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Hacia el cambio de sexenio

Ruy Pérez Tamayo: Autor de En defensa (Limusa, 1979) y de Serendipia (Siglo XXI Editores. 198). Su última colaboración en Nexos: «CONACyT o Kafkacyt», núm. 45. septiembre 1981.

Con el «destape» del candidato del PRI para ocupar la Presidencia de la República Mexicana, los nombramientos de otros candidatos por los demás partidos políticos, las manifestaciones de adhesión, los tremendos embotellamientos de tránsito y el inicio de las respectivas campañas políticas, México ha vuelto a entrar en esa actividad febril que dura aproximadamente un año y que cada sexenio culmina con el cambio de gobierno. Si en lugar de demagogia hueca y palabrería inútil, los candidatos ofrecieran plataformas políticas específicas y programas de gobierno definidos, los ciudadanos tendríamos bases para la discusión de alternativas y para la decisión final de nuestro voto. Pero cuando en lugar de señalar posturas y opciones concretas se nos dice: «Combatiremos incansablemente la corrupción dentro del espíritu más ardientemente revolucionario» o bien «defenderemos intransigentemente la integridad territorial y el dominio de México sobre sus riquezas», la verdad es que no tenemos nada que discutir ni sabemos qué es lo que va a pasar en el gobierno.

Lo que sí sabemos es que muchos de los hombres importantes del sexenio en curso (aunque no todos…) dejarán el poder, otros quizá nada más cambien de Secretaría, unos cuantos serán nombrados embajadores, y hasta es posible que alguno se rehúse a devolver una buena parte de su «fortuna repentina» y vaya a dar a la cárcel. También sabemos que muchos de los programas que actualmente se encuentran en marcha y que fueron iniciados por el presente régimen serán discontinuados por el próximo, otros sufrirán un cambio radical en la atención de que hoy son objeto, mientras que nuevos planes y proyectos se aprobarán y conservarán su vigencia durante todo el nuevo sexenio. Naturalmente, este tipo de cambio en la dirección y en los intereses específicos del gobierno tiene facetas positivas o por lo menos justificables, ya que los que dejan y los que toman el poder son individuos diferentes; pero el cambio también tiene aspectos horrendamente negativos, sobre todo porque no es posible planear casi nada que resista la conmoción del sexenio.

Entre los aspectos positivos de este renacer sexenal está la oportunidad de corregir errores, de enfrentarse con nuevos arrestos y con compromisos diferentes a problemas que suelen tener ya una vida de 6 años, aunque los puede haber con 12 y hasta con 18 años de vida. No cabe duda que el recambio periódico de autoridades representa la única posibilidad de renovación del país; al nivel del organismo humano, todos los elementos que los constituyen se encuentran sometidos a un recambio constante, que sirve no sólo para corregir errores y sustituir a las células ya caducas por otras nuevas, sino también es el mecanismo que nos permite obtener la energía necesaria para seguir viviendo.

En declaraciones recientes, el candidato del PRI a la Presidencia de la República dijo: «…estoy pidiéndole a mis conciudadanos, principalmente a los miembros de mi partido y a sus simpatizantes, me expongan sus problemas, los grandes retos de México…». Aunque yo no soy ni miembro de su partido ni simpatizo con el PRI, he trabajado en el campo de la ciencia en México por cerca de 30 años y lo conozco bien y de muy cerca: por esas razones, y porque estoy seguro de que el candidato del PRI no conoce los problemas de la ciencia en México ni nadie que sea miembro del gobierno actual se los va a decir, y porque además también estoy seguro de que nadie se atrevería a proponerle ciertas soluciones que en mi opinión, contribuirían de manera substancial a resolver algunos de esos problemas, es que he escrito estas líneas. Pero deseo agregar que también las he escrito porque soy un optimista irredento y, como típico mexicano, no puedo dejar de pensar que, en el sus simpatizantes, me expongan sus problemas, los grandes retos de México…». Aunque yo no soy ni miembro de su partido ni simpatizo con el PRI, he trabajado en el campo de la ciencia en México por cerca de 30 años y lo conozco bien y de muy cerca: por esas razones, y porque estoy seguro de que el candidato del PRI no conoce los problemas de la ciencia en México ni nadie que sea miembro del gobierno actual se los va a decir, y porque además también estoy seguro de que nadie se atrevería a proponerle ciertas soluciones que en mi opinión, contribuirían de manera substancial a resolver algunos de esos problemas, es que he escrito estas líneas. Pero deseo agregar que también las he escrito porque soy un optimista irredento y, como típico mexicano, no puedo dejar de pensar que, en el próximo sexenio: «ahora sí se nos va a hacer la buena».

Entre los aspectos positivos de este renacer sexenal está la oportunidad de corregir errores, de enfrentarse con nuevos arrestos y con compromisos diferentes a problemas que suelen tener ya una vida de 6 años, aunque los puede haber con 12 y hasta con 18 años de vida.

La ciencia en México tiene muchos problemas. Naturalmente, también los tiene la ciencia en Inglaterra, en Argentina o en Biafra. Algunos de nuestros problemas son muy semejantes a los que aquejan a las comunidades científicas en otros países; en cambio, otros son característicamente mexicanos, se derivan en forma directa de nuestra estructura administrativo-político-científica y de la época histórica en que nos encontramos. Entre los problemas que la ciencia en México comparte con otros países están la falta de una comunidad científica vigorosa y suficientemente diversificada, la escasa comprensión del público y de las autoridades de lo que la ciencia es y para qué sirve, la muy escasa participación de la iniciativa privada en el apoyo de la investigación científica básica, etc. En otros sitios(1) me he ocupado de algunos de estos problemas y he propuesto soluciones para ellos que han dado o están dando resultados positivos en otros países; en cambio, aquí deseo referirme a ciertos problemas de la ciencia en México que son específicamente nuestros, que los estamos viviendo los científicos mexicanos, así como a ciertas acciones que pueden realizarse y que muy posiblemente contribuyeran a resolver; o por lo menos a aligerar, los problemas mencionados.

El gobierno de México ha delegado en el CONACyT gran parte de la responsabilidad que tiene en el desarrollo de la ciencia. Desde luego que ese no es el único organismo cuya función es promover y apoyar a la ciencia y a la tecnología en el país; la UNAM, la UAM, el IPN, así como otras instituciones de educación superior (muchas con el apoyo de la Subsecretaría de Educación Superior e Investigación Científica de la SEP) y dependencias oficiales como la SAHOP, la SAG etc., participan en forma más o menos amplia en el fomento y el desarrollo de la ciencia y la tecnología en diversos campos. Pero mientras estas otras agencias educativas y gubernamentales promueven y patrocinan la investigación científica y el desarrollo tecnológico como parte de actividades mucho más amplias, la función principal y única de CONACyT es estimular y promover a toda la ciencia y la tecnología de todo el país. Por lo tanto, en lo que sigue voy a referirme principalmente a CONACyT, y sólo de manera secundaria e incidental a las demás dependencias e instituciones mencionadas. Sin embargo, antes de entrar en materia desearía señalar que, aunque así parezca, criticar a CONACyT no es mi deporte favorito (me gusta mucho más el tenis). Mis críticas son hechas de frente y a plena luz del día, identificadas con mi nombre; en ellas intento decir, hasta donde esto es humanamente posible, las menos mentiras por minuto; con ellas quiero contribuir a que se identifiquen problemas reales y se les busquen soluciones posibles; finalmente, no están dirigidas a ninguna persona en particular (tengo muy buenos amigos que trabajan en CONACyT) sino a la estructura oficial que tiene a su cargo manejar una de mis posesiones más preciosa y querida: mi profesión.

LOS CINCO PRIMEROS

Quizá lo mejor sea iniciar la discusión de los problemas de la ciencia en México y las soluciones que propongo con un resumen: voy a referirme a diez problemas, de los que los primeros cinco son programas positivos y valiosos que ha desarrollado CONACyT, algunos desde su fundación en 1970 y otros en el presente sexenio, pero que necesitan refuerzo y/o reorientación; en cambio, los otros cinco problemas son aspectos negativos derivados tanto de la estructura formal del CONACyT como de su posición dentro del gobierno de México, así como de sus actuales mecanismos de operación. Los problemas que he seleccionado para discutir aparecen con un orden arbitrario, o sea aquél en el que se me ocurrieron; no pretendo enumerarlos con jerarquía prioritaria porque me parece que todos son igualmente urgentes y prioritarios, aunque pronto se verá que algunos son más fáciles y más rápidos de resolver que otros, por lo que quizá convendría atacar desde ahora a los más difíciles y lentos de solución, ya que costarán más tiempo y trabajo.

Al final incluyo una Tabla que resume mucho de lo que estaré señalando con más detalle, de manera que si el lector desea ahorrarse el sermón puede de una vez consultar la Tabla mencionada y a otra cosa.

1. PARTICIPACIÓN DE LA COMUNIDAD CIENTÍFICA EN CONACYT

Hace aproximadamente un mes, (octubre de 1981) CONACyT se dirigió a la Academia de Investigación Científica para pedirle que le dijera cómo puede ese organismo oficial ayudar al desarrollo de la ciencia en México. Naturalmente, yo soy el primero en aplaudir esa iniciativa de CONACyT, pero si la menciono es porque apenas ocurrió hace un mes, o sea, ídiez años después de fundado CONACyT y faltando solamente 1 año para que se termine este sexenio! Este episodio ilustra con gran claridad el problema al que me refiero: los científicos mexicanos no participamos en la medida que debiéramos en CONACyT. Aclaro que sí existen científicos trabajando directamente en CONACyT, que otros más forman parte de comisiones y consejos, y todavía otros más participan en ciertas actividades técnicas, como revisión de proyectos de investigación, etc. El problema es que la participación de los científicos en CONACyT no es suficiente.

Mi punto de vista a este respecto es bien claro: si CONACyT se encarga de manejar los asuntos relacionados con la ciencia y la tecnología de México, es indispensable que esté tan identificado con la comunidad científica mexicana que sea imposible distinguir entre ambos; en otras palabras mientras los científicos sintamos que los miembros de CONACyT son ellos, y no nosotros, nuestra participación no será suficiente. No estoy diciendo que los científicos deben ser los encargados de dirigir CONACyT (aunque tampoco lo excluyo) sino que ese organismo debe ser manejado de tal manera que los científicos podamos sentirlo como nuestro, como nuestra casa. Naturalmente, esto es cierto de todas las oficinas de gobierno, aunque la deformación profesional me hace sentir mayor afinidad con CONACyT y con la SSA que, digamos, con la Secretaría de la Defensa Nacional.

¿Cómo resolver este problema? Creo que la solución es muy sencilla y que las actuales autoridades de CONACyT ya han dado uno de los primeros pasos en ese sentido, al invitar a la Academia de la Investigación Científica a expresar sus puntos de vista; los siguientes pasos podrían tener la misma orientación, o sea invitar a otras agrupaciones de científicos a hacer lo mismo, pedirles críticas sobre sus actuales programas, reunirse con ellos para discutirlas, elaborar posibles soluciones en conjunto, etc. Pero todo esto no sirve para absolutamente nada o mejor dicho, sólo sirve para empeorar el problema, aumentando el escepticismo y la desconfianza de los científicos, si resulta ser «atole con el dedo», o sea, si después de tanto trabajo no se nos hace el menor caso. Esto no es una posibilidad teórica; esto hablando de un episodio histórico, cuyos detalles ya he tenido oportunidad de comentar en estas mismas páginas.(2)

Si CONACYT se encarga de manejar los asuntos relacionados con la ciencia y la tecnología de México, es indispensable que esté tan identificado con la comunidad científica mexicana que sea imposible distinguir entre ambos; en otras palabras, mientras los científicos sintamos que los miembros de CONACYT son ellos, y no nosotros, nuestra participación no será suficiente.

2. AUSENCIA DE UNA POLÍTICA CIENTÍFICA

Desde que se fundó CONACyT, los científicos mexicanos hemos experimentado con gran placer y satisfacción el reconocimiento oficial del valor de nuestras actividades profesionales, al recibir apoyo, económico para realizarlas. Casi cada año (exceptuando el tenebroso 1977) hemos solicitado subsidios económicos y ayudas de otros tipos para distintos proyectos de investigación y cuando hemos llenado requisitos científicos razonables (y otros burocráticos absurdos e irracionales.(3)) CONACyT nos ha concedido el apoyo. Aplaudo públicamente estos programas de CONACyT, y muy especialmente el Programa Nacional de Salud y el Programa Nacional de Ciencias Básicas, que se han transformado en verdaderos patrocinadores de la ciencia mexicana del más elevado nivel. El problema es que cada año hay más proyectos de investigación científica válidos y dignos de ser apoyados, con lo que cada año disminuye la posibilidad de apoyarlos a todos, a menos que se hagan recortes considerables en los presupuestos de cada uno. Pero el problema no es la falta de dinero: los científicos mexicanos somos tan pocos que si se duplicara el renglón del presupuesto de CONACyT dedicado a subsidiar nuestro trabajo ni CONACyT, ni mucho menos el país, se darían cuenta. Pero tal acción no resolvería el problema, sino que solamente pospondría su solución; el problema es que no existe una política definida en relación con el desarrollo y el nivel óptimo del subsidio oficial a la investigación científica.

Desde luego, México no está sólo en este campo, otros países se enfrentan al mismo problema o a otros muy semejantes. La dificultad central es que la decisión implica un proyecto bien definido y a largo plazo sobre el desarrollo y la estructura política, social y económica que se desea para el país: una «república bananera», organizada dentro de un sistema feudal más o menos disfrazado, dedicada al consumismo, y con grandes diferencias económicas y de oportunidades para sus ciudadanos, no tiene nada que hacer con la promoción y el apoyo a la ciencia propia. En cambio, un país independiente (chico o grande, pero sobre todo chico) que aspira a la justicia social a través del trabajo y la riqueza distribuidos racionalmente y con base en la equidad de derechos y obligaciones de todos sus ciudadanos, debe estar primariamente interesado en cultivar y proteger el desarrollo de su propia ciencia. No hay duda de que en la sociedad contemporánea la ciencia es la llave y el motor de la modernización. Lo que no todos aceptan (todavía) es que la ciencia también es el camino más corto hacia la liberación espiritual y hacia una sociedad más justa y más humana.

La solución al problema señalado se sale de los ámbitos de la ciencia y de la autoridad de CONACyT. Pero aún en estas circunstancias es posible hacer algo útil, siempre y cuándo uno tenga la posición política necesaria y esté dispuesto a jugarse la cabeza (en sentido político, claro está). Me refiero a que CONACyT debe tratar de obtener, al nivel más alto si así se requiere los elementos necesarios para formular una política científica viable y válida para los próximos veinte (o quizá diez) años de la vida en México. Una vez formulada esta política, sancionada por los más altos poderes y subvencionada por el presupuesto adecuado, CONACyT debe dedicarse en cuerpo y alma a implementarla. Sus resultados positivos se conocerán dentro de muchos años, cuando su promotor principal seguramente ya habrá fallecido, con lo que le será imposible asistir a todas las ceremonias y oír todos los discursos donde su nombre será ensalzado; tampoco podrá estar presente cuando alguna calle de la ciudad de México cambie su actual denominación por su nombre, y desde luego no podrá disfrutar el placer de caminar en ella.

3. DESCENTRALIZAR LA CIENCIA

Nuestro país sufre una hidrocefalia idiotizante. La Ciudad de México tiene casi 14 millones de habitantes, de los que apenas tres o cuatro vivimos una vida razonablemente cómoda y aceptable (cuando no tenemos que circular por el Periférico). El resto de los habitantes de este engendro es una masa inmensa, doliente, hambrienta y sin los más elementales servicios, que crece a una velocidad desaforadamente patológica y que amenaza con destruir para todos lo que no puede alcanzar para ella: tranquilidad, calma, seguridad, limpieza, bienestar, trabajo, agua potable y comida. Muchos fenómenos sociológicos e históricos explican (íno justifican!) esta agobiante centralización del país; una jerarquía de los valores «vitales» responsables de la centralización en México debería empezar con «hambre» y quizá terminar con «cultura», aunque no estoy muy seguro de que sean totalmente distintos.

En relación con la ciencia, CONACyT ha desarrollado un programa admirable, muchas veces combinando fuerzas con instituciones nacionales y/o estatales, de descentralización. Se han establecido grupos de investigadores científicos en diversas ciudades de provincia (Ensenada, La Paz, Chihuahua, Saltillo, Guanajuato, Mérida, etc.), muchos de ellos con buenos auspicios iniciales, otros con la negra señal del fracaso escrita en su nombre. Nadie duda que ésta es una acción positiva de CONACyT, digna de todo nuestro aplauso y apoyo. El fenómeno social que representa, o sea la reafirmación de la provincia como la base, razón y sustento del país, es la esencia misma de nuestra verdadera naturaleza. El problema principal es que se ha desarrollado a la mexicana: los subsidios concedidos son insuficientes, su llegada se atrasa por meses, los directores de los centros de investigación científica en provincia deben hacer viajes constantes a la capital para resolver grandes o pequeños (a veces pequeñísimos) problemas, ya que todo debe resolverse en México, al grado de que el grupo científico descentralizado se da pronto cuenta de que el motivo principal de su misma existencia, la descentralización, es un mito. Como se opone al inviolable principio de la concentración del poder, sólo será permitida al nivel de gesticulación; se acepta que algunos científicos se vayan a provincia, adquieran una máquina de escribir, algunos libros y una que otra centrífuga, y se le da a cada episodio la publicidad y difusión correspondiente, pero nada de cortarse el cordón umbilical, nada de sentirse independientes, nada de adquirir la autoridad indispensable para poder crecer y desarrollarse como organismos auténticamente descentralizados.

Todo lo dicho anteriormente es desafiante, lo sé. Pretender que la descentralización de la ciencia incluya la descentralización de la administración de la ciencia, que los directores y los investigadores que se fueron a provincia adquieran la autonomía administrativa que les corresponde como hombres adultos, inteligentes y capaces de gobernarse a sí mismos, es socavar los sólidos cimientos en que está construido el sistema político mexicano, piramidal y monolítico, donde la Máxima Autoridad emana de la cima y es indiscutible, incriticable e inapelable. La estructura de CONACyT, un microcosmos dentro del país, no podía menos que ser una minirréplica del macrocosmos que es México.

Pero alguien, en alguna parte y en algún momento, tiene que empezar a romper esta hegemonía totalitaria, tanto de autoridad como de geografía, El desarrollo de la ciencia en México al nivel nacional podría representar el primer golpe de zapapico, genuinamente disfrazado de experimento. Por ejemplo, ¿qué pasaría si CONACyT estimulara a los directores de todos los grupos de investigadores científicos descentralizados a formular y aprobar sus propios presupuestos, sin necesidad de viajes a la capital, consultas, recortes y más recortes, ajustes y, finalmente, cifras completamente desconectadas de la realidad de la ciencia descentralizada? Se antoja un proyecto experimental atrevido, dado la superestructura dentro de la que ocurriría. Pero no sería imposible calcular matemáticamente la probabilidad de que el resultado fuera positivo; de hecho, creo que en función de la gran incógnita que representa el cambio de sexenio, sería un experimento interesante. Como yo he estado haciendo experimentos toda mi vida, si estuviera en la situación apropiada, seguramente que lo llevaría a cabo.

¿Cuál es la queja común a la mayoría de los grupos de científicos descentralizados en el México de hoy? Que no pueden atraer a sus flamantes instituciones a un número crítico de científicos maduros, productivos y establecidos en la ciudad de México.(4) Esto no es de extrañar, en vista de que los investigadores profesionales son sujetos poco susceptibles al oropel de la demagogia y al carnaval de la propaganda. Todos ellos perciben, a través de la tenue cortina de humo oficial, que la descentralización de la ciencia todavía se encuentra en el campo de la demagogia. La solución a este problema se inicia con el reconocimiento de que es real, de que va a ser muy difícil convencer a individuos adultos e inteligentes con argumentos sospechosos para niños no especialmente estúpidos de seis años; la solución que yo propongo es, simplemente, descentralizar la ciencia en México de a verdad. Esto significa que las autoridades relevantes acepten, apoyen y promuevan el concepto de que los mexicanos somos una federación de seres humanos adultos, responsables y capaces de vivir y decidir nuestras vidas en armonía con nuestros semejantes, sin necesidad de que alguien nos diga cómo y nos autorice a hacerlo. Nada más, pero también nada menos.

Los científicos mexicanos somos tan pocos que si se duplicara el renglón del presupuesto de CONACYT dedicado a subsidiar nuestro trabajo, ni CONACYT, ni mucho menos el país, se darían cuenta.

4. HACIA LA INVESTIGACIÓN INTERINSTITUCIONAL

El nacimiento, crecimiento y desarrollo de las comunidades científicas en diferentes países muestra numerosas e interesantes variantes; sin embargo, es posible identificar en la mayoría de ellas una serie de elementos comunes que podrían conocerse como la historia natural de las comunidades científicas. Casi siempre se inician con un solo individuo, un investigador solitario que se hace alguna pregunta fundamental y durante algún tiempo trabaja en condiciones primitivas pero con entusiasmo en busca de respuestas. El siguiente paso es la aparición de sus alumnos, atraídos a veces por el carisma del individuo, a veces por interés genuino en el problema frecuentemente por una mezcla de ambos elementos. Un nuevo periodo se inicia cuando algunos de estos alumnos, después de pasar varios años al lado del investigador, ingresan a formar parte de otras instituciones académicas y desarrollan sus propios laboratorios, que heredan el campo general de la primera pregunta, enriqueciéndolo con planteamientos originales, gracias no sólo a conceptos diferentes sino también (con gran frecuencia) a metodologías distintas. El siguiente paso es el reconocimiento de la existencia de varios grupos independientes de investigación que trabajan en el mismo campo, seguido por la formación de un centro interinstitucional que les permite a todos los investigadores beneficiarse con la crítica, la colaboración y la complementación de sus esfuerzos individuales.

Aquí deseo hacer una aclaración que me parece pertinente: la creación científica, o sea, la generación de nuevas ideas, es una actividad intensamente personal, producto de mecanismos mentales mal conocidos pero que tiene mucho más contacto con la intuición, los sueños, la imaginación y otras formas aún menos definidas de nuestra cerebración, que con los dictámenes surgidos de tormentosas sesiones de consejos o comités. Hasta donde se ha podido analizar, la función de los centros interinstitucionales no es multiplicar el número de buenas ideas, sino simplemente permitir su análisis crítico y experimental más rápido y experto. Esta no es una función despreciable y, en mi opinión, debe ser patrocinada con amor y generosidad, ya que dentro del panorama del desarrollo se trata de un fenómeno de la ciencia extremadamente raro, sobre todo en el México de hoy. En el campo de las ciencias biomédicas, apenas si existen unas cuantas áreas (neuroquímica, farmacología, patología del tejido conjuntivo) que se encuentran en el momento histórico de surgir, si el apoyo oficial lo permite, como «escuelas» mexicanas definidas en el campo de la ciencia internacional. Algo semejante ocurrió hace unos 40 años en la Argentina: la «escuela» de fisiología endócrina de Houssay es la mejor conocida, pero también se desarrollaron otras escuelas de gran importancia científica, como la hipertensión de Braun-Menéndez, la de metabolismo de carbohidratos de Leloir, etc.

¿Cuál es la importancia del desarrollo de una «escuela» científica de repercusión internacional? Aparte de las satisfacciones personales que acarrea para el investigador el reconocimiento de sus trabajos por el «colegio invisible» correspondiente, la «escuela» es un índice de potencialidad, una garantía de excelencia y una promesa inmediata de desarrollo en un campo específico del conocimiento humano.

Es problema relacionado con el desarrollo de grupos interinstitucionales de investigación en México es que los investigadores involucrados en los pocos campos de la ciencia que hemos alcanzado este nivel de desarrollo parecemos haber sorprendido al país en un estado de impreparación lamentable. A pesar de la demagogia inevitable, que desde hace años declara que uno de los programas prioritarios de CONACyT es promover el desarrollo de grupos interinstitucionales de investigación, cuando los verdaderos programas interinstitucionales han surgido de la comunidad científica mexicana como el paso siguiente en el desarrollo de algunas especialidades bien definidas, la primera reacción ha sido de timidez presupuestal. Se nos ha pedido que reconsideremos los presupuestos solicitados, en vista de que resultan demasiado elevados para los fondos existentes. Sin embargo, yo más bien creo que en este renglón al CONACyT le ha faltado pensar en grande o por lo menos en el tamaño adecuado de la inversión necesaria para promover programas y centros interinstitucionales. Por lo tanto, la solución a este problema es bien sencilla: obtener los fondos necesarios para apoyar el siguiente paso en el desarrollo de los centros multidisciplinarios que en este mismo momento ya pueden echarse a andar en México.

5. MAYOR COORDINACIÓN

Arriba he mencionado que CONACyT no es la única agencia gubernamental que promueve el desarrollo de la ciencia y la tecnología en nuestro país, sino que existen otras instituciones que también lo hacen, aunque con extensión más restringida. Desconozco hasta dónde existe coordinación entre todas estas agencias, aunque entiendo que debe haber alguna, sobre todo en lo que compete a los centros de investigación localizados en provincia, donde CONACyT ha sumado esfuerzos con la UNAM, los gobiernos de los estados y otras agencias. Esto está muy bien, pero sería todavía mejor que la coordinación se ampliara al máximo posible, entre otras cosas para no duplicar esfuerzos inútilmente o para duplicarlos inteligentemente cuando sea necesario. También sería deseable la existencia de una oficina o centro coordinador, donde se concentrara toda la información existente sobre quién, donde, cómo y cuándo en toda la ciencia y la tecnología que se está desarrollando en México.

LOS OTROS CINCO

Los cinco puntos anteriores se refieren a acciones y programas que ya existen en el campo de la ciencia y la tecnología, pero que en mi opinión deberían ser ampliados o reorientados para alcanzar los máximos beneficios que queden derivarse de ellos. Los cinco puntos siguientes son todos aspectos negativos, problemas graves que interfieren con el desarrollo científico y tecnológico de México y para los que existen soluciones, algunas fáciles de aplicar y otras no tanto.

6. LAS BECAS-PRÉSTAMO

En un momento aciago en el desarrollo del Programa de Formación de Recursos Humanos, se genero la idea de transformar las becas en préstamos (por fortuna, sin intereses bancarios) que los becarios estarían obligados a devolver al terminar su preparación, siempre y cuando no regresaran a trabajar a México en instituciones oficiales o académicas. Incluso llegó a argumentarse que CONACyT no tenía por qué pagar la preparación de personal técnico para las compañías transnacionales. A pesar de la demagogia con que se pretende ocultarla, la miopía de esta disposición es evidente: su resultado es que muchos candidatos potenciales a becarios, y por lo tanto, científicos y tecnólogos potencialmente útiles para México, prefieren no solicitar las becas-préstamos de CONACyT porque todavía no saben dónde van a encontrar trabajo ni si entonces estarán en condiciones económicas que les permitan devolver el monto de la beca. CONACyT no ha desarrollado ningún proyecto o tomado alguna medida para recibir y aprovechar a uno solo de los miles de becarios que ha enviado al extranjero. Los únicos que se atreven a solicitar la beca-préstamo son los estudiantes graduados que ya poseen una posición académica u oficial y que cuentan con la garantía de reintegrarse a ella. Pero ni siquiera entre este grupo las becas-préstamo tiene gran popularidad. Yo he conversado con varios jóvenes inteligentes y capaces, interesados en dedicarse a la investigación científica y deseosos de continuar sus estudios, que consideran a la beca-préstamo como una condición inaceptable, a pesar de que con certeza regresarían a trabajar en universidades mexicanas.

Pero las becas-préstamo tiene otro aspecto negativo: son totalmente insuficientes para liberar al estudiante graduado de toda preocupación económica y favorecer de esta manera su dedicación exclusiva al estudio y a su preparación. Los pocos que pueden hacerlo son hijos de familia que cuentan con la ayuda paterna o de otras fuentes. Pero el estudiante graduado es generalmente un individuo mayor de 25 años, que con frecuencia está iniciando también su familia y que no pocas veces debe pasar varios años en el extranjero. Ignoro los argumentos que esgrimen las autoridades responsables de fijar el monto de las becas-préstamo, pero estoy absolutamente seguro de que ninguno de ellos aceptaría trabajar en lo que hace a tiempo exclusivo por esa misma cantidad de dinero. De lo que se trata es de evitar que el estudiante tenga que distraer parte de su tiempo y energías en ganarse la vida, con el detrimento correspondiente de su preparación. Pues bien, en un número muy elevado de casos, ese objetivo no se alcanza porque el becario está obligado a aceptar algún trabajo nocturno o a otras horas, conectado o no con su interés profesional, para completar su presupuesto. Naturalmente, en muchos sitios de México y en el extranjero esto no está permitido en los programas de maestría y doctorado, que exigen dedicación de tiempo exclusivo. Pero cuando la necesidad económica es urgente, el estudiante lo hace a escondidas de sus tutores o éstos se hacen de la vista gorda.

La solución a estos dos problemas relacionados con las becas-préstamo es muy sencilla: abolir el concepto del préstamo y elevar el monto de las becas a un nivel que realmente sirva para alcanzar su objetivo. Ambas cosas pueden hacerse de un plumazo, con lo que uno de los aspectos más tristemente negativos del programa desaparecería repentinamente. Claro que eso sería aceptar que hasta ahora las cosas se han hecho mal, pretendiendo economizar en lo que es estrictamente intocable, que son los recursos humanos. Pero para los científicos, encontrar dónde estamos equivocados es siempre motivo de gran satisfacción y alegría, porque nos permite corregir el error y seguir adelante.

7. LA ENSEÑANZA DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA

La participación de CONACyT en este aspecto fundamental del desarrollo de la ciencia y la tecnología en el país es casi igual a cero. La SEP tiene años de haber introducido a la ciencia en los libros de texto gratuitos para alumnos de educación primaria y secundaria; otros organismos (como la Comisión Coordinadora de la Enseñanza de la Biología) han preparado textos y material de enseñanza también de nivel secundario o preparatorio; las universidades desempeñan su función docente, que incluye la educación científica y tecnológica; sólo CONACyT no hace nada por difundir la importancia de la ciencia para nuestro país.

Bueno, casi nada. Porque CONACyT patrocina un programa de televisión, publica cuatro revistas (tres en castellano y una en inglés) y ha establecido una editorial para publicar libros sobre ciencia y tecnología, así como una red de librerías para distribuirlos en diversas partes del país. Para un organismo oficial encargado de asesorar al ejecutivo federal en «la planeación, programación, coordinación, orientación, sistematización, promoción y encauzamiento de las actividades relacionadas con la ciencia y la tecnología», esta participación en la enseñanza de la ciencia y la tecnología al público general se antoja raquítica. Con la riqueza actual de los medios de comunicación masiva y lo avanzado de la tecnología de mercadotecnia, cualquier marca de jabón o cerveza que se lo ha propuesto ha logrado transformarse en parte integral de nuestro lenguaje y en artículo indispensable de consumo. Para un convencido como yo de las virtudes de la ciencia y la tecnología en el desarrollo de la sociedad, su significado y su contribución deberían ser ya ampliamente conocidos por el público, sus métodos y su estructura filosófica deberían ser motivos de plática familiar o entre amigos, sus alcances y problemas en México deberían estar accesibles con facilidad para cualquier interesado. No creo exagerar. ¿O es mejor que se hable de marcas de automóviles, o de las tiendas en un centro comercial del sur de la ciudad, o de los precios de aparatos de televisión?

La solución de este problema es tomar el toro por los cuernos y desarrollar una campaña de educación sobre lo que es la ciencia y la tecnología al nivel popular, diseñada por expertos en comunicación y con los últimos avances en mercadotecnia. Sólo así estará CONACyT cumpliendo con esta parte de sus funciones en forma real, y no como lo ha estado haciendo hasta ahora, con pura gesticulación.

Los subsidios concedidos son insuficientes, su llegada se atrasa por meses, los directores de los centros de investigación científica en provincia deben hacer viajes constantes a la capital para resolver grandes o pequeños (a veces pequeñísimos) problemas, ya que todo debe resolverse en México.

8. NOMBRAMIENTOS TÉCNICOS, NO POLÍTICOS

La ciencia es un asunto muy serio. Los profesionales que la ejercemos tenemos un solo principio en común: el único valor que se acepta es la verdad, o sea el grado de aproximación a este valor absoluto que se alcanza con los datos generados por la investigación realizada. Este código ético profesional es inflexible, cualquier desviación patrocinada por otros valores (eficiencia, viabilidad política, conveniencia temporal, etc.), es rígidamente rechazada. Lo que los científicos queremos saber es hasta dónde se aproximan nuestros datos, obtenidos experimental y artificialmente, a la realidad externa. Pero en este mundo estrecho y clásico de pronto irrumpen, vociferantes y actuales, otros valores hasta ahora no considerados: relevancia política, identidad de partido, gratitud de poderoso, nepotismo y hasta compadrazgo. El tumulto podría oscurecer el dilema: su aclaración definitiva se hace obligatoria. El nombramiento de las autoridades supremas de la ciencia en México debe recaer en individuos técnicamente capaces, no políticamente convenientes. La comunidad científica mexicana espera que su organismo clave, CONACyT, esté dirigido por uno o más miembros de su propia clase. Esta comunidad es pequeña y no se hace ilusiones respecto a su peso político. Está constituida por un corto número de ciudadanos cuyo trabajo incide en áreas poco cuantificables del desarrollo, sobre todo en términos de su contribución a la economía nacional. Pero este grupo de mexicanos también está consciente de que su esfera de influencia, centrada en la vida cultural del país, sólo podrá ser servida en forma decorosa si sus aspiraciones no son ignoradas, si en lugar de mostrarle desprecio o indiferencia nombrando a un político para encabezar la organización oficial que más le conviene, en el momento oportuno se selecciona a uno de sus propios miembros, que cuente con la confianza y el respeto de la comunidad científica.

9. EL PANTANO BUROCRÁTICO

En ocasión reciente(5) me refería en estas mismas páginas al desarrollo monstruoso de la burocracia en CONACyT, que lo afecta en todos los niveles, pero especialmente en sus contactos con la comunidad científica. Para los que estamos acostumbrados a tratar de comportarnos en forma lógica, o por lo menos expedita, el encuentro con la burocracia en CONACyT es particularmente frustrante. Pero no deseo reiterar lo que escribí recientemente; aquí me limito a recordarlo como uno de los problemas principales de la estructura actual de CONACyT. Como la solución que voy a proponer para combatir este problema también contribuiría en gran parte a resolver el siguiente, la pospongo hasta haber señalado su naturaleza. 

10. EL SÍNDROME DE BECKETT

Con este nombre me he referido también en estas páginas(6) a la tendencia de CONACyT a transformarse en un fin de sí mismo, abandonando (o prestando cada vez menos atención) a sus verdaderos objetivos, que son el desarrollo de la ciencia y la tecnología en México. Esto ha sido consecuencia, y también causa, del crecimiento desaforado del personal y del presupuesto de CONACyT desde su fundación en 1970, de tal modo que ahora ya tiene el tamaño y el peso de una verdadera Secretaría de Estado.

Para resolver estos dos problemas, o sean la burocracia y el crecimiento desmesurado, que lo están desviando cada vez más del cumplimiento prioritario de sus funciones, propongo que el actual CONACyT desaparezca por decreto. Una decisión así no es imposible de tomar, ni siquiera es poco probable que se tome. Recordemos que el propio CONACyT surgió de un decreto que abolía al Instituto Nacional de la Investigación Científica y que en años recientes otras dependencias gubernamentales se han reorganizado para permitirles cumplir mejor con sus objetivos. (En el campo de la salud están ocurriendo una serie de cambios en las instituciones que preconizan su reestructuración completa dentro de un sistema unificado de salud, en fecha muy próxima).

Las razones que apoyan la desaparición del CONACyT son varias: a) en primer lugar, está mal hecho desde el principio, en vista de que se encarga de la promoción y el desarrollo de dos áreas de la actividad humana con muy escasa relación entre sí, que son la ciencia y la tecnología. Ambas son indispensables en el desarrollo del país, pero mientras la ciencia tiene mucho más que ver con la cultura y con el crecimiento espiritual de los mexicanos, la tecnología se dedica a la producción de bienes de consumo y/o de servicio. Su actual matrimonio obedece al concepto utilitario de la ciencia, que desde hace un siglo domina el pensamiento de la clase en el poder en los países occidentales desarrollados, donde prevalece la idea de que el bienestar general se alcanza a través del consumismo, la posesión de bienes materiales y el crecimiento económico. Esta postura tiende a rebajar la naturaleza de la ciencia, prostituyendo su verdadero e histórico papel de único vehículo del conocimiento humano, por el de mera fuente de trucos para hacer más rápida y eficiente la transformación de la Naturaleza en bienes de consumo y/o servicio.

b) En segundo lugar, CONACyT nació como un organismo político, no como una agencia técnica. El Consejo del CONACyT está formado por cinco ministros de Estado (Educación Pública, Industria y Comercio, Hacienda y Crédito Publico, Agricultura y Ganadería, Salubridad y Asistencia), dos rectores (UNAM, IPN) y un director general. La única concesión hecha a los ángulos culturales de la ciencia es que el presidente del consejo es el ministro de Educación; sorprende la ausencia de la Secretaría de Defensa, que en otros países tiene profundos intereses en la tecnología y hasta en la ciencia, así como la presencia de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, cuya conexión con los objetivos del CONACyT se me escapa. Lo que un Consejo así constituido pueda contribuir a las decisiones generales del CONACyT es exclusivamente político: las decisiones técnicas en ciencia y/o tecnología no tienen nada que ver con los intereses y los conocimientos de los titulares mencionados. No incluyo en este juicio a los rectores, quienes por su investidura están primariamente interesados en la vida académica, o sea en la promoción de la ciencia, más que en el desarrollo de la tecnología. Pero, una vez más, su posición es necesariamente política, no técnica: los rectores están ahí porque son autoridades político-académicas, no investigadores científicos. c) CONACyT tiene a su cargo el desarrollo y la promoción de toda la ciencia y toda la tecnología de México. Este es un paquete demasiado grande, no es humanamente posible hacerlo bien cuando se abarca tanto. Además, considerando que dentro de las áreas incluidas en el interés oficial de CONACyT se encuentran algunos de los campos más esotéricos y complejos del saber humano, la probabilidad de no entender lo que está pasando o lo que se quiere alcanzar es casi una certeza. Los problemas no terminan ahí: la tecnología no es precisamente un juego de niños, sino todo lo contrario. Las exigencias del conocimiento preciso no se relajan porque el campo examinado en lugar de ser teórico, sea práctico. d) Las objeciones anteriores se desvanecerían como el rocío nocturno ante el sol de la mañana si los mecanismos introducidos desde hace diez años para neutralizarlas hubieran resultado efectivos. Pero todas las reuniones, congresos, consejos, comisiones, estudios especiales, etc., que se han realizado en el seno de CONACyT en los últimos (y primeros) diez años de su existencia, sólo han servido para reafirmar que el organismo está congénitamente mal hecho, que es defectuoso e incapaz de un desarrollo productivo.

La solución a este problema es aceptar que las autoridades oficiales mexicanas también son susceptibles de hacer algo mal o por lo menos no muy bien hecho, y volver a hacerlo, aprendiendo de los errores cometidos y evitándolos en el nuevo intento. Mi proposición es que el CONACyT actual desaparezca completo (empleados, programas, edificios, convenios, proyectos, etc.) y en su lugar se establezca un grupo de dependencias oficiales que lo sustituyan y lo mejoren, gracias a que posean las siguientes característica: a) ser pequeñas, ágiles e independientes entre sí; en otras palabras, que no dependan de una supraestructura creada simultáneamente, con todos los defectos de la que acabo de describir; b) estar dedicadas a la promoción, el, apoyo y el desarrollo de áreas específicas de la ciencia o de la tecnología, pero nunca a ambos, c) poseer una estructura laxa y variable, de modo que puedan acomodar todas las distintas modalidades que las respectivas comunidades científicas puedan adoptar; d) estar constituidas por miembros reconocidos y respetados de la comunidad científica en la que inciden, para que los investigadores relevantes no tengan reticencias al acercarse y establecer relaciones con las autoridades; e) tener programas de desarrollo abiertos a cualquier diseño o estructura que surja de la comunidad científica que, en última instancia, va a llevarlos a cabo; f) contar con mecanismos fácilmente accesibles para modificar cualquiera de los puntos anteriores, que además de exhibir la más generosa latitud en sus posibles variaciones, debe subrayar la prevalencia de la más amplia receptividad para cualquier esquema que se aparte de las reglas antes mencionadas.

Las becas-préstamo son totalmente insuficientes para liberar al estudiante graduado de toda preocupación económica y favorecer de esta manera su dedicación exclusiva al estudio y a su preparación. Los pocos que pueden hacerlo son hijos de familia que cuentan con la ayuda paterna o de otras fuentes.

La renovación que representa el cambio de autoridades al final del sexenio político en México es una oportunidad para corregir errores y resolver problemas. Ojalá que las personas que van a regir el destino de nuestro país por 6 años a partir de fines de 1982, así lo reconozcan y actúen con serenidad y firmeza. En el campo de la ciencia hay mucho por hacer, tanto por las autoridades como por los investigadores. Hagámoslo juntos, pero tratemos de hacerlo bien y de común acuerdo.

NOTAS

1) Pérez Tamayo, R.: «Ciencia, paciencia y conciencia en México», en Cañedo, L, y Estrada, L. (eds): La Ciencia en México. Fondo de Cultura Económica, México, 1976, pp. 26-42; En defensa de la ciencia. Limusa, México 1979 y Serendipia. Siglo XXI Editores, México, 1980.

2) «Ciencia y desarrollo en México» Nexos núm. 14: 29-33. 1979.

3) Véase Ruy Pérez Tamayo: «¿CONACyT o Kafkacyt?», Nexos, núm. 45: 23-31, 1981.

4) Córdoba, F.: «La ciencia en la provincia mexicana», Nexos, núm. 20: 617, 1979.

5) «¿CONACyT o Kafkacyt?», Nexos, núm. 45. 

6) Ibid.

TABLA 1

10 PROBLEMAS DE LA CIENCIA EN MEXICO Y 9 SOLUCIONES PARA  ELLOS.

PROBLEMAS

1) Participación insuficiente de los miembros de la comunidad científica en el CONACyT.

2) Presupuestos insuficientes para apoyar en forma completa a la investigación que ya existe actualmente.

3) Timidez en el desarrollo del programa de descentralización de la ciencia en México.

4) Incapacidad para fomentar el desarrollo de grupos interinstitucionales de investigación.

5) Falta de coordinación efectiva entre las distintas agencias oficiales dedicadas al apoyo de la investigación científica.

6) Incoveniencia de la beca-préstamo; monto insuficiente de las becas, que impide la dedicación exclusiva del estudiante al trabajo académico.

7) Ausencia casi completa de participación de CONACyT en la educación del público sobre la ciencia y la tecnología.

8) CONACyT es un organismo político y los nombramientos de sus directivos se han hecho atendiendo a intereses políticos que técnicos.

9) Desarrollo desaforado de la burocracia, que ha llegado a un nivel intimidante.

10) Mayor interés en promover al propio CONACyT como institución, que a la ciencia y a la tecnología del país.

SOLUCIONES

1) Mayor participación de la comunidad científica en el diseño y evaluación de los programas de CONACyT.

2) Aumento suficiente del presupuesto, en base a la capacidad existente de investigación en el país.

3) Llevar a cabo la descentralización en forma decidida y completa.

4) Promover vigorosa y eficientemente la formación de los grupos que ya han alcanzado en nivel suficiente de desarrollo.

5) Establecimiento de la máxima coordinación y de una oficina abierta al público donde se tenga toda la información existente al respecto.

6) Abolición de las becas-préstamo, que deben ser simplemente becas; aumento del monto de las becas de modo que permitan dedicación exclusiva al estudio y a la investigación.

7) Establecimiento de una campaña vigorosa par difundir la naturaleza, los métodos y los beneficios de la ciencia y la tecnología.

8) Con la desaparición de CONACyT se resuelve este problema; sin embargo, se recomienda que los directivos de las pequeñas agencias que lo sustituyan se escojan entren los miembros de la comunidad científica y no entre los políticos.

9) Desaparición de CONACyT y creación de un grupo pequeño de agencias independientes encargadas de la promoción y el apoyo de áreas específicas de la ciencia; otras agencias se encargarían de la tecnología, pero no las mismas.