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En 1912 James Joyce decidió no volver a Irlanda. Tal vez esta resolución no fuera tan clara como parece, pero si tenía la seguridad absoluta de que la publicación de Dublineses, su interés más inmediato en ese momento, sólo era posible lejos de su ciudad. Llevaba como diez años en el extranjero y aunque nunca se había prohibido volver tampoco le gustaba mucho imaginarse en Dublin. Y en 1912 arrancó, efectivamente y tal vez sin darse cuenta, un proyecto que consta en una de sus cartas escrita varios años atrás: “Ahora voy a crear la leyenda a la que habré de aferrarme”. Seguramente olvidó la frase o no volvió a hacerle caso, según fueron reclamando su atención cosas más inmediatas. Pero no hay modo de saber si alcanzó a darse cuenta de la leyenda que comenzó a formarse alrededor suyo, o si en alguna ocasión, rodeado ya por el prestigio de su obra, vio con claridad que ese viejo propósito se convertía un patrimonio indispensable de otros, dispuestos a aferrarse a esa misma leyenda con una obstinación tal vez mayor a la del mismo Joyce. Porque incluso la leyenda era muy poco junto a la magnitud de sus ambiciones. Es verdad que nunca estuvo a gusto en la poesía porque estaba seguro que no podía a superar a Yeats; sin embargo, como lo cuenta Richard Ellmann en su biografía, en cuanto a su prosa no era tan modesto, y si a los dieciocho años podía afirmar que nunca pasaría por encima de Tolstoi, por lo menos pensaba superar a George Moore, a Thomas Hardy, a Iván Turgueniev. Hablar de una época habría sido más exacto que inventarse el blanco de una leyenda. La vida y los proyectos de Joyce se precipitaron de otra manera, aunque finalmente época y leyenda entraron en el juego. Una de ellas le pertenece; pero la leyenda, las historias que otros han ido armando para dar la imagen de un Joyce inaccesible, ficticio, sublime, en todo superior, esa leyenda no es más que la esterilidad del culto filisteo.

Del primer tercio de este siglo, “cuando la Literatura se codeaba con la Vida como igual, cuando los jóvenes Dedalus ensalzaban la creación de una conciencia de sus razas respectivas, cuando las innovaciones en los mecanismos de la narrativa podían llamarse ‘revolucionarias’, y cuando la excitación artística y cerebral hacían efervecer la prosa de tal manera que burbujeaba para el lector como una copa de champaña” (John Updike), quedaron pocas cosas. El escenario de Dublín también es diferente. La casa de Leopold Bloom en el número 7 de Eccles Street es una construcción abandonada, sin techo, de la que sólo queda la puerta, y no ahí: ahora instalada en The Bailey, un restorán de primera categoría, el mismo lugar que antes era una especie de fonda llamada Burton. La zona del monto tampoco existe: habiendo sido el lugar de las residencias de los aristócratas en el siglo dieciocho, en la época de Joyce ya era uno de los barrios de prostíbulos más conocidos en Europa, y ahora ese mismo lugar está fraccionado en edificios de departamentos, lotes baldíos, estacionamientos. Una iglesia se convirtió en mercado, y sólo los pubs y las escuelas permanecen como Joyce los conoció. Desde que empezó a escribir los relatos que más tarde formarían Dublineses, el conocimiento de su ciudad se volvió algo indispensable. “Si tan sólo conociera Irlanda tan bien como Kipling conoce la India”, dijo una vez, “estoy seguro que tendría la posibilidad de escribir algo bueno”. Pero incluso entonces sentía que se le escapaba de las manos; lo sentía desde que paseaba con su padre hablando que personajes de Dublín; desde que su padre le enseñaba la casa de Swift o la zona por donde Addison solía caminar. En algunos puntos esta obsesión por la ciudad recuerda a Walter Benjamin. Este quería trazar en un mapa el itinerario de su vida en Berlín; Joyce —lo incluye en el Ulises— se divertía tratando de imaginar el reto de atravesar Dublín sin pasar frente a un pub. En otra ocasión, Joyce dijo que le interesaban más las calles de su ciudad que el enigma del universo.

Cuando la fuente de la mayor parte de su obra empezó a quedar relegada, rebasada por cambios vertiginosos, comenzó a surgir un grupo, disperso y heterogéneo, que se encargaría de crear su,leyenda. El mismo grupo que todos los 16 junio celebraba el Bloomsday o que se enfrascaba en papeles interpretativos de su obra. Cyril Connolly fue uno de los que advirtió esta situación, y al morir Joyce en 1941 escribió una nota en la que decía, adelantándose a cualquiera, que tendría que pasar mucho tiempo antes de que alguien pudiera escribir algo correcto sobre Joyce. “Nunca tendremos el tiempo, la seguridad o la paciencia en nuestra vida para escribir como él —sus armas ‘silencio, exilio y astucia’ no son nuestras”, decía en esa misma nota. Y tenía la intención de leerlo ”sólo lo necesario” para poder escribir algo sobre “este último gran mamut de cuyos colmillos muchos imbéciles han cincelado sus autoindulgentes torres de marfil”. Este año el mamut cumple cien años; cuando llegue su bicentenario es de suponerse que permanecerá, como todos los mamuts, inalterados.

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