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Vicente Leñero: Martirio de Morelos, México, 1981, Ariel y Seix Barral, 139 pp. Jorge Ibargüengoitia: Los pasos de López, México, 1982, Ediciones Océano, 154 pp.

Por lo general, la vida de los héroes nacionales es material oratorio para funcionarios y horas de fastidio para estudiantes de primaria y secundaria. Su ámbito está íntimamente ligado a la organización de «años en memoria de», bautizos de nuevos planteles escolares o celebraciones de sociedades patrióticas; su carácter de justificación histórica y de tutora del presente la ha reducido a las consideraciones cinematográficas de Tony Aguilar. Por esta razón, los intentos de desacralizar el panteón son un esfuerzo de frescura y rebeldía que rebasa el marco cronológico respectivo. Los últimos libros de Vicente Leñero y Jorge Ibargüengoitia coinciden en este proyecto; sin embargo, sus resultados son absolutamente contrarios.

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Martirio de Morelos «intenta reproducir, con escrupuloso rigor documental, los últimos días en la vida del más encomiado caudillo de la Independencia Mexicana, José María Morelos». El libro registra su aprehensión, los distintos juicios de que fue objeto, su arrepentimiento y la ejecución final, en un «trabajo literario» que exigió determinado tratamiento de las fuentes directas para someterse a las características de «un texto de literatura dramática», todo esto detallado en las «advertencias» de la obra. Lo que el lector halla es un subproducto que en sus pretensiones imparcialmente objetivas rehuye el mínimo esfuerzo literario por elaborar personajes, caracteres y situaciones, una amalgama ramplona de datos y documentos que quieren revelar al otro Morelos, el que no soportó las presiones de la conciencia inquisitorial, y sólo atina a volver melodrama la confusión que se quiere argumento. La pieza abre con el encuentro de Morelos y un, lector contemporáneo poseedor de la mejor edición de una enciclopedia imposible en un solo tomo; el remordimiento del héroe contrasta con la información bibliográfica que lo consigna como mártir; el desarrollo ulterior intentará mostrar los verdaderos elementos de su historia guardando para el lector el papel de observador: «Morelos: ¿Pero usted cómo vio el interrogatorio? Traté de ser convincente. Dije la verdad, solamente la verdad… ¿O qué piensa?, dígame./Lector: Es muy poco lo que puedo decir./Morelos: Usted fue testigo. Tendrá una opinión personal./Lector: Yo no tengo opiniones personales, me limito a escuchar lo que escucho.!Morelos: ¿Me vio temeroso? /Lector: El libro dice que estuvo sereno, impávido, valiente, inalterable./Morelos: Pero qué dice usted. Usted que se hallaba aquí. Usted que me vio, que me escuchó hablar./Lector: Yo no sé más de lo que se encuentra escrito en el libro». Con los recursos de Cantinflas Show, Vicente Leñero hila los resultados de su investigación anulando sus posibilidades literarias y críticas en el lloriqueo de la dimensión humana y los dilemas morales de la condenación histórica. Si hay algo interesante en la lectura de Martirio de Morelos es el pretexto para considerar el desarrollo de un escritor cuyos temas han sido piedra de escándalo para los espectadores de clase media: de las palabras prohibidas de Los albañiles, al padrecito calenturiento de Pueblo rechazado, a la música de José de Molina para Compañero (que estrenaba una marcha de las madres latinas: «A parir madres latinas/A parir más guerrilleros. Ellos sembrarán jardines/Donde había basureros») se encuentran algunos de los productos de fábrica cultural para construir la conciencia social del nuevo consumidor ilustrado.

Del lado del humor y el oficio literario, Los pasos de López inventa la historia a su modo: en el pueblo de Cañada los corregidores Diego y Carmelita Aquino, un Periñón Cura de Ajetreo, los capitanes Ontananza y Aldaco, y el narrador Matías Chandón, junto con otros criollos notables del lugar, conspiran para lograr la independencia de Nueva España. El libro va desde el breve recuento dé la juventud de Periñón, cuando era alumno destacado del seminario de Huetámaro y gana una beca para estudiar en Salamanca, hasta su fusilamiento después del fracaso de la insurrección. La coquetería de la corregidora, su relación con Ontananza y la estupidez de su marido son un saludable contrapeso a la memoria de un documental que el 16 de septiembre presentaba a la heroína como espejo de virtudes y amazona criolla. Frente a lo estentóreo de la memoria oficial uno recupera la caricatura del personaje imaginario: «Era otro cerro, el del barrio de San Antonio, un apiñamiento de casas de adobe con cercas de nopal. Había montones de estiércol, humaredas, hombres dormidos, mujeres cargando rastrojo, niños jugando en el lodo, perros ladrando. La corregidora exclamó: -íQué dignidad hay en la pobreza!» Con la misma coartada los demás héroes aprovechan también las características incómodas para la moral histórica, y elaboran así otro registro de los hechos: «Comprendí entonces las ventajas que tiene ir en la avanzada de un ejército que llega a una ciudad amiga. No hay nada igual. Las mujeres me abrazaban, me jalaban, me besaban, querían arrancarme los botones del uniforme, los hombres me ofrecían jarros de pulque», hasta llegar a la culminación de Periñón que en el último gesto reitera su rebeldía al firmar su acto de contrición, con el nombre del personaje que representaba en la comedia ensayada en la junta independentista. A pesar de esto, Los pasos de López es un libro flojo, actúa a contragolpe, tal vez demasiado ligado con los modelos reales de sus protagonistas, aunque no deja de proporcionar frescura al acedo panorama del panteón nacional.