Organizar la edición de una obra colectiva es un trabajo complicado. Lo más difícil es lograr que coincidan los tiempos de los autores; una segunda dificultad consiste en los desacuerdos respecto a los temas a tratar, según se desprenda del motivo fundamental del libro en cuestión. Después de muchos ires y venires, también salvamos este escollo y en unas semanas mi coeditora —Graciela Márquez— y yo entregaremos al Departamento de Publicaciones de El Colegio de México un libro que es en cierta forma un homenaje a la memoria de Raymond Vernon, el profesor de Harvard que en 1961 por unos meses se distrajo de su tema principal que eran las empresas multinacionales y se dedicó a elaborar un libro sobre la economía política del México del milagro, del que con tanto entusiasmo habla hoy el gobierno. Entusiasmo que es hasta cierto punto inexplicable, pero es una razón de peso para releer o leer a Vernon.

Ilustración: Raquel Moreno

Varios fueron los académicos estadunidenses que se acercaron al estudio de México en los años cincuenta y sesenta, en el afán de entender cómo funcionaba un país que no era una democracia, pero tampoco una dictadura. Más aún, era un país que tenía muy buena reputación. Desde fuera era visto como un éxito y un modelo para otros países que no habían alcanzado la estabilidad política que condicionaba un crecimiento económico sostenido. Sin embargo, el que mayor capacidad predictiva mostró fue Raymond Vernon (1913-1999).

Su libro, El dilema del desarrollo económico de México: Papeles representados por los sectores público y privado, destaca en el conjunto de estudios de la época porque con gran agudeza identificó las debilidades del modelo mexicano y articuló en términos de dilema la disyuntiva ante la que se encontraba el país: si México quería seguir creciendo tenía que introducir reformas de envergadura, por ejemplo, abrir su economía o llevar a cabo una reforma fiscal profunda. Sin embargo, Vernon observaba que cualquiera de estos cambios ponía en juego la estabilidad del modelo político; al menos así lo creía. En breve el dilema parecía ser: ¿crecimiento económico o mantenimiento del statu quo político?

Vernon percibió que el problema fundamental no era de orden económico, y sostuvo que a menos de que el sistema político se reformara el cambio económico no tendría lugar. Sugería la pluralización de la representación partidista; pero señalaba que el mayor obstáculo a que así ocurriera era, según él, el temor del gobierno al conflicto, el cual se traducía primeramente en aversión al riesgo. Este miedo, cuyo origen podemos rastrear hasta la conciencia de ilegitimidad que torturaba las profundidades del alma priista, derrotaba de entrada cualquier propuesta de reforma que alterara el orden político vigente.

La negativa del presidente López Mateos a introducir la reforma fiscal que le recomendaba su secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, ilustra el dilema de Vernon y las enormes consecuencias del camino que se eligió. Por una parte, sentó un patrón de respuesta del gobierno en situaciones de escasez de recursos para la inversión: recurrir al endeudamiento externo y, luego, sustituir soluciones efectivas con una estrategia escapista que mandaba los problemas del país hacia delante y se concentraba en los acuerdos del presente.

Hasta antes de la reforma fiscal del gobierno de Peña Nieto no hubo manera de sacudirnos las consecuencias de la desidia de López Mateos, de la ambición presidencial, Ortiz Mena, decidido a servir al señor presidente en todo hasta que lo “destapara”, y de la complicidad de los fideles velázquez y de los empresarios regiomontanos, que tampoco querían “agitar el avispero”. El costo de su prudencia han sido décadas de acumulación del endeudamiento externo, relaciones tripartitas tan anquilosadas como los grandes sindicatos —que cada vez son más chicos— y una acelerada carrera hacia un destino latinoamericano de corte sesentero.

 Visto este episodio desde el siglo XXI no podemos sino celebrar la capacidad analítica de Vernon, pero también deplorar la cortedad de miras y las limitaciones de carácter de un presidente que —dicen— por las noches daba vueltas al Ángel en coche de carreras. Por último, El dilema provocó una reacción defensiva feroz. Tanto así que tuvo dificultades para encontrar una editorial que aceptara traducirlo y publicarlo —finalmente lo hizo Editorial Diana—, y Vernon se sintió en la obligación moral de callar los nombres de los mexicanos que habían contribuido a su investigación, temeroso de comprometer su seguridad. Así era el México del milagro que algunos aspiran a restablecer.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.