Viajeros en los andenes (México, 1919-1938)1 es un libro que estimula la imaginación del lector porque tiene la cualidad de atraparlo independientemente de la motivación que lo acerque a él. Es un libro interesante porque, de alguna manera, nuestro autor no sólo nos da una lectura de una época en la historia de México que parece fascinarlo, 1910-1938, sino que la pone a prueba con el material que escoge y que compone cada uno de sus capítulos. Álvaro Ruiz Abreu decide leer sistemáticamente testimonios sobre México que han ido dejando una serie de viajeros que decidieron, o así les tocó, hacer de nuestro país su residencia temporal. En orden cronológico Ruiz Abreu nos invita a conocer estos textos a través de ensayos donde tanto él, como su concepción de la historia de México, entablan un diálogo que hace resaltar ciertos momentos clave del México revolucionario y posrevolucionario.

Ruiz Abreu —a quien seguramente le hubiera gustado ser partícipe de ese momento revolucionario— acude con fascinación a los relatos de Margaret Plathe, Thord Gray, Ambrose Bierce, John Reed, Alma Reed, Alexandra Kollontai, Paul Morand, Cecchi, Graham Greene y Malcolm Lowry, con la curiosidad del que quiere profundizar y desentrañar “la verdad” de una época convulsa. Lo hace en una conversación jugosa con el que viene de fuera, capta la mirada del otro, del extranjero para quien lo vivido es interesante pero ajeno; no es parte central de su propia historia. Deja que ellos, los extranjeros, lo cuestionen o lo afirmen en sus presuposiciones; le descubran ciertos matices que para el lugareño son puntos ciegos.

Georg Lukács dice que “la única aventura posible hoy en día es la aventura intelectual” y cada capítulo de este libro lo es. Nos muestra que, sea cual sea la impresión que se lleve el viajero, México no lo deja indiferente. Para Ruiz Abreu la indagatoria es un viaje en el tiempo y en la historia de su país, para cada uno de los personajes mencionados, es un viaje por un territorio, o bien por la Revolución o bien intentando surgir victorioso de ella. Algunos, como John o Alma Reed, se despojan de su identidad anglosajona para sumergirse en la nueva realidad sin ataduras ni prejuicios; otros como Graham Greene se meten hasta el último rincón para mostrarse a sí mismos lo deleznable de la realidad que describen y afirmar un occidentalismo eurocéntrico del que sutilmente se vanaglorian. De alguna manera, para sus adentros, se dicen que, si bien el mundo del que vienen no es perfecto, es preferible a este otro, que simplemente les parece invivible. Quizá el testimonio viajero más interesante sea el de alguien como Lowry que encuentra en México la atmósfera ideal para un viaje metafísico. Con la ayuda del alcohol y la necesidad del recurso a la ficción descubre que el uso literario de la lengua es el único territorio donde la trascendencia es posible, donde se entretejen erotismo y verdad y donde México es, para decirlo con las palabras de Ruiz Abreu, “trémulo y oscuro”.

Es interesante también contrastar los testimonios del militar sueco Thord-Gray, un personaje del que dan ganas de saber más, y del periodista neoyorkino John Reed sobre Pancho Villa. Para el primero, en Gringo rebelde, Villa comete serios errores cuando se encuentra bajo la influencia del general Rodolfo Fierro: “muchas de las acciones más depravadas de Villa parecen haber tenido su origen en la mente de su cercano amigo y guardaespaldas Rodolfo Fierro. Cuando estaba bajo su influencia, siempre hacía lo que no debía”. Según comenta Ruiz Abreu:

Thord-Gray ofrece una visión objetiva de Villa. Lo trata no como bandido sino como revolucionario que se cansó de ser perseguido y maltratado y tomó las armas; en su mente late la inconformidad y la rebeldía. Antes del estallido de la revolución maderista, la leyenda se había construido alrededor de Villa: implacable con los ricos y los federales, generoso con los indios. Se unió a Madero desde el primer clamor de “Tierra y libertad”; empezaba a ser conocido como el Robin Hood, que aparecía cuando más se le necesitaba.

Y cita a Thord-Gray:

Sus hazañas contra el gobierno federal se tornaron leyenda que se narraban en torno a las fogatas y dentro de las chozas de adobe y se atesoraban en los corazones de los sencillos rancheros, vaqueros y arrieros, y que, como a algunos de ellos, se le cazaba como a un animal.

El retrato que ofrece Reed de Villa no es estático ni definitivo. A éste lo modifican las circunstancias. Para Reed “Villa es un movimiento constante. Un signo. Una escritura. Y estos elementos son indispensables para crear un mito”. Según Abreu, “Reed intentó describir la belleza oculta del mundo visible y logró su objetivo; él fue de los primeros periodistas que retrataron a Villa, a través de una prosa precisa y polifónica”.

La pluma femenina no faltó en el recuento de viajeros que hace Ruiz Abreu. Con mujeres singulares, y muy distintas entre sí, dialoga el texto, haciendo énfasis en su necesidad de desentrañar el espíritu de una época, las claves que marcarían el rumbo de la historia del siglo XX mexicano. Me centro en dos de ellas: Alma Reed y Alexandra Kollontai.

Alma Reed, que no tiene ningún parentesco con John Reed, escribe una memoria autobiográfica titulada Peregrina, como el bolero, según entiendo, inspirado en su persona y que dice así:

Peregrina que dejaste tus lugares,
los abetos y la nieve virginal,
y viniste a refugiarte en mis palmares
bajo el cielo de mi tierra, de mi tierra tropical.

Alma Reed llega a México con el propósito de hacer un reportaje sobre Carrillo Puerto y su férrea convicción socialista. El interés por México y por los mexicanos surgió en Alma Reed desde que era estudiante en California y sufría, como en carne propia, la discriminación y las humillaciones de las que eran objeto los mexicanos. Como escribe años más tarde: “No sólo estaba interesada en México, estaba abiertamente prejuiciada a favor suyo; veía con buenos ojos la lucha de su gente para liberarse de la explotación y, sin duda, estaba intrigada por su pasado misterioso”.

La activista soviética, Alexandra Kollontai, llega a México en 1929 y como dice Elena Poniatowska: “su fama la precedía, sus propuestas escandalizaban: era la primera embajadora en el mundo, amiga de Lenin, oradora fogosa, escritora, partidaria de la unión libre, la emancipación de la mujer”. Sin embargo, a pesar de que Kollontai es una activista nata, tiene la indicación expresa de su gobierno de mantenerse al margen y no inmiscuirse en la política nacional ni hacer proselitismo en favor de la Unión Soviética. El gobierno de la URSS necesitaba afianzar la imagen del Estado soviético como una gran nación y no como exportador de la ideología comunista. Por lo mismo, sus escritos no reflejan sus opiniones ni tampoco son un testimonio de las relaciones diplomáticas entre México y la URSS. Más bien, lo que hay en sus textos es asombro, “la fascinante mirada de una extranjera sobre la vida mexicana en muchos de sus contenidos y sus formas”. Para esta “terrible vocera de los bolcheviques” debió ser difícil contener su activismo máxime que “llegó en un año definido por la agitación política y por la rivalidad de la iglesia católica y el Estado […] justo en 1926 estalla la guerra de los cristeros que orilló al presidente Plutarco Elías Calles a ciertos excesos políticos y militares [y] como si fuera poco, la presión de Estados Unidos era intensa”.

Ruiz Abreu trata con inteligencia los escritos de estas dos mujeres tan diferentes y fascinantes. Es muy gratificante la lectura que nos proporciona sobre los testimonios de Reed y Kollontai y el acento en la pluma femenina dota al libro de unos senderos que bifurcan la mirada masculina mediante una escritura singular que se percibe gracias al rigor intelectual de nuestro autor. 

Ruiz Abreu logra poner a debate su visión de la historia de México en el espejo de la escritura de los otros, los fuereños, y al hacerlo nos invita a sus lectores a repensar nuestra historia y a repasar a esos protagonistas míticos que lucharon por construir un México diferente. A poco más de 100 años del inicio de la Revolución mexicana no todo está claro en nuestra historia pasada y presente. Este periodo histórico ha propiciado la escritura de decenas de libros que dan, y no dan, cuenta cabal de los variados acontecimientos que van formando eso que aspira a alcanzar el saber y que llamamos “la verdad histórica”.

Con una gran capacidad que comunica más allá de la mera relación histórica Álvaro Ruiz Abreu pica la curiosidad del lector y nos abre una puerta de entrada más; nos invita a pensar que los cercanamente lejanos puntos de vista de los viajantes son un territorio que no podemos dejar de lado si queremos comprender mejor a ciertos personajes clave del México de entonces; nos adentra en esas miradas otras que nos permiten acceder a nuestra historia desde otro ángulo, desde otro punto de inflexión; nos permite repensar lo propio desde lo ajeno. El diálogo sigue abierto y, por lo mismo, saludo con entusiasmo la aparición de Viajeros en los andenes.

 

Raquel Serur
Escritora y profesora de la FFyL de la UNAM. Es autora de Orlando o la literatura sobre sí misma, entre otros libros.


1 Además del interés que me suscita el contenido del libro, me entusiasma que esté impecablemente cuidado y editado por la editorial Casa abierta al tiempo de la UAM. Debo admitir que me gusta la caja, el tipo de letra, el papel, el encuadernado, la elegancia de la portada y en el que sólo encontré un par de erratas. Pecata minuta en estos tiempos, en donde no se cuida, como se debiera, la edición de un libro.

 

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