Robo, de Simone de Beauvoir, el título de este artículo. En Ética de la ambigüedad (1947) afirma que “ser libre es tener la capacidad de amoldarse a un futuro amplio, lleno de posibilidades”. La ambigüedad abre, no cierra. Invita, no concluye. Provoca, no clausura. Frente al enfermo, cuando no se sabe con exactitud lo que sucede, la ambigüedad es atributo. Wait and see —espera y ve— es una máxima inglesa exquisita; cuando frente a un paciente los hilos de la trama no se anudan, esperar, antes de actuar, es prudente. Esperar y ver es sinónimo no escrito de ambigüedad.

La siguiente definición es adecuada: “La ambigüedad es el atributo de cualquier concepto, idea, declaración, presentación o reclamación, cuyo sentido, intención o interpretación no pueden ser resueltos según una regla o un proceso en un número finito de pasos”. En el “Occidente rápido”, y en su medicina, la ambigüedad no es bienvenida. El espacio para la duda no cabe en el tiempo occidental.

Ilustración: Kathia Recio

La ambigüedad divide: hay quienes la vanaglorian, otros la desprecian, algunos la atesoran porque pregunta y siembra dudas y otros se sienten incómodos por no encontrar las respuestas definitivas a determinados problemas o preguntas. Para los devotos de la incertidumbre y de la duda uno más uno no siempre es dos; para quienes no saben convivir con respuestas incompletas, uno más uno siempre es dos.

El espacio encerrado en el término ambigüedad es inmenso, inagotable. Algo así como la vieja idea de Antoine  Laurent Lavoisier, “La masa no se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Compañera perenne de la humanidad, la ambigüedad nunca finaliza: cambia, se modifica, terminan unas, nacen otras. La máxima del sabio francés abarca múltiples espacios; todo en la vida, empezando por ella misma, se transforma: nacer/morir, amar/desamar, enfermar/sanar. La frontera entre creación y destrucción abre espacios, uno de ellos es el de la ambigüedad.

Soy devoto de la ambigüedad: gozo su proceso —aprendo— y atesoro su fin —concluyo—. Mientras se lee y se escribe sobre el tema, ideas afines emergen, nuevas ambigüedades preguntan: menudo regalo pensar y repensar y a la vez confrontar nuevos paradigmas, nuevas vaguedades.

Loa a la duda no es un poema proveniente del azar, es una de las tantas respuestas que Bertolt Brecht buscaba mientras intentaba resolver, resolverse. Copio la primera estrofa:

¡Loada sea la duda! Os aconsejo que saludéis
serenamente y con respeto
a aquel que pesa vuestra palabra como una moneda falsa.
Quisiera que fueseis avisados y no dierais
vuestra palabra demasiado confiadamente.

Cuando se confrontan casos médicos complicados el binomio dudar y esperar es sinónimo de investigar. Aunque no existen estudios científicos que lo comprueben, es probable, cuando faltan datos, que se dañe más al enfermo por “hacer” que por no “hacer”. La ética de la ambigüedad es una disciplina poco cultivada. Tanto en medicina, como en cualquier campo, es útil: invita a preguntar y a obtener información  necesaria antes de proceder. Y no sólo eso: es escuela.

En su libro En busca de un mundo mejor, Karl Popper al cavilar sobre las fuentes del conocimiento expone diversos entramados. La siguiente idea, aunque Popper no utiliza la palabra ambigüedad, es una suerte de elogio a esa virtud: “Cada solución de un problema crea nuevos problemas sin resolver. Cuanto más difícil sea el problema original y más osado el intento por resolverlo, más interesantes serán estos problemas nuevos. Cuanto más aprendemos acerca del mundo, más profundo será nuestro aprendizaje, más consciente, claro y bien definido será nuestro conocimiento de lo que no conocemos, nuestro conocimiento de nuestra ignorancia. La fuente principal de nuestra ignorancia está en el hecho de que nuestro conocimiento puede ser finito, mientras que nuestra ignorancia debe ser necesariamente infinita”.

La ecuación es sencilla: así como el conocimiento se enriquece de otros conocimientos, la ambigüedad se nutre de ambigüedades ya resueltas. La vaguedad es una virtud y en medicina un deber. Lavoisier, Brecht y Popper seducen: nada es estático, todo se transforma; dudar y descreer son virtudes bienvenidas y necesarias; el conocimiento, al multiplicarse, subraya cuan ignorantes somos. Es benéfico para enfermo y médico fomentar esos principios. La ambigüedad, en contra de lo que se piensa en el tiempo rápido de Occidente, es una virtud.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.