Es casi imposible decir algo nuevo o novedoso sobre la vida de Leonardo da Vinci (1452-1519). El quinto centenario de su muerte, que se cumplió el 2 de mayo del año en curso, no hizo sino aumentar una bibliografía que ya era interminable. Sin embargo, la información fiable sobre su vida es tan escasa que no puede dejar de llamar la atención que se sigan escribiendo biografías de centenares de páginas sobre él. Los 500 años de su muerte no trajeron consigo ni un solo dato nuevo sobre su vida. Lo que supuestamente sacaron a la luz fue un pequeño dibujo del rostro de Leonardo hecho por mano desconocida que estaba en la magnífica colección de dibujos suyos que alberga el Castillo de Windsor y que forma parte de una exposición que ya abrió sus puertas en el Palacio de Buckingham.1 El descubrimiento no sería gran cosa si no fuera por el hecho de que, ignorando todos los supuestos “retratos” que existen actualmente de Leonardo, sólo existe uno más que los expertos consideran fidedigno: el que hizo su discípulo y albacea Francesco Melzi.2 Sin embargo, en su biografía titulada Leonardo. The Flights of the Mind, publicada hace tres lustros, Charles Nicholl ya identifica aquel dibujo como un retrato de Leonardo.3 El retrato de Melzi, por su parte, es poco conocido por una razón muy simple: cuando se busca una imagen de Leonardo da Vinci se recurre siempre a su celebérrimo autorretrato.4 Creo que en ningún otro caso en la historia occidental se identifica a un gran personaje con una sola imagen. Esto no puede dejar de sorprender si de quien estamos hablando es nada menos que la encarnación máxima del Renacimiento, el periodo que representa el punto más alto en la historia artística de Occidente (y, si bien en menor medida, de su historia intelectual). Ahora bien, Leonardo fue un artista por supuesto, pintor y dibujante sobre todo, pero fue también un hombre de ciencia y un filósofo. Todo ello, cabe señalar, en una época en que no había una distinción clara entre arte, ciencia y filosofía.

Leonardo da Vinci

Ilustración: Mariana González

Es cierto que su manera de hacer ciencia tenía como base la experiencia y que al mismo tiempo Leonardo se preciaba de seguir siempre a la ciencia como teoría (“La scienza è il capitano, e la pratica sono i soldati”), pero esto no implica, como se sugiere a menudo, que haya seguido un método científico como el que un siglo después Galileo seguiría y que es el que funda la revolución científica que puso las bases de la ciencia moderna. Es cierto también que si Leonardo es filósofo, lo es en un sentido muy especial (como deja claro Karl Jaspers en su ensayo “Leonardo como filósofo”). No podía ser un filósofo en sentido convencional un hombre cuya obra escrita reside en notas dispersas sobre casi todas las disciplinas y materias de su tiempo: anatomía, geología, óptica, acústica, matemáticas, hidráulica, balística, botánica, física, geometría, poliorcética, astronomía, aerodinámica, ingeniería, mecánica, química, meteorología, cinética, paleontología, arquitectura, cosmología, geofísica, viticultura y otras que pudieran encontrarse en las 23 mil páginas de Leonardo que parecen haberse perdido (pongo a la anatomía en primer lugar porque para Leonardo esa actividad, a la que tanto tiempo dedicó, era capaz de sacar a la luz “el maravilloso obrar de la naturaleza”). Por fortuna, conservamos más de siete mil páginas, divididas, hasta donde alcanzo a ver, en nueve “códices” (que se encuentran actualmente repartidos en varias ciudades europeas y uno de ellos en Estados Unidos) y una docena de manuscritos. Muchas de esas páginas son de texto, muchas de dibujos y muchas otras son una combinación de ambos. En todo caso, se trata prácticamente siempre de notas dispersas, no sistematizadas y con frecuencia truncas, como si en medio de su redacción otras cosas hayan llamado la atención de Leonardo (el Tratado de pintura no sólo no es un “tratado”, sino que es una recopilación posterior a su muerte). Esto se podía deber a esa importancia capital que tenía para él la experiencia, como no se cansó de expresarlo a lo largo de su vida. En otras ocasiones, en una al menos, este carácter trunco se debió a motivos más pedestres. Tal como refiere Nicholl en su libro ya mencionado, en un día de 1518 Leonardo interrumpe la redacción de unas notas sobre geometría y anuncia su continuación con un Etcetera que nunca tendría cumplimiento. El motivo (que Leonardo consigna en esas mismas notas) es muy simple: la sopa de verduras que le habían preparado se enfriaba. Esas notas siguieron pues el mismo destino que tuvo la mayoría de las obras que emprendió: nunca fueron completadas. “Así como un reino que se divide corre a su ruina, así el espíritu que se consagra a temas demasiado diversos se confunde y se debilita”. La cita es del propio Leonardo.

Este carácter trunco de la mayoría de las obras por él emprendidas contribuye a explicar no sólo que su obra pictórica sea relativamente escasa (y la escultórica inexistente), sino también esa profunda decepción que es posible percibir en Leonardo a medida que deja atrás la edad adulta y se adentra en lo que hoy se denomina “tercera edad”. Esta decepción respecto a sí mismo y respecto al hombre en general, como veremos al final de estas líneas, es perceptible en el autorretrato ya referido, pero es también recurrente en sus aforismos. Para no aburrir a los lectores, refiero solamente cinco de las decenas y decenas de opciones que es posible extraer de sus escritos a este respecto: “El hombre tiene una gran capacidad para el lenguaje, pero lo que dice suele ser vano y falso; los animales tienen poca, pero lo que dicen es útil y cierto, y más vale una pequeña certeza que un gran engaño”. “Mientras mayor es la sensibilidad, más grande el martirio —un gran martirio”. “Miserables mortales, abran los ojos”. “Muchos son aquellos hombres que podría denominar simples canales de alimentación, productores de abono, llenadores de letrinas, pues no tienen otro oficio en este mundo; no ponen en práctica ninguna virtud, no queda nada de ellos más que letrinas llenas”. “Si encuentras a alguien virtuoso y bueno, no lo alejes de ti; dale reconocimiento, de manera que no tenga que huir de ti y verse reducido a esconderse como un eremita, a refugiarse en una gruta o en otro lugar solitario fuera del alcance de tu perfidia”.

Curiosamente, esto último es lo que en cierto sentido hizo el propio Leonardo: se fue alejando cada vez más de los demás y refugiándose en sí mismo. Utilizando la expresión de Jaspers, Leonardo nunca “se insertó en el mundo”. Si su vasto, profundísimo e incombustible interés en la naturaleza explica más que ninguna otra cosa el carácter polifacético de Leonardo (puesto en evidencia en el listado de materias y disciplinas antes referido), es igualmente llamativo su escaso interés en las instituciones humanas, en la política y en la vida social. A Leonardo le apasionaba el hombre como una muestra más de esa gran maravilla que era la naturaleza (es decir, el hombre en su faceta animal), pero el hombre como hombre, como ser social, como ser político, no le importaba ni un comino. Se podría decir que Leonardo se acercó al mundo porque necesitaba de él para sobrevivir (algo que se complicaba bastante si uno era un hijo bastardo en la Italia del Quattrocento, como era su caso), pero para una cabeza y una sensibilidad como las suyas, la mayoría de las preocupaciones humanas eran tremendamente fatuas, la inmensa mayoría de los hombres indignos de ser parte de la naturaleza y el dinero… “¡Oh miseria humana, a cuántas cosas te sometes por el dinero!”.

La soledad fue un sentimiento que, a juzgar por lo que sabemos de su vida y por no pocos de sus aforismos (en la medida en que pueden ser fechados), se fue haciendo progresivamente más intenso (los cuadernos de notas son aquí inservibles, pues las referencias a cuestiones realmente personales son bastante escasas). Leonardo nunca se casó, no tuvo prácticamente amigos y no pareció sentir afecto por ninguno de los varios empleadores que tuvo a lo largo de su vida. La causa de lo primero y la ausencia de mención alguna a una mujer en términos sensuales o sexuales en sus escritos o de su presencia en su obra artística es su homosexualidad. La acusación anónima de sodomía que le hicieron cuando tenía 24 años terminó en nada por falta de pruebas, pero lo cierto es que desde que pudo rodearse de ayudantes y sirvientes, Leonardo siempre escogió hombres jóvenes y hermosos. Aunque quizás fue el conocido ensayo de Freud sobre Leonardo (“Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci”), publicado en 1910, el que “decidió” para la posteridad más que ninguna otra cosa que Leonardo era homosexual, lo cierto es que varias fuentes muy anteriores, sin ser lo explícitas que son las afirmaciones del padre del psicoanálisis, son tan claras al respecto como se los permite la época en que fueron redactadas. Por lo demás, como lo planteó Kenneth Clark hace 80 años en el capítulo dos de la sugerente y breve biografía que escribió sobre Leonardo (Leonardo da Vinci. An account of his development as an artist), no pocos aspectos de sus dibujos y pinturas son muy elocuentes al respecto.

Varios de los elementos mencionados de la vida y obra de Leonardo contribuyen a explicar por qué el hombre considerado el epítome del Renacimiento es un hombre enigmático en diversos sentidos. La fuente última de este enigma no es solamente que casi no tengamos retratos de quien, nos dice su primer biógrafo, Giorgio Vasari, era tanta su belleza, su fuerza, su porte, su curiosidad y su inteligencia que era casi “divino”. Más importante es la escasez de datos y fuentes confiables, ya sea de su época o de la inmediatamente posterior. Pero quizás más importante aún es el hecho de que sabemos poquísimo de las vivencias personales, de los gustos, de los afectos y de los sentimientos de Leonardo. La misma inteligencia que resultaba tan atractiva para muchos de quienes le conocieron y una curiosidad ilimitada lo fueron encerrando, lo fueron alejando cada vez más del mundo y de sus semejantes. Era difícil que algo así no sucediera si no olvidamos algo que se olvida a menudo: la plena conciencia, casi soberbia, que tenía Leonardo de su superioridad respecto a todos los demás seres humanos. Una superioridad que él asumía sin mayor problema con base en la sublime capacidad que poseía para observar, retratar, entender y explicar el mundo natural. En Leonardo hay una especie de equivalencia, bastante dudosa, entre el hombre bueno, el hombre valioso, y el hombre capaz de observar, de conocer, de saber más.

Empiezo a cerrar estas líneas volviendo al autorretrato que se encuentra en la Biblioteca Real de Turín. En el imaginario popular Leonardo es un hombre muy mayor, muy serio, de mirada profunda, triste y melancólica, y con una expresión que refleja una mezcla de decepción, reprobación y algo de hartazgo (la boca no miente). Esto es lo que me dice a mí ese autorretrato, pero a cada quien le dirá algo distinto dependiendo de su sensibilidad, de su estado de ánimo, de su interés en Leonardo y de su conocimiento de la vida y obra de un hombre al que, casi en vida y como consecuencia de la minibiografía de Vasari (menos de 20 páginas), se le empezó a conocer como “El divino”. Muchos autores se han detenido en analizar ese autorretrato; entre ellos yo recomendaría el primer capítulo de la biografía de Serge Bramly, publicada originalmente en francés en 1988 y luego traducida a varios idiomas (en español la publicó la editorial argentina El Ateneo en 2015; para suerte de los lectores interesados, la editorial ofrece este capítulo en versión electrónica).5 Más allá de estudios más o menos interesantes sobre el autorretrato que nos ocupa y de todo lo que, legítimamente o no, podamos extraer de él, lo cierto es que Leonardo es y seguirá siendo un enigma. De entrada, por una razón que no he mencionado: ¿cómo es posible que la naturaleza haya concentrado en un solo hombre todas esas cualidades que Vasari exagera sin duda, pero que incluso omitiendo todas esas exageraciones colocan a Leonardo muy por encima de todos sus “semejantes”? Al final de la introducción que Pietro C. Marani escribió para el catálogo completo de las pinturas de Leonardo (Cantini Editore, 1989) se puede leer: “Y este es el milagro de la mente de Leonardo: haber sabido traducir en arte… los mecanismos y la esencia misma de la naturaleza”. Arte, ciencia y filosofía se conjugaron en Leonardo como no lo han hecho en ningún otro ser humano. El “milagro”, en su caso, está en el autorretrato como tal, pero lo está en la misma medida en el sujeto retratado.

La sensación de que estamos ante algo excelso, ante una belleza abrumadora y ante un enigma de imposible solución es algo que transmiten varias obras de Leonardo. Me limito aquí a algunos bocetos o dibujos, que son menos conocidos que las pinturas, algunas de las cuales (La Gioconda en primer lugar), a fuerza de repetición parecen haber perdido casi por completo su capacidad de impresionarnos, de movernos. Con este breve listado dejo que sean los lectores, convertidos por unos segundos en espectadores, quienes recuerden a Leonardo a 500 años de su muerte: el cuadro, casi un boceto, titulado La adoración de los magos (con ese viejo que medita en el lado izquierdo y con ese joven que apunta en el lado derecho; ¿qué nos quiso decir Leonardo con esas dos figuras?; particularmente con ese gesto del joven, tan parecido a él por cierto; un gesto que Leonardo repite varias veces en su obra); el estudio para una cabeza de ángel en la Biblioteca Real de Turín; el cartón para La Virgen y el Niño con Santa Ana y San Juan niño que está en la Galería Nacional de Londres (en esta ocasión es Santa Ana la que señala, en este caso hacia arriba y con una mano aparentemente añadida por Leonardo posteriormente a la ejecución original); para terminar, algunos de los diversos dibujos sobre diluvios y agua que se arremolina en la colección del Castillo de Windsor. Si, como nos dice Clark en su libro ya mencionado, el movimiento del agua fue el más continuo y obsesivo de los intereses de Leonardo (el hombre con más “intereses”, con más curiosidad, que ningún otro en la historia de la humanidad), ¿cómo explicar o entender que al final de su vida dibuje esta serie de desasosegantes representaciones del agua como amenaza, del agua aparentemente capaz de arrasarlo todo?

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 https://www.theguardian.com/artanddesign/2019/may/02/newly-identified-sketch-of-leonardo-da-vinci-to-go-on-display-in-london

2 https://www.rct.uk/collection/912726/a-portrait-of-leonardo

3 Véase la lámina 25; Nicholl se refiere a este pequeñísimo boceto en el capítulo VII de su libro.

4 https://www.latitudinex.com/europa/leonardo-valle-della-loira-rinascimento.html#jp-carousel-20827

5 http://editorialelateneo.com.ar/descargas/LEONARDO%
20DA%20VINCI%20(1er%20cap).pdf

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.