Él y sus amigos eran nuestro modelo a seguir. Maliciosos, bebedores resistentes, socarrones, en aprietos financieros todo el tiempo, pero siempre traían en la punta de la lengua el negocio a punto de concretarse que los sacaría de pobres. Jamás lo vimos. Lo suyo era el pensamiento mágico salpicado de soberbia y fanfarronería. Olían a loción y brillantina. Eran inescrupulosos pero la culpa los volvía inofensivos. Pequeños timadores. A mi padre sus amigos lo apodaban el “Alacrán”, usaba Old Spice y Alberto VO5. Fumaba Raleigh y le gustaba el brandy Don Pedro. Todos vestían de traje con la camisa desabotonada del cuello, nunca corbata, botines, toscos anillos y pulseras de oro bajo con circonias. Mi padre portó hasta poco antes de su muerte un reloj pulsera Omega extraplano de oro muy fino que consiguió en un remate del Monte de Piedad. Ahí mismo iba a dar el reloj empeñado una vez al año.

Las ofensas a mis hermanos o a los amigos las considerábamos como propias y había que sacar la cara por ellos, siempre. Así probábamos la lealtad de los otros al exigirles lo mismo; ¿cuántas veces esos amigos de parranda y trácalas abusaron de la buena fe de mis padres? Aprendizaje doble. Los agravios se arreglaban a gritos cara a cara, a veces golpes y entre adultos, con una borrachera venía el perdón. Teníamos prohibido acudir a la policía en caso de necesitarlo, mis padres verían cómo resolver cualquier problema. La policía no es de fiar, ni ninguna otra autoridad, el presidente del país era el mejor ejemplo. Y así, como mandamientos, seguíamos al pie de la letra una ley de familia que alimentaba la amargura y el resentimiento de mis padres hacia una vida, nuestra vida, que pocas veces nos premiaba con alguna alegría perecedera.

Ilustraciones: Alberto Caudillo

Así fuimos educados los diez hijos de Luciano y Teresa. Cinco varones y cinco mujeres. Teníamos prohibido acusar a nadie, aun si alguien se pasaba de listo con nosotros. Yo tenía diez años y Eduardo ocho en aquel año de 1972, y ya habíamos aprendido mediante madrizas y castigos a tener los ojos bien abiertos y a defendernos, siempre, aunque eso no impedía los abusos de gente mayor que en la calle decidía darnos un escarmiento al sorprendernos en alguna travesura como tocar timbres de domicilios o pegar con la pelota en algún portón; o de niños montoneros en la escuela como los que vivían en la “Romita”, el barrio perdulario vecino de nuestro domicilio en la colonia Juárez. Había de todo. Asaltantes, familias de estafadores y gente pendenciera, sobre todo. No éramos dóciles ni mucho menos, al contrario. En la familia, primero había que recurrir a la ayuda de mis hermanos mayores, en aquel entonces apenas unos adolescentes bien conocidos en la colonia y por último a mis padres en casos excepcionales. De los cinco varones, tres: Raymundo, Yo y Eduardo, en ese orden de edad, pasamos una infancia de ojos morados, raspones y llanto ahogado por la furia o la frustración. Jiotosos y pelones una vez al año para combatir los piojos. Mis hermanas eran otra cosa, mayores que nosotros, siempre trabajando, en la escuela, ayudando en casa. La mayor tenía veinticinco años y ya era la administradora de un despacho de contadores y abogados en Insurgentes y Chilpancingo. Ahí me metería a trabajar como mensajero cinco años después. Lo que me robé en pasajes y cambios. Siempre fui un mirón morboso. Corría de inmediato a donde había un accidente, una riña o un muerto callejero por borrachín.

Los hombres éramos el problema de la familia. Entre nosotros, decía mi padre incluyendo a mis hermanas, tenemos que salir adelante como sea. Debíamos atender las órdenes de los mayores sin chistar, y sobre todas las cosas, de ellos, Luciano y Teresa. Oír y callar, nunca cuestionar. Lo que dijeran los mayores era sagrado y siempre había algo que aprenderles. ¿Quién iba a repelar a unos padres que le daban de comer a diez hijos?

Mis padres siempre estaban endeudados hasta el copete y en nuestra educación imperaba un aire desdeñoso de los logros de los demás, de nosotros mismos. Nuestro trato estaba bruñido con una fuerte capa de mordacidad y mala leche que se nos daba de manera natural. “Dame blancura y te daré hermosura”, era una frase muy usada por ella; huelen a selva, solía decir él para referirse a los negros, pese a que se había emborrachado con ellos en tabernas de Houston y Rosemberg el pueblo cercano, donde trabajó en Estados Unidos a finales de los años sesenta. Lo habían contratado como capataz de un taller de joyería. A los únicos negros que les tenía aprecio eran a Pelé y a Mantequilla Nápoles. Fellobe era un fantoche, René Muñoz y por extensión San Martín de Porres eran unos maricas, Louis Armstrong sudaba mucho. Siempre recordaba un bar de Rosemberg donde entraban niños negros y con la tolerancia del barman pedían monedas de cinco centavos a la clientela  para la sinfonola. Bailaban y reían hasta que los echaban de ahí. Mi padre los recordaba entre risas, había aprecio en sus palabras llenas de nostalgia por un anecdotario entre compañeros de juerga que consideraba inferiores, incluidos los otros mexicanos. Nos entretenía con sus anécdotas y yo me imaginaba ahí, en ese bar, haciendo amistades entre gente despreciable. Veintitrés años después yo trazaría mi propia historia como indocumentado en Estados Unidos, mucho más al norte, en Nueva York y Connecticut. Mi padre trajo de su experiencia el gusto por la música de Nat King Cole, el cool jazz, la orquesta de Ray Mantovani y el American Way of Life. Mientras vivió allá le gustaba que lo confundieran con español, o gringo hasta que abría la boca para hablar en un inglés triturado pero práctico, el necesario para darse a entender, que recuperó durante sus tres años de bracero. Lo aprendió de niño, cuando mi abuelo se lo llevó contra la voluntad de su mujer a Kansas y luego a Chicago, buscando trabajo y en la huida por sus continuas pendencias. Mi padre recordaba largos viajes en trenes y convivencias con mujeres negras y mexicanas, o solo, en casuchas donde alquilaban cuartos donde pasaba muchas horas esperando a mi abuelo.

En su taller de joyería de la calle de 16 de Septiembre 57, en el centro de la Ciudad de México, tenía una ilustración enmarcada de los rostros de los hermanos Kennedy mirándose de frente uno al otro de perfil, sonrientes y carismáticos tal y como los idealizaba una nación que los ejecutó a sangre fría. Lee Harvey Oswald, la teoría de la conspiración soviética contra el bienestar mundial que los gringos convirtieron en cruzada contra el comunismo. La fortuna y trayectoria de los Kennedy se la debían al tráfico de alcohol y armas, pero eso mi padre no lo sabía y probablemente no le habría importado. En el fondo, él quería ser alguien así, poderoso y gangsteril. A la Greg Lansky. Tal y como lo había visto en Los Intocables y en las películas de Cagney y Bogart que tanto le gustaban. Como lo atestiguaba en su propio país. Siempre se sintió bien entre los gringos blancos, les admiraba su sentido del orden, su voluntad por el trabajo y capacidad de organización. Cuando veíamos la Serie Mundial en la ceremonia previa o con alguna película de Hollywood que le gustara siempre decía “los gringos saben mucho de esto, son muy talentosos”.

 

La mañana del terremoto de 1985 Pedro, mi hermano mayor, arquitecto perito, me llevó a caminar de las oficinas del banco donde ambos trabajábamos en Reforma casi esquina con Insurgentes hasta el Infonavit donde vivía mi padre en Iztacalco, para seguir la ruta del desastre. La colonia Juárez y sus calles que nos recordaban mi infancia y su adolescencia,  Río de la Loza, Algarín, colonia Obrera, Tlalpan, Viaducto, Xola hasta Villa de Cortés. Todo era muerte y destrucción. Godzilla en el DF. A la mitad del camino encontramos una miscelánea abierta, compramos refrescos y Pedro una cajetilla de cigarros. Seguimos hacia el sur y nos internamos por la calle Playa Roqueta que al pasar La Viga rumbo al oriente se convierte en avenida Apatlaco hasta llegar a “Infiernavit”, donde para entonces mi padre, viudo, vivía acompañado de Chela, una concubina que durante años fue la sirvienta de toda la familia, la gata “Monki”, unas ratas blancas enjauladas, un gallo y un par de perros callejeros a los que alimentaba en el zaguán.

Todo parecía normal. La inercia del barrio. Pero desde la calle se oían los radios y televisores dando el reporte de la tragedia. Los mismos rostros de siempre, las calles soleadas, terregosas y tristes, unos vagos adolescentes jugando pelota, otros tomaban caguamas en la esquina con un cigarrillo de marihuana disimulado entre las manos con los dedos índice y pulgar. Viejos desempleados lavando sus carcachas.

—Aquí ni se sintió —dijo mi padre con su tono despectivo de siempre mientras caminaba rumbo a su sillón en la sala. Tenía la consola prendida en “El fonógrafo”, donde daban las noticias de última hora informando de la tragedia. Se dirigía siempre a Pedro, lo que yo, “el sabihondo” de la familia pudiera decir, poco le interesaba.

Mi insomnio se agravó desde aquel 19 de septiembre y cuando iba a dormir los fines de semana a casa de mi padre me asaltaban las pesadillas. Una de ellas de vez en cuando reaparece: recorro el departamento sin muebles donde viví con toda mi familia en la calle de Marsella. Está en penumbras pero hay lámparas, mis hermanos y mis padres están desnudos pero con manchas de sangre. Encuentro a mi madre en un rincón de la sala llorando en la posición del pensador de Rodin, pero ella porta uno de sus eternos mandiles. Nadie habla y algo me dice que estaremos atrapados para siempre en ese departamento. No es nada nuevo, desde niño he padecido mal sueño y terrores nocturnos. Mis padres se acostumbraron a oírme murmurar y gritar. Eduardo, que siempre durmió conmigo en el mismo cuarto, a veces me sacudía entre risas, divertido de mis esfuerzos desesperados por despertar. Le daba por contarles a todos lo que yo decía entre sueños y no paraban las carcajadas detonadas por algún comentario socarrón de mi padre.

Al Alacrán le exasperaba que pasara tanto tiempo leyendo echado en la cama. ¿Y para qué quieres tanto libro?, ¡véndelos si ya los leíste! Te vas a quedar loco y para qué, ni a la escuela vas, ¿de qué te sirve? Cuando entré a segundo año de primaria yo era un niño distraído y solía hablar solo, mi padre pensó que estaba enfermo y me llevó con un médico. El diagnóstico fue que más allá de una leve anemia, yo estaba en mis cabales. En la adolescencia me convertí en el vago más culto de Infiernavit. El más culto de toda la horda de jóvenes sin nada más que hacer que salir a la calle a formar pandillas, embrutecerse con alcohol y “activo” o jugar cascaritas. Vándalos Ninis. Leía como poseído a cualquier hora del día o de la noche. Tenía mi cuarto repleto de libros acomodados en orden alfabético por autor en huacales que cubrían la mitad de altura de dos paredes. Libros que robaba o comprados en las librerías de viejo de Donceles. Rara vez una novedad editorial. De todas maneras nunca me ha interesado mucho el presente, ni la moda. Desde mi niñez leer era lo único que me hacía sentir bien y como era un mal estudiante me permitía aparentar que sabía más que los otros niños sólo porque podía leer de corrido y con buena dicción. En la primaria no éramos bien vistos los zurdos y durante un tiempo mi padre me amarró la mano a la espalda para obligarme a agarrar los cubiertos y escribir con la mano derecha. Fracasó. Le encantaba decirme entre risillas “zurdo malhecho”. Yo lo disfrutaba.

 

Durante mi infancia en la colonia Juárez mi padre, mis tres hermanos mayores y sus amigos se metían los viernes y algunos sábados en un bar de la esquina de Versalles y Marsella, “Casa Mundo”, luego llamado “El bodegón”. Mi madre nos dejaba a Eduardo y a mí pasar más tiempo en la calle para estar al pendiente de los hombres de la familia. Salían de ahí muy borrachos a seguirla en la casa casi siempre, con los amigos. “Teresita” salía de su recámara para darles de comer algún guiso bien picoso hecho al momento o recalentado mientras se tomaba una cuba con ellos; a veces cantaba una canción o dos de Lupita Palomera y regresaba a dormir. Nunca le reclamó al Alacrán sus parrandas que a veces duraban días. Se desaparecía y regresaba a casa sin dinero, oliendo a crudo y con alguna patraña que quería hacer pasar como una aventura emocionante llena de riesgos con sus amigotes. Hasta que Eduardo cumplió cuatro años dormimos en la misma recámara de mis padres, desde la camita pegada a la pared contra la piesera de su lecho escuchábamos los reclamos a murmullos de ambos. Con la habitación a oscuras una tenue y deprimente penumbra iluminada por las veladoras que mi madre prendía en su altar, me llenaba de miedo ante tanto rezo de mi madre a esos monos de arcilla sordos ante nuestros interminables problemas de dinero. Teresa y Luciano, cada uno en una orilla de la cama dándose la espalda. Parecía siempre un conflicto irreconciliable, pero no, en algún momento ella le daba la vuelta a la cama para sentarse a un lado de él y lo abrazaba como si fuera un héroe.

 

Así comencé a desconfiar de mi padre. Al contrario del resto de mis hermanos, que lo adoraban, dejé de verlo como un tipo ingenioso, noble y mordaz y pasó a ser un tiranillo desobligado, egoísta y mentiroso, que encantaba a todo mundo con sus anécdotas picantes, orgullo y sabiduría callejera. Con su don de gentes en la borrachera. A mí no me la pegaba, ni a mi madre tampoco por más que ella lo adorara, sabíamos quién era él.

Cuando vivíamos en Infiernavit, luego de la muerte de mi madre, los fines de semana Luciano sacaba una silla del comedor a la calle para ver las “cascaritas” de soccer o “tochito” y burlarse de la pasión desbordada de los vagos como yo. Éramos decenas en equipos con retadora o torneos relámpago con cajas de caguamas al ganador. A eso de las tres de la tarde se organizaba una “vaquita” para ir a comprar un costal de ostiones al mercado de La Viga, limones y salsa Tabasco. A esa hora remataban el pescado y el marisco. Nunca faltaba el acomedido que prestaba su coche a cambio de no poner dinero y los que se ofrecían a ir por el encargo para clavarse unos pesos. Desde su lugar mi padre nos abría con su navaja los ostiones y a Eduardo y a mí nos preparaba “docenas” en lo que reposábamos sudorosos en la banqueta frente a nuestra casa sintiéndonos los dueños de la calle. De cierta manera lo éramos. Dejábamos caer la tarde antes de meternos a bañar y arreglarnos en nuestro cuarto mientras oíamos en una casetera al Three Souls in my Mind, a Curtis Mayfield y a The Clash. Ya se van de pachucos, nos decía mi padre con su usual tono despectivo, recargado en el quicio de la puerta con un cigarro prendido entre los dedos. Nos miraba de arriba abajo y luego se iba murmurando “sin oficio ni beneficio”.

Eduardo y yo supimos muy pronto lo que era ponerse una borrachera y siempre tuvimos a mi padre como vigilante y ejemplo en ese duro oficio de beber y vivir sin perder la vertical, sin ser una carga para nadie, sobre todo para nosotros mismos. Eduardo lo intentó muchos años pero terminó consumiéndose a sí mismo arrastrando en su cauce turbulento de delegaciones de policía, hospitales públicos, deudas y desamparo, a todos aquellos que lo quisimos pese a todo.

Mi padre había sido montador y dibujante de alhajas casi toda su vida y durante muchos años mantuvo un modesto taller en un edificio de oficinas y sastrerías en el 57 de la calle 16 de Septiembre, en el centro. Tenía una bien ganada reputación de maestro en el ramo. Y así le decían, “Maestro Luciano”.

Siempre tuvo aprendices en el taller, uno o dos que salían a comer a las fondas cercanas. Duraban poco. Algunas tardes de viernes y a veces los sábados se los llevaba a las cantinas La Giralda o la Buenos Aires, en Motolinía, como parte de su aprendizaje y a la muerte de mi madre, a veces a la casa a seguir la parranda. Así los medía. No le aguantaban el tren y llegaban bien borrachos, se quedaban dormidos en el sofá y el sillón, y mi padre tenía que correrlos sin importarle cómo regresarían a sus casas. Eran tipos torvos, apocados, sin estudios y nada simpáticos. Poco tenían que contar y mi padre hablaba por ellos. Nos decía que no podía dejarlos solos en el taller o le robarían. Cuando iban a casa Eduardo y yo escuchábamos todo desde nuestro cuarto o asomados por un balconcito del segundo piso que daba a la sala. Sabíamos que ya estaban noqueados porque sólo se oía la música de la consola y la voz del viejo, que renegaba entre dientes quién sabe de qué. A veces los dejaba dormir la mona un rato y se iba a dormir. Oíamos sus pasos lentos pero firmes al subir las escaleras rumbo a su cuarto y entonces nos relajábamos y podíamos dormir. Por la mañana muy temprano bajaba, muy aseado a despertarlos y los despedía. A veces tenía que prestarles dinero para el transporte. Vivíamos en una casita de dos niveles, arriba estaban los dormitorios. Si se prestaba la ocasión Eduardo bajaba a tientas las escaleras y les hurgaba los bolsillos de sus sacos o chamarras, o si de plano estaban muy perdidos, las carteras en el pantalón. Al rato nos íbamos muy contentos a jugar futbol con buen dinero.

De niño, al regreso de la escuela, yo acompañaba a mi madre a llevarle a su Alacrán la comida del día en un portaviandas de peltre. A veces nos íbamos a pie. Mi madre era una caminadora incansable pese a que los callos la torturaban siempre, por más que los podaba con una navaja “Credo” luego de meter los pies en agua caliente con sal. Mi madre y sus pesares. Otras veces abordábamos un camión urbano o en un tranvía probablemente en avenida Chapultepec o en Bucareli, según el caso. En esas ocasiones nos acompañaba Eduardo, que siempre repelaba si hacíamos la ruta de ida y vuelta a pie.

Esperábamos a que mi padre terminara de comer. Entre bocado y bocado le platicaba a mi madre algún chisme o trabajillo por encargo y mi madre le informaba sobre sus gestiones para pedir dinero prestado, no importaba que fuera con intereses leoninos. Eran expertos en jinetear el dinero y siempre vivieron angustiados de no poder pagar lo que debían, sobre todo mi madre. Varias veces nos embargaron los muebles y vivíamos engañando a los aboneros.

A Eduardo y a mí nos daban miedo sus monigotes de santos, pero ni modo de decírselo, era como ofenderla y nos iría muy mal. Cuando la cosa se ponía difícil nos obligaba a rezar con ella. No nos sabíamos ninguna oración pero bastaba con juntar las manos y permanecer hincados junto a mi madre en la que ella pedía milagros que nunca le concedieron el San Martín de Porres, el San Judas Tadeo y el Santo Niño de Atocha a los que fue devota hasta el día de su muerte. Rezaba llorando a solas por las noches cuando mi padre agarraba sus papalinas, lloraba con las telenovelas, tomando sus “tres de ordenanza” de brandy Presidente con Coca-Cola mientras cocinaba acompañada de mis hermanas y dos de mis cuñadas, sus aprendices; irascible, nos daba unas buenas tundas a sus hijos menores por rebeldes y desobligados; se mofaba de mí por berrinchudo; llorando ella, lloraba yo. Le gustaba cantar, sobre todo acompañada de mariachis o trío en algún restaurante con toda la familia, cuando íbamos a pedir dinero prestado a Enedina, la anciana agiotista que vivía en Versalles 35 que me hacía bailar el “Negrito Sandía” a cambio de un peso de plata que mi madre me quitaba en cuanto regresábamos a casa. A veces me permitía faltar a la escuela y la acompañaba al Monte de Piedad en el Zócalo: empeño, refrendo y desempeño en un lapso de seis meses. Alhajitas, ropa de cama de algodón, cobijas, la licuadora, un radio. Yo era feliz, me sentía libre e importante porque mi madre compartía conmigo sus apremios que ya con dinero, nos permitía hacer un alto en nuestra ruta a casa en el taller de joyería para dejarle algo de dinero a mi padre. Así la recuerdo. No pude despedirme de ella.

 

Viví con mi padre hasta pocos meses después del terremoto de 1985. Lo decidí harto de nuestras discusiones y de la atmósfera opresiva de la casa. Yo padecía profundas depresiones que me hacían más complicado entender en qué momento comencé a sentirme ajeno a él, a dejar de buscar que me quisiera, a mi modo. Se lo reprochaba con mis actos y no con palabras. Nuestras discordias eran a veces virulentas, pero siempre atenuadas por algo cercano al cariño. Miedo a quedarnos solos. Ya lo estábamos. Ninguno de los dos quería verse reflejado en el otro, pasado y presente y nos tendíamos la mano unidos por la vida que amenazaba con ahorcarnos.

Nuestras diferencias nos hacían sentir vivos. No teníamos punch para declararnos vencedores, pero ambos esperábamos a que el tiempo terminara una pelea cerrada que yo confiaba en ganar por mi juventud. De pronto, mi padre se transformó en un viejo abandonado y enfermo y eso me hacía magnánimo con el Alacrán sin aguijón.

Lo nuestro no era nada fuera de lo común: tediosas rencillas nacidas de la penuria y de un tiempo atrás hacia nuestro presente, compartíamos el duelo sin sanar por la muerte de mi madre y pocos años después de Raúl, mi hermano mayor, el orgullo de mi padre. Convivir y observarnos de cerca, después. La vida parecía reírse de nuestras aspiraciones. La gente que nos rodeaba vivía igual. No sentíamos lástima de nadie. Nos reíamos burlones como si todo fuera un chiste cruel que cada quien contaba a su manera orgullosos de nuestra entereza sin lamentos disimulando la vergüenza de vernos reflejados en los otros.

Recuerdo una ocasión, poco después de que mi madre muriera, tuve una noche de pesadillas, me sentía cansado, triste y más solo que nunca. Tendría unos veintidós años. Podía beber mucho, de lo que fuera y apenas sentir al otro día los efectos del alcohol y las desveladas constantes. Si la juventud no sirve para eso y para coger como conejo, entonces mejor nacer viejo. Esa noche estaba sobrio sobrio. Eduardo dormía en la cama de al lado, aún no bebía, pero estaba pendiente de lo que me ocurría sin atreverse a sacudirme de la terrible ensoñación. Cada quien en lo suyo. Desperté agitado y lleno de malos presagios que la penumbra amarillenta del alumbrado callejero confirmaba. No pude más y corrí al cuarto de mi padre, que dormía en una orilla de la cama frente a la ventana que daba a la calle. Entre sollozos me acosté a su lado, despertándolo con mis sollozos.

—¿Pues qué tienes, hijo?

Fue todo lo que dijo al momento de posar su mano sobre mi hombro para tranquilizarme y con ello permitirme pasar el resto de la noche con él dándole la espalda. No quise darle la cara y de inmediato me quedé profundamente dormido. Clareaba cuando regresé a mi cuarto. Mi padre dormía en su posición de siempre con la cabeza apoyada en su mano derecha, frente a la ventana y la boca entreabierta, jadeando. Qué tienes, hijo.

Para evitar reproches y angustiado por una culpa que no sabía de dónde venía, mientras almorzábamos él y yo, le dije sin despegar la vista de mi plato que había rentado un cuarto en la calle de Mérida, en la colonia Roma, para ahorrar tiempo de camino al trabajo y cambiar de aires. Había mucho de verdad en ello, estaba harto de los traslados desde Infonavit a mi empleo en Reforma, de la sórdida seducción de la desesperanza del barrio que me había vuelto tan popular entre los vagos, sobre todo de mayor edad. Era sábado y Eduardo se había ido temprano a jugar futbol.

Antes de entrar al banco como mensajero había recorrido enormes distancias en el transporte público para hacer entrevistas de trabajo que a duras penas conseguía y abandonaba al poco tiempo. El Metro se convirtió en mi sala de lectura. Una vez instalado en mi  nuevo domicilio en el cuarto de vecindad de la colonia Roma, mi plan era llevarme a Eduardo conmigo y sacudirme de una vez y para siempre la asfixiante presencia de mi padre. Como quieras, fue todo lo que dijo Luciano al enterarse de mi decisión.

 

Mi padre era un gran caminador y de niños cada sábado muy temprano nos llevaba a Eduardo y a mí jugar futbol al Tótem de Chapultepec. Íbamos a pie desde nuestro domicilio. Llevábamos a “Chikilingüis”, un Fox Terrier ratonero vivaz e inteligente que no se separaba del jefe de la manada. Luego nos alquilaba unas bicicletas cerca de la Casa de los Espejos. Nos había acostumbrado a pasear con poco dinero y rara vez nos compraba un refresco o golosinas.

Regresábamos a casa poco antes de la comida, arrastrados de la correa por el perro por avenida Chapultepec, extenuados pero felices y eso que mi padre nos pateaba unos balonazos que a veces nos torcían las manos o nos dejaban las piernas y la panza enrojecidas por las marcas del balón. Mi padre fue un gran deportista, jugaba futbol, frontón, y había practicado el boxeo. Una vez al mes nos despertaba los viernes en la madrugada para ir al balneario Olímpico o al Bahía en la avenida Zaragoza. Ese día Eduardo y yo faltábamos a clase. Eran una tortura el Metro a Zaragoza y los camiones que tomábamos para ir y venir. Era inevitable que me mareara y a veces vomitaba. En esos balnearios mi padre se reunía con amigos y conocidos para jugar futbol en campo con medidas reglamentarias y tiempos de 45 minutos. Eduardo y yo nos sentábamos cerca de la línea de banda lateral muy atentos al juego, al terminar mi padre nos llevaba a las albercas, nos dejaba ahí y se iba a jugar un rato frontón a mano. En el Bahía solía encontrarse al Ratón Macías y jugaba frontón contra él o en parejas. Las retadoras con apuesta duraban buen rato y mi padre volvía sudoroso y casi siempre con dinero doblado dentro del calzón de baño justo cuando Eduardo y yo no aguantábamos el hambre y la sed. Nos compraba una torta y un Boing y con eso teníamos hasta regresar a casa, por la tarde. Exhaustos y asoleados de tanto nadar y correr. A veces iba toda la familia y se armaba el picnic en los prados alrededor de las albercas con lo que preparaba mi madre en casa: tacos sudados, aguas de fruta, sandwiches de sardina y tortas de recalentado del día anterior. Felicidad absoluta.

 

Muchas años atrás, allá por 1952, mi padre había sido zapatero hasta que en Guadalajara aprendió el oficio de montador de joyería que se convirtió en su escaparate para conocer todo tipo de vivales como Pancho Valentino “El matacuras”. Así sacó adelante a diez hijos y su mujer hasta que en el año de 1979, con la muerte de mi madre, no pudo más y se dejó llevar como dentro de un barco que navega con un viento negro a favor por una depresión que culminó con su muerte siete años después.

Para ese entonces habíamos sanado nuestras diferencias pero nunca dejamos de vernos como extraños.

 

J.M. Servín
Escritor y periodista. Entre sus libros: Nada que perdonar. Crónicas facinerosas, Del duro oficio de vivir, beber y escribir desde el caos, D.F. Confidencial y Cuartos para gente sola.

 

2 comentarios en “Mi padre, el tough guy

  1. Lo leí de corrido es una prosa agradable, que más biem oarecía que lo estaba escuchando en una cantina de las muchas que he frecuentado, felicidades atraoaste mi atención.