La guerra de Biafra fue uno de los episodios más mortíferos de la tortuosa descolonización de África. Sólo que con Nasser de un lado y Nyerere del otro, con Inglaterra de un lado y Francia del otro. Fue hace cincuenta años. Nadie se acuerda seguramente, fuera de Nigeria. En su momento, estaba todo tan claro que intervino la mitad de los países del mundo —y cada uno puso lo suyo para ayudar a matar a los del otro bando, así de claro estaba. Las fotografías del hambre estuvieron durante meses en la primera plana de los periódicos: Biafra era ejemplo de casi todo.

Ilustración: Estelí Meza

El 30 de mayo de 1967 el teniente coronel Emeka Odumegwu Ojukwu proclamó la secesión de la región oriental de Nigeria, para constituir la República de Biafra. Inmediatamente se extendió un movimiento internacional de solidaridad, en defensa de la integridad territorial del Estado nigeriano. En primer lugar se manifestó Inglaterra, la antigua metrópoli, porque Nigeria tenía que ser el ejemplo para el resto del continente, pero también la Unión Soviética. La ONU prefirió dejar el asunto en manos de la Organización para la Unidad Africana, que sin duda quería una Nigeria unida (al final, sólo reconocieron a la nueva república Tanzania, Gabón, Costa de Marfil, Zambia y Haití).

Biafra ocupaba una pequeña fracción del territorio de Nigeria, alrededor de 70 mil kilómetros cuadrados, en el delta del río Níger —es decir, la zona con las mayores reservas petroleras del país. La situación evocaba para todos el fantasma de Katanga. Por eso, para la opinión internacional, sobre todo para la izquierda, la causa de Nigeria era la causa de África.

Salvo que Biafra no era Katanga.

Inglaterra se inventó Nigeria a partir de tres regiones muy distintas, con grupos de población igualmente distintos: los yoruba en el oeste, los hausa en el norte, los igbo en el sudeste, en el delta del Níger. Las relaciones entre ellos nunca han sido muy amistosas, no entre los hausa y los igbo (según Chinua Achebe, los nigerianos no podrán ponerse de acuerdo en nada, salvo en el resentimiento común hacia los igbo). En 1914 Lord Frederick Lugard decidió que era mucho más práctico desde un punto de vista administrativo amalgamar los tres territorios en lo que es hoy Nigeria. Treinta años más tarde, a mediados de siglo, cuando se preparaba la independencia, la corona inglesa estableció una división política en tres regiones, es decir, precisamente la que podía más fácilmente consolidar las identidades étnicas —la peor solución imaginable.

En su momento, cuando se proclamó la República de Biafra como un estado de los igbo, el sentido común decía que el progreso no estaba en las tribus, sino en las naciones. Según lo recuerda Conor Cruise O’Brien, era el argumento académico contra Biafra. El problema es que no era fácil clasificar a los nueve millones de igbo como una tribu, y no era fácil tampoco decir que Nigeria fuese una nación.

La sociedad igbo era mucho más igualitaria, individualista, competitiva, pragmática, más abierta al cambio, también más próspera. No había recibido bien el gobierno indirecto de los ingleses, mediante jefes locales, porque no había esos jefes locales. En los años sesenta su territorio era el más densamente poblado de África, con casi 200 habitantes por kilómetro cuadrado, el de mayor ingreso per cápita, el mejor comunicado, el mejor dotado de escuelas, hospitales. Los igbo eran partidarios de que Nigeria se constituyese como república unitaria, creían en el futuro de una ciudadanía común, sobre todo porque eran víctimas de la discriminación que era posible por la diferencia de sistemas normativos: en el norte estaban obligados a vivir en los barrios de extranjeros (sabon garis), como ciudadanos de segunda.

Detrás estaba también la pequeña historia. El camino hacia la crisis de Biafra comenzó a perfilarse con el fallido golpe de Estado de Chukwuma Nzeogwu, en enero de 1966, un movimiento contra la corrupción de la clase política que se saldó con unas pocas ejecuciones (Ahmadou Bello, Samuel Akintola, Tafawa Balewa). Pero Nzeogwu era igbo, y en el contexto era inevitable que el golpe se interpretase como un intento de los igbo de hacerse con el poder. Duró poco. Ocupó la presidencia el mayor general Aguiyi Ironisi, que fue asesinado en julio, y le sucedió entonces el general Yakubu Gowon. Mientras tanto, en el norte había comenzado un pogrom contra los igbo que dejaría alrededor de 30 mil muertos —un pogrom dirigido, alentado, amparado por las autoridades. Y entonces, Biafra.

Fue una guerra desigual de todo a todo. En contra de Biafra jugó el apoyo que le brindaron Portugal, Sudáfrica e Israel —no podía ser una buena causa. A fines de 1967 Nigeria consiguió imponer un bloqueo casi total, que se prolongó durante dieciocho meses, hasta provocar una hambruna de proporciones monstruosas, casi un millón de muertos: esas fueron las fotos que conmovieron al mundo. El ejército nigeriano ocupó definitivamente el delta del Níger en enero de 1970. Y todos se reunieron de nuevo, como compatriotas.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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