Hace exactamente 201 años Mary Shelley, una joven escritora, publicó un libro que puede interpretarse como una profunda reflexión sobre el desarrollo de la ciencia, sobre los riesgos de investigar los fenómenos centrales de la vida y de cómo los resultados del conocimiento científico son comprendidos y aceptados por la propia comunidad científica y destacadamente también por la sociedad. En la novela Víctor Frankenstein, un científico cautivado por su deseo de conocer y construir, trabaja con dedicación y consigue desarrollar un nuevo ser con vida propia. Un ser que reflexiona y que tiene sentimientos, pero que no coincide exactamente con lo planeado por su creador. El investigador se siente decepcionado y no cuida a su criatura, que evoluciona en un monstruo. Este monstruo sin dirección y ninguna guía huye causando destrozos y muertes. Desde 1818 a la fecha el conocimiento biotecnológico ha florecido en forma difícilmente previsible en ese lejano momento, en donde ideas como el galvanismo y los usos de la electricidad en la investigación médica eran los temas de actualidad.

Actualmente, el desarrollo científico nos permite realizar clonaciones, trasplantes, instalar dispositivos mecánicos, órganos computarizados y sensores eléctricos, desarrollar sistemas de inteligencia artificial, establecer interfaces entre el cerebro y computadoras, y se construyen robots que por ahora pueden ya dar servicios elementales, pronto darán servicios fundamentales. Se prevé un futuro donde el cuerpo humano integre sistemas informáticos y órganos biomecánicos. Empero todo tiene limitaciones y consecuencias deletéreas. Todos estos resultados son consecuencia de sistemas de investigación, que hoy han de respetar sistemas de supervisión ética y metodológica. Las experiencias ocurridas hace pocas décadas en la investigación médica en la primera mitad del siglo pasado, durante el régimen nazi, lo ocurrido en Tuskegee y en Willowbrook, llevaron a establecer códigos, informes y comisiones que anteponen la seguridad de los enfermos y de los sujetos de investigación, enfatizan la autonomía, la beneficencia, no maleficencia, y la justicia en el cuidado médico y en el desarrollo de la investigación en general. Sin embargo, es una ilusión suponer que el respeto a los controles y la regulación es universal. He Jiankui hace pocos meses sacudió a la sociedad informando la modificación genética en dos gemelas.

Isaac Asimov piensa en Frankenstein

Ilustración: Estelí Meza

Víctor Frankenstein obsesionado con la idea de construir un ser vivo, un semejante que él mismo ha de moldear, obtiene cadáveres ilegalmente y construye un elaborado equipo que ha de concentrar electricidad para infundirla en el cuerpo construido y así generar la chispa de la vida. Lo cierto es que desde 1818 el conocimiento humano ha transitado desde una absoluta ausencia de intervenciones médicas útiles —no había más entonces que sangrías, emplastos y tisanas— a la creación de las primeras vacunas, al concepto microbiano de enfermedad y la antisepsia, y en un paso cada vez más rápido hasta la utilización de órganos artificiales, trasplantes de cadáveres, la clonación de animales, y más. En esta rápida sucesión de desarrollos la bioética ha tenido también una creciente e imprescindible presencia, desde el desarrollo conceptual del proyecto de investigación y hasta cada procedimiento realizado. Tendremos que reconocer, sin embargo, que siempre va un paso atrás.

Actualmente, un área de particular complejidad son las neurociencias, que por su desarrollo y complejos temas ha resultado en un capítulo particular del análisis bioético: la neuroética situada en la intersección de la ética y la neurología. El cerebro humano es el órgano que nos da identidad y capacidades de análisis, percepción, reflexión y acaso reconocer la capacidad de decidir nuestras acciones, nuestro humor y la inteligencia, o su ausencia, y es precisamente en el cerebro donde están ocurriendo extraordinarios avances que han de ser conducidos con profunda reflexión y respeto para los enfermos, los sujetos de investigación, y para la propia especie humana. Cada nueva tecnología y hallazgo científico presenta circunstancias en las que los asuntos éticos encuentran nuevos retos. El tema es abordado por Isaac Asimov en sus historias de robots. En 1942 postula las “Leyes de la robótica”, que son un conjunto de normas éticas impresas en cada “cerebro positrónico”, cuyo objeto central es proteger la vida humana. El temor al “complejo de Frankenstein” subyace.

Frankenstein pasa sobre cualquier obstáculo en el desarrollo de su proyecto, textualmente describe cómo se hunde en el fango, cómo escarba en los cementerios, y cómo cambia las dimensiones del ser creado, por la dificultad para mantener una escala menor, y termina creando un cuerpo de casi 2.5 metros ante la realidad de los materiales accesibles. El cambio en dimensiones es importante porque pasa de ser un ente controlable de acaso un metro, y termina siendo un formidable y poderoso individuo de más de dos metros.

Frankenstein o el moderno Prometeo es una fábula donde la construcción de un proyecto científico resulta terriblemente mal. Asimov anticipa los problemas y crea un código moral para robots. En el caso de Frankenstein las consecuencias mortales y terribles se limitan a la familia del investigador. Hoy es pertinente preguntarnos: ¿Qué nos deparan las acciones de Jeinku? ¿Cómo controlamos el desarrollo de nuevas bacterias creadas en laboratorio? ¿Cómo controlamos la utilización del genoma completo de influenza AH1N1-1918? ¿Qué límites y direcciones debe tener el desarrollo de la inteligencia artificial y/o “machine-learning”? ¿Cómo limitamos las consecuencias potenciales de los implantes celulares o xenotrasplantes? ¿Qué sigue a la ubicación de los núcleos cerebrales donde se conciben moral y honestidad? ¿Quién limita la modificación genética en humanos? Tenemos más preguntas y problemas que respuestas, y por esto es necesario reflexionar y discutir sobre bioética.

 

Samuel Ponce de León R.
Médico por la UNAM. Director del Programa Universitario en Salud, UNAM. Profesor de medicina. Miembro del SNI, nivel III. Miembro del Colegio de Bioética A.C.