Un rasgo notable de nuestra circunstancia actual es el énfasis, abandonado durante más de un cuarto de siglo, en relato histórico como un referente moral de la política. Los últimos debates significativos sobre la historia patria tuvieron lugar en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari cuando el gobierno quiso actualizar los libros de texto gratuitos. Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto no creyeron necesario recurrir a la historia para legitimar a sus gobiernos. Más allá de las genuflexiones de rigor a los lugares comunes, simplemente la ignoraron. El bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución transcurrieron sin ninguna discusión historiográfica de fondo, aunque el PAN era entonces el partido en el gobierno.1 Sin embargo, las cosas han cambiado y el nuevo gobierno ha colocado en el imaginario nacional una poderosa narrativa histórica: la cuarta transformación. El presidente propone que existen tres hitos en la historia patria: la Independencia, la Reforma y la Revolución. Transformaciones estructurales violentas que cambiaron radicalmente, y positivamente, al país. Los cambios propuestos por el presidente representarían una nueva y cuarta transformación (ésta no violenta). El énfasis en la historia tiene el efecto saludable de obligarnos a pensarla como un proceso de largo aliento en el cual podemos atisbar continuidades y rupturas. Mirado con ese lente es posible apreciar en el devenir histórico un patrón distinto al sugerido por el presidente. La historia también puede ser vista como una sucesión de periodos de desorden, marcados a veces por el pluralismo político democrático, seguidos por restauraciones autocráticas cíclicas. Las restauraciones tienen rasgos compartidos: supresión del pluralismo efectivo, centralización política y competencia limitada.

Ilustración: Belén García Monroy

Podemos proponer que han existido tres momentos de pluralismo político en la historia independiente del país: el caótico periodo postindependiente, hasta 1876 (en particular la república restaurada), el breve episodio maderista (1911-1913) y los cuatro lustros de alternancia democrática: 2000-2018. Restauraciones autoritarias terminaron con los dos primeros experimentos pluralistas. En Tuxtepec Porfirio Díaz se rebeló exitosamente contra el presidente Sebastián Lerdo de Tejada y acabó con la república restaurada (1867-1876). Instauró un orden político personalista que duró más de 30 años. De igual forma, el golpe de Victoriano Huerta primero y los revolucionarios después, terminaron con el pluralismo maderista. Vasconcelos así lo vio. Madero fue electo en elecciones libres en 1911 y trató de gobernar, sin éxito, con la Constitución de 1857. En 1913 fue depuesto y al pluralismo democrático le siguió el caos armado hasta que los sonorenses lograron imponer el orden en los veinte. Esta es la segunda restauración. En el transcurso de varias décadas el sistema político posrevolucionario de partido hegemónico (PNR-PRM-PRI) impuso el centralismo, terminó con la competencia política democrática y limitó severamente el pluralismo a los miembros de la familia revolucionaria. Ese régimen autoritario transitó a finales del siglo XX hacia una democracia competitiva. Inició entonces el tercer episodio pluralista.

Un vistazo a la prensa tanto de la república restaurada como del maderismo revela una continuidad notable: la desazón e insatisfacción reinante en ambos periodos. Nadie estaba contento. Los contemporáneos estaban claramente frustrados y enojados con las circunstancias políticas que vivían. Ninguno de los episodios pluralistas fue apreciado cabalmente por sus contemporáneos. La historia del pluralismo en México es la historia del descontento.

El tercer periodo de relativa libertad, pluralismo y democracia —imperfecto como los dos anteriores— ocurrió a principios del siglo XXI. Como la Revolución y la elección de Madero en 1911, la alternancia en la presidencia en el 2000 trajo grandes expectativas de cambio. Sin embargo, al igual que en los dos periodos anteriores, el desencanto y la frustración pronto se instauraron como el humor reinante en el México de la transición. El pluralismo (encarnado en el sistema de partidos) y los imperfectos arreglos democráticos perdieron su lustre por diversos factores. Para 2018 prácticamente nadie defendía los logros de ese periodo. Así como prominentes liberales de la Reforma acabaron abjurando de Juárez por su forma de gobernar, muchos artífices de la transición democrática concluyeron que poco o nada había cambiado en el México de la segunda década del siglo XXI. En el México decimonónico, el interludio maderista y la transición los estados fueron una fuente de problemas. De la misma manera, el pluralismo acabó por ser concebido como un obstáculo a la acción coordinada de la sociedad. A ese “problema” pusieron fin tanto Díaz como el régimen posrevolucionario erigiendo un sistema que eliminó la competencia efectiva, creó estructuras formales e informales que incorporaron en su seno a los diversos actores y les dieron un lugar en el orden autocrático. El pluralismo político, concluyeron los restauradores, había sido un costoso error para el país. Todo dentro del PRI, nada significativo fuera de él. Parecería que la sociedad mexicana tiene muy poca paciencia con el pluralismo y pronto anhela el regreso de la jerarquía y el orden autoritarios. Las dos restauraciones previas terminaron efectivamente con la frustración y el descontento de los episodios pluralistas.

¿Nos hallamos a las puertas de la 4T o de la tercera restauración (3R) de la historia política de México? El tiempo lo dirá.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 José Antonio Aguilar Rivera, “¿1821 o 1810?”, nexos, septiembre 2010. https://www.nexos.com.mx/?p=13900