En abril de 1846 Charles E. Trevelyan, responsable del tesoro del Reino Unido, distribuyó entre sus subalternos algunos extractos de Ideas y detalles sobre la escasez, de Edmund Burke. El panfleto de Burke decía algo muy simple: nada hay más peligroso que interferir con el mercado de alimentos, y más en tiempos de escasez, porque en ninguna otra cosa son tan violentas las pasiones de la gente ni tan frágil su capacidad de razonamiento. A Trevelyan le interesaba que los funcionarios lo entendiesen, y mejor si era la pluma de un irlandés, porque comenzaba el segundo año de hambruna en Irlanda.

Hambrientos

Ilustración: Estelí Meza

El desastre había comenzado a mediados de 1845, con la aparición de un hongo que acabó con la casi totalidad de la cosecha de papa en la isla. El efecto fue devastador. Y el gobierno tuvo que resistir las presiones de quienes exigían que interviniese, y ni controlar precios ni favorecer artificialmente la importación ni mucho menos prohibir la exportación de alimentos, para que el mercado pudiera funcionar con normalidad, y resolver el problema de la manera más eficiente.

Desde luego, se quería evitar que la gente muriese de hambre masivamente, pero sin que los pobres se volvieran dependientes de la ayuda del gobierno. Las medidas tenían que ser limitadas, excepcionales, y tan baratas como se pudiera, para no desperdiciar el dinero público. Estamos obligados, decía Trevelyan, a demostrar que hemos hecho lo suficiente, y al mismo tiempo demostrar que no hemos hecho demasiado.

Se imaginó como solución un programa de obras públicas para emplear a los más necesitados. Según el criterio de la Ley de Pobres, el empleo tenía que ser lo menos atractivo posible, con un salario inferior al del mercado, para que nadie encontrase preferible la ayuda pública. El Estado podía ofrecer empleo, la comida la proveería el mercado. El sistema tenía varios problemas. El primero, que se pagaba a destajo y no por jornadas, para evitar la simulación, y siendo trabajos físicamente penosos, los más afectados por el hambre no eran capaces de cubrir su cuota, y cobrar lo suficiente. Pero además los terratenientes procuraban que se contratase a sus jornaleros y arrendatarios, para no tener que cargar con ellos. Y, finalmente, el efecto de ese nuevo ingreso fue que los precios de los alimentos siguieran subiendo y que el salario no fuese suficiente para comer.

En Irlanda había hambre, pero no faltaban alimentos. Aparte de la papa hubo otras cosechas esos años, y los precios en Inglaterra y en Europa hacían muy atractiva la exportación. En la Cámara de los Comunes hubo quien se quejó de que los irlandeses padecieran en medio de la abundancia, y que cada día se exportase maíz que bastaría para alimentar a miles. El gobierno, otra vez Trevelyan, tuvo que explicar que prohibir las exportaciones era una estrategia miope, que sería desalentadora para los productores, provocaría el colapso del comercio, y sería gravemente dañina a largo plazo. Por eso se decidió enviar contingentes de ejército para proteger los cargamentos de maíz y avena, para proteger los puertos, los graneros, incluso para vigilar durante la cosecha.

Los economistas tenían claro que el problema en Irlanda era una estructura agraria obsoleta que había que reformar. Y muchos vieron en la catástrofe una oportunidad para impulsar la modernización del campo irlandés. Lord Palmerston, por ejemplo, lo tenía muy claro: la transformación de la agricultura en la isla requería la expulsión sistemática de pequeños propietarios, aparceros, arrendatarios, para crear grandes explotaciones comerciales. Y así se hizo. Se prohibió que recibiesen ayuda del Estado los pequeños propietarios, que se vieron obligados a abandonar su tierra, y se impusieron nuevos gravámenes sobre el arrendamiento de pequeñas parcelas, para estimular la expulsión de arrendatarios —hasta medio millón en los años del hambre.

Como suele suceder, con el desastre se multiplicaron las explicaciones. El arzobispo de Tuam, John MacHale, sabía que, dijeran lo que dijesen los científicos, la catástrofe era un castigo divino, consecuencia de transgresiones gravísimas: el avance del secularismo, la existencia de escuelas laicas. Varias iglesias protestantes entendieron también el mensaje providencial de la hambruna, e iniciaron enérgicas campañas de proselitismo, repartiendo comida a quienes abandonaban el catolicismo y se convertían a la verdadera fe —salvo los cuáqueros, parece que lo hicieron todos. Otros, por ejemplo Lord Clarendon, gobernador de la isla, veían que el problema era el carácter nacional de los celtas, incapaces de prever las consecuencias de sus actos, y que preferían pasar hambre antes que trabajar. Y otros más: los nacionalistas como John Mitchel, del United Irishman, sabían que el origen de los males era la dominación inglesa, y por eso llamaban a la rebelión.

Murió un millón de irlandeses. Otros dos millones se vieron obligados a emigrar. Trevelyan fue nombrado caballero, el arzobispo MacHale tiene una estatua en la catedral de Tuam, John Mitchel se exilió en Tennessee, donde dirigió el Southern Citizen, enérgico defensor de la esclavitud.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más  recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

Un comentario en “Hambrientos

  1. Esto se parece a lo que ocurrió con los campesinos mexicanos a raíz de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio. En el caso de México, la catástrofe no empezó con un hongo, sino con una decisión gubernamental. Los campesinos no murieron de hambre pero se arruinaron y se vieron obligados a emigra.