La tragedia, dice la poeta Anne Carson, evoca ese olor a tocino caliente que hay en la contradicción pura. Desde siempre, la nariz de la filosofía le ha hecho ascos a ese aroma quemado. Su tragedia fue, precisamente, el rehuir la experiencia de lo trágico. Desde su primer monumento ha pretendido enviar al exilio la experiencia del dolor y del lamento. Desde aquella república, la filosofía se comprometió con el ideal de la tersura. Conquistar la armonía, pulir la existencia hasta liberarla de cualquier astilla, amaestrar las emociones; venerar la verdad única y entregarse a ella.

Ilustración: José María Martínez

La tragedia es una invitación para entendernos de otra manera. Una propuesta para albergar con sabiduría la viva fricción de lo contradictorio. No es una la verdad, no es una la justicia. Nunca es claro el recuerdo y siempre habrá algo de indómito en nosotros. A defender la tragedia frente a su censora ha dedicado Simon Critchley un buen número de cursos, conferencias, seminarios, y su libro más reciente. La tragedia, los griegos y nosotros es el título del libro que apareció este año bajo el sello de Pantheon Books. No es del infortunio de lo que hablamos cuando hablamos de tragedia. No es trágico un huracán que arrasa una ciudad. Lo trágico no proviene de una agresión de la naturaleza, sino de una conspiración en la que activamente nos coludimos para obrar nuestra propia ruina. La tragedia, dice el filósofo inglés, exige de nosotros cierta complicidad. Una inconsciente colaboración con la catástrofe. En esa involuntaria colaboración despunta una advertencia: porque alojamos a los fantasmas de nuestra desgracia no seremos nunca los amos de nuestra existencia. Absurda es la ilusión de nuestro señorío psicológico. Más que agentes autónomos, somos juguetes, tuercas, trapos.

Hay que intentar que los antiguos vuelvan a vivir para nosotros. Alimentar a los muertos con nuestra propia sangre, diría Nietzsche. Tomar prestado el espejo en el que se contemplaron hace siglos para ver con tranquilidad nuestra penuria. Critchley, a quien debemos un libro titulado Cómo dejar de vivir y empezar a preocuparse, no acude a la tragedia en busca de consuelo. Una pieza importante entre los libros de autoaflixión. La invitación de los trágicos no es el aliento, sino la confrontación de nuestras tribulaciones, la aceptación de nuestra miseria, la renuncia a la ilusión. Tal vez no haya desafío más profundo a la filosofía, como empeño de razonabilidad, que ese teatro de enfrentamientos y equívocos que ofrece escenario a la opacidad ontológica y la ambigüedad ética.

Critchley ha escrito sobre el suicidio, la comedia y el futbol; ha meditado las lecciones de san Pablo, David Bowie y Heidegger; ha conversado públicamente con Phillip Seymour Hoffman. En el juego, en el humor, en las ficciones ha encontrado estímulos a su reflexión crítica. Ha llegado a la convicción de que en la mirada del mito hay más lucidez de la que la puede encontrarse en el concepto. Es el artista quien nos dice la verdad. Sólo a través de las mentiras de la escena podemos contemplar la hosquedad de la vida. Lo que Critchley admira en Esquilo, en Eurípides y en Sófocles es haber reconocido la blandura de nuestro engrudo, los caprichos del tiempo, la impotencia de la razón. Harina de lamentos y rabia, de ocultas tiranías, de enredos eternos.

El mundo de la tragedia es el mundo del conflicto. El tiempo fuera de cauce. Una perpetua lucha, sin victoria ni esperanza en ella, dice Unamuno. El suyo es un territorio en el que riñen una multiplicidad de dioses rivales e imperfectos, cada uno defendiendo su idea de lo que es bueno. El filósofo no encontrará en Antígona una teoría de la justicia. Lo que descubrirá en su representación es la dolorosa experiencia de la justicia como un combate y de la ley como una plaza en disputa. La razón misma es un combatiente débil que no termina nunca de someter a sus enemigos. Por ello el desasosiego de la tragedia contrasta con el ensueño monoteísta. La primacía platónica del bien, la fábula de un creador único o la misma ortodoxia liberal desoyen la enseñanza de la tragedia.

No hemos venido a terminar con esa ambigüedad sino a lidiar con ella. Deja de pensar, ve. Esa era la petición de Wittgenstein. La tragedia se ve y se siente. Aspira a la escena, a la visibilidad de la representación. Al conversar hace unos años con Isabelle Huppert, quien presentaba una versión de Fedra en la Brooklyn Academy of Music, Critchley trataba de explorar las ideas detrás de la obra. Rastreaba en la actriz las nociones del deseo, del amor, de la violencia, las relaciones entre mortales y dioses que la obra sugiere. En algún momento, Huppert, tal vez harta de los rollos del filósofo, le dijo: “Pero el teatro es vitalidad. Muestra experiencias de la vitalidad. Eso es lo único que importa. Lo demás son ideas. A lo mejor buenas ideas, pero solamente ideas”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.