Caminar a través de los sentidos, ahí donde se palpa el mundo a ras de piso, andando día a día por los mismos senderos, bajo las copas de los árboles que se ha visto crecer, que se ha observado desnudarse de hojas para después murmurar los secretos de los hombres entre sus frondosas copas. Desapegarse para adentrase en lo íntimo, en la belleza ignorada, en lo subjetivo que vierte su canto en las incertidumbres del paso de la vida. Así, Mary Oliver (Estados Unidos, 1935-2019), poeta. Así su oleaje tímbrico, de sosiego aparente donde moluscos y aves, perros corriendo en libertad, la caída de la luz, los claroscuros de una noche invernal, el sentido del ser o el alma y su conformación, dislocan el tiempo, lo ralentizan y devuelven a un tiempo de lo profundo humano. Autora tardía, publicó su primer libro a los 28 años, ganó el Pulitzer en 1982 y el National Book Award en 1992. Amada por los lectores y vista con distancia por algunos críticos, su obra está impregnada por un deseo de vida y de amor que, contra todo, prosigue siempre su búsqueda en las cosas simples, aquellas que no necesitan de la grandilocuencia ni de falsas complejidades. “Alguien a quien una vez amé me dio/ una caja llena de oscuridad./ Me llevó años entender/ que esto, también, era un regalo”, dice en uno de sus poemas más emblemáticos donde nos muestra que, más allá de la fatalidad de los sucesos de nuestras vidas, todo hecho, toda acción, toda destrucción de un momento, vale por ese instante donde arden las estrellas, el universo sigue su flujo móvil y uno siente bajo las plantas de los pies todo el susurro de las raíces de un bosque y el frágil movimiento de una brizna.

 

 

 

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

En invierno

En invierno
    todo el canto está en
         las copas de los árboles
             donde el pájaro del viento

con sus ojos blancos
    empuja y empuja
         entre las ramas.
             Como cualquiera de nosotros

él quiere irse a dormir,
    pero está inquieto—
         tiene una idea,
             y lentamente se despliega

mientras permanezca despierto
     debajo de sus batientes alas.
         Pero su inmensa, abarcadora música, después de todo,
             es demasiado entrecortada para durar.

Así, se acaba.
    En la cima del pino
        hace su nido,
             ha hecho todo lo posible.

No sé el nombre de este pájaro,
    sólo imagino su brillante pico
         arropado bajo un ala blanca
             mientras las nubes—

que él ha convocado
    desde el norte—
         y ha enseñado
             a ser suave, silencioso—

se condensa, y comienza a caer
    en el mundo de abajo
         como estrellas, o plumas
               de algún inimaginable pájaro

que nos ama,
    que está dormido ahora, y silencioso—
         se ha convertido a sí mismo
             en nieve.

 

Fractura

Bajé hasta el borde del mar.
¡Cómo brilla todo a la luz matinal!
La cúspide del caracol,
el interior roto de la almeja,
los mejillones abiertos, azules,
los euspira, rosa pálido y los percebes con sus cicatrices.
nada entero o cerrado, sino gastado, dividido,
tirado por las gaviotas sobre rocas grises donde toda humedad desapareció,
es como una escuela
de breves palabras,
miles de palabras.
Primero descubres qué significa cada uno por sí mismo,
la concha de mar, el caracolillo, la vieira
        llena de luz de luna.

Después, lentamente, comienzas a leer toda la historia.

 

Lluvia

Llovió toda la tarde, entonces
tal poder de las nubes descendió
en un hilo amarillo,
tan autoritario como se supone es Dios.
Cuando cayó al árbol, el cuerpo de ella
se abrió para siempre.

 

Mary Oliver
Poeta estadunidense. Ganó el premio Pulitzer en 1984 y el National Book Award en 1992.