Los años en Siria empiezan en dos meses distintos. Cuando llegó enero fue para recordar que marzo estaba cerca y se cumplen ocho años de la guerra. El conflicto no ha terminado a pesar del triunfo, en muchos sentidos, de la dictadura de Assad. Siria alcanzó el punto de la tragedia en que decir paz significa aceptar la permanencia que sobrevive en el país desde 1972, y lo ha destruido tanto como a la vida de prácticamente toda la población.

Hay milicias diversas, hay terrorismo. La inamovilidad del régimen impide que se modifiquen las causas que originaron los levantamientos de 2011. A ellas se han sumado los conflictos producto de estos años, de esta especie de triunfo y del aparente fin de una etapa de la guerra.

Ilustración: Alberto Caudillo

El tiempo que se detuvo en un paréntesis, cuando el mundo vio estática la guerra elástica que había tomado al Daesh1 como su única prioridad, hoy parece regresar más de seis años. En ese entonces mi casa de Damasco aún existía, mis tíos vivían y mis cercanos no emigraban. En la costumbre perversa que hacía convivir al ciudadano regular con el Muhabarat —la policía secreta de Assad—, eran cotidianas las conversaciones en las que beneficiaros del régimen aseguraban que no existía conflicto alguno, que las imágenes de tanques entrando a ciudades eran falsas, que las manifestaciones callejeras eran inventos occidentales.

Como si fuera 2011, cada vez detecto más frecuentes las voces que afirman que la guerra se originó por potencias extranjeras, que el gobierno de Damasco es víctima de intereses ajenos, que invasiones occidentales eran parte de un plan que exime de responsabilidad a la familia en el poder desde hace más de cuarenta años, o a las bombas rusas, después de las armas de Bashar, segundas responsables del mayor número de muertes.

Es probable que ahí se encuentre una de las condiciones más dolorosas para muchos de los que tratamos de explicar y pensar la situación siria con la mayor cercanía posible. Desde México, al otro lado del mundo, el punto más alejado de Damasco según cuenta una anécdota en mi casa, ahora escribo sobre los hechos al final del mediterráneo, sobre la relación del mundo con esos hechos, y sobre la lectura que se le da a mi segundo país desde el primero.

En 2011 aún no se hablaba como hoy de posverdad, la perspectiva binaria que alimentó la mezquindad y el gobierno de Donald Trump era igual de miope pero no tan violenta, el nativismo internacional estaba menos extendido. En México, el antiamericanismo natural llevó casi toda la discusión a la intervención estadounidense sin detenerse en las jerarquías del daño. Ya en la época de la línea roja de Obama, no faltaron quienes dudaron de cuantas pruebas se dieron sobre el uso de armas químicas. Lo importante no era el sarín, sino refrendar la postura contra las políticas de Washington. Una ausencia absoluta de matices llevó a que despreciar la dictadura lo transformara a uno en colaborador de la Casa Blanca. Con Trump esto sólo aumentó. Recuerdo un mensaje de algún lector que rechazaba mi aversión a la dictadura por lo parcial que era mi punto de vista al relatar el misil que cayó junto a mi sobrina en el barrio cristiano de la capital siria.

Más de medio de millón de muertos.

Más de medio país fuera de sus hogares.

Con el declive del Daesh, gracias a la injerencia directa de Moscú a favor de su aliado en Damasco y el apoyo de Estados Unidos a las milicias kurdas, Europa se alejó de los titulares internacionales conforme se desvanecía la oleada de atentados en sus fronteras. Su participación militar no llama la atención como la norteamericana y los miles de refugiados, aquellos que viven en Turquía o en Grecia, sólo son nota si hacen mella a gobiernos locales o sirven de insumo para discursos de nacionalismo extremo.

El último anuncio del presidente Trump sobre de la retirada de sus tropas, reactivó todos los vicios que se generaron desde 2015 cuando la presencia de Moscú afianzó drásticamente a Bashar al-Assad. Si bien desde el inicio de su mandato Trump anunció la intención de retirarse, esta reiteración mostró tanto la imposibilidad de hacerlo como la red de complicaciones que lleva la mera insinuación. Después de afirmar que el Daesh había sido derrotado, Washington reconoció lo contrario, así como su operación en Irak y crecimiento en Afganistán y en Yemen. Retirada de tropas en treinta días, luego en cien, después en meses. Los aliados de Washington en Medio Oriente reclamaron la fragilidad que les impondría y una misión voló de América para tranquilizarlos.

Nada es tranquilo en Siria.

El punto central del conflicto ya no son las diputas locales, ni siquiera las religiosas o sectarias. Como la dictadura, por momentos, tampoco es el terrorismo, ambos se transforman en laterales a la discusión de fondo: el debate por zonas de control en la región.

El proceso de paz en Ginebra fracasó por la insistencia, a toda costa, de rebeldes y de gran parte del bloque occidental por remover a Assad. Su paralelo en Astana, nombrado por la ciudad donde se dieron las principales pláticas, siguió adelante bajo el auspicio de Rusia, Irán y Turquía. Moscú tiene el control de facto del conflicto. Es el único implicado que dialoga con los demás participantes. Moscú sostiene al régimen, discute con Irán, discute con la Casa Blanca, lo hace con la Unión Europea, con Israel, discute con Turquía, aliado de Estados Unidos en la OTAN, en disputa simultánea gracias a la rivalidad de Ankara contra los kurdos, protegidos y armados por Washington en una conveniencia temporal. Moscú discute con los kurdos, algo dispuestos a seguir combatiendo por un territorio, pero bajo la amenaza de ser replegados por tropas turcas si se concreta el regreso de los norteamericanos.

La salida de Estados Unidos tiene dos visiones a futuro, una más realista que la otra. Se podría creer que la situación obliga a las partes a negociar, solo que no encuentro motivos para que Damasco deje de cobrar sus pendientes con los combatientes kurdos, también responsables de barbaridad y media. En un discurso que quería dar visos de victoria, Assad llamó a los kurdos a sentarse con Damasco. Aseguró que sólo él podría salvarlos de cualquier embate en referencia a Turquía, que domina una buena parte del país. La perversión máxima de entregarse a la dictadura que los ha aplastado como lo han hecho todos. Quienes abogan por esta línea parten de una idea noble pero distante a la realidad. Como es idóneo, sostienen que las tropas norteamericanas no deberían operar en la región, pero olvidan que de abandonarla se la entregarían a las tropas rusas y por consiguiente a las iraníes, abriendo la puerta a la metamorfosis de imposibilidad medio oriental por excelencia.

Sigo convencido que la retirada solo se puede dar si antes se negocia, no al revés. Las vulnerabilidades son demasiadas al hacer lo contrario.

La divergencia entre el islam sunní y el islam chía, una vez la constante de toda retórica medio oriental, ya no puede ser considerada como el gran motor de luchas entre los Estados musulmanes. No si se tiene un mínimo de conocimiento cultural de estos países. Es apenas el paraguas desde el que se elaboran posturas, pero no las posturas en sí. La disputa regional es por el poder político y financiero, no el religioso. Los ocho años de guerra trajeron un cambio absoluto a la ecuación político islámica y su relación con el fundamentalismo.

La demencia del Daesh, con su costo en vidas, el regreso a la esclavitud, la violencia fuera de todo límite, obligó a un bloque del islam sunní a marcar distancia con quienes se abanderaron en él para cometer atrocidades. De alguna forma ocurrió algo similar con el apoyo chía a ciertos grupos fundamentalistas. Con la intención de no alentar la Fitna —división entre la comunidad— y preservar la Ummah —unión en la comunidad de creyentes—, pilar fundacional de la fe, el islam político se dirige al lobby más que al financiamiento del terrorismo internacional. El efecto de lo que parece positivo tiene consecuencias peligrosas.

Con la guerra en Siria, el yihadismo se centra en las conquistas locales y no en los atentados internacionales. Afganistán y Yemen dan cuenta de ello. Su estrategia tiene sentido. Solo cuando el terrorismo islámico atentó contra occidente se le prestó atención a sus actividades en Siria. Si sus remanentes y las filiales de al-Qaeda se mantienen en localidades medio orientales, es posible que nadie los voltee a ver.

Los últimos meses han sido una apuesta del régimen y de sus aliados por normalizar el estado de posguerra. Previendo futuras misiones internacionales que quieran dar fe a la pacificación del país, Damasco comenzó una operación de limpieza en la cárcel militar de Sednaya, donde ha recluido a un importante número de sus adversarios. Veinte mil según Amnistía Internacional. Los torturan y desaparecen para evitar rastro. Igual que en 2012, hay reportes de empalamiento.

La reapertura de la embajada para Siria de Emiratos Árabes Unidos, así como el anuncio equivalente por parte Bahréin y de Kuwait, tienen la intención de construir la imagen de lo inexistente.

Ya nada será normal en Siria.

Para alienar a Teherán antes que a Damasco, Estados Unidos intenta detener ese acercamiento. Lo respaldan Qatar y Arabia Saudita. Mientras tanto, Rusia tiene al presidente de Chechenia como emisario para dialogar con los países árabes. El presidente checheno, musulmán y cercano a Moscú tras la adhesión de la república a Rusia, es en gran medida el responsable del siguiente momento en Siria, el efecto checheno: su establecimiento como el centro de disputa entre bloques de influencia. En medio de Turquía, Irán, Emiratos y los sauditas, está Vladimir Putin.

La guerra que todos conocieron parece terminarse, pero aún no deja volver a esa casa que llamé Damasco.

Una generación ha nacido en campos de refugio, otra se ha perdido por completo.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México. Twitter: @_Maruan.


1 A lo largo de estos años he intentado evitar el uso del término Estado Islámico para no darle el rango de Estado. Lo seguiré haciendo.