Como sujeto histórico, Hernán Cortés es, a no dudar, un personaje de primer orden en México. Es obligada su referencia como punto inicial en toda historia que se precie de serlo: como su llegada a la isla de san Juan de Ulúa, a su desembarco un 21 de abril de 1519 y a la fundación del primer ayuntamiento. Su impronta es inocultable. Hoy en día nos sale al paso por doquiera que vayamos. Está presente en entornos naturales, históricos y culturales, su relevancia es visible en todo el territorio mexicano. Podemos multiplicar los ejemplos de esta persistente memoria. Sólo por nombrar algunos diremos que el nombre del conquistador está presente en el océano Pacífico, en el “Mar de Cortés”; en el camino de Puebla y la ciudad de México entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, se rememora “El paso de Cortés”. El que fuera su palacio es referencia obligada de Cuernavaca, palacio que alberga el museo que lleva su nombre y que conserva parte de sus objetos personales. En el Estado de Veracruz existen la universidad Hernán Cortés, colegios y calles con su nombre. En la ciudad de Oaxaca la “Casa de Hernán Cortés” es la sede del Museo de Arte Contemporáneo. En el centro de la ciudad de México su antigua residencia aún se conserva pese a que sufrió una serie de remodelaciones. El interior del hospital de Jesús, el más longevo de todos los existentes a lo largo de 500 años conserva su memoria y, a su lado, la iglesia de Jesús de Nazareno resguarda, cierto que discretamente, los restos del conquistador. Los descendientes del marqués aún pagan al hospital una renta que éste dejó estipulada en su testamento.

Ilustración: Adrián Pérez

De su paso por Veracruz, sobreviven algunos vestigios de la ciudad trashumante. Del primer asentamiento, el de la Villa Rica no queda vestigio alguno. Su efímero poblamiento de tan sólo 6 años no permitió la construcción de grandes edificios. Sólo en las faldas del Peñón del Bernal se yergue majestuoso el centro ceremonial de Quiahuitztlán, con su cementerio en forma de aldea. En 1525 la villa mudó de lugar para acercarla a San Juan de Ulúa y abastecerse de agua dulce. A esta segunda refundación se le llamó simplemente Veracruz. En 1552 la villa fue devastada por los efectos de un fuerte huracán. La potencia del fenómeno fue tal, que el cauce del río se desvió 150 metros. Como testimonios de ese pasado, se conservan la primera iglesia católica construida en México, los muros de la casa de Cortés y la ceiba donde se atracaban los barcos. En 1599 la villa de Veracruz de nueva cuenta cambió su sede al sitio que hoy tiene. El motivo, fue otra vez su acercamiento con la isla de san Juan de Ulúa. A su fortaleza se le consideró el lugar más seguro de todo el virreinato.

Si para España la conquista americana es ya quizá poco más que sólo un episodio anecdótico, para América, para México en particular, se trata de una historia viva, con secuelas que persisten hasta el presente. Camilla Townsend en su libro sobre Malitzin señala que los efectos de la conquista de los indígenas no han terminado. Lo que es consecuente que, a pesar del tiempo transcurrido, Hernán Cortés continúa y continuará siendo motivo de controversia, divisivo, entre los historiadores y más aún entre las sociedades española y mexicana. En parte, porque se trata de una discusión relacionada con la interpretación y explicación que se hace del hecho histórico desde el presente y con un fuerte contenido ideológico. Nos queda claro que hay dos principales tradiciones historiográficas para explicar el proceso de la conquista española de México, o de la no conquista como lo siguiere una interpretación que comienza a hurgar en fuentes hasta ahora descuidadas. La primera argumenta a partir de los testimonios de los conquistadores y de los frailes y, la segunda, de los documentos indígenas. Michel Oudijk y Mathew Restall señalan que las fuentes españolas presentan la conquista de Mesoamérica como una expedición controlada y consciente, guiada por grandes héroes como Hernán Cortés y Pedro de Alvarado; y que, en cambio, los testimonios indígenas explican el hecho histórico como un proceso de alianzas y negociaciones entre españoles y nativos. Para los primeros, inicio y para los segundos mera continuación de procesos de invasiones y dominación Prehispánicos. Sobre estas interpretaciones del hecho histórico de la conquista, ¿cuánto hay de verdad y cuanto de invención? El esfuerzo por despejar el tema ha de continuar porque como lo señaló don Francisco Tomás y Valiente, “La historia es campo de realidades, no de mitos”.

En el caso de México, la historia oficial se ha construido desde la historia o mitos mexicas, y suele tratar a los pobladores hispanos como invasores y, como traidores, a las naciones y personajes que participaron en la gran rebelión en su contra. Entre los que destacan los totonacas, los tlaxcaltecas, los huejotzincas o a la Malintzin, por citar algunos. También se pone en un segundo término la conquista de los territorios del Norte y del Sur de la ciudad de México, donde, ahí sí, un sistemático genocidio de la población nativa se extendió hasta el siglo XX.

Si partimos del principio de que el hecho histórico no cambia: porque es pasado, es irrevocable, ya sucedió, su interpretación, en cambio, sí se modifica con el paso del tiempo. Ante la conmemoración del V Centenario de un suceso tan importante, es fundamental reconocer que la figura de Cortés y la de toda su generación ahora se estudian a partir de nuevas interrogantes que responden a las necesidades del saber y de las expectativas de las generaciones del siglo XXI. Para ello ha sido necesario revisar los hechos, releer los testimonios de las dos tradiciones historiográficas y volver a explicar uno de los acontecimientos que cambiaron por completo la historia de la humanidad. Con el poblamiento hispanoamericano inició una época de grandes innovaciones, de cambios en la mentalidad y de reconfiguración de los imperios. Insisto, la nueva historia ya no puede construirse a partir de historias parciales, a modo, sino de manera integral en la que se expliquen los procesos más generales más que el juicio de las actuaciones de tal o cual personaje por atractivo que parezca. Hoy es imposible no incorporar a la reflexión elementos como las tradiciones de poblamiento del mundo hispano, o las también antiguas tradiciones guerreras, tributarias de los pueblos mesoamericanos para luego atender otros más puntuales como lo fueron las negociaciones políticas.

Si durante el siglo XIX y buena parte del XX los historiadores centraron su atención en los grandes hombres de la historia, como Cortés y Moctezuma, ahora el interés se centra en temáticas más ambiciosas. En la manera en que los hombres y las mujeres enfrentaron la guerra, en cómo murieron o en las estrategias utilizadas para sobrevivir a la tragedia. Suelen destacarse, hasta el cansancio, los sacrificios humanos para justificar la empresa de la conquista. Incluso, en una publicación reciente, un historiador español se atreve a afirmar que Cortés fue el verdadero libertador de los pueblos mesoamericanos y deja de lado a los miles de indígenas muertos por la explotación excesiva de que fueron objeto por los propios conquistadores-encomenderos.

Para el caso mexicano ha sido ya muchas veces desmitificado el supuesto decimonónico de creer que 400, 500 o 600 guerreros (no hay una cifra exacta) sometieran a una población de casi veinte millones de habitantes, distribuida en un territorio inmenso. De igual manera, que sin resistencia alguna doce franciscanos cristianizaron en masa a cientos de miles de nativos. De lo que sí estamos seguros es que se trató de un largo proceso de encuentros amistosos, desencuentros, traiciones, guerras, asesinatos y reacomodos de todos los involucrados ante un panorama incierto, tanto para los nativos como para los recién llegados. Los nuevos estudios buscan —por ejemplo— explicar las estrategias de las alianzas de la nobleza indígena con los conquistadores.

Si nos desentendemos por un momento de los argumentos que sustentan la historia de los nacionalismos decimonónicos y centramos nuestra atención en entender cómo se dieron realmente los hechos, la historia adquiere otro significado, más humano y menos apologético.  Para el caso mexicano, si explicamos el hecho histórico desde la teoría de la guerra civil, pierde sentido el concepto de “vencidos” para referirse a los indígenas en plural. Ya no se trata de una historia entre buenos y malos, entre conquistadores y conquistados, porque tales conceptos son adjetivos que limitan una explicación más amplia de lo que sucedió. Los enfrentamientos no sólo se dieron entre españoles y naciones aliadas contra los mexicas; también los hubo entre miembros de una misma comunidad por agravios del pasado. Ni los españoles ni los mesoamericanos eran cuerpos homogéneos; en su interior, en cada uno de ellos había fuertes tensiones por el control del poder; ello explica las constantes traiciones y las alianzas con los enemigos de sus enemigos. La guerra se prestaba para cobrar cuentas pendientes, sobre todo con los gobernantes impuestos por los mexicas. Las divisiones en el interior de las comunidades se agudizarían, aún más, cuando los frailes iniciaron la” guerra contra la idolatría” de la que poco o nada se dice en las historias del pasado.

Bernardo García Martínez ha demostrado que antes del contacto los pueblos de Mesoamérica partían de una civilización básica, compartida durante siglos, pero que habían tenido resultados muy variados en su composición interna. Se trataba de sociedades heterogéneas desde un punto de vista lingüístico, étnico y con diversas formas de organización política, social y cultural. De los aproximadamente 1500 señoríos por lo menos 700 tributaban al imperio mexica. A estos últimos le seguían en importancia sus vecinos los purépechas y los tlaxcaltecas con los que mantenían una férrea guerra por el control de territorios. No menos importantes eran los mayas de Yucatán, los de Chiapas, los de Tabasco y Centroamérica.

También había infinidad de pueblos independientes en las regiones periféricas como las de Oaxaca, o las civilizaciones nómadas del norte. Las sociedades mesoamericanas tampoco estaban exentas de fuertes conflictos generados por las políticas de expansión y sometimiento de unos contra otros. Ello explica que, en el momento del contacto, a los españoles no se les percibiera como enemigos sino como posibles aliados para destruir a su principal enemigo y opresor. Así inició la gran rebelión por la que los mexicas se quedaron solos y enfrentados a sus innumerables enemigos, entre ellos, los recién llegados europeos.

Un factor que ha modificado la explicación del hecho histórico de la conquista ha sido la posibilidad de recurrir a nuevas fuentes de información como son los archivos judiciales, los inquisitoriales o la correspondencia que la nobleza indígena envió al monarca solicitando favores por servicios prestados a la corona. Un proceso que toma su tiempo porque existe poca información de primera mano, del día a día de los acontecimientos. De allí que debemos tomar con cuidado los relatos posteriores de personas que dicen haber sido testigos o escuchado cierta historia. Por ejemplo, se sabe con certeza que los españoles llegaron a San Juan de Ulúa el 21 de abril de 1519. Con ello daba inicio el proceso del desmantelamiento del orden mexica para dar lugar al inicio del orden de la Monarquía Española. En cambio, como lo ha señalado María del Carmen Martínez Martínez, no se ha localizado algo tan puntual como el acta de fundación de la Villa Rica de la Veracruz ni sabemos con exactitud cuándo se instaló en Quiahuitztlán. En este tema, el documento más antiguo corresponde a la Petición y requerimiento del cabildo de Veracruz de 20 de junio de 1519, tres meses después de haber llegado a san Juan de Ulúa. Tampoco se conoce el número exacto de hombres que acompañaron a Cortés en su empresa, cada cronista da un número distinto, lo mismo ocurre con el número de naves que salieron de Cuba. Lo que sí queda claro es que, con la fundación de la Villa Rica de la Veracruz se inició el proceso jurídico de lo que terminaría por ser la Nueva España. Como habrá de suceder en adelante, los fundadores se tomaron muy en serio su tarea de fundación de poblaciones: “En la organización espacial se decidió qué lugar ocuparía la iglesia, las casas del cabildo, la cárcel, las atarazanas y cuantas dependencias eran convenientes para ser villa.” La fundación de la Villa Rica, como habrá de ocurrir con la fundación de tantas otras ciudades, fue más simbólica y política que real: significaba la creación de la primera instancia jurídica castellana del ayuntamiento. Igualmente, con el acta de su fundación se inauguraba el uso de la escritura alfabética en vez de la pictográfica indígena.

Los testimonios tanto de españoles como de indígenas por lo general suelen estar abultados porque fueron escritos mucho tiempo después de los acontecimientos para impresionar a las autoridades. Su propósito era demostrar los méritos o servicios hechos a la corona para la obtención de alguna gracia, es decir, como títulos nobiliarios, mercedes de tierras, en fin. Por desgracia los códices antiguos fueron destruidos por los frailes, como la biblioteca de Texcoco, y los que sobrevivieron fueron escritos después del conflicto y pasaron por el filtro ideológico de los clérigos. De cualquier manera, en los códices o escritura pictográfica, los indígenas dejaron su testimonio sobre la conquista. Nos hablan más, por ejemplo, de las alianzas político-matrimoniales entre Cortés y la nobleza indígena que de la guerra misma. Hoy sabemos que la mayoría de los señoríos subsistieron como cuerpos políticos y unidades corporativas durante la época colonial, que un gran porcentaje de la nobleza nativa conservó sus posiciones de privilegio, y que la religión cristiana se adecuó a la idiosincrasia nativa.

Como en toda conquista, la de México tuvo su componente de violencia extrema: como fueron los enfrentamientos armados, las ejecuciones sumarias por cuestiones políticas y religiosas, las, la violación de mujeres, las hambrunas y el expolio como botín de guerra. ¿Se puede explicar el éxito de la empresa de la conquista sin la participación de los miles de guerreros indígenas que cada reino puso a las órdenes de Cortés? Simplemente, no. La nueva historia pone en el mismo rango de importancia a los conquistadores españoles que a sus aliados indígenas, a los que no lo fueron y se enfrentaron a ellos o, a los que simplemente permanecieron neutrales como los tarascos o purépechas. Todos forman parte de la misma historia. No se les debe excluir del relato. Las explicaciones tradicionales sobre el triunfo español en la conquista de México pierden sentido desde el momento en que se incorporan los nuevos actores y se les da voz a los indígenas, en plural. El número de soldados nativos que participaron en la campaña contra los mexicas es impreciso. Se sabe que fueron grandes contingentes los que cada gobernante puso bajo el mando de Cortés. Tampoco conocemos cuántos combatientes se enfrentaron a los invasores. Lo que Michael Oudijk, y Mathew Restall han podido comprobar son los numerosos contingentes que acompañaron a los españoles en las conquistas más allá del valle de México, llegando incluso hasta Guatemala, Honduras, San Salvador y los Andes. Hubo lugares donde la nobleza indígena, por su cuenta, inició campañas de conquista. Tal fue el caso de don Gonzalo Mazatzin Moctezuma que aseguraba haber conquistado 20 pueblos de la mixteca.

En el proceso de la guerra tampoco se debe perder de vista el gran número de indígenas auxiliares no combatientes que sirvieron a la causa española como guías, espías, intérpretes, cocineras y tamemes, por citar algunos. Tal parece que en muchos sentidos fueron los españoles los que tuvieron que adecuarse al modelo de guerra de conquista mesoamericano y no al revés. Imposible resultaba para ellos aplicar un modelo de guerra en un territorio no europeo. Enrique Fuentes Cid ha explicado el limitado uso de la tecnología militar española en el teatro de guerra mesoamericano. Él pone en entredicho el supuesto de la superioridad española por el uso de la tecnología militar. Sólo contaban con las armas que había cargado desde Cuba, en ocasiones los equipos eran muy pesados y difíciles de transportar por unos caminos irregulares que más bien eran veredas y con pocos caballos. Todo debía transportarse sobre la espalda de los cargadores. Y ante la falta de metales para la fabricación de espadas, lanzas y armaduras, los invasores pronto optaron por modificar algunos elementos para su protección como los escudos y pectorales de algodón, más ligeros y fáciles de conseguir.

Michael Oudijk, y Mathew Restall recuperan otra de las tradiciones mesoamericanas al referirse a las alianzas entre españoles y señores principales. Fueron de lo más común los matrimonios entre conquistadores y mujeres nobles indígenas. El ejemplo más conocido fue el de Isabel Moctezuma, hija de Moctezuma Xacoyotzin, a quien desde muy niña la casaron primero con su tío el gobernante Altixcatzin, después contrajo matrimonio con los emperadores Cuitláhuac y Cuauhtémoc. A la muerte de este último, Cortés la sumó a su corte y la violó dando a luz a una niña que llevó por nombre Leonor y a la que su madre nunca reconoció. Isabel también fue esposa de tres conquistadores más: Alonso de Gredo, Pedro Gallego (con quien procreó un hijo) y Juan Cano (cinco hijos) con quien engendró cinco hijos. Su familia recibió el título de conde de Miravalle. Y uno de sus descendientes fue presidente de México en los años treinta del siglo XIX.

Cuando se explica la participación de los clérigos en el proceso de la evangelización suele destacarse la extraordinaria defensa que hicieron en favor de los indígenas cristianizados ante el abuso de los conquistadores-encomenderos, pero se deja de lado a los no conversos, los cuales eran susceptibles de ser esclavizados o eliminados. Ryan Dominic Crewe, destacar el tipo de educación que los frailes impartieron a los jóvenes varones de la nobleza que ingresaron a los colegios católicos. “Tras pasar un periodo enclaustrados con los frailes en sus monasterios en total aislamiento del resto de la sociedad, y tras recibir intenso adoctrinamiento por parte de los frailes”, estos acólitos luego eran liberados como una fuerza de choque en la sociedad para servir como investigadores sobre ritos indígenas que se estuvieran llevando a cabo. Desde sus inicios se crearon cuatro escuelas-misión: México-Tenochtitlán, Texcoco, Tlaxcala y Huejotzingo. Cada escuela alojaba entre 500 y 1000 alumnos.

La división social entre los miembros de las comunidades mesoamericanas se hizo más evidente cuando, el 1° de enero de 1525, los jóvenes de la nobleza salieron de sus conventos para emprender la “guerra contra la idolatría”. En coordinación con una orden emitida por Cortés que prohibía la práctica de todas las religiones indígenas, los frailes y sus acólitos emprendieron un ataque contra las religiones indígenas, sus sacerdotes y quienes las practicaban. Los jóvenes destruyeron los templos de Tenochtitlan, Huejotzingo, Chalco, Texcoco y Tlaxcala. En Texcoco también quemaron los archivos del reino. Los acólitos indígenas actuaban como una especie de policía religiosa que “investigaba la idolatría y ejercía la justicia de los frailes”. El testimonio de Pablo Nazareo, descendiente del rey Atzayácatl, y uno de los primeros jóvenes educados en uno de los colegios, en 1566 en el escrito enviado al monarca Felipe II reconoció que en su juventud había “‘hecho desaparecer con no pocos y diversos trabajos muchos males ocasionados por los idólatras’”.

Las comunidades debieron tomar partido, bien fuera por el cristianismo o por su antigua religión. Las investigaciones realizadas por Crewe confirman, una vez más, que la teoría totalizadora de la conquista espiritual se debe revisar con cuidado, ya que la “conversión religiosa no fue tan colectiva ni tan instantánea” tal y como lo pregonaron los frailes, sino que se debió a los “agentes indígenas del cambio religioso.” La filiación religiosa fue más de tipo político que de conciencia. La conversión se convirtió en parte fundamental de la nueva organización política, social y cultural; las comunidades terminaron divididas y enfrentadas ante la continuación de los ritos y religión indígena y la católica. Los frailes y sus seguidores convirtieron la violencia y el terror en una práctica común, lo que obligó a comunidades enteras a bautizarse como un mecanismo de protección.

Las campañas contra la idolatría siempre fueron violentas. Las ejecuciones se dieron en ambos bandos: en Tlaxcala, los gobernantes de Cuauhtinchan asesinaron a unos niños de monasterio cuando descubrieron que se practicaban ritos indígenas. Los gobernantes fueron ejecutados en la plaza pública y los niños se convirtieron en mártires. El caso que más escándalo causó fue la ejecución pública en 1539 del gobernador de Texcoco don Carlos Chichimecatecuhtli. Los mártires de Tlaxcala, como se les llamó, fueron Beatificados por Juan Pablo II en 1990 y canonizados en octubre de 2017 por el papa Francisco.

La violencia simbólica expresada en la destrucción de imágenes religiosas indígenas, así como su sustitución por las cristianas, no era nuevo en Mesoamérica. Después de cada conquista los vencedores retiraban las deidades locales para colocar a las nuevas que les representaban. De hecho, se aseguraba que en Tenochtitlan tenían un salón donde guardaban a los dioses derrotados. “En los códices, la imagen de un templo derrumbado y ardiendo indicaba la pérdida o el cambio de soberanía.”

“La caída de los imperios mesoamericanos desató las fuerzas del localismo.” (Igual que en la guerra de 1810) Ello fortaleció la autonomía de los gobernantes o caciques locales quienes se legitimaron en el poder a través de la alianza con los conquistadores y el bautismo. Se intensificaron las luchas de sucesión entre grupos políticos rivales. Para muchos caciques la conversión se convertía en una vía de legitimación y de acceso al poder. Sobre todo, de los grupos o familias que habían sido marginados por los aztecas.

En la medida en que acontecía el desmantelamiento de las jerarquías políticas y sociales del mundo mesoamericano, se fueron instalando las novohispanas. En este sentido fue de gran importancia la creación de las escuelas-convento para la formación de una nueva clase gobernante indígena, bilingüe, católica y que emparentó con los conquistadores encomenderos.

Finalizo esta exposición remarcando que todavía queda mucho por explicar del hecho histórico de la conquista de México, y que, Hernán Cortés, con o sin monumentos, con o sin heroísmo, fue, es y seguirá siendo un sujeto histórico de primer orden tanto en la historia de México como en la de España.

 

Juan Ortiz Escamilla
Universidad Veracruzana

Referencias

Crewe, Ryan Dominic, “Bautizando el colonialismo: las políticas de conversión en México después de la conquista”, Historia Mexicana, lxviii: 3 (271) (enero-marzo 2019), p. 963-964.

Fuente Cid, Enrique, “Las armas de la conquista. El armamento indiano en Mesoamérica del periodo colonial temprano (1500-1550)”, Tesis para optar por el grado de licenciatura en Historia, ENAH, 2018.

García Martínez, Bernardo, “Los años de la conquista”, en Historia general de México, El Colegio de México, 2010.

Martínez Martínez, María del Carmen, Veracruz 1519: Los hombres de Cortés, León, Universidad de León / CONACULTA / INAH, 2013.

Ortiz Escamilla, Juan (Coord.) El Veracruz de Hernán Cortés / Solange Alberro, Rodrigo Martínez Baracs, Rosío Córdova Plaza, Hipólito Rodríguez, fotografía de Gerardo Sánchez Vigil, México, Gobierno de Veracruz / Universidad Veracruzana, 2015.

Oudijk, Michel y Mathew Restall, La conquista indígena de Mesoamérica. El caso de don Gonzalo Mazatzin Moctezuma, México, UDLA-Secretaría de Cultura-INAH, 2008.

Townsend, Camilla, Malitzin. Una mujer indígena en la conquista de México, México, Editorial Era, 2015.

 

Un comentario en “Cortés y el tiempo histórico

  1. Exelente trabajo mi estimado JUAN ORTIZ 👍👍me siento muy orgulloso y contento de ser tu AMIGO. Muchas felicidades eres GRANDE .
    Te mando un GRAN ABRAZOTEEE. Y NUEVAMENTE MUCHAS FELICIDADES Y MIS MEJORES DESEOS. CUÍDATE MUCHO.🙋 BENDICIONES.

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