Cierto que algunas veces, al despertar, en esa rara duermevela que entra antes de levantarnos a que el día nos haga pedazos o nos redima, algunos, yo, hacemos el recuento de todo lo que nos falta por hacer. ¿Cuántos años me quedarán?

Si no quiero angustiarme, porque no hay tiempo más que de brincar y urdir lo que hay que urdir esa mañana, ese mediodía, esa tarde que espera con su puesta de sol hundida entre edificios, resuelvo el asunto con una sentencia rápida: has hecho todo, menos lo que no has hecho. Y a otra cosa.

Intento convocar a la serenidad. Esa gran loca.

“Dale una tregua a tu cabeza”, me digo, “muévete”.

Pero si tengo tiempo, si cuando ya estoy sentada al borde de la cama veo poca luz entre las rendijas, me arrepiento. Y regreso a meterme bajo las sábanas tibias. Entonces, qué de remolinos me toman por su cuenta. ¿Cuántas cosas no has hecho?

Por lo pronto, vuelvo a dormir y trato de recordar. ¿Qué soñé? Era yo joven. ¿O era yo esta? No sé, no tenía edad. Estaba en el mar. Pero con alguien. ¿En cuál mar? ¿En el de una isla? Quién sabe. En el mar. Abrazada de alguien. “No me sueltes”, dije. Y desperté.

Es bonito recuperar el pedazo de sueño que faltaba. “No me sueltes”. ¿A quién se lo habré dicho?

La luz por la orilla de las contraventanas entra dorada. Es tardísimo. ¿Para qué? ¿Dilucidar? ¿Ver la pantalla del teléfono por si alguien necesita algo de mí?

Extiendo la mano y toco el brazo de mi cónyuge que también va despertando. “Hola”, digo. Él sí que ha hecho diez veces más cosas útiles que yo, pero siempre siente que le faltan, y no pierde el tiempo más que viendo el futbol. Y eso hay que considerarlo una inversión, no un gasto. Ahora tiene que ir a grabar un programa con personas de buena ley que piensan en el país, temen por él, resuelven el futuro.

Dios los bendiga, diría mi mamá en sus tiempos de fe. La Divina Providencia sea para siempre alabada, decía mi abuela. ¡Santo cielo!, aún digo yo en voz alta provocando la hilaridad de mis nietos mayores.

Yo creo en la Providencia. Sólo no creo que sea divina. A veces hace el mal. A veces nada. Se queda impávida, esperando a ver qué decidimos. A veces mata. A veces abandona. “No me abandones”, dije. Pero no a la Divina Providencia. Este personaje tenía brazos, hombros, los ojos cerrados. Yo también tenía los ojos cerrados, pero veía. Yo aún, como dijo Quevedo, soy amante agradecida a las lisonjas del sueño.

Y ahora, ¿vas a contar lo que quieres hacer y no has hecho? Ya adoras a quienes adoras. ¿Qué más?

Ilustración: Gonzalo Tassier

Quiero más. Quiero vivir hasta los noventa y un años.

Quiero ir a la gruta azul. A la Puebla de 1960. Al Acapulco de mi 1955. A la bahía limpia.

Quiero estar siquiera dos horas en Venecia. Cuando cumplí cincuenta, prometí que iría cinco días al año. Han pasado veinte. He ido tres veces. En cambio fui a Siena. ¡Qué plaza inolvidable! ¡Qué calor! Qué amiga más audaz estaba a punto de perder. Quizás por eso la llevaba del brazo. Me quitó de la plaza para entrar a un castillo con pinturas en terracota que no me interesaban, pero que ella elogió como si quisiera tatuárselas entre los ojos.

Quiero ir al mar cada vez que se pueda.

Quiero ir a las cataratas de Iguazú y a las del Niagara.

Quiero no tener que pasar por el aeropuerto nunca más. (Este deseo he de ponerlo en la lista de mis imposibles.) Querré al menos no ir al de Santa Lucía. Aunque tenga que dar la vuelta por Sonora para llegar a Cartagena.

Quiero intuir memorias.

Quiero ver los volcanes siquiera dos veces al mes.

Quiero escribir tres libros. Me conformo.

Quiero ser niña. 

Quiero estar viva cuando mis nietos, los de dos años, tengan novia y entren a la universidad.

Quiero ver que mi hija tenga una hija. Aunque prefiero verla vivir con la pasión y la destreza con que sube y baja de los aviones.

Quiero fuerzas para reconocer el horror y contarlo. Como hacen los insultados, los sin remedio.

Quiero conversar con mi hermana mientras comemos el  pastel de los ocho huevos.

Querría volver a brincar la cuerda. Qué cosa más divertida era ese juego.

Quiero dormir toda la vida con quien velo.

Quiero que mis hermanos tengan una fábrica de bicicletas.

Quiero que Alberto, mi sobrino, pueda olvidar que estuvo secuestrado casi un año, por unos malvados que no están en la cárcel.

Quiero una casa de madera en Chetumal, como la de mi suegra, con un porche y dos mecedoras.

Quiero no querer cosas. Por eso dejo que los niños jueguen con mis cajitas y las rompan.

Quiero que mi hijo y mi nuera duerman una noche completa, junto a sus hijos que por fin duerman toda la noche.

Quiero ir al Centro Histórico de México, una mañana azul, como si fuera yo turista.

Quiero que se me aparezca el diablo del que hablaba la directora del colegio cuando me vio reconociendo en el espejo mi estampa de adolescente consternada.

Quiero saber qué fue de los niños a los que les enseñaba catecismo cuando ellos no sabían persignarse y yo no sabía por qué me persignaba.

Quiero verme en el espejo y aceptar al diablo de las arrugas creciendo. Sí, que se me aparezca el diablo, para sacarle la lengua.

Quiero un dulce de anís.

Quiero volver al Amazonas.

Quiero que nunca se me olvide la quimera en que abracé a mi madre tras subir la escalerita que va de su jardín a su puerta. Mi madre que sabe casi todo. Menos que se ha vuelto cenizas bajo un árbol.

Quiero que llueva. Pero sólo media hora al día.

Quiero volver a caminar cuatro kilómetros sin que me duelan los dedos.

¿Qué me falta? Hablar inglés para tomar un curso de actuación con Helen Mirren. Francés para leer a Flaubert. Maya porque suena muy dulce. Italiano para no hacer el ridículo. Con esta cara y este apellido, con la mitad de mis bisabuelos riéndose de mí desde un lugar en el cielo del Piamonte, que ya no pueda entender más que las óperas y hablar para decir ti voglio tanto bene, sai.

¿Qué me falta? Ver más a algunos de quienes más quiero.

¿Qué ya no hice? Ver bailar a Baryshnikov.

¿Qué no temo? El ridículo.

¿Qué más quiero? Quiero que todos los días sean lunes y que todos los lunes se parezcan a los miércoles y todos los viernes a los domingos bajo el árbol.

¿Qué temo? Olvidar. Olvidar me da un miedo espantoso. Y lo veo en mi futuro y me aflijo. Y lo veo en mi presente y me aterro.

¿Qué más quiero? Quiero decir bien lo que quiero decir.

Quiero morirme en paz. Como cuando dejo una fiesta porque hay mucho ruido y me urge el silencio. 

Se me olvidaba: Quiero oír a Yo-Yo Ma, en vivo, y leer un soneto de sor Juana, como si fuera la primera vez.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

7 comentarios en “¿Qué más?

  1. ¡Cuántas cosas quieres…! Hay que aprender a vivir al día, y si no tenemos ningún descalabro habrá sido un buen día. Y a esperar a que el siguiente sea igual de benigno.
    Me lo pasé muy bien leyéndote. Gracias y un abrazo enorme.

  2. Esto me deja mi amigo Luis: Muy querida Ángeles:
    Me emocionó mucho tu texto de este mes. Yo también quiero vivir, por lo menos, hasta los 91 años, y más, mucho más. Siempre y cuando, claro, para entonces la vida siga siendo ––por decirlo con las palabras de Amado Nervo en el funeral de Manuel Gutiérrez Nájera–– una novia enamorada que me diga “¡No te vayas todavía!” Mi mamá tiene 94 y su vejez ha sido una masacre. Pero mientras pueda disfrutar de los placeres de la vida, quiero que no se me acabe. Me identifico con lo que Hemingway, cuando aún estaba con buena salud, le dijo a un amigo en una carta (cito de memoria): “Yo sé que todos los hombres han muerto, pero quisiera que la vida hiciese conmigo una excepción”. Cuando su médico le dijo a Robert Louis Stevenson, delicado de salud, que si no quería morir joven tenía que irse de Edimburgo a un clima más benigno, Stevenson le replicó: “¡Ay, doctor, debiera saber que un hombre, muera a la edad que muera, siempre muere joven!” Por más cosas que hayamos hecho, visto, escuchado, disfrutado, por más alegrías y satisfacciones que hayamos tenido, siempre habrá cosas que queramos vivir quienes somos amantes apasionados de la vida. En tu texto lo dices maravillosamente. Lo leí con la piel chinita y los ojos y el alma humedecidos. A Bere también le encantó. Un enorme abrazo.
    Luis

  3. Que maravilla de texto,que habilidad para señalar los puntos de una mujer senoble y lograr la empatía con nosotras,hace tiempo te sigo y yo lo quiero es seguir leyendo tus textos a pesar de mi insuficiencia visual y perderme en tus pensamientos y a esto le agregó la maravilla de tener como compañero un ser humano tan inteligente y super sensible…los sigo…

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