no son indispensables como individuos. En otras palabras, lo que X descubre hoy puede igualmente descubrirse mañana por Y como si X no existiera, o se hubiera dedicado a la poesía. En cambio, en el arte la situación es exactamente la opuesta: los grandes genios son absolutamente indispensables como individuos. Sin Bach, el Arte de la Fuga no existiría; sin Picasso, Guernica nunca se hubiera pintado. Tanto los científicos como los artistas necesitan de la información existente en sus respectivos campos y ambos la usan como instrumento de trabajo; la diferencia estriba en que la información forma parte de la esencia de la ciencia, mientras que para el arte su función es más bien existencial.

El uso que los hombres de ciencia dan a la información es de dos tipos: por un lado, el conocimiento adquirido y sancionado con el consenso de la comunidad científica relevante se utiliza como un instrumento de trabajo más, comparable (en sus mil usos) a las computadoras para los físicos teóricos o el contador de centelleo para los bioquímicos. De hecho, la información aspira con excelentes credenciales al puesto de instrumento más valioso en el oficio de la investigación científica. En el área restringida de la investigación biomédica (única en la que pretendo experiencia personal) la información ocupa fácilmente el rango de elemento más importante de todos los que manejamos, incluyendo una enorme cantidad de máquinas e instrumentos, sustancias químicas, seres biológicos experimentales y hasta colaboradores científicos. Por otro lado, la información también se usa en la investigación científica como objetivo principal, después de todo, lo que los científicos tenemos como meta de nuestro trabajo es decir el menor número posible de mentiras por minuto. Si el objetivo central de la ciencia es aumentar el conocimiento de la Naturaleza la forma más eficiente de hacerlo bien será contribuyendo con tanta frecuencia como sea posible con información nueva y veraz.

Todo lo anterior sirve como justificación explicatoria al tema central de estas líneas: la tragedia actual de la información científica. En estas mismas páginas he tenido oportunidad de comentar varios aspectos de la ciencia en México bajo la austeridad, eufemismo que realmente significa “no hay dinero”. Mis comentarios han sido críticos pero sin intención polémica; me consta personalmente que las actuales autoridades con competencia para resolver los problemas que planteo no sólo tienen conciencia de ellos sino que además les duelen en carne propia. Esto es particularmente cierto cuando se enfrenta la crisis de la información, que a mi modo de ver tiene consecuencias más graves y más duraderas que muchas otras de las crisis generadas por el cataclismo económico que hoy compartimos con tantas otras partes del mundo.

Los científicos obtenemos información técnica y profesional de dos fuentes distintas: una, la que generamos con nuestro propio trabajo; la otra, la que adquirimos a través de las diferentes vías de comunicación que utiliza la ciencia: libros, artículos originales y/o de revisión en publicaciones periódicas, conferencias, seminarios, congresos, contactos personales con otros científicos etc. Desde luego, existe una gran desproporción en la magnitud relativa de estas dos fuentes. Lo que cada científico individual aporta al conocimiento (aún los más excelsos) es microscópico cuando se compara con el impresionante y majestuoso edificio de cada área científica, que a su vez se empequeñece cuando se contempla la vasta urbe constituida por todas las ciencias. Sin embargo, es interesante que de cuando en cuando (muy de cuando en cuando) surge un científico genial que por sí solo genera información tan abundante y, sobre todo, tan general, que su contribución tiñe de manera indeleble no sólo todos los conocimientos directamente conectados con la ciencia relevante sino que además alcanza y matiza otros campos científicos, más o menos alejados del suyo propio. Tales han sido los casos de Galileo, de Einstein, o de Darwin. El punto que me interesa subrayar aquí es precisamente la diferencia en los órdenes de magnitud de las dos fuentes de información abiertas al científico activo contemporáneo: la generada personalmente, y toda la demás.

Durante la mayor parte de la historia de la ciencia en el mundo occidental, el problema que hoy enfrentamos no sólo no existía sino que no podía existir. Si aceptamos que la ciencia data del siglo XVII (± uno o dos siglos, según la ciencia que se cultive) lo que los científicos mexicanos debían aprender en el siglo XVIII era todavía bien poco: la ciencia era muy joven. Bastaba con leer media docena de libros y asistir a no más de una reunión internacional anual para estar razonablemente bien informado sobre todo lo que ocurría de nuevo en el campo. La situación no cambió cualitativamente en los dos siglos siguientes (XVII a XIX), aunque quizá el número de libros requeridos subió a un par de docenas al año y las reuniones internacionales se multiplicaron de tal manera que hubo necesidad de seleccionar aquellas más afines al campo específico del investigador interesado. A principios del siglo XX se registraron dos cambios radicales en este panorama: en primer lugar, en muchos campos de las ciencias naturales las publicaciones periódicas empezaron a competir con los libros por el primer lugar como vehículos para registrar y difundir las novedades científicas. La hegemonía de los libros se vio en entredicho; el principal problema era el tiempo transcurrido entre la observación científica y su publicación. Para los libros era de meses, mientras para las revistas periódicas era de pocas semanas. En segundo lugar, la atomización de la ciencia promovió simultáneamente la microescalación de las comunicaciones presentadas. Con el descubrimiento de que la Naturaleza es mucho más compleja de lo que nuestros abuelos se imaginaban, los aspirantes a la universalidad de Leonardo comenzaron a escasear. Los problemas planteados se restringieron en extensión, los modelos experimentales limitaron sus exigencias en forma ejemplarmente económica, las soluciones ofrecidas tuvieron cada vez menos generalidad de aplicación.

En forma simultánea al incremento en la complejidad de la ciencia, los medios empleados para la difusión de los nuevos conocimientos científicos han aumentado de manera descomunal. Nadie sabe cuántos libros se publican al año en su propio y limitado campo de interés científico; se calcula que anualmente aparecen más de 50 000 revistas técnicas especializadas en diversos campos de la ciencia. Las bibliotecas han crecido también pero sólo unas cuantas en el mundo aspiran a poseer colecciones más o menos completas de la literatura científica; la mayor parte contiene una selección de libros y revistas afines a los intereses especializados de la institución de que forma parte. En México, hasta fines del año pasado, existían varias bibliotecas entre regulares y buenas, donde los científicos de distintas ramas podíamos encontrar la mayor parte de la información necesaria.

Pero con la devaluación del peso mexicano y la inflación galopante que la acompaña, los precios de los libros se han elevado (y continúan subiendo) estratosféricamente, y lo mismo pasa con las suscripciones a revistas científicas. Simultáneamente, los presupuestos institucionales han sufrido recortes, lo que limita todavía más las posibilidades de adquirir la información científica indispensable para trabajar. La tragedia alcanzó proporciones aterradoras con el control de las divisas extranjeras, en vista de que la inmensa mayoría de los libros y revistas científicas vienen del exterior. Un libro que antes de la devaluación costaba $1 000.00, actualmente puede llegar a costar $15 000.00 o aún más, aparte de que durante meses no se autorizó la importación de libros. En la biblioteca de la institución donde yo trabajo se interrumpieron las suscripciones a más de 100 títulos a partir de enero del presente año y ya casi no se adquieren libros; visitarla en busca de alguna referencia es una experiencia desoladora y casi siempre infructuosa. Nos estamos quedando sin la fuente externa de información, lo que constituye la catástrofe más grave que ha sufrido la ciencia mexicana desde que existe. El recurso de compensar esta pérdida aumentando el número de reuniones internacionales a las que asisten los científicos está completamente vedado por las mismas razones económicas.

El resultado de este aislamiento de las corrientes científicas internacionales se sentirá en un plazo más corto de lo que se piensa. Con el aumento progresivo en la brecha que nos separa de los países técnica y científicamente adelantados, pronto no tendremos ya ni la capacidad para entender lo que están haciendo. Esa es la condición ideal para garantizar el colonialismo económico e intelectual. Por eso me parece que la crisis de la información científica en México es una tragedia.