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Las conversaciones que integran esta mesa redonda tuvieron lugar en la redacción de NEXOS a mediados de 1983 y fueron revisadas por los participantes en noviembre, días después de la invasión estadunidense de Granada. Muchas cosas agitaron el escenario centroamericano durante esos meses pero ninguna de ellas, por desgracia, alteró las condiciones esenciales del conflicto centroamericano que se analizan en esta discusión. De un lado, la intensidad creciente de la escalada norteamericana; del otro, la voluntad política de un puñado de países latinoamericanos de evitar la guerra y hacer posible una solución negociada. El Grupo Contadora, que reúne a los gobiernos de esos países, ha avanzado considerablemente en la delgada senda pacificadora hasta obtener el respaldo de la ONU y plena autoridad moral y diplomática ante la comunidad latinoamericana. Pero también Estados Unidos ha avanzado implacablemente en su cerco militar sobre Nicaragua y en la confección de un mecanismo regional destinado a imponer una “solución” militar a la crisis centroamericana.

Las implicaciones estratégicas y los compromisos políticos que la evolución de esta crisis plantea para México no puede desestimarse, aunque la propia crisis interna que vive el país parezca haber apagado su disposición social a movilizarse intensamente en torno a esa causa decisiva. Entre otros asuntos claves, esta mesa redonda recuerda que una parte importante del futuro inmediato de México y de su relación con Estados Unidos, se está jugando en Centroamérica.

Los participantes en esta mesa son, por orden de aparición, Carlos Tello Macías, autor de La política económica de México, 1970-1976 (Siglo XXI Editores, 1979) y de La disputa por la nación (en colaboración con Rolando Cordera, Siglo XXI Editores, 1980); Adolfo Aguilar Zinser, investigador del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo y director de la revista Informe. Relaciones México-Estados Unidos; Olga Pellicer y Luis Maira, especialistas en cuestiones internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), y miembros del comité editorial de la carta mensual Estados Unidos: perspectiva latinoamericana; Adolfo Gilly, autor de La Nueva Nicaragua (Nueva Imagen, 1981) y Guerra y política en El Salvador (Nueva Imagen, 1982); finalmente Gustavo Iruegas, director de Protección de la Secretaría de Relaciones Exteriores, ex encargado de negocios de la embajada mexicana en Nicaragua 1978-1979 y de la embajada de El Salvador 1980-1981.

Carlos Tello: Del análisis y estudio de la situación que prevalece hoy en día en Centroamérica, se pueden derivar una serie de cuestiones que son comunes al conjunto de los países de la región, al margen del carácter específico que tienen en cada uno de los países que la integran. En primer lugar destaca la presencia y la influencia abrumadora de Estados Unidos. Esto sería lo común. Lo específico son las distintas formas en que esta presencia se hace sentir. En el caso de Nicaragua se manifiesta en una combinación de guerra económica y una agresión promovida, lo que implica que Nicaragua destine recursos importantes para estar permanentemente preparada, recursos que de otra manera destinaría a su desarrollo económico y social. En el caso de El Salvador la presencia norteamericana se hace sentir por la vía del apoyo militar al gobierno; en el de Costa Rica, por la vía de recursos financieros y apoyos crediticios que le permiten al país medio superar la crisis por la que atraviesa.

En segundo lugar, conforme ha crecido la presencia de Estados Unidos en la región ha desaparecido la de otros países occidentales. Parecería que el resto de los países occidentales aceptan que Centroamérica es una especie de mediterráneo norteamericano. Eso sería lo común. Lo específico es la presencia desigual y no cabalmente explicada de Israel en la zona. Lo sería también el esfuerzo franco-mexicano en el caso de El Salvador.

En tercer lugar, todos los países de Centroamérica atraviesan una crisis económica cuya duración y profundidad no parecen tener antecedentes en los últimos cincuenta años. Esto sería lo común. Lo específico es la forma-desigual en que ha afectado a cada país, los sectores sociales que más la resienten y las formas en que la están enfrentando. Nicaragua, en medio de la adversidad, trata de promover su producto multiplicando la oferta de servicios y bienes que aseguren un mínimo de bienestar a su población. Honduras, en la mitad de los conflictos, no acaba de resolverse por la vía de las reformas liberales. Costa Rica, con su clase media, pequeño-burguesa, se convierte cada vez más en un país de compradores y de servicios, con algo de agricultura para la exportación. El Salvador y Guatemala destinan cada vez más recursos a la guerra, mientras que sus economías se debilitan.

En cuarto lugar, se observa en la región el papel determinante que en los procesos sociales desempeña la iglesia. Esto sería lo común, lo específico son las formas particulares en que participan los obispos y sacerdotes en los procesos de cambio que se están dando o gestando en la región: desde la presencia de sacerdotes en gobiernos revolucionarios (Nicaragua) hasta la identificación de miembros prominentes de la iglesia con gobiernos represivos (Guatemala). Junto con la iglesia católica, se observa un crecimiento y el desempeño de un papel importante de las sectas religiosas norteamericanas.

En quinto lugar, en la región se observa la existencia de una derecha políticamente organizada y relativamente fuerte. Eso sería lo común en Centroamérica. Lo específico, estaría ejemplificado por la fuerza del Frente de Liberación Nacional en Guatemala; del Congreso Constituyente de D’Abuisson en El Salvador; el voto que obtuvo el Partido Conservador en Honduras; la presencia de la derecha en Costa Rica y los esfuerzos de las tendencias representadas en el periódico La prensa dentro de Nicaragua. Independientemente de la fuerza relativa o del papel que en la actualidad esté desempeñando, la derecha en la región es uno de los actores principales y debe tomarse en cuenta.

Un sexto elemento común a la región es el enfrentamiento de dos proyectos de desarrollo: uno que promuevan las fuerzas progresistas, tratando de desarrollar un proyecto democrático, de economía mixta y de atención a los rezagos en materia social que predominen en la zona; el otro, patrocinado por la derecha, busca funcionalizar, aún más, el desarrollo de la región a partir de un esquema de economías abastecedoras de materias primas y productos agrícolas para el mercado norteamericano. Esto sería lo común, la lucha de los dos proyectos. Lo específico sería el grado de desarrollo de estos proyectos en cada país y los pasos que los distintos gobiernos están dando para alcanzarlos.

En séptimo lugar, lo que parece común a la crisis que atraviesa la región es lo prolongada que ha sido y será esa situación tensa y crítica. No se ve, en ninguno de los países de la zona, una solución pronta a la situación crítica por la que atraviesan.

En octavo lugar, lo que también es común a la zona es el alto costo humano, material y financiero que ha significado la situación crítica que han vivido y que, por lo visto, vivirán. Resulta una paradoja que países con problemas atávicos y carencias enormes se vean forzados por distintas razones a destinar recursos cuantiosos para armarse.

En noveno lugar, lo común a la zona es la importancia que en los procesos de cambio las distintas partes de la contienda le atribuyen a México. Lo específico es el grado de relaciones, confianza y actitud que cada uno de los gobiernos de la zona y México mantienen entre sí.

Finalmente, lo común es la regionalización del conflicto en Centroamérica y lo específico es el papel que cada uno de los países está desempeñando y el papel que Estados Unidos les quiere imponer.

NEXOS: ¿Cómo se plantea la posición de México en Centroamérica frente al problema de la regionalización del conflicto?

Adolfo Aguilar Zinser: En diversas ocasiones Gustavo Iruegas se ha referido al carácter eminentemente práctico de las iniciativas de México en Centroamérica. En efecto, la posición mexicana en Centroamérica se ha ido adaptando gradualmente a la marcha de los acontecimientos. Sin embargo, vivimos un momento en la región que empieza a plantearle a México la necesidad de asumir definiciones fundamentales que afectarán su relación con Estados Unidos, así como la autonomía y el equilibrio político en el propio México. La intervención de Estados Unidos se ha intensificado en todos los ámbitos de la vida centroamericana. Entre 1978 y 1980, la situación se limitaba al conflicto social resuelto en Nicaragua y a la lucha revolucionaria en El Salvador. Ambos acontecimientos planteaban la viabilidad de la revolución armada para hacer frente a gobiernos en total bancarrota moral y política, sostenidos sólo por la fuerza de la represión. No obstante, o precisamente por eso, la política norteamericana transformó gradualmente esas crisis nacionales en un conflicto regional, condicionando así el comportamiento de todos los países del área y ya no sólo de los directamente afectados por las luchas sociales. En consecuencia, política y diplomacia han ido gradualmente militarizándose en la región centroamericana. El proceso de intervención ha ido cancelando los espacios de maniobra política para la mayor parte de las fuerzas sociales.

Carlos Tello: “Problemas comunes a la región son la presencia e influencia abrumadora de Estados Unidos y la decreciente influencia de otros países occidentales, la crisis económica sin precedente, la existencia de una derecha organizada y fuerte, el elevado costo humano de esta situación y la importancia que en los procesos de cambio le conceden a México las distintas partes de la contienda”

La regionalización se inicia con el fracaso de la contrainsurgencia en El Salvador, el momento en que Estados Unidos señala como causa fundamental del conflicto, el supuesto apoyo de Cuba y Nicaragua a los guerrilleros. Al mismo tiempo, el gobierno de Reagan recluta a Honduras y gradualmente a otros países para definir a su favor la correlación de fuerzas militares, que a su vez altera dramáticamente el equilibrio de fuerzas políticas dentro de los países involucrados. Estados Unidos está creando en Honduras, Costa Rica e incluso Panamá, una clara división entre los sectores político-militares aliados a su doctrina y todas las demás fuerzas nacionales, lo cual amplía el espacio de la confrontación social a todos los países y da nuevo contenido a la regionalización del conflicto.

Desde el punto de vista práctico y militar la estrategia ha dado resultados, como lo prueba la reciente activación del CONDECA. En síntesis, se avizora como única perspectiva de “solución” un desenlace militar que amenaza no sólo a Nicaragua, sino que incluye también a El Salvador y Guatemala. Es decir, una confrontación de dimensiones regionales.

NEXOS: Frente a este proceso de regionalización y militarización del conflicto centroamericano, ¿qué sucede con el debate político interno en Estados Unidos y con su opinión pública? ¿Habría en ese ámbito un límite para la estrategia intervencionista del gobierno de Reagan?

Adolfo Aguilar Zinser: Es un aspecto crucial. Pero hay que decir que al cabo de dos años de una intensa actividad política en Estados Unidos para sostener el esfuerzo de intervención, las perspectivas de un movimiento vigoroso y serio de oposición hoy por hoy son desalentadoras. Una serie de hábiles juegos ideológicos y una muy eficiente manipulación de la información, limitan seriamente el ímpetu de los críticos de Reagan. Recordemos que en 1979, un sector importante de los demócratas y liberales norteamericanos, dentro y fuera del Congreso, reconocieron, incluso de buena gana, el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua y aceptaron que no constituía una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, sino el fin inevitable de una cruenta dictadura. Sin embargo, la incesante campaña de desprestigio a los sandinistas del gobierno de Reagan ha logrado que Nicaragua pierda poco a poco el sustento político con el que contaba en Estados Unidos. Muchos de los que antes apoyaron a los sandinistas, consideran hoy que éstos traicionaron los supuestos compromisos de 1979 y se volvieron gobernantes totalitarios, títeres soviéticos. El “ejemplo de Nicaragua” sirve actualmente en Estados Unidos como símbolo para juzgar negativamente la naturaleza y sinceridad de los movimientos revolucionarios de El Salvador y Guatemala. Muy pocos políticos norteamericanos están dispuestos ya a comprometerse en la defensa de estos movimientos, tal como se revela en la modificación sustancial de las posturas del Congreso respecto a las negociaciones en El Salvador: hace dos años diversas iniciativas emanadas del Capitolio exigían negociaciones incondicionales de Estados Unidos y el gobierno salvadoreño con las fuerzas revolucionarias, para entregar a éstas una cuota de poder en el gobierno que facilitara el tránsito a un proceso electoral democrático. Hoy en día, las negociaciones se plantean como un instrumento para dar determinadas garantías que induzcan al FMLN a decretar un cese de fuego y a concurrir a las urnas para resolver el conflicto. Los voceros más calificados del Congreso señalan muy claramente que lo innegociable ahora es la participación de la guerrilla en un gobierno de transición. En 1979 y 1980, se planteaba en el debate político de Estados Unidos la necesidad de una solución alternativa, no militar, que incorporase las demandas de las organizaciones revolucionarias. Hoy se da más bien la aceptación, prácticamente unánime, de que en ningún caso los revolucionarios deben tomar el poder por las armas. Para los demócratas la solución militar debe combinarse con la implantación de reformas y de ayuda económica; los republicanos insisten en que la solución debe ser eminentemente militar. Son desacuerdos partidistas que funcionan en la práctica como una cortina de humo que encubre el verdadero consenso logrado por Reagan, un consenso que puede no estar fundado en el convencimiento, pero sí en el temor de los opositores del presidente Reagan a correr riesgos en la víspera electoral. Reagan ha conseguido ubicar el conflicto en el contexto de una discusión sobre la seguridad nacional de su país, no en el de su política hacia América Latina o del futuro verdadero de esa región. En este contexto, los congresistas norteamericanos progresistas se hacen este tipo de reflexiones: “yo no creo que los sandinistas, el FMLN, o la URNG sean realmente títeres soviéticos. Pero tampoco estoy dispuesto a asumir el riesgo político de apoyarlos, porque si después se nos muestran real o ficticiamente como títeres soviéticos, me harán pagar dicho apoyo con votos de mis electores”. Otra cortina de humo en el debate político de Estados Unidos, es lo relativo a la intervención militar directa. Aún después del aparente éxito en Granada, la opinión pública norteamericana es unánime en que sus tropas no deben participar directamente en el combate de Centroamérica. ¿Esto impide la intervención directa norteamericana? Yo creo que no, porque la intervención no va a consumarse después de una consulta a la opinión pública o al Congreso, sino como una medida súbita justificada por acontecimientos reales o ficticios. Granada es una muestra de ello. El presidente Reagan cuenta ya, de hecho, con un cheque en blanco para enviar tropas a Centroamérica. La intervención, en estos términos, elimina en la práctica el debate político. Lo que falta pues, es que se den las condiciones justificatorias de la decisión de Reagan.

NEXOS: ¿Cuáles serían esas condiciones?

Adolfo Aguilar Zinser: El peligro inminente de un triunfo revolucionario en El Salvador por el deterioro absoluto de la ya precaria estabilidad política en el gobierno de ese país. O bien un ataque de Nicaragua a Honduras. O un incidente prefabricado alrededor de estas posibilidades.

Gustavo Iruegas: Supones que Nicaragua se va mover hacia algún lado, pero en el proceso nicaragüense no está previsto salir de sus fronteras.

Adolfo Aguilar Zinser: Así es, sin embargo no puede descartarse un enfrentamiento entre Nicaragua y Honduras, que fuese incluso favorable militarmente a Nicaragua. En ese momento, Estados Unidos intervendría con sus tropas y con una fuerza multilateral del CONDECA.

Gustavo Iruegas: Hay que plantear de qué lado de la frontera será la pelea; ¿se trata de que Nicaragua no triunfe en Nicaragua o de que no triunfe en Honduras?

Adolfo Gilly: Y otra pregunta: ¿está previsto que haya en este escenario una guerra formal entre Nicaragua y Honduras, como hubo la guerra de Honduras con El Salvador?

Adolfo Aguilar Zinser: Yo creo que sí está planteada una guerra formal entre Nicaragua y Honduras. Las condiciones del alineamiento militar y las tensiones que se han creado, la hacen muy previsible. Simplemente, preguntémonos: ¿qué ha hecho Estados Unidos hasta ahora para distender el área y evitar esta guerra? ¿Por qué en cambio se empeña en el alineamiento militar y político de todos los actores, en torno a una franca ofensiva contra Nicaragua? ¿Por qué arma hasta los dientes a estos países y los enfrenta de manera artificial con Nicaragua, haciendo aparecer a la revolución sandinista como un hecho inaceptable Para sus vecinos?

NEXOS: Y frente a esa lógica de la escalada militar, ¿qué significa la aparición del Grupo Contadora y cómo encaja en el tablero la posición de México?

Adolfo Aguilar Zinser: Tal vez el significado verdadero de las gestiones de Contadora, y del papel de México en las iniciativas de negociación, es que a lo largo de todo el proceso América Latina habrá estado ausente como interlocutor de Estados Unidos en el conflicto. Porque los actores que Estados Unidos juzga básicos en esta confrontación no son, ciertamente Centroamérica y América Latina, sino la Unión Soviética y Cuba como supuesto títere. Estados Unidos no está diseñando una política para América Latina o para Centroamérica sino una política de contención al avance soviético. En esa lógica, los sandinistas, el FMLN y los cubanos, no son otra cosa que soviéticos con caras prestadas. En consecuencia, los demás actores regionales que no se alinean en el flanco de la contrarrevolución, son disidentes que no interpretan adecuadamente el conflicto, gobiernos o tendencias ingenuos, superficiales o irresponsables. Este es en el fondo el desdén que suscita la postura de México en los voceros del Gobierno de Reagan. Lo claro en todo caso es que los latinoamericanos no formamos parte del debate, somos nada más la tierra en disputa y la carne de cañón. Contadora nace precisamente cuando, como planteó Carlos Tello, los demás actores internacionales, que habían intentado persuadir a Estados Unidos y proponer negociaciones políticas en Centroamérica, se encontraban ya en franca retirada. Es el caso de la Internacional Socialista y del gobierno francés, que al darse cuenta de que sus acciones e iniciativas los enfrentaban directamente con Estados Unidos, decidieron hacerse a un lado. Contadora es entonces el primer intento regional de configurar una solución propia en torno a la idea de que el conflicto centroamericano debe ubicarse fuera de la perspectiva Este-Oeste. Asimismo, entraña la propuesta de que los latinoamericanos expresen con su propia voz sus deseos y aspiraciones. De ahí el gran respaldo europeo a Contadora, que vio a este grupo como la aparición genuina de los latinoamericanos en el debate. Es claro sin embargo que, en Washington, Centroamérica y lo que los centroamericanos opinen, es algo meramente circunstancial. Reagan ha logrado que la discusión se circunscriba a las consecuencias del conflicto para su país, a sus intereses vitales y a su credibilidad internacional. Esto elimina prácticamente las posibilidades de un convencimiento diplomático y hace en cambio necesario el uso de la persuasión política, franca y enérgica para hacer entender a Reagan el verdadero costo de sus acciones y las consecuencias desastrosas de una intervención aún mayor. En este sentido, es necesario precisar que Contadora parte de supuestos no necesariamente realizables: el primero de ellos, absolutamente cierto, es que el conflicto centroamericano no puede ser visto con la óptica de un enfrentamiento Este-Oeste. El segundo que se deriva de éste, es que, siendo un conflicto regional, debe

ser posible resolverlo sentando a negociar a los países de la región. El problema es que aun cuando Centroamérica no es escenario de una confrontación Este-Oeste, la intervención de Estados Unidos es el factor decisivo en la evolución del conflicto, no los países de la región. Los ejércitos y los países alineados por la estrategia estadounidense, carecen de soberanía e independencia suficientes para negociar y concertar acuerdos con sus enemigos reales e imaginarios. Contadora no puede realmente pretender que Honduras negocie con Nicaragua una agresión que Estados Unidos ha implantado en su territorio y ha impuesto a su estructura política. En este sentido, la misión también imposible de Contadora, es demostrar a lo largo del proceso de negociación que los verdaderos obstáculos para que ésta se realice no son los que plantea Estados Unidos, lo cual implica asumir el compromiso de enfrentarse por la vía política y diplomática a Estados Unidos, compromiso que al parecer ningún país miembro de Contadora está dispuesto a asumir. La supervivencia de este grupo se ha mantenido gracias a la estrategia de caracterizar los problemas de la paz en Centroamérica en términos genéricos, dentro de un esquema jurídico que permite a los actores de uno y otro bando, incluso a los propios Estados Unidos lanzarse recriminaciones mutuas por la ausencia de un acuerdo real. El papel más difícil lo tiene sin duda Nicaragua, que ha hecho ya concesiones sustanciales en diversas propuestas de negociación y sin embargo sigue sufriendo las agresiones sin posibilidad de repelerlas, e incluso se le acusa con frecuencia de ser la verdadera causa del fracaso de Contadora.

Adolfo Aguilar Zinser: “La campaña de desprestigio del gobierno de Reagan ha logrado que Nicaragua pierda el sustento político con el que contaba en Estados Unidos. Muchos de los que antes apoyaron a los sandinistas consideran hoy que éstos traicionaron los supuestos compromisos de 1979 y se volvieron gobernantes totalitarios, títeres soviéticos”

Olga Pellicer: Una conclusión importante de lo que expuso Adolfo Aguilar es que el gobierno de Reagan ha logrado que la sociedad norteamericana acepte la idea de la revolución centroamericana como una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. Esa aceptación significa que se ha reducido una de las limitaciones que podría haber a una intervención norteamericana en la región. Ahora queda por definir el momento de tal intervención lo que, a su vez, sería decidido por la evolución de los acontecimientos en Centroamérica. En ese cuadro tan inquietante ¿qué papel podrían jugar los países cercanos a Centroamérica que seguramente se verán afectados por la presencia de un largo conflicto regional? Concretamente, para volver a la pregunta inicial, ¿qué pueden hacer México y el Grupo Contadora? En opinión de Aguilar Zinser, una de las principales funciones del Grupo sería obligar al gobierno norteamericano a asumir las consecuencias de su política belicista sobre la relación global con América Latina. Esta función la cumple, implícitamente, la existencia misma de Contadora. Uno de sus éxitos ha sido justamente institucionalizar a un interlocutor latinoamericano para discutir la cuestión centroamericana, evitando así que todos los razonamientos sobre peligros reales o imaginarios en la región provengan exclusivamente de Estados Unidos. Sin embargo, no me parece que los objetivos inmediatos de este grupo sean enfrentar directamente a Estados Unidos. Antes que nada, la táctica inicial de Contadora como instancia diplomática, ha consistido en ampliar el consenso latinoamericano en torno a ciertos mecanismos para la distensión en Centroamérica. Esto es significativo si recordamos que los países de la región se encontraban muy divididos respecto a ese punto. Esto se vio por ejemplo, en las reacciones al comunicado franco-mexicano. El segundo gran objetivo, a partir de ese consenso, es lograr el apoyo de diversas fuerzas internacionales: la Internacional Socialista, la Comunidad Económica Europea, los gobiernos de diversos países, etc. No se trata de enfrentar directamente a Estados Unidos, sino de crear un clima internacional favorable a lo que Contadora proponga y, creado ese clima, estar en condiciones de ejercer una presión sobre el gobierno de Reagan. Construir el consenso latinoamericano no ha sido fácil. En Contadora convergen países que tienen tradiciones distintas en materia de política exterior. Por ejemplo, no creo que haya una versión unánime de Venezuela Colombia y México respecto a la competencia de los organismos regionales o de la ONU, en asuntos relativos al mantenimiento de la paz en el continente americano. Tampoco hay tradiciones comunes respecto a la utilización de fuerzas de paz dentro del sistema interamericano. Las diferencias también se presentan, por ejemplo, en que Venezuela ha sido partidaria de que se presione al gobierno sandinista respecto a formas de organización política en Nicaragua y México ha sido partidario de dejar esas decisiones al proceso revolucionario en Nicaragua. Entonces, los cuatro países de Contadora coinciden plenamente en la conveniencia de evitar la guerra de Centroamérica. Es obvio que se verían afectadas por la presencia allí de un conflicto generalizado de larga duración pero el proceso de conciliación de sus puntos de vista no ha sido fácil. Ha requerido de un largo esfuerzo diplomático que, en gran medida, consume las energías del grupo. Sin embargo, ese consenso ha avanzado considerablemente. De otra manera no hubiese ocurrido la reunión de Presidentes en Cancún. El otro objetivo del grupo es conquistar el apoyo de la comunidad internacional a favor de su gestión; esto ha sido más fácil de alcanzar. En la comunidad internacional hay una opinión generalizada; es deseable una instancia latinoamericana que proponga soluciones a la situación de Centroamérica y ejerza un contrapeso a la acción unilateral de Estados Unidos. Ahora bien, ¿qué propone Contadora para evitar una conflagración generalizada en Centroamérica? Advierto que no se trata de hacer propuestas para dirimir conflictos internos. La guerra civil en El Salvador o la violencia en Guatemala, no forman parte de su agenda de trabajo. De lo que se trata es de construir un orden normativo y proponer mecanismos para el diálogo mediante los cuales las fuerzas centroamericanas definan su propia lucha sin interferencias. Claro que si se logra suprimir esa interferencia, ya estaría trazada la historia de Centroamérica. Pero es obvio que hay una distancia entre el “debe ser” que propone Contadora y el comportamiento que, en nombre de la defensa de su seguridad nacional, lleva adelante el gobierno norteamericano. La declaración de Cancún es el documento más acabado que existe hasta ahora para identificar las causas de la crisis y para fijar los compromisos indispensables que se deben asumir para evitar una guerra. Dentro de los compromisos que contiene la declaración, los que más me saltan a la vista, porque se relacionan directamente con los últimos acontecimientos, son los relativos a la no utilización de territorios en Centroamérica para instalar bases militares extranjeras. Al fijar ese compromiso se está señalando claramente qué es lo que está impidiendo la solución de los conflictos internacionales en el área.

Gustavo Iruegas: Yo quisiera alertar contra la idea de que uno de los episodios, los movimientos y las iniciativas del gobierno mexicano, a veces frente a los revolucionarios, a veces frente a los norteamericanos, deben proporcionar una solución. Parecería que pensamos que Contadora representa la posibilidad de que los revolucionarios abandonen su ideal revolucionario. Debemos tener muy claro que, como en su momento la iniciativa del presidente López Portillo, Contadora juega un papel importante. Al margen del discurso general que se maneja a su alrededor, hay otra cuestión importante: definir la relación entre Honduras y Nicaragua. Las provocaciones contra Nicaragua pretenden funcionar como un detonante de la guerra regional. Si los nicaragüenses se equivocaran y se lanzaran sobre Honduras, iniciarían el conflicto. Por otro lado, si los hondureños se lanzan directamente sobre Nicaragua, ésta tendrá la opinión pública mundial en su favor. En esta clase de conflictos la legitimidad tiene un papel muy importante, no se puede desechar; esto es básico para la opinión pública norteamericana. Es interesante ver lo que ocurre en Costa Rica, con la cual no está planeada la guerra. Es claro que Nicaragua jamás atacará Costa Rica y es muy difícil pensar que Costa Rica pudiera invadir a Nicaragua. La discusión ahí es estrictamente política. En cambio con Honduras la discusión es otra, es de legitimidad: ¿quién va a cargar con la culpa de esta guerra? Contadora tiene a su cargo desmantelar el dispositivo que pretende hacer legítimo el ataque a la revolución sandinista. Ese es para mí el papel que desempeña con éxito Contadora; no veo qué tiene que hacer el grupo en Guatemala, ni siquiera como invitado.

Olga Pellicer: “En Contadora convergen países que tienen tradiciones distintas en materia de política exterior. No creo que haya una visión unánime de Venezuela, Colombia y México respecto a los organismos regionales o de la ONU en asuntos relativos al mantenimiento de la paz en el continente americano”

Olga Pellicer: Lo que se ha dado en llamar la crisis centroamericana -yo tengo cierta renuencia a hablar de una crisis, creo que es necesario referirse a diversos planos de crisis, unos puramente internos y otros internacionales-, presenta una interrogante que nos inquieta a todos: ¿qué espacio de maniobra está quedando en esta época de regreso a la guerra fría para las “potencias medias”, dentro de las cuales algunos consideramos que se había ubicado México a partir de su actividad internacional de los últimos años? Al parecer éstos espacios se cierran, la política norteamericana no deja mucho campo para las ilusiones. Sin embargo, el hecho es que está funcionando un mecanismo latinoamericano que actúa independientemente de Washington, lo cual era impensable en la época de la revolución de Arbenz en Guatemala, por ejemplo, hace apenas treinta años. El hecho es que ya no existe unanimidad respecto al ejercicio indiscutible de hegemonía de las grandes potencias sobre sus zonas de influencia, aunque éstas sigan actuando como si tal hegemonía fuese indiscutible. Hay un comportamiento que parecería volver a la época más aguda de la bipolaridad, y la convicción, expresada por diversos medios, de que esto ya no es posible.

Gustavo Iruegas: Contadora es por su propio carácter inobjetable: desde los soviéticos hasta los norteamericanos, y todos los que están en medio, han manifestado su adhesión a Contadora. Y no podría ser de otra manera, ya que Contadora promueve la paz: un propósito, cuando menos declarativamente, común a la humanidad. Es parte del estilo de esta gestión. Así como se dice que la declaración mexicano-francesa fracasó, porque finalmente no llevó al triunfo a la revolución en El Salvador, se crítica a Contadora porque la inminencia de la guerra persiste. Contadora no era para eso; su objetivo era y sigue siendo otro.

NEXOS: ¿Cuál era el objetivo del comunicado franco-mexicano?

Adolfo Gilly: Legitimizar al FMLN como una fuerza representativa frente a la comunidad internacional; legitimizar la existencia de una situación de guerra civil y no de una supuesta “banda de subversivos” luchando contra un gobierno legítimo y representativo.

NEXOS: ¿Y cuál es el ámbito real de Contadora?

Gustavo Iruegas: Las medidas reales de Contadora son las del conflicto al cual sí tiene acceso. Si vamos a pedirle que negocie la paz en El Salvador no podría hacerlo, porque ahí la negociación tendría que ser de los combatientes revolucionarios con el gobierno y Contadora es una reunión de gobiernos, no de movimientos revolucionarios. Es el desarrollo de los acontecimientos en Centroamérica el que permite a esos gobiernos continuar trabajando un objetivo central: evitar juntos que nos hagan vecinos de una guerra. No es una casualidad que sean los países aledaños al terreno en conflicto los que participen en esto. Si el desarrollo de los acontecimientos exige otras medidas, se tomarán otras medidas. Ignoro qué ejercicio de imaginación se hará ni quién lo tendrá que hacer, pero Contadora, hoy, sirve para esto; el día que deje de servir ya no se usará más, se hará otra cosa. Esta es necesariamente la actitud de un país como México, obligado por su propia seguridad a evitar la guerra.

Adolfo Gilly: En eso de evitar la guerra, lo que decía Aguilar Zinser sobre el alineamiento de los partidos en Estados Unidos es básico. Parte del juego posible durante el año 81-82 era el conflicto interior estadounidense, el conflicto entre los contendientes de la política nacional. El emparejamiento de la opinión de los partidos republicano y demócrata significa un paso más allá de la política de Estados Unidos hacia Centroamérica: en cierto modo significa que ha triunfado la tesis de Reagan de incluir el conflicto centroamericano en la confrontación global con la Unión Soviética. Hay un proceso paralelo en Centroamérica. Lo que hasta inicios de 1981 fundamentalmente era una lucha política, ha sido obligado paulatinamente a transformarse en una lucha militar. El enfrentamiento se da hoy en términos casi exclusivamente militares. El indudable apoyo al FMLN de la población, de los trabajadores y de sectores muy amplios en Centroamérica, se ha convertido en un apoyo encuadrado dentro de las reglas del juego militar. Las poblaciones se han tenido que militarizar, con tremendos desplazamientos, emigración de poblaciones que se van siguiendo a los guerrilleros porque si se quedan el ejército los liquida, y que luego vuelven cuando se va el ejército. Son poblaciones obligadas a militarizarse, como les pasó a los palestinos, con la ventaja de que los centroamericanos están en su territorio, mientras que los palestinos tuvieron que irse.

Si sólo consideramos a Guatemala, el fenómeno es menos visible. La guerra guatemalteca tiene varias diferencias con la de El Salvador, sobre todo una: los guerrilleros tienen pocas armas. En relación con la población que podrían poner en pie de guerra si tuvieran las armas necesarias, es muy pequeña la proporción de guerrilleros y están mucho peor armados que los sandinistas en su momento o los salvadoreños ahora. Basta mirar el mapa para explicar esta separación. En estas condiciones, surge un embargo de armas para los revolucionarios guatemaltecos; no tengo datos precisos, pero buscando datos aquí y allá, tiendo a creer que la población organizada por ellos, capaz de ponerse en pie de guerra si tuviera con qué, sería mucho más grande; esto los obliga a tácticas defensivas, muy subterráneas, de resistencia no visible. Donde se puede probar la gran capacidad militar potencial de los guatemaltecos es en la logística, y ésta existe.

Gustavo Iruegas: Es muy importante aclarar que te refieres al movimiento de la población del campo y es cierto, lo sabe todo el mundo, se ha visto en películas. Pero lo que no se filma ni se ve normalmente es la actitud de la población urbana por ejemplo en El Salvador. La verdad es la siguiente: aún aceptando que los suministros militares de la revolución salvadoreña lleguen de fuera, hay que saber que existen suministros internos; llegan a los revolucionarios en San Salvador por el clásico “comprador hormiga”. Esta es la expresión que yo oía: nadie puede llegar a una zapatería y comprar un par de zapatos para los revolucionarios, pero mucha gente puede comprar uno por cada una. Esa gente es parte de la organización. La lucha de masas que fue necesario suspender impidió a la gente salir a la calle a gritar contra el gobierno, pero ahora sale a hacer sus compras; fue sustituida por las redes clandestinas de suministro para la revolución.

Gustavo Iruegas: “Las provocaciones contra Nicaragua pretenden funcionar como un detonante de la guerra regional. Si los nicaragüenses se equivocaran y se lanzaran sobre Honduras, iniciarían el conflicto. Si los hondureños se lanzan directamente sobre Nicaragua, ésta tendrá la opinión pública mundial a su favor”

Adolfo Gilly: Evidentemente la logística prueba la organización. Ahora bien, esta capacidad potencial se demuestra en actos: si la guerra se generaliza, si un conflicto Honduras-Nicaragua pone a los sandinistas ante la disyuntiva de pelear o morir, van a pelear. No hay que engañarse, es un potencial con el que cuentan los salvadoreños para sacarse el enemigo que tienen encima, y los guatemaltecos para salir del aislamiento. No digo que esta guerra sea deseable, pero si esta guerra se produce, entrarán en juego una enorme cantidad de factores adicionales. Por ejemplo: Guatemala limita con Honduras en la zona de la United Fruit, donde hay una gran masa de trabajadores con experiencia en toda clase de luchas y es una vieja zona de trabajo guerrillero. Entonces, quien se puede ver agarrado en un movimiento de pinzas imprevisto es Honduras. Hay otro elemento que tomar en cuenta: si hay tal generalización del conflicto, los revolucionarios centroamericanos tenderían a utilizar estas ventajas. Porque la situación dentro de cada país es muy difícil, la lucha de masas se ha transformado en lucha militar. Y no solamente en El Salvador. Los nicaragüenses han sido obligados a plantear su revolución en términos militares. En 1979 y 1980 no eran esos los términos. Estaban hablando de construir, la ayuda que pedían era para edificar. Quizá cometieron errores por inexperiencia pero esa era la vía de la revolución en Nicaragua: construir. Poco a poco han tenido que dar prioridad al ejército. Y no es cierto que lo estuvieran fortaleciendo desde el principio. Si vemos el movimiento de la conciencia y de los pensamientos de la población, y si leemos los diarios nicaragüenses de 1980 comparados con los de 1983, encontraremos que deben movilizar hoy a la población en términos mucho más militares que en 1980. Si esa era su idea como dicen sus enemigos, ¿por qué no lo hicieron desde 1980? El hecho es que, lamentablemente, también en Nicaragua las cosas están cada vez más definidas en términos militares. Otro factor desfavorable para las previsiones es que la relación de fuerzas, en términos de lucha social, se establece frente al Estado (como en El Salvador), o entre la contrarrevolución política y las organizaciones revolucionarias (en el caso de Nicaragua); pero cuando se pone en términos militares, la relación de fuerzas se establece entre estos pequeños países y la enorme potencia de Estados Unidos. Así, las posibilidades de sacar la revolución salvadoreña adelante con los medios puramente salvadoreños frente al enorme gigante, cambia completamente. En esta contradicción queda atrapada la gestión de Contadora, que podría ser útil para ganar tiempo a corto plazo y desarmar algunos conflictos, en una situación de enfrentamientos políticos entre países de la región. Enfrentamientos con un trasfondo militar, si se quiere, pero predominantemente político. Sin embargo, ese es cada vez menos el caso. También creo con Adolfo Aguilar, que en Estados Unidos hay consenso para no intervenir. Pero el consenso tiene un límite: si se crea una situación como la Dominicana, por ejemplo, sí van a intervenir y de muchas maneras. ¿Por cuál van optar? No sé. Tienen varios escenarios en lista, pero la raya que pintó Reagan es ésta: no vamos a perder El Salvador. Y eso entra dentro de la política global de Reagan, tan definida como la de la señora Thatcher. Entonces, la base sobre la cual actuaba Contadora ha cambiado. Su función era bastante más amplia, sus aspiraciones se han limitado a determinadas coyunturas específicas. Le están cambiando las cartas sobre la mesa.

Adolfo Gilly: “Si un conflicto Honduras-Nicaragua pone a los sandinistas ante la disyuntiva de pelear o morir, van a pelear. No hay que engañarse, es un potencial con el que cuentan los salvadoreños para sacarse el enemigo que tiene encima, y los guatemaltecos para salir del aislamiento”

Finalmente es necesario insistir y volver a plantear la cuestión centroamericana en un ámbito no defensivo. El problema no es si los revolucionarios centroamericanos son comunistas o no; no hay por qué aceptar los términos en que Reagan plantea la cuestión. El problema es exactamente a revés: la guerra centroamericana es parte del proceso de formación de las naciones latinoamericanas. Si hay un país donde esto es claro y donde sobre esta convicción se puede lograr un amplio arco de fuerzas para dirigirse a la opinión pública, es México, porque estos revolucionarios centroamericanos son nietos legítimos de la generación de la Revolución Mexicana, aunque como es natural vayan más lejos que sus abuelos en sus planteamientos. Fidel Castro no desciende de Lenin, sino de Martí y de la Revolución Mexicana, que después haya resultado socialista es otra cuestión: tuvo que serlo precisamente para no negar su estirpe. En el largo plazo de la historia veremos si esto es cierto o no. Pero más aún: estas revoluciones centroamericanas son parte del proceso regional de la constitución de las naciones que viene desde Juárez y desde el traumático desgarramiento de 1847. Esto no es propaganda, es simplemente un problema de historiador y de cultura. Los liberales horrorizaban a las cortes europeas, eran masones y fusilaron a Maximiliano; no eran menos “bárbaros” que los revolucionarios centroamericanos y hoy son nuestros héroes nacionales. La revolución mexicana, como cualquier otra, también tuvo el problema de las armas. ¿Era legítimo el embargo de armas a Carranza o a Villa? No era cuestión de legitimidad, sino de intereses y políticas cambiantes de Estados Unidos. Hoy, los revolucionarios centroamericanos tienen derecho a adquirir armas. Si no, los matan. ¿Quién las embarga, y por qué se les niega ese derecho? Hay dos niveles del problema. El primero es político-ideológico: en el esquema de Reagan todo mundo parece obligado a demostrar que ellos no están dando armas a Nicaragua ni a El Salvador. Es su derecho. Pero al mismo tiempo debe mostrarse a la opinión pública democrática que esa gente tiene derecho a recibir armas, que las necesitan porque los otros se reciben armas. ¿O vamos a dejar que Mejía Victores siga matando impunemente y después protestar en nombre de los derechos humanos? La opinión pública cuenta en esto, particularmente en los países latinoamericanos, y va a contar más. Esa es una de las dinámicas implícitas en el comunicado franco-mexicano, que prácticamente rompió los marcos anteriores. Su mensaje fue que los guerrilleros están luchando por algo justo, tienen apoyo popular y en consecuencia deben ser reconocidos. Una vez reconocidos, es indiscutible su derecho a proveerse de armas, como lo era el de los mexicanos de Juárez o el de los vietnamitas de Ho Chi Minh. Se debe proclamar el derecho a que los revolucionarios centroamericanos reciban armas y las compren donde puedan, como entraban las armas por la frontera norte para la Revolución Mexicana de principios de siglo. Creo que estamos en la continuación de esta historia.

Pero la parte final es otra cuestión, porque aquí no hay neutralización posible. Contadora gana cierto tiempo, pero nadie ha dicho que dará una solución final a esta lucha. La disyuntiva es: o sobrevive la revolución centroamericana y crea nuevos regímenes que permitan el desarrollo social de estos países, como está ocurriendo en otras partes, o es derrotada y aplastada. En el caso de una derrota de esta revolución que está haciendo naciones modernas por primera vez en Centroamérica, las consecuencias para México serían catastróficas. No estoy hablando de los revolucionarios, estoy hablando de las conclusiones para la nación mexicana. En el caso contrario las posibilidades para la autodeterminación y expansión nacional de México serían enormemente más favorables. México no puede apostar a que estos países sean derrotados frente a su enemigo tradicional, como no puede hacerlo ningún país, en condiciones similares. En el equilibrio de los países europeos repetidamente se han visto estas situaciones y ninguno ha jugado al triunfo de su enemigo tradicional. A menos que alguien sostenga que los intereses nacionales de México son complementarios del régimen imperante en Estados Unidos y de sus intereses imperiales, y entonces debe decirlo al país y afrontar su juicio…

Adolfo Aguilar Zinser: En efecto, no podemos seguir discutiendo la cuestión centroamericana en los términos en que impone Estados Unidos. Nunca vamos a convencer a los norteamericanos de que los sandinistas no son soviéticos, ni malos, ni comunistas. Si Contadora no prospera, México tendrá que pasar del intento de persuasión a una postura política franca frente a Estados Unidos. Ya no se trata de argumentar ante Washington la bondad de los movimientos revolucionarios centroamericanos sino de presentar a la revolución centroamericana y la contrarrevolución que Estados Unidos plantea, como un asunto de seguridad nacional mexicana, en el que va en juego su propia superviviencia y su propio espacio de acción. Creo que México es el único país, entre todos los que participan en el conflicto directa o indirectamente, que tendría capacidad de disuasión en esos términos.

Olga Pellicer: Si quisiéramos precisar, hay dos argumentos básicos que sería necesario popularizar en Estados Unidos para evitar que se cree una tensión internacional muy grave en Centroamérica. El primero, que la transformación revolucionaria de Centroamérica no significa un atentado a la seguridad nacional de Estados Unidos. De hecho, el pueblo estadounidense era renuente a aceptar que, por ejemplo, el triunfo revolucionario en El Salvador sería una amenaza muy grande para la seguridad norteamericana. Esto se encuentra en algunas de las encuestas de opinión que se han hecho. Sin embargo, el esfuerzo llevado a cabo principalmente a través de la televisión norteamericana para convencerlo de que sí representa un peligro, está teniendo éxito. El otro argumento que sería deseable popularizar en Estados Unidos es que la mejor manera de proteger la estabilidad en México es evitando la polarización a que se llega con una versión alarmista de los acontecimientos de Centroamérica. Ahora bien, para que el pueblo norteamericano deje de temer a la transformación en Centroamérica es necesario que se modifique la tensión tradicional que existe entre Cuba y Estados Unidos. La modificación de la visión que se tiene de Cuba, la búsqueda de un “modus vivendi” entre los dos países es un prerrequisito para un clima de entendimiento en Centroamérica. Es importante destacar la necesidad de un diálogo entre Cuba y Estados Unidos. Mientras Estados Unidos no cambie su punto de vista en esa materia, hay muy poco que negociar.

Adolfo Aguilar Zinser: “Contadora parte de supuestos no necesariamente realizables: primero, que el conflicto centroamericano no puede ser visto con la óptica de un enfrentamiento Este-Oeste; segundo, que siendo un conflicto regional, debe ser posible resolverlo sentando a negociar a los gobiernos de la región”

Gustavo Iruegas: Hay que negociar tiempo. Se está tratando de evitar el enfrentamiento de dos ejércitos, Honduras y Nicaragua. Cada aplazamiento de ese encuentro beneficia a todos.

Luis Maira: Valdría la pena también revisar en su conjunto el espacio internacional. Si leemos el documento clásico de Constantine Menges de mediados de 1981 definiendo a los enemigos de la estrategia de Reagan en Centroamérica, encontraremos el listado de los cuatro principales: México, la socialdemocracia la OLP (Siria y los radicales) y el bloque Cuba-URSS. Lo que más preocupaba a la estrategia norteamericana, en términos del achicamiento de su propio control del proceso, eran los dos menos radicales dentro de este grupo: México y la socialdemocracia.

Creo que el problema fundamental del espacio mexicano es que, como sugería Tello al inicio, en este último año Estados Unidos ha logrado neutralizar sensiblemente a cualquier otro país o bloque ideológico internacional que en el pasado hubiera aceptado asociarse públicamente a los objetivos de la política exterior mexicana. En el año 1982, se rompe tanto en América Latina como en Europa el consenso de la socialdemocracia sobre Nicaragua y se prefigura un desacuerdo sobre El Salvador. Por lo tanto, la socialdemocracia y los gobiernos socialdemócratas europeos dejan de estar disponibles para una política de interlocución. La OLP nunca tuvo un papel importante en el conflicto centroamericano, aunque los conservadores norteamericanos intentaran involucrarla. Pero aunque hubiera participado antes, su posición y capacidad ahora también sería declinante. Por su parte la URSS y Cuba han pasado a un esquema de gran pragmatismo. La Unión Soviética encara internamente los problemas de la toma del poder de un nuevo liderazgo que intenta un ordenamiento de ciertas prioridades globales sacrificando asuntos periféricos. Tomando el listado de Menges, entonces, vemos que el enemigo más irreductible resulta ser México, ya que la socialdemocracia se divide, la OLP tiene un papel simbólico y la URSS se desplaza a las negociaciones globales. México queda en el escenario por sus mismos intereses geopolíticos, pero sin políticas o posibilidades de alianza muy claras.

Me parece que a Contadora hay que verla en este marco de reducción de los espacios, y no sólo por la crisis financiera. Aunque la crisis financiera no hubiera existido y México no hubiera tenido el problema de la baja de los precios del petróleo y dispusiera de condiciones económicas más holgadas, creo que su disponibilidad política estaría igualmente disminuida para este efecto. México no puede sostener la posición en que se encontraba dos años atrás, en la época de la declaración franco-mexicana. Hace dos años México estaba en condiciones de seleccionar aliados internacionales y de plantear la resolución de los problemas. Colocar la guerra civil de El Salvador en un encuadramiento donde la guerrilla fuera reconocida como fuerza representativa, era una manera de resolver el problema más agudo de la crisis en Centroamérica en ese momento. Nicaragua no tenía entonces un conflicto civil ni Estados Unidos había logrado plantear un caso de ilegitimidad. Por el contrario, estaba perfectamente legitimado el gobierno sandinista. Hoy en día Nicaragua ya no tiene capacidad para encontrar aliados, ni para resolver los problemas. Está en un punto más defensivo, como evitando que el “incendio” se convierta en “explosión” o que Reagan consiga que los distintos focos se propaguen hasta la conflagración global y la centroamericanización.

Contadora es entonces una especie de última trinchera porque México, en su repliegue inevitable producido por el nuevo cuadro internacional, se encuentra ahora con otros países que antes eran sus adversarios en América Central. Recuérdese que el gobierno venezolano de Herrera Campins convocó al bloque de nueve países que se opuso a la declaración francomexicana, y que la Colombia de Turbay Ayala era uno de los aliados más incondicionales y dóciles que Estados Unidos encontrara para la estrategia de Reagan. Los cambios tácticos, que han hecho convergir a estos países son productos de la guerra de las Malvinas, de la salida de Duarte de El Salvador, y el reacomodo de las democracias cristianas en el caso venezolano. Respecto a El Salvador, hay un desinterés venezolano para apoyar al gobierno de Magaña a diferencia de lo que ocurría cuando Duarte era una especie de porta-estandarte de los intereses de la Democracia Cristiana en el área; uno tiene además la impresión de que las Malvinas fue usada como un pretexto por Herrera para hacer este viraje. Entonces México encuentra en su repliegue táctico a estos socios que se van reacomodando también y Contadora aparece entonces como la última trinchera para evitar los peores costos de la centroamericanización. Por lo mismo, son muy disímiles las posturas de los cuatro socios de Contadora. México busca defender sus valores básicos, la integridad de sus fronteras e impedir que Estados Unidos controle un área importante en la expresión del interés mexicano y de su proyección. Los otros simplemente están haciendo un reacomodo para una nueva negociación, una reubicación de posiciones, sin alejarse demasiado de las posturas norteamericanas con las que siempre han tenido un cierto consenso. Esto marca los límites de Contadora: ahí no pueden colocarse los temas que se colocaban en la declaración franco-mexicana. Por lo mismo, se explica que las guerras civiles no sean un tema central en el trabajo de Contadora, ni se mencione el caso de Guatemala, y que se coloque en un perfil muy bajo, sin aludirlo nunca directamente, el conflicto salvadoreño. Para Contadora, como se ha dicho, evitar lo peor implica sólo esquivar o resolver los conflictos internacionales: Costa Rica-Nicaragua, Nicaragua-Honduras, que son los que más rápidamente pueden propagar la centroamericanización.

Desde ese punto de vista, México hace bien en términos de la defensa básica de su interés nacional; pero sus energías para contribuir a una solución de fondo están erosionadas. Aún si Contadora tuviera un éxito completo, no despejaría las amenazas colocadas por las posiciones norteamericanas y quedarían un gran número de asuntos pendientes en América Central. La diplomacia mexicana no tendría la posibilidad de colocar el dedo en la llaga a esos problemas.

Ahí veo una cuestión crítica que muestra cómo hemos retrocedido en los últimos tiempos y hasta dónde la estrategia de Reagan está empujándonos a una situación intolerable. México, como los demás países, no está en condiciones de imponer una solución, y Estados Unidos ha conquistado un nuevo espacio por los límites en el comportamiento de los demás. El problema es que Estados Unidos no ha tenido nunca temor a Contadora ni la idea de arrollarla, de desautorizarla o descalificarla. ¿Por qué, en cambio, se descalificó con tanta rapidez la declaración franco-mexicana? Ahí está Jeane Kirkpatrik endosando Contadora, Richard Stone endosando Contadora. Primero, sucede que entre los sectores más conservadores de la diplomacia norteamericana siempre hubo la sensación, y la sigue habiendo, de que Contadora está bajo control, porque las variables que pueden afianzar al Grupo Contadora, son variables que Estados Unidos y sus aliados en la región están en condiciones de manejar y echar a pique. Estados Unidos controla por ejemplo al gobierno de Honduras, y a los exguardias somocistas. El general Alvarez y el gobierno hondureño, por su parte, tienen siempre capacidad para regular si hay o no paz, o sea para decidir si van a permitir a Contadora su objetivo primordial. Honduras está en condiciones de echar a pique la pacificación más allá de todos los buenos deseos. Segundo, al apoyar sólo formalmente los esfuerzos de Contadora, los sectores más duros adquieren el argumento de que se hizo todo lo posible: “Ahí están México, Venezuela, Colombia, Panamá, los cuatro países más interesados como potencias medianas o países vecinos en una solución pacífica. Estados Unidos no los detiene, sino que verbalmente los respalda y estimula”. Si al final, por las acciones de sus aliados, hay guerra, de todas maneras podrán decir: “Se hizo todo lo posible” y queda como pretexto la culpa de Nicaragua, fabricada mediante incidentes fronterizos para presentar la guerra como inevitable. Entonces: guerra va a haber en último término si Estados Unidos decide que la haya; si Costa Rica y Honduras la hacen, Nicaragua no podrá evitarla. Tercero, yo creo que los sectores de la derecha norteamericana presumen que no hay iniciativa posible de trato y negociación y por tanto piensan que Contadora despeja el último obstáculo para una política de actuación más libre. En este sentido no les interesa ser ellos quienes abiertamente aparezcan torpedeando Contadora, porque se les responsabilizará del fracaso de las gestiones. Los colaboradores de Reagan quieren agotar la opción negociadora para demostrar que no es viable.

Luis Maira: “México hace bien en términos de la defensa básica de su interés nacional; pero sus energías para contribuir a una solución de fondo están erosionadas. Aún si Contadora tuviera un éxito completo, no despejaría las amenazas colocadas por las posiciones norteamericanas”

Olga Pellicer: Coincido con la opinión de Maira en el sentido de que se ha reducido el margen de maniobra de México para encontrar aliados que sustenten, por ejemplo, las tesis defendidas en el comunicado franco-mexicano. A medida que los acontecimientos de Centroamérica llegan a un punto más crítico la renuencia de algunas fuerzas europeas para comprometerse más abiertamente en los problemas de la región es evidente. Sin embargo, sí se ha ampliado el margen de maniobra para aglutinar posiciones en América Latina. Se trata, claro está, del aglutinamiento en torno a cuestiones de principio que no llegan a los campos difíciles de una definición respecto al devenir de las revoluciones. Pero está estableciendo la tradición de manejar posiciones y buscar soluciones independientemente de Estados Unidos, que durante años había dominado el debate sobre las cuestiones de seguridad en el continente americano (piénsese en lo que fueron en estas reuniones las votaciones dentro de la OEA). Entonces, aunque hay mucho campo para el escepticismo y aunque a corto plazo los acontecimientos pueden evolucionar en sentido muy negativo, creo que hay motivos para confiar en que se está configurando un orden internacional que se aleja aunque muy lentamente del ejercicio indiscutible de la hegemonía de las grandes potencias. Insisto en este punto porque creo en la conveniencia de ser muy constructivos buscando alternativas a lo que parece un avance incontenible de la agresión.

Adolfo Gilly: Yo le pondría un título a la intención permanente de Contadora: “Párenle todos”. México, Venezuela y Colombia son gobiernos reformistas que no quieren en Centroamérica un conflicto de ese calibre. Son gobiernos que tienen bastante conciencia de las broncas sociales, mucho más de la que tiene el imperio, porque la capacidad de comprensión de Estados Unidos es limitada; por eso les tomó por sorpresa Irán y hasta la caída de Somoza, no les dio tiempo a armar su escenario, les falta la experiencia de quien ya pasó conflictos de ese tipo. Los otros gobiernos sí la tienen y saben desmontarlas. El sistema mexicano no ha hecho más que desmontar conflictos desde 1929 hasta hoy, y lo sabe hacer. Herrera Campins pertenece al estado venezolano que desmontó el conflicto guerrillero aprovechando que entraba dinero por el petróleo y que hubo desarrollo económico. Betancourt trata de entrar innovadoramente a la experiencia de tratar de desmontar una guerrilla. Son gobiernos que han acabado o buscan acabar con la expresión armada de la lucha social a través de una combinación de reformas y represión. Porque cuando tienen que reprimir ninguno se tienta la mano. No son gobiernos de represión pura (a excepción de los antecesores de Betancourt). Todos ellos han evitado la represión como única solución a la guerrilla; han reprimido pero con reformas, y no con frijol y fusil al estilo de Guatemala, sino cediendo en serio, abriendo espacios de democracia representativa real. Además, los tres están interesados en la región. Les preocupa la guerra posible, y la amenaza, no inminente pero sí permanente de intervención norteamericana; ninguno de ellos quiere intervención ni una guerra en Centroamérica porque por su propia experiencia social saben que una guerra no se puede controlar. Han visto que la radicalización militar de todos contra todos desata una cantidad de problemas sociales que ya no son controlables por la combinación de reformas con represión limitada. Además, la crisis disminuye los recursos en que tradicionalmente se basa esta combinación. Ellos no quieren eso y ven un peligro que Estados Unidos no ve, ya que piensan sobre todo en el enfrentamiento con la Unión Soviética y a esa visión subordinan toda su comprensión de los problemas.

Olga Pellicer: En este momento se plantean en Centroamérica dos grandes tipos de problemas. Uno, es el del enfrentamiento entre gobiernos, concretamente la posibilidad de una guerra entre Honduras y Nicaragua. Otro que es quizá el problema de fondo y más largo aliento es el de las vías para la transformación política de los países de la región. Si entiendo bien, Gilly opina que los países del Grupo Contadora coincidirían en una apreciación según la cual lo deseable sería una transformación de tipo reformista. No estoy segura de coincidir con él, ni de que este problema haya sido esclarecido dentro del Grupo Contadora.

Adolfo Gilly: “Venezuela, Colombia y México no son gobiernos de represión pura. Han evitado la represión como única solución a la guerrilla; han reprimido pero con reformas, y no con frijol y fusil al estilo de Guatemala, sino cediendo en serio, abriendo espacios de democracia representativa real”

Adolfo Gilly: No, yo no digo eso. La política común es no hagan olas. Ellos no quieren una transformación socialista revolucionaria en su país. No la quieren Venezuela, ni México, ni Colombia. A Panamá no lo meto en este baile. No quieren convertirse en Cuba. ¿Por qué va a querer De la Madrid que esos países se conviertan en Cuba si él no es socialista? Pero tampoco quieren la intervención norteamericana, no estamos en 1915. De acuerdo a su experiencia pragmática, estos gobiernos ven que la vía que está siguiendo Estados Unidos los va a empujar a la intervención y el aplastamiento de estos procesos que no va a resolver nada. No quieren un nuevo Pinochet. Parecen decir: “Si hubieran dejado en paz a Cuba, Cuba no hubiera llegado a donde está. Tendríamos una revolución mexicana un poco más radical. Ustedes están haciendo una revolución cubana y ya es bastante tarde para que hagan otra cosa. Si ustedes no hubieran sostenido al gobierno salvadoreño se hubiera podido negociar. Si no hubieran sostenido en Guatemala a todas las dictaduras que liquidaron las vías intermedias, no estarían presos de esta situación. Ahora, una vez que se hayan metido en Centroamérica, la única vía posible para que no se haga socialista será la dictadura. Como esta vía tampoco les resuelve el problema, quieren impedirla con la guerra, pero con la guerra va a ser peor.” Repito: son gobiernos realmente preocupados porque han tenido experiencias de guerra y saben a dónde lleva. No son revolucionarios, pero la experiencia histórica de sus países les ha dado mucho mayor comprensión que la de Reagan sobre la persistencia y las posibilidades de las revoluciones obligadas a hacer la guerra.

Olga Pellicer: Intentas caracterizar las actitudes de estos tres países frente a la transformación de Centroamérica partiendo de un supuesto que me parece erróneo. Pretendes que México, Venezuela y Colombia pueden tener posiciones comunes respecto a la revolución y al rumbo deseable de la revolución en Centroamérica. Creo que estos tres países tienen posiciones distintas. Yo estaría de acuerdo en que Colombia y Venezuela tendrán un enorme interés en oponerse a una transformación política en Centroamérica a la que no se llegue por la vía de la paz. La tradición de política exterior de México es otra. En varios momentos el gobierno mexicano, ante la disyuntiva de defender la no intervención u oponerse a revoluciones que podrían optar por una vía socialista, optó siempre por la no intervención. No ocurre lo mismo con Colombia y Venezuela, que tienen tradiciones muy distintas en materia de política exterior y en cuanto a su manera de apreciar los acontecimientos y el papel que les corresponde.

Adolfo Gilly: Obviamente los tres países tienen posiciones diversas frente a un proceso revolucionario. Pero los tres tienen, con sus diferentes ideologías, puntos en común sobre cómo canalizar por la vía de las reformas los movimientos revolucionarios en sus países. Tienen políticas diversas pero en Centroamérica coinciden en que en el punto al que han llegado las cosas lo mejor es no hacer olas. Coinciden en que esto es una mina. Si Estados Unidos persiste en oponerse a estos procesos por medios puramente militares y en atizar la guerra entre Honduras y Nicaragua, se llegará a una situación incontrolable. Nicaragua no quiere la guerra, pero si la obligan va a pelearla. Esa es su posición, como sería la de México puesto en el mismo caso, como sería la de cualquier país. Los tres gobiernos se oponen a la guerra en Centroamérica, que según Estados Unidos es necesaria para acabar con Nicaragua y con la subversión. Los gobiernos de Contadora no se meten en el conflicto interno de El Salvador, ni en el de otros países, sólo piden a los otros gobiernos que le paren y no se metan. ¿Por qué han podido coincidir? Justamente porque a partir de interpretaciones diversas llegan a una misma conclusión: no les convierte a ellos ni a Estados Unidos. Esto, independientemente que el PRI le tenga mucho menos miedo a una revolución socialista que Estados Unidos.

NEXOS: ¿Qué sucede internamente en México, en relación a los conflictos centroamericanos? ¿Cuáles son las opciones reales que podrían tener consenso?

Olga Pellicer: Las opciones reales desde el punto de vista interno, están condicionadas en parte por la situación económica. Por ejemplo, la crisis obliga a revisar y racionalizar el programa de ayuda a Nicaragua que operaba, es cierto, en forma bastante desordenada. Algunas veces podrían encontrar necesario que se cumpla más estrictamente con la factura petrolera. Visto únicamente desde la perspectiva de que es necesario sanear las finanzas de las empresas públicas, esto sonaría correcto. Sin embargo, yo creo que es necesario ponderar los intereses nacionales del país y preguntarse hasta dónde tiene prioridad cumplir con una política de solidaridad internacional, en este caso con el gobierno nicaragüense que atraviesa momentos extraordinariamente difíciles dada la política de agresión económica que se sigue contra él. Otro elemento condicionador de la política hacia Centroamérica es el grado de consenso que existe hacia la naturaleza de los movimientos revolucionarios, y concretamente hacia la situación en Nicaragua. En este sentido no se puede descuidar el avance que están teniendo las versiones de la derecha, la política de información sobre los problemas de la región que se sigue a través de la televisión comercial. Por último, me parece que es importante tomar en cuenta la evaluación que se está haciendo de los problemas existentes en la frontera sur y la manera en que se está definiendo la política en materia migratoria.

Olga Pellicer: “Para que el pueblo norteamericano deje de temer a la transformación en Centroamérica es necesario que se modifique la tensión tradicional que existe entre Cuba y Estados Unidos. La búsqueda de un “modus vivendi” entre los dos países es un prerrequisito para un clima de entendimiento en Centroamérica”.

NEXOS: ¿Qué papel tiene la frontera sur en relación a la seguridad social?

Olga Pellicer: Hasta fechas muy recientes el Estado mexicano no tenía tesis bien articuladas y explícitas sobre la seguridad nacional que partieran de una apreciación de los problemas existentes en la frontera sur. En los últimos años, disposiciones inconexas y pronunciamientos muy generales denotan que se está construyendo una visión de seguridad nacional que incorpora los problemas que seguramente enfrentará el país como resultado de la inestabilidad creciente en Centroamérica. En esa nueva versión van a intervenir distintas influencias. No hay duda de que las concepciones norteamericanas sobre la teoría del dominó influirán, de alguna manera, las opiniones que se formen dentro del Estado mexicano, las cuales no necesariamente van a ser homogéneas ni van a asimilar acríticamente lo que la administración Reagan viene diciendo sobre la seguridad en México y la revolución en Centroamérica. No podemos descartar la posibilidad de que algunos sectores se sientan inclinados a coincidir con tesis según las cuales los revolucionarios centroamericanos podrían contagiar al sureste mexicano. Esto depende de las experiencias que diversas dependencias tengan en zonas críticas como son los estados de Oaxaca y Chiapas. Hasta ahora el gobierno mexicano ha tenido muy buenas relaciones con las fuerzas revolucionarias de América Latina. Nuestra experiencia va en el sentido de encontrar benéfica la política de coexistencia pacífica y buenas relaciones con grupos revolucionarios que sustentan ideologías distintas a las del Estado mexicano. La polarización creciente de Centroamérica y la manera en que la sociedad mexicana se divida en sus interpretaciones respecto a lo que allí ocurre pueden reducir los márgenes de maniobra dentro de los cuáles se había decidido en otras épocas la noción de seguridad nacional y la política de amistad con fuerzas que luchan por el cambio social en el continente.

Adolfo Aguilar Zinser: México no tiene una concepción de seguridad nacional basada en la idea del enemigo interno infiltrado, como ocurre en los principales países de América Latina donde existen regímenes militares. La concepción de seguridad nacional en México se basa en la idea de que la estabilidad del Estado depende en última instancia de los mecanismos sociales de distribución de los recursos económicos y el desarrollo equilibrado que den solidez a las instituciones. Sin embargo, creo que existe ya el principio de una guerra en el consenso sobre los fundamentos de la seguridad nacional. Históricamente, el acuerdo en torno a la actuación internacional de México, fue la conveniencia de que México ejerciese una política exterior independiente a partir de la aplicación de determinados principios: la no intervención y autodeterminación, el arreglo pacífico de controversias, etc. En el caso de Centroamérica la evolución de los acontecimientos asignan a la defensa de estos principios, un significado de mayor confrontación con Estados Unidos. Cuando México rompió relaciones diplomáticas con la dictadura de Somoza y cuando reconoció al Frente Democrático Revolucionario y el FMLN en El Salvador, estaba asumiendo posiciones, en el primer caso un poco divergentes y en el segundo caso, profundamente divergentes de Estados Unidos, pero que no configuraban todavía un escenario de confrontación abierta. En la medida en que el conflicto se agranda y por consiguiente se acerca a México, se hace más profunda y significativa la disidencia con el vecino del norte. Unida a este hecho, tenemos la crisis económica, que introduce un elemento adicional de debilidad y vulnerabilidad frente a Estados Unidos. La combinación de estos dos elementos da pie a un serio debate sobre el interés nacional. 

Las concepciones divergentes en la materia no están simplemente esbozadas, sino presentes de manera muy clara y pública. Un sector muy poderoso del Estado, considera que mantener la inversión política en Centroamérica, atenta contra el interés nacional de México porque nos hace susceptibles a las presiones y condicionamientos políticos estadunidenses, enturbia el clima de negociación y obstaculiza los acuerdos económicos indispensables para superar la crisis. Aparentemente, dicho argumento reconoce la premisa substancial de la doctrina política del Estado mexicano, de que Estados Unidos es la principal amenaza histórica a la seguridad nacional de México. El comportamiento de importantes grupos de poder dentro y fuera del Estado, hace suponer que para una buena parte del sector económico, público y privado, la vinculación estrecha con Estados Unidos es nuestra mejor opción de desarrollo, aún a costa de una porción de nuestra soberanía política.

La visión contraria es la de un sector del estado, cada día más debilitado, que considera el asunto de Centroamérica como una trinchera fundamental e ineludible de la defensa de la soberanía mexicana. La diferencia ideológica entre estas dos visiones es abismal, aunque en la práctica se manifieste aparentemente sólo en la interpretación de los efectos de la crisis centroamericana, la confrontación con Estados Unidos y la amenaza que representaría para México una guerra regional. El sector progresista y genuinamente nacionalista del Estado, considera que esta posibilidad de guerra regional es una amenaza que puede situarnos frente a una presencia altamente riesgosa e intimidatoria de Estados Unidos, ahora también al sur de nuestras fronteras. Esa guerra que nulificaría de facto las variables políticas y las condiciones de la relación bilateral. Al configurarse en Centroamérica un escenario bélico, los actores directa o indirectamente involucrados y, México lo está simplemente por la geografía, se verán obligados a definirse militarmente sobre el conflicto. En ese contexto, la simple presencia de refugiados centroamericanos en la frontera sur y el tránsito de un gran número de líderes y dirigentes políticos centroamericanos por México, implicaría sin más, a un pronunciamiento de carácter militar, el apoyo logístico a una de las partes en guerra. México tendría entonces que evitar la presencia de los centroamericanos en su territorio o aceptar en franco desafío a Estados Unidos.

Gustavo Iruegas: “¿Por qué le importan a México estas revoluciones? Lo importante es que produzcan gobiernos con identidad propia. México necesita un interlocutor válido en la región, sobre todo en la relación con Estados Unidos. Es preferible que sean auténticos, legítimos, con respaldo popular, a que sean gobiernos de tal o cual corte”

Lo cierto es que el gobierno de Washington no esperará a que México tome sólo estas determinaciones, sino que intentará inducirlas mediante toda clase de presiones políticas y hasta provocaciones indirectas de sus aparatos de inteligencia. Esto hace particularmente delicado y crítico el escenario de Chiapas.

Se manifiesta ya un sector social en esa entidad, que conforme a sus estrechos intereses, acusa a los que colaboran con la asistencia a los refugiados, y a los refugiados mismos, de ser agentes subversivos que, unidos a los movimientos populares cada vez más comprometidos que existen en Chiapas, podrían propiciar el matrimonio entre la revolución guatemalteca y un movimiento de protesta radical en Chiapas. Lo cierto es que en Guatemala los revolucionarios no se plantean este maridaje para fortalecer su propio movimiento. No tienen por qué aliarse con elementos minoritarios de la sociedad mexicana, cuando tienen la posibilidad de conseguir del propio Estado mexicano un apoyo diplomático y político más valioso que cualquier otro sostén interno. Pero Estados Unidos y los propios militares guatemaltecos tienen recursos y elementos para provocar incidentes en Chiapas, donde parezca que hay un vínculo guerrillero con reivindicaciones populares mexicanas. La gran duda es si el Estado mexicano va a responder a esta ruptura del consenso con criterio de estado o con criterios ideológicos o en función de intereses económico-políticos de clase. El debate es en último caso, si los grupos sociales económicamente poderosos y los sectores del propio estado que simpatizan con Estados Unidos, pueden incidir sobre el Estado mexicano para que tome una decisión no de Estado, sino de clase. Todo ello hará converger la política centroamericana de México, con las medidas de solución a nuestra crisis económica interna y en un momento dado la naturaleza de la respuesta a ambas será la misma. Si hay una posición firme respecto a Centroamérica y una postura valiente y decidida frente a Estados Unidos, ésta va a necesitar cada vez más de un consenso social y de un apoyo popular manifiesto, se necesitará por tanto un contorno de acciones políticas y económicas internas que garanticen este apoyo y configuren un modelo de recuperación económica y de salida de la crisis muy distinto al que supone la transacción política y económica con Estados Unidos. La crisis mexicana y la lucha centroamericana están así íntimamente relacionadas.

Gustavo Iruegas: “Yo no siento que esta ruptura de consenso acerca de la seguridad nacional pueda interpretarse a través de una concepción técnica del problema. México es un país sui generis en América Latina, donde la lucha ideológica se da dentro del gobierno. Es un problema de carácter ideológico el que la interpretación de ciertos funcionarios a problemas como el centroamericano, no esté condicionada por una fórmula previa y descriptiva de la seguridad nacional; sino por el contrario, su interpretación de seguridad nacional está determinada por su concepción ideológica. Estamos hablando de un debate ideológico de larguísima duración dentro del gobierno mexicano; este debate tiene ciertos límites: los que este concepto nacional se ha dado a sí mismo. Hay funcionarios más de izquierda y funcionarios más de derecha, pero ambos grupos tienen un límite: la preservación del Estado tal como es, sin más posibilidades de cambio que las previstas. Pienso que la ruptura de consenso de que habla Adolfo es sólo un nuevo capítulo en el debate ideológico permanente que se da al interior del gobierno mexicano.

NEXOS: Pero queda pendiente la cuestión que insinuó Olga Pellicer: ¿para México sería reconocible y digna de ser atendida una revolución socialista en Centroamérica?

Gustavo Iruegas: Debemos preguntarnos por qué a México le importan estas revoluciones, por qué se mete, por qué tiene que actuar. Lo importante es que esas revoluciones produzcan gobiernos con identidad propia. México necesita de un interlocutor válido en la región, sobre todo en la relación con Estados Unidos. Es preferible que sean auténticos, legítimos, con respaldo popular, capaces de promover su propio desarrollo, a que sean gobiernos de tal o cual corte. Así, nuestro país puede tener una magnífica relación con Cuba, mientras que con Guatemala su relación es pésima. No implica amenazas para México, no hay peligro de contagio por tener relación comercial, intercambio turístico y posiciones afines en política exterior con el gobierno cubano. En cambio, no es posible un simple acuerdo para la utilización de aguas de un río internacional con Guatemala. Esto no quiere decir que México promueva cierta clase de gobiernos; si los gobiernos son estables, si pueden avanzar, si tienen capacidad de diálogo, es suficiente.