La deconstrucción de instituciones es una de las políticas más consistentes del actual gobierno. Hasta ahora ningún área de la administración pública ha escapado a la guadaña del señor presidente, ni siquiera la propia presidencia de la República ha estado a salvo. La institución que es el corazón del sistema político y la columna vertebral del orden constitucional ha sufrido del empeño de Andrés Manuel Lopez Obrador de personalizar el cargo que ocupa. La discontinuidad histórica es notable.

Hasta Miguel de la Madrid todos los presidentes buscaron institucionalizar la presidencia, ahora el objetivo es desinstitucionalizarla, eliminar reglas y destruir patrones de comportamiento, es decir, poner fin a cualquier limitación que pueda oponerse a la voluntad presidencial. Es posible que muchas de esas reglas hubieran estado envejecidas, fueran inservibles, disfuncionales pero no sabemos con qué se van a sustituir, y esa incertidumbre es muy destructiva, por lo menos confianza no genera.

La presidencia desinstitucionalizada que vemos en un futuro muy cercano no es obra exclusivamente de López Obrador. Herida de muerte la dejó Enrique Peña Nieto por la fatuidad y la poca seriedad con la que gobernaba. En realidad lo que le interesaba era poseer y ostentar símbolos externos del poder, entre ellos lo que en Estados Unidos llaman una trophy wife que las malas lenguas decían le había contratado Televisa.

Nuestros presidentes siempre habían tenido momentos frívolos y debilidades de carácter, pero atendían a las exigencias de su encargo con oficio. Por ejemplo, antes de anunciar la devaluación de 1948, el presidente Alemán recibió de Ramón Beteta un largo memorándum que más bien parecía un capítulo de libro de texto que explicaba lo que era una devaluación, cuáles podían ser las causas, y sus consecuencias. El presidente Alemán se presentó bien preparado ante los periodistas y la opinión pública, y respondió a sus preguntas de manera sencilla y directa. Alemán no dejaba nada a la improvisación.

Al igual que él, los demás presidentes asumieron la importancia de la presidencia de la República y la trataron con el debido respeto, porque así querían que los mexicanos trataran a su institución presidencial. Esa era también una razón para mantener el ritual, la ceremonia, el ornato que acompañan al presidente y que no están dirigidos a él, sino a la institución que representa. Esta parafernalia que a muchos irrita es necesaria, en ella se materializa la autoridad de una institución nacional que en realidad es más frágil de lo que parece. Cuando se la trata como si fuera la escenografía de un vodevil se deja al descubierto un andamiaje que no convoca respeto alguno. Por esa razón fue tan desatinada la idea de Vicente Fox de imponer sus modos desenfadados de ranchero propietario a la presidencia. Creo que no pudo hacerlo, que la institución se le resisitió a él y a Marta Sahagún, no obstante sus arañazos dejaron una huella en la institución. Sin embargo, nada como el legado de Peña Nieto.

Presidencia

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

Después del 1 de julio de 2018 nada supimos de Enrique Peña Nieto ni de su gabinete. Desaparecieron del escenario, y de sus oficinas, salieron sin hacer ruido, como ladrones en la noche. Su retirada fue una confesión de culpa y, a mi manera de ver, incurrieron por lo menos en una falta administrativa porque no cumplieron con su contrato de trabajo. Además de que mostraron muy poco aprecio por su propio proyecto de desarrollo que no estuvieron dispuestos a defender del nuevo gobierno, que llegó con la espada desenvainada, a cortar cabezas, detener decisiones en marcha y obligarnos a desandar mucho de lo andado. Los peñistas se fueron seis meses antes de la toma de posesión del nuevo presidente, dejaron un vacío que ocuparon los morenistas que empezaron a tomar decisiones con celeridad antes de saber siquiera en qué piso estaba su oficina.

La actitud de Peña ante el fin de su gobierno, cuando no quiso darnos la cara, fue muy distinta de la que mostró en días pasados, cuando anunció a la opinión pública su divorcio de Angélica Rivera. Reapareció en público por motivos que sólo la revista HOLA conoce y comprende, pero lo pinta de cuerpo entero como el muchachito ligador que es, al que lo único que le interesaba era ser una celebridad como las hermanitas Hilton. Los asuntos del poder lo tenían sin cuidado, que para eso estaba Luis Videgaray. Así fue como trató a la presidencia de la República, como un trofeo que realzaba sus atributos personales: una cara bonita que nada tenía que sonreír a la cámara.

Lamentablemente para todos nosotros Peña vació la presidencia de autoridad y le restó poder. El desafío que enfrenta el presidente Lopez Obrador es reconstruir la autoridad de la presidencia, su ascendiente moral, que no empezó con él, aunque así lo quieran los morenistas.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

2 comentarios en “La banalización de la presidencia de la República

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