Creado por Ricardo Piglia, el comisario Croce adquirió cierta celebridad. Inmutable, reflexivo, sabe que los casos en ocasiones requieren tiempo para ser resueltos y que en no pocas ocasiones las “soluciones” no son óptimas. Es una característica de eso que llamamos realidad: la imperfección.

Para arreglar uno de esos casos tuvo que “infiltrarse entre las masas de creyentes”. Sólo las metáforas más reiteradas daban cuenta del fenómeno. Se trataba de “un torrente”, de “una marea”, es decir, de una multitud. Era una fe expansiva que resultaba contagiosa. “Primero el comisario había notado un gran desplazamiento de la población hacia los montes…” que acudía en tropel a postrarse ante la figura de la virgen de Luján, la cual había sido robada de una iglesia por “una banda de paisanos supersticiosos” que seguían a un curandero que se decía enviado del Padre Eterno. Tata Dios, le decían.

Ilustración: Jonathan Rosas

Los enfermos buscaban curación, una mujer buscaba a su hijo muerto, parejas demandaban la bendición para su matrimonio, un viejo pedía “a la dama celestial que protegiera al general Perón a su regreso a la Patria”, un paralítico deseaba, por supuesto, caminar. Las necesidades y exigencias de la gente eran un manantial inagotable y sus esperanzas eventualmente serían recompensadas por la todopoderosa Virgen. Y para ingresar al santuario y acceder a la figura era necesario pagar una contribución.

Croce era agnóstico. El espectáculo le resultaba dantesco. “Estaban todos locos, la fe era una forma de demencia colectiva”. Y ni siquiera la policía había sido capaz de disolver a la multitud. Cuando el batallón arribó a la zona, “se había arrodillado a rezar después de una exhortación del Tata Dios”. El fervor era como una plaga, expansivo, se multiplicaba como si fuera una infección. Y resultó una tontería tratar de atajarlo con las llamadas fuerzas del orden. La fe es la fe y se reproduce por las veredas más inverosímiles y trascendiendo los obstáculos más potentes.

El gobernador peronista de la provincia se había sumado a los rezos. Declaró: “es una expresión de la cultura nacional popular, debemos respetar las creencias del pueblo”. Hay que recordar, digo yo, que donde está la mayoría de la gente está la mayoría de los votos, y ser o parecer uno de ellos suele dar buenos réditos.

Las peregrinaciones iban en aumento y el alud de fieles también. Y por ello se le encomendó el caso al comisario Croce. “¿Cómo había empezado este batifondo?”, fue la pregunta que se hizo a sí mismo. Era del conocimiento común “que una vez al año un millón de fieles iban caminando a Luján… Sabía también que antes de un partido difícil el equipo nacional de futbol peregrinaba hacia la basílica…”. De tal suerte que la imagen sustraída y ahora exhibida y reverenciada contaba, desde antes, con una fuerza de atracción poderosa, una capacidad hipnótica.

Las altas autoridades de la Iglesia no deseaban condenar ni el robo ni las muestras de arrebato, porque temían la reacción popular. Por si fuera poco, “el Tata Dios decía que los ricos la querían para ellos y por eso la encerraban en la Iglesia, pero ella era la Virgen de los pobres y de los tristes de la tierra, y por eso debía estar a campo abierto”. Por ello la encomienda del comisario Croce era intentar resolver el caso por medio de la persuasión, quizá de la negociación.

Tata Dios se había modernizado, “hablaba con un megáfono”, “cobraba un peso la confesión y treinta la cura”. Los creyentes enarbolaban carteles que refrendaban su fe y sumisión, pedían a la Virgen que no los abandonara, que viera por ellos, que los protegiera. La comunión resultaba absoluta. La fe alimentaba los rituales y estos últimos reforzaban la ilusión de ser escuchados.

No contaré el final del relato (“La promesa”) que se encuentra en Los casos del comisario Croce (Anagrama, 2018), pero el asunto de la fe sin duda que no resulta baladí, aunque sí misterioso. El que cree quiere y necesita creer. No existe una relación instrumental entre él y su credo. Son —en no pocas ocasiones— una entidad indiferenciable. Por supuesto que en el conjunto puede haber simuladores, advenedizos, arribistas, que desean beneficiarse del ensueño de los demás, pero lo oscuro y difícil de explicar es el fenómeno de credulidad incondicional que empapa a legiones.

Esa confianza que se deposita en una efigie, esa certidumbre de que la oración será recompensada, esa convicción de que las necesidades pueden ser atendidas, hacen de la fe un potente sedante, una fórmula letárgica que sella una relación de dependencia y satisfacción entre el creyente y la figura venerada. Porque el creyente no quiere o no puede vivir sin tutela, necesita una entidad protectora que le ofrezca certeza, tranquilidad, esperanza. Y esta última, como dice la conseja popular, es la última que muere.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.