Juan Cromberger, que alrededor de 1539 se asoció con Juan Pablos —nativo de Lombardía— para establecer la primera imprenta en la Ciudad de México, obtuvo del virrey y del arzobispo de la Nueva España el privilegio exclusivo de vender “las cartillas y otros materiales impresos de todas clases” a una ganancia neta de 100 por ciento. Cuando murió en 1540, su viuda y sus hijos rogaron a Carlos V que les ampliara este monopolio a veinte años más; el emperador cedió, aunque disminuyendo el plazo a diez años, posiblemente a causa de las protestas de otros editores de Sevilla, que veían con envidia la posición privilegiada de los Cromberger en el próspero comercio de ultramar.

 

 

El inventario de las existencias de libros que dejó Juan Cromberger a su muerte en 1540 es aún más impresionante que el de las propiedades de su padre Jacobo Cromberger, levantado once años atrás; no sólo ofrece una variedad mayor de obras de ficción sino que especifica un número mayor de títulos. Los derechos exclusivos de que gozaban ambos impresores hacen suponer que parte considerable de todos esos libros se destinaba al mercado colonial. De aquí que esta lista pueda servir como una indicación de las lecturas preferidas por los conquistadores y sus compañeros hacia mediados del siglo XVI; su significado crece si se considera en conjunción con los esfuerzos que hacía la Corona en la misma época para prohibir la exportación del “Amadís y sus similares” a las Indias. Una vez más se encuentra una prueba de que el apasionado gusto de los lectores de ultramar por la literatura ligera y el interés de los comerciantes en aprovecharse de ello, cooperaron para anular casi por completo la legislación prohibitiva, por más que ésta se reiterase. Según este extenso documento, y a juzgar por el número de ejemplares en existencia, los libros favoritos eran:

No. de ejemplares

Títulos

446

Amadís de Gaula

1,107

Espejo de caballería

156

Palmerín

10

Séptimos de Amadís (Lisuarte de Grecia)

171

Oncenos de Amadís (Crónica de Florisel De Niquea)

228

Trapisondas (de Don Reynaldos)

167

Caballero de la Cruz

696

Rey Canamor

550

Oliveros (Caballeros Oliveros de Castilla)

325

Celestina (Tragicomedia de Calisto y Melibea)

823

Doncella Teodor

409

Tablantes (Crónica de… Caballeros Tablante)

730

Alexos

377

Cid Ruy Díaz

370

Siete Sabios (de Roma; o Grecia)

281

Conde Fernán González

557

Robertos(el Diablo)

194

Flores y Blancaflor

372

Magalona (Libro de la linda Magalona)

800

Troyanas (Crónica Troyana)

Para el tiempo de que se trata, este número de libros en existencia representa una cifra respetable, porque además había reservas de cantidades más reducidas de otros libros, y sugiere que existía una demanda más o menos constante de ellos. También hacen suponer que los embarques de libros hacia las colonias durante las dos décadas que siguieron a la conquista de la capital azteca ascendieron a millares de volúmenes. Las pingües ganancias monetarias que este comercio producía importaban a los libreros mucho más que el peligro de que “los indios y otros habitantes” de la América pudiesen confundir a los caballeros andantes con héroes históricos de carne y hueso, y las fabulosas hazañas inventadas con los milagros de los santos católicos. Desde un principio libros serios y de ficción circularon por igual en las colonias del Nuevo Mundo: con razón se quejaba la Corona de la inobservancia de los decretos prohibitorios.

 

Fuente: Irving A. Leonard, Los libros del conquistador (traducción de Mario Monteforte Toledo), FCE, segunda edición en español, México, 1979.

 

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