Oprah Winfrey, en referencia a nuestra especie, considera que “la biología es lo que menos hace a alguien una madre”. Sin ánimo alguno de contradecir su experiencia directa sobre lo segundo (imposible de igualar en mi caso), podemos tomar lo primero como oportunidad para presentar un poco de lo mucho en lo que sí interviene la biología, cuando de ser madre hablamos, en otras especies animales.

Insectos, arañas, moluscos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos cuidan a sus hijos para aumentar la probabilidad de que éstos sobrevivan (y con ello, por añadidura, sus genes). En el mejor de los casos —que no es exclusivo de humanos y ni siquiera de los mamíferos— los alimentan y protegen hasta cierta edad (en la que quizás, en ocasiones, nos hemos extralimitado con el hijo treintañero que aún vive sin pagar renta en la casa de sus padres. Pero no divaguemos más y cerremos el paréntesis).

Ilustración: Oldemar González

En el que casi es el peor de los casos, los hijos son abandonados en condiciones que mejoran sus posibilidades de supervivencia, estrategia conocida como “mamá sabe mejor” y ejemplificada por insectos herbívoros como los escarabajos de la especie Cephaloleia, cuyas madres prefieren depositar sus huevos en aquellas plantas que, por sus características, dan mayor refugio y alimento a las futuras larvas que, en este estado de movilidad tan limitada, dependerán por completo de la elección materna.1

¿Es que hay algo peor que ser abandonado al nacer, como un insecto, por nuestra madre? Pues sí. No por nada la estrategia se conoce como “mala maternidad óptima”: sin dejar de apuntar a las madres de la especie Cephaloleia, en ocasiones éstas deciden abandonar a su progenie en condiciones que favorecen la longevidad de ellas —las madres—, sin importar que el costo sea un menor número de larvas supervivientes; a final de cuentas, larvas van y vienen y no faltará oportunidad para ovodepositar más para sustituirlas. De haber sido entomólogo Kafka tal vez habría incubado una madre así para Samsa.

Pasando de invertebrados a vertebrados, si en Buscando a Nemo la ausencia de la madre era entendible, lo cierto es que en la mayoría de los peces óseos el cuidado paterno es el que prevalece, y éste incluye la construcción de nidos y la defensa de los hijos.

En anfibios hay especies en las que la madre están a cargo de los vástagos; en otras, el padre es el responsable de ellos. Sea femenino o masculino el cuidado uniparental, a la lista de quehaceres añadimos el transporte de los huevos a cuestas. Pero, en por lo menos una especie de rana (Ranitomeya imitator), se dio el hito evolutivo de que madre y padre cooperen (cuidados biparentales) para lograr un costo energético sostenible para ambos al agregar, en la cada vez más larga lista de tareas maternas/paternas, un “dar de comer huevos no fertilizados a los renacuajos de tus hijos”.2

En más de 80% de las aves el cuidado es biparental y, salvo poner huevos, el padre puede hacer todo lo que una madre, lo que representa una ventaja para ella y un riesgo para él, pues, en un segundo hito evolutivo (tras el cual nos queda claro que a la evolución le tiene sin cuidado qué sexo se ve favorecido en una especie, siempre que con ello se evite su extinción), la madre puede desertar —¿a qué se queda, si él puede encargarse por entero de los polluelos?— y volar en busca de nuevos horizontes (y parejas, claro está).

Si bien los animales no son autómatas genéticamente programados, estímulos muy sencillos pueden generar conductas maternas en peces y aves. Mamá gallina, por ejemplo, acude de inmediato a rescatar a un polluelo al oírlo piar como desesperado, pero la vista de un pollito enmudecido en apuros ni siquiera la hace cloquear.3 En otros plumíferos lo que se observa es un efecto ante un estímulo visual irónicamente llamado “supernormal”, en el que, por ejemplo, superhuevos o huevotes —huevos artificiales con características exageradas, como el tamaño y la pigmentación— provocan en la pájara un comportamiento materno con mayor eficacia que los huevos reales.

Por desgracia (para las madres), en culebras ponzoñosas y ratas de dos patas (coloquialmente hablando, aunque en rigor también en las otras), y en el resto de reptiles y mamíferos, el cuidado uniparental masculino (exclusivamente por parte del padre) brilla por su ausencia. En este último grupo, ello se debe tanto a que la fertilización interna asegura a la madre —pero no al “padre”— que sus hijos en verdad son de ella como a que sólo las madres pueden amamantar.

En diversas especies de mamíferos los padres no sólo no ayudan en nada, sino que además atacan a las crías. Esto, por supuesto, no significa que en varias especies de mamíferos los padres no inviertan considerables recursos en el cuidado de las crías, mas no es un tema sobre el que queramos extendernos en un texto sobre maternidad.

Las madres mamíferas se distinguen del resto de por tres conductas que, muy probablemente, son precursoras de otras respuestas más complejas —como el lenguaje, la crianza y la empatía— en algunas especies: la lactancia, la comunicación audiovocal entre madre e hijo y el juego. Las conductas maternas de mamíferos más estudiadas en el laboratorio y fuera de él corresponden a ratones, ratas y algunas especies de primates.

Como humanos y roedores tienen las mismas estructuras neurales y químicas, los segundos sirven, hasta cierto punto, como modelo de los primeros al estudiar, en condiciones controladas, los cambios en el cerebro debidos a la maternidad. La experiencia transformadora de la maternidad es, en vista de estos y otros cambios, todo menos una frase cursi o una hipérbole; en ella interviene un coctel molotov de hormonas y neurotransmisores, con prolactina, estrógeno, estradiol, progesterona, dopamina y oxitocina entre los ingredientes principales. Las interacciones de estos compuestos permiten las modificaciones fisiológicas, inmunológicas, neuroquímicas y hasta neuroanatómicas que, trátese de roedores o de humanos, se traducen en cuidados maternos exitosos.

Los neurobiólogos Kelly G. Lambert y Craig H. Kinsley advierten que, desde el momento en que pare, mamá rata (Rattus rattus) tiene que acicalar a sus crías, agruparlas y acurrucarlas para mantenerlas calientes cuando no está cerca, adoptar una postura encorvada que permita amamantarlas sin aplastarlas con su peso, defenderlas y protegerlas de amenazas y ambientes hostiles, y buscar comida de la manera más eficiente posible (obteniendo un máximo de calorías con un mínimo de gasto energético) para regresar al nido con la comida de sus hijos ratas lo más pronto posible, pues es necesario reducir a lo indispensable el tiempo en que están desprotegidos ante posibles depredadores.4 Es claro que mamá roedora necesita incrementar de manera notable su capacidad cognitiva para acometer todas estas tareas nuevas que, en varias ocasiones, tiene que aprender sobre la marcha.

Como consecuencia de su experiencia reproductiva, las madres roedoras experimentan una mejora de larga duración en su memoria espacial, por lo que uno podría suponer que algo similar ocurre en las mujeres preñadas. Extrañamente, lo que se observa es lo opuesto: un déficit cognitivo pequeño, pero medible, que se mantiene durante las primeros meses después del parto.5 Aún no se conoce con certeza la razón de esto, pero se sabe que, durante el embarazo, el volumen cerebral total de la futura madre se reduce hasta alcanzar un mínimo al dar a luz (nada de qué preocuparse, pues se recupera alrededor de medio año después del parto), y que las regiones que sufren una reducción de materia gris presentan la mayor actividad neural en respuesta a sus propios hijos, lo que posiblemente significa que estos cambios ayudan a fortalecer el vínculo madre-hijos.

Alrededor de uno y dos años después del parto la neuroplasticidad de las madres humanas aumenta al elevarse los niveles de oxitocina en presencia de sus hijos. La lactancia ocasiona una reducción en los niveles de ansiedad y en la respuesta al estrés, y tanto preñez como maternidad incrementan la capacidad de aprendizaje social, por lo menos durante los primeros meses… salvo que la madre sea separada de sus críos. Alrededor de 15% de las madres experimentan depresión posparto, 8% trastornos de ansiedad y entre 26% y 85% tristeza posparto. Tener tres o más partos está asociado con un incremento en el riesgo de desarrollar Alzheimer y con una menor longevidad con respecto a madres con menor número de partos.

En el lado oscuro de la maternidad y como atestiguamos entre humanos, en ocasiones hay quienes distan mucho de merecer el premio de “Mamá del Año” por su desempeño, situación que se observa también en otras especies. Por ejemplo, en macacas (Macaca mulatta) tenemos madres que arrastran y avientan a sus hijos, o que se sientan en ellos. Estas prácticas de abuso materno están asociadas a alteraciones en la función neurotransmisora de la serotonina (que modula, entre otras emociones, la ira y la agresividad) en el cerebro de las monas y a la presencia de altos niveles de hormona liberadora de corticotropina (relacionada con la reacción de estrés).6 Estudios con esta y otras especies de primates son valiosos para entender, con las debidas precauciones a la hora de extrapolar o generalizar, la neurobiología detrás del abuso materno en humanos.

Luego del nacimiento de su primer hijo la cantante de country Jennifer Nettles comentó al respecto: “Una cosa es segura, este asunto de la maternidad no es para blandengues”. Incluso restringiéndonos, como en este texto, a lo meramente biológico, no es nada difícil coincidir con ella.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 García-Robledo, C. y Horvitz, C., “Parent-offspring conflicts, ‘optimal bad motherhood’ and the ‘mother knows best’ principles in insect herbivores colonizing novel host plants”, Ecology and Evolution, 2(7), 2012, pp. 1446-1457.

2 Bales, K.L., “Parenting in animals”, Current Opinion in Psychology, 15, 2017, pp. 93-98.

3 Dulac, C., O’Connell, L.A. y Zheng, W., “Neural control of maternal and paternal behaviors”, Science, 345(6198), 2014, pp. 765-770.

4 Lambert, K.G. y C.H. Kinsley, “Brain and behavioral modifications that accompany the onset of motherhood”, Parenting: Science and Practices, 12, 2012, pp. 74-88.

5 Los cambios en el cerebro de madres humanas son descritos en detalle en: Duarte-Guterman, P., Leuner, B, y Galea, L.A.M., “The long and short term effects of motherhood in the brain”, Frontiers in Neuroendocrinology, 2019, en prensa (disponible en línea desde el 28 de febrero).

6 McCormack, K., Newman, T. K., Maestripieri, D. y Sanchez, M. M., “Serotonin transporter gene variation, infant abuse, and responsiveness to stress in rhesus macaque mothers and infants”, Hormone Behavior, 55, 2009, pp. 538-547.