El reduccionismo en la dicotomía entre izquierdas y derechas hace frecuente que se corra el peligro de no diferenciar las más riesgosas de sus vertientes. Los extremos que sobrepasan cualquier postura ideológica y se convierten para las sociedades en instrumentos de su autodestrucción. En Europa, en Estados Unidos, en América Latina, en Medio Oriente.

Medio Oriente siempre tuvo poco claras sus izquierdas y no así sus derechas. La influencia del bloque soviético durante la Guerra Fría añadió argumentos al antagonismo hacia Occidente, definiendo con simpleza una inclinación que no obedeció a la realidad. Derecha era el apoyo a Israel y al sistema de mercado. Ninguno de los dos, factores que tuvieran gran espacio de debate en la vida política de países captados por regímenes que, por un lado, controlaban la totalidad del aparato mercantil, y por otro mantienen relativo consenso hacia la causa palestina. Las ideas de izquierda daban la impresión de ser intrínsecas a la postura alrededor de la ocupación y conflicto que inició en 1947. Con él, se marcaba el antagonismo a un Occidente que tendía a considerarse mayoritariamente diestro. La lucha de clases nunca fue un elemento importante dentro de la construcción ideológica y si llegó a figurar, estuvo supeditado a la unidad árabe.

Lo anterior se contiene en un vacío ideológico. Entender la existencia de una corriente de derecha simple, llega a ser complicado sin tomar en cuenta una contraparte que enarbole la bandera de izquierda. Al referirse a una derecha extrema esto sólo se acentúa. La historia política del mundo árabe había conseguido una paradoja en la dicotomía: aparentes corrientes de izquierda que no requerían la existencia de una contraparte interna a la derecha, hasta ahora: la occidentalización de Medio Oriente en sus características menos intelectualmente elaboradas.

Ilustración: Víctor Solís

Caminando de la mano con lo que se ha entendido en el mundo como la crisis de la democracia, se encuentra el resurgimiento de los fantasmas de la extrema derecha en diversos países. Europa tiene razones endémicas para ser el epicentro de una exacerbación palpable de Dinamarca a Hungría, pasando por Polonia y respirando tanto en Francia, como en Italia o en España. Aquellas terribles pulsiones que jamás dejaron de existir permanecieron en un estado somnoliento de alerta y esperaron al momento en que pudieran resurgir sin pudor. Durante la segunda mitad del siglo XX, su contención corrió a cargo del proyecto civilizatorio desde el que el mismo Occidente intentó generar los anticuerpos para una condición arraigada en su naturaleza. Las vías políticas y el recuerdo de las atrocidades del fascismo, sirvieron para intentar establecer límites a las voces que querían recurrir a lo más primitivo y violento de nuestra especie. El abandono tanto de esas vías como de los diques que arrojó la memoria de la tragedia, le han dado una nueva bienvenida a las más deleznables expresiones del identitarismo étnico, racial, cultural, religioso. El mundo árabe no está exento de ello.

Las definiciones clásicas del espectro binario podrían parecer irrelevantes a partir de la prioridad del discurso religioso en la región, pero adquieren peso en el caso medio oriental para detectar los insumos con los que el mundo árabe se empareja a los fenómenos occidentales.

Una zona donde es tradicional la influencia de países percibidos como contrarios a los intereses liberales, está viviendo al igual que el resto del planeta una metamorfosis que en la escala occidental caería en el espacio de la extrema derecha. Se comparten elementos en las manifestaciones contra la migración, a favor de la superioridad identitaria o el nativismo, se establecen direcciones particulares a través de las alianzas y las filias de quienes, sin mayor vergüenza, abrazan retóricas polarizantes que pavimentan caminos de extremos en Egipto, Libia, Siria, Turquía y varias regiones de la península arábiga.

La imposibilidad de estabilidad y paz a largo plazo, como efecto posterior a las Primaveras Árabes, alimentó la capacidad de apropiación de diversos discursos racistas. En ocasiones en forma de reacción a los flujos migratorios internos con los que sectores del cristianismo árabe han atacado al conjunto abstracto del islam, o bien desde grupos araboafricanos que hacen mella de los migrantes subsaharianos muertos al cruzar el Mediterráneo desde Libia rumbo a Italia.

Algunos de los pilares fundacionales de Medio Oriente son también sus defectos políticos, y proveen el espacio para el desarrollo de una versión árabe de la extrema derecha. Históricamente, los países árabes no han logrado institucionalizar en las figuras de Estado las muchas diferencias de los múltiples territorios. Ante ese fracaso se articuló la propensión todos los gobiernos regionales al autoritarismo. Ejemplo que a la distancia llega a mostrarse tan estéril como fallido es el panarabismo. Desde la década de los treinta y reforzado con la creación del Estado de Israel, el proyecto ideológico buscaba teóricamente la unidad de las naciones árabes. Se convirtió poco a poco en una lucha por la unicidad del pensamiento político, cultural y social. Dicha corriente, cobijada a lo largo de la Guerra Fría por el espíritu del socialismo internacional, derivó en uno de los ingredientes con los que se construye la visión muy particular del derechismo árabe. El nacionalismo polinacional y dependiente de una noción identitaria que quiso servir de barrera a la universalidad.

El extremismo de Occidente no se pelea necesariamente con la multiculturalidad en general, sino con la multiculturalidad de los que no son como ellos. Los otros. Así, de manera equivalente, la metamorfosis del panarabismo puede incluso buscar un supuesto equilibrio secular, pero desprecia y menoscaba la presencia y participación de ajenos en la vida diaria. Ese hermetismo resulta diáfano en sectores de mayor religiosidad, casi parte de la tradición de ciertos islamismos.

La estructuración política de la doctrina se hace de una ruta para sus metas.

Más allá del talante ideológico, que pasa a un segundo o tercer plano, la acción de extrema derecha árabe se manifiesta en la exclusión de lo que no forma parte de una raíz identificada como propia, funcional para la comunidad, sin siquiera requerir pensar en si lo es fuera de ella. Ya sea la comunidad cristiana, la musulmana chía o sunita.

Son los matices políticos de lo anterior lo que lleva a observar en el mundo árabe un paralelismo a la ola de extremos occidentales. Hablar de extrema derecha en Occidente, en nuestros días, obliga a notar el desprecio a los derechos humanos de ciertos gobiernos y personajes. Un tema nunca arraigado en el debate político en Medio Oriente al referirse a sí mismo. Si bien la xenofobia puede ser ambidiestra, extrema derecha se entiende, entre muchas otras, como la exclusión al migrante. Es también la pretensión política de corrientes doctrinales. La defensa férrea al nacionalismo. La articulación del mal y el bien como ejes morales y no políticos. El identitarismo desde el que se profesa que una serie de valores, al ser propios de una comunidad en especial, la sitúan por encima de las demás. Ninguno de estos elementos es nuevo en las estructuras medio orientales. Bajo esa perspectiva no han faltado quienes afirman que la condición de derecha extrema es característica del pospanarabismo en muchos de los países de la región. De igual manera es común la interpretación que ve en el islamismo radical características semejantes. Basta recordar la analogía del islamofascismo que surgió en la década de los treinta y se popularizó después de los ataques terroristas a Estados Unidos en 2001. Aquel calificativo tuvo que relegarse a causa de su poca precisión e injusto estigma contra la mayoría de la sociedad islámica, que desprecia las vías violentas del terrorismo. El derechismo de extremos en el mundo árabe se ejemplifica en la calca de retóricas y filias discursivas propias de líderes como Trump, Putin, Salvini, Wilders, etcétera. Se cambian los sujetos y se amplifica lo gregario al responsabilizar a una comunidad distinta por la falta de una tranquilidad que pudo nunca existir.

Tres ingredientes más exhiben la conformación de extremos políticos en el mundo árabe. Si bien el islamismo radical tiene coincidencias con el extremismo xenófobo, racial y violento de Occidente, sus vías predominantemente criminales lo diferencian jurídicamente de sus pares temáticos. En Europa, el fascismo llegó por varios medios incluyendo las urnas, como hoy ocurre con los partidos nacionalistas. En Medio Oriente, los discursos que se alojaban en el terrorismo islámico no son formalmente tan dispares a los de actores políticos regulares. Nociones de pureza, ya sea culturales o étnicas, se asoman en las palabras de al-Sisi en Egipto contra algunas corrientes del islam, o en sus halagos a Trump. También en Turquía con las declaraciones de Erdogan hacia los kurdos. En los ataques callejeros a migrantes sirios.

A pesar de una búsqueda de apariencias, el extremismo político de la derecha árabe se relaciona con los regímenes que se han beneficiado de la corrupción más inefable. El rechazo al pluralismo que habitaba en lo privado ahora es público. Un discurso tradicionalmente de élite militar se va acomodando en las clases medias, que van adoptando defensas a las soluciones autoritarias para mantener una supuesta identidad. Un recordatorio de que el extremismo es un asunto de masas dispuestas a ataviarse de esquemas de gobierno, donde el conservadurismo sectario aniquila la construcción social.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.