Hace algunos años la pintora Ella Berthoud y la escritora Susan Elderkin escribieron un libro de autoayuda para sanar nuestras aflicciones físicas y mentales al que titularon lúdicamente The Novel Cure (publicado en español como Manual de remedios literarios: Cómo curarnos con libros). Organizado alfabéticamente, en las páginas de este vademécum literario las autoras nos sugieren obras literarias para acompañar todo tipo de enfermedades y dolencias, desde el casi inocuo aburrimiento hasta el más que inicuo cáncer.

Como Berthoud y Elderkin indican en su introducción, no hay que tomarse al pie de la letra y como si de pseudociencia (¿pseudohumanidades?) habláramos lo de la sanación a través de la ficción, ya que: “algunos tratamientos conducirán a una cura plena. Otros simplemente ofrecerán consuelo, mostrándote que no estás solo…”. Con esto en mente, podemos relajar nuestro escepticismo cuando encontramos el maridaje entre Adulterio y Madame Bovary, la recomendación de El guardián entre el centeno para el lector adoleciendo de Adolescencia o la lista de emergencia propuesta en caso de Diarrea (física, no mental), con novelas como El sueño eterno, “hechas de capítulos muy cortos que no sufrirán por ser leídas en arrebatos breves”.

En su papel de biblioterapeuta Ella Berthoud ofrece, además, sesiones en línea en las que prescribe, con base en los gustos y hábitos (o falta de ellos) de lectura de sus clientes; qué libro deben leer (o qué audiolibro escuchar) en silencio o en voz alta, solos o acompañados, para ayudar a sanar sus aflicciones. No cuesta mucho (cuando menos, menos que una sesión biblioterapéutica) imaginarnos escenas como la siguiente: “¿Le duele la muela? Léase antes de dormir estas páginas de Anna Karenina y márqueme mañana por Skype al consultorio”.

Y si todo esto parece más un juego que una auténtica terapia médica basada en la evidencia, es porque, a pesar de que nadie niega el poder transformador de las letras (mucho menos las neurociencias, pues ya de ello hablamos en otra ocasión en este espacio),1 desde Aristóteles los efectos de la lectura como bálsamo han sido más bien anecdóticos.

Biblioterapia

Ilustración: Oldemar González

No mucho ha cambiado desde que el término biblioterapia fue acuñado —con mucha mayor suerte, por fortuna, que otros como bibliopsicología, biblioasesoramiento, literaterapia y terapéutica bibliotecaria— por Samuel McChord Crothers en un artículo de 1906 de The Atlantic Monthly. Gracias a este ensayista nos enteramos de la existencia, en sus tiempos, de un Instituto Bibliopático a cargo de un tal Bagster que, entre sus historias clínicas más peculiares, cita la del paciente a quien prescribió la lectura de los archivos de procedimientos y debates del Congreso de los Estados Unidos (no indica si como cura contra el insomnio).

Para 1930 las cosas no habían cambiado demasiado (vaya, para 2019 ni siquiera han cambiado lo suficiente), y una de las pioneras (más bien detractora) de la práctica en esa época fue Isabel Du Bois, para quien la biblioterapia consistía en poner un volumen de una enciclopedia en cada mano del paciente para enderezar sus brazos.

Tal vez es momento de definir de manera menos vaga qué es lo que las humanidades médicas (el estudio interdisciplinario que vincula literatura y otras artes con psiquiatría, psicología y otras ciencias con aplicaciones en medicina) entienden por biblioterapia, más allá de que un doctor recomiende informalmente a su paciente alguna lectura y empezando por la distinción entre biblioterapia cognitiva, que involucra el uso de libros de autoayuda (no necesariamente, aunque no están excluidos, aquellos al estilo de Tiende tu cama; si bien hablamos más bien de manuales y guías del tipo Cómo solucionar la disfunción eréctil) y biblioterapia creativa, que implica el uso de libros de ficción (y, ocasionalmente, películas) con propósitos terapéuticos.

La biblioterapia creativa como práctica estudiada de manera sistemática y empírica en el ámbito clínico considera leer y hablar sobre lo leído bajo la supervisión de un terapeuta. Si bien también existen la terapia poética y la medicina basada en narrativa, estas últimas se enfocan en la escritura más que en la lectura de ficción y requieren un estudio separado al de la biblioterapia creativa, que de las tres es la que permite una menor complejidad a la hora de establecer las numerosas variables a observar y medir experimentalmente para comprobar sus supuestos resultados.

La confianza en que la lectura de libros, en especial cuando se trata de literatura considerada como “seria” —clásicos como La peste o La muerte de Iván Ilich, para no abandonar las zonas de hospitalización y ambulatoria— puede tener un efecto mayormente benéfico en un paciente no está validada por suficientes estudios rigurosos, y no faltan ni en las humanidades ni en las ciencias quienes consideran un despropósito el tratar de investigar sistemáticamente esta relación. No obstante, para científicos como la investigadora y escritora Emily T. Troscianko el estudio de las enfermedades humanas no puede ignorar la consideración de los factores culturales.2

Troscianko considera que, dado que la narrativización de nuestras experiencias —sea o no expresada en palabras por vía oral o escrita— es usualmente automática e inmediata, las narraciones pueden ser consideradas, tanto por el paciente como por el médico, como un acto de interpretación de una dolencia. En consecuencia, la colaboración entre investigadores en las áreas de ciencias de la salud y de literatura es necesaria para entender de qué manera aplicar con fines curativos las narraciones que creamos, o aquellas creadas por otros y que nosotros recreamos.

Psicólogos, psiquiatras y neurocientíficos consideran a la biblioterapia como una modalidad de terapia cognitiva conductual, ya que permite al paciente identificar y enmarcar pensamientos y comportamientos que perjudican su salud física o mental para así estar en condiciones de modificarlos. Con base en ello y aprovechando el libro ya citado de Berthoud y Elderkin para ejemplificar un proceso biblioterapéutico típico, al leer una obra como Sostiene Pereira: 1) reconocemos las similitudes que existen entre los padecimientos médicos de un personaje y los propios; como la obesidad del protagonista de la novela de Tabucchi, en gran medida provocada por el consuelo que le proporciona hablar con la foto de su esposa muerta mientras desayuna cada día un omelet a las finas hierbas acompañado de limonada muy azucarada, y nuestro —meramente hipotético y con fines ilustrativos— problema de peso; 2) experimentamos una catarsis aristotélica, una liberación emocional que puede ser expresada de manera verbal o no verbal; como reír o llorar (o al menos sonreír o entristecernos) al empatizar con las motivaciones de Pereira para actuar de la forma narrada cada mañana; y 3) apreciamos lo que representa para nosotros la ficción leída y reconocemos posibles formas de afrontar o resolver nuestro propio problema; como entrever en las motivaciones de Pereira para cambiar su dieta matutina aquellas que aplicaríamos a nuestra situación si lo que deseamos es un peso, si no ideal, al menos más saludable.

Si un enfoque tan utilitario y hasta simplista —reduccionista, dirían algunos— de la literatura molesta al lector, en ello lo acompañan numerosos científicos y humanistas. Entre las críticas más frecuentes, y por supuesto válidas, de los segundos es que recetar lecturas como si fueran cápsulas es devaluar al mínimo la riqueza inagotable y cambiante de los libros, puesto que ni siquiera somos los mismos cada vez que leemos o releemos las páginas de Sostiene Pereira o de cualquier otra obra. Sin embargo, no menos cierto es que esto no significa que no pueda estudiarse el efecto de unas sobre otros de manera empírica y, contrariamente a lo que generalmente damos por sentado, cuando esto se ha hecho no siempre ha tenido las consecuencias deseables.

Tan problemático como la escasez de literatura científica sobre biblioterapia creativa es que los pocos estudios que existen no sólo no incluyen metodologías rigurosas, sino que además parten de varias suposiciones que tampoco han sido verificadas. ¿Hay diferencias entre la biblioterapia basada en literatura “seria” como Guerra y paz y la que prefiere la lectura de Juego de tronos o cómics como Watchmen? ¿Son más eficientes los textos clásicos que los modernos, cuando en ambos se presenta la misma aflicción del (literalmente) paciente lector? ¿Es necesario maximizar y privilegiar sobre otros aspectos como la catarsis la identificación entre el personaje y el lector? ¿Son menores los beneficios terapéuticos de grupos de lectura que interactúan en redes sociales con respecto a los basados en reuniones presenciales? No hay respuesta aún para estas ni para otras preguntas sobre la asociación entre valores estéticos, méritos literarios, géneros, lenguaje y estructura de los textos, y sus posibles efectos sanadores.

Lo que sí sabemos, a partir de estudios cualitativos, es que la biblioterapia ha sido mayormente benéfica en la reducción de síntomas de trauma en niños que han experimentado situaciones tan variadas como discapacidad, abuso y negligencia paternas, agresiones o muertes de familiares cercanos, o que están hospitalizados o sin hogar por causas naturales como huracanes o sismos,3 o que presentan desórdenes como ansiedad, miedo, depresión, agresividad y déficit de atención con hiperactividad, y que ha favorecido la presencia de conductas prosociales (conductas voluntarias en beneficio de alguien más) en ellos.4 Resultados similares se tienen en adultos con desorden de estrés postraumático (donde es ilustrativa la situación de la investigación sobre biblioterapia, pues un análisis sistemático de mil 106 estudios determinó que ninguno de ellos cumplía con las mínimas condiciones metodológicas para su evaluación cuantitativa con herramientas estadísticas).

En sentido opuesto, tenemos que la lectura de libros con personajes con desórdenes alimenticios (principalmente anorexia, como en Girls under Pressure, de Jacqueline Wilson) ha sido percibida por los pacientes lectores (885 jóvenes en sus treinta o menores, 847 de ellos mujeres) como perjudicial para su estado de ánimo, autoestima y hábitos de dieta y ejercicio, por lo que la biblioterapia en este caso empeoró la situación por la que atravesaban éstos.5

Y es que, como nos advierte Troscianko, “hay que estar preparados para hallar que la ficción —incluso grandes, canónicas, obras de la literatura— puedan ser dañinas (en algunos aspectos, para algunas personas, en algunas ocasiones)”.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Plata Rosas, L. J., “Literatura neurocognitiva: El poder transformador de las letras”, nexos, noviembre, 2016.

2 Troscianko, E.T., “Fiction-reading for good or ill: eating disorders, interpretation and the case for creative bibliotherapy research”, Medical Humanities, 2018, pp. 1-11.

3 De Vries, D., Brenna, Z., Lankin, M., Morse, R., Rix, B. y Beck, T., “Healing with books: A literature review of bibliotherapy used with children and youth who have experienced trauma”, Therapeutic Recreation Journal, 51(1), 2017, pp. 48-74.

4 Montgomery, P. y Maunders, K., “The effectiveness of creative bibliotherapy for internalizing, externalizing, and prosocial behaviors in children: A systematic review”, Children and Youth Services Review, 55, 2015, pp. 37-47.

5 Troscianko, E.T., “Literary reading and eating disorders: survey evidence of therapeutic help and harm”, Journal of Eating Disorders, 2018, pp. 6-8.

 

2 comentarios en “Biblioterapia: Sanar con la ficción

  1. A mí me parece que si bien no es tan bueno recomendar lecturas igual al mal que se tiene, si es mucho más efectiva la lecto-escritura como catarsis que si bien pueden no curar, en mucho alivian los males.