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Piedras en el engranaje

José Luis Rhi Sausi. Economista, director de Información obrera.

HACIA UNA CAMISA DE FUERZA

La historia reciente del movimiento obrero aparece cruzada por dos grandes paradojas. La primera es que en su inicio, al triunfo de la revolución de 1910, era una clase incipiente, con un peso relativo escaso frente a los de otros sectores de la sociedad nacional y con formas de organización pertenecientes todavía al siglo pasado, pero logró una serie de conquistas de carácter jurídico y legal que rebasaban con mucho sus propias fuerzas y organización: el artículo 123 de la Constitución de 1917 fue sorprendente en su anticipación al desarrollo real de la clase obrera mexicana. La segunda es que esa misma clase ha acumulado una larga tradición de luchas y su peso específico ha aumentado en forma notable, pero es hoy una clase obrera enormemente retrasada en cuanto al reconocimiento real de sus derechos, su participación en los resultados del desarrollo, su organización y, en general, su presencia política como clase en el país.

Sobre la situación de la clase obrera y su dinámica parece existir una bruma. No es sólo un problema de falta de información o de conocimientos parciales. También es particularmente aguda la insuficiencia de los esquemas mismos de interpretación, de los instrumentos analíticos y de los planteamientos vigentes en la mayoría de los programas políticos y sindicales. Estos retrasos analíticos contrastan notablemente con la irrupción del proletariado en el país durante los últimos veinte años. Ha sido una irrupción significativa, primero en el orden cuantitativo, pero que abarca ya aspectos menos evidentes pero más profundos, como el de las transformaciones en la organización del trabajo.

Se ha insistido con razón en el divorcio entre la sociedad civil y el Estado. No es menos significativa la separación entre las estructuras sindicales y políticas de la clase obrera y la clase obrera misma. Aun para el sindicalismo oficial la separación es cada día más patente. En la base de esta situación hay un proceso objetivo: la reproducción del capital ha traído consigo, aunque a un ritmo mucho más lento, la reproducción del trabajo asalariado.

Las instituciones oficiales obreras -políticas y sindicales- originadas en periodos precedentes, muestran graves rigideces al enfrentarse a la nueva realidad del trabajo que genera aquella reproducción tecnológica y fabril, de modo que instituciones hegemónicas, como la CTM, el Congreso del Trabajo o la diputación obrera, tienden a volverse una camisa de fuerza para el proletariado actual. Dos hechos recientes permiten ver con mayor claridad esta situación: por una parte, la suerte de las iniciativas de ley presentadas por la diputación obrera en la Cámara de Diputados; por la otra, los cambios sindicales que han tenido lugar en la Volkswagen.

El desarrollo del capitalismo en México puede verse como un proceso histórico de transformación de la población heredada al triunfo de la revolución en fuerza de trabajo asalariada. Proletarizar, por las buenas y por las malas, ha sido el resultado presistente de todos los movimientos sociales desde el siglo pasado.

LEYES Y HECHOS

El primer caso, fue un claro síntoma de pérdida de capacidad de negociación con el Estado del sindicalismo oficial, que implica un cuestionamiento de las bases mismas de su sustentación en el seno de la clase obrera. Porque hoy más que antes, el sindicalismo oficial debe dirigirse convincentemente a dos públicos: al Estado, mediante las numerosas y contradictorias presiones verbales que recuerdan la importancia del control obrero, y a la clase obrera misma para renovar o recomponer en ella la presencia representativa de la organización oficial.

Las diez iniciativas de ley son sin duda demandas progresistas. Particularmente la semana de 40 horas y el salario remunerador tienen una importancia comparable a la reglamentación del artículo 123 en 1931. Se trata de demandas que de ser puestas en práctica incidirían directamente en el patrón de desarrollo capitalista del país, tanto en términos económicos como políticos. Esto significa que la posición de las organizaciones obreras no es superficial, y por ello mismo no puede ser subestimada. Pero también significa que su realización supone una conquista más que una concesión, y alcanzarla implica abandonar los instrumentos tradicionales de negociación ya que requiere democratización, movilización, información: lucha obrera de masas.

La postulación misma de estas demandas, confiere en alguna medida la legitimidad que necesitan las organizaciones oficiales en relación a los trabajadores. Paralelamente, esta plataforma obrera, ciertamente incompleta, se convierte en un instrumento de control y negociación, reduce esas auténticas e importantes reivindicaciones del movimiento obrero a demandas corporativas que buscan actualizar la tradicional política obrera mexicana.

El recambio sindical en Volkswagen pone de manifiesto la crisis de un tipo de sindicalismo que se planteó como independiente y alternativo al oficial, un sindicalismo que se ha desarrollado en sectores de la nueva clase obrera con formas organizativas autoritarias que de alguna manera han encontrado condiciones en la irrupción obrera más reciente, alimentada principalmente por la población urbanizada de los barrios periféricos de las grandes ciudades y sus pueblos circunvecinos. El recambio democrático de Volkswagen, sin embargo, habla de una madurez obrera que no concibe la independencia organizativa sin democracia sindical, y que expresa firmemente la necesidad de una auténtica autorganización de clase. Con ello los nuevos sectores obreros industriales no sólo niegan las prácticas del sindicalismo oficial, cuya presencia es más bien pobre, sino que elevan problemas y exigencias nuevas a todo aquel sindicalismo que se postule como democrático e independiente. 

Los obreros de VW, como quizá muchos otros, rechazan tanto al sindicalismo oficial, como al «independiente» antidemocrático. En muchos sectores industriales la emergencia política de los obreros, su mayor politización, se traduce en un desgarramiento de luchas intestinas entre tendencias de escasa representatividad. Ante ese panorama Conviene preguntarse cómo recoger en propuestas sindicales y políticas los dos problemas centrales para el fortalecimiento de la clase obrera en el país, a saber: la democracia obrera y la unidad de clase. Aun las expresiones más lúcidas que surgieron o acompañaron la insurgencia sindical de principios de los años setenta encontraron grandes obstáculos para su inserción real en el seno de la clase obrera.

SOBRE UN PROLETARIADO SIN SALIDA

La separación entre la realidad obrera y las expresiones teóricas y políticas adopta en ese problema un carácter decisivo. La respuesta habría que buscarla, creemos, en las condiciones materiales, en la estructura productiva, los procesos de producción y de trabajo, la recomposición obrera, la reconstrucción no esquemática de la historia. La información directa debe sustituir la fácil adjetivación ideológica como base de los análisis políticos. No es posible reducir las interpretaciones a una lucha entre buenos y malos, donde la corriente política o sindical que enjuicia parece ser el pianista del saloon que sigue tocando mientras los buenos y los malos pelean. De lo que se trata es de enjuiciar también al pianista y de poner en entredicho los esquemas interpretativos que en el plano político están siendo refutados por la realidad material.

El aspecto más notorio de esa realidad es la disgregación obrera, que parte de una gran diversidad objetiva de las condiciones de trabajo y de vida. La disgregación se extiende también a las condiciones de la fuerza de trabajo constituida por desempleados y subempleados del campo y la ciudad. Estas condiciones del mercado de trabajo son la piedra de toque de todo esfuerzo de entender las bases materiales de la situación obrera.

El desarrollo del capitalismo en México puede verse como un proceso histórico de transformación de la población heredada al triunfo de la revolución en fuerza de trabajo asalariada. Proletarizar, por las buenas y por las malas, ha sido el resultado persistente de todos los movimientos sociales desde el siglo pasado. Incluso aquellos que pelearon para no serlo, fueron proletarizados. La proletarización, sin embargo, está muy lejos de ser un proceso lineal. Su primer paso, la separación real del productor directo de sus medios de trabajo, casi ha sido completado por el capitalismo industrial. Otra cosa bien distinta ha sido crear las condiciones y la organización para la venta real de la fuerza de trabajo. Esta proletarización en sentido estricto normalmente no emerge mecánicamente del desarrollo, sino que es impulsada y conquistada por los propios trabajadores y sus organizaciones al enfrentar las realidades del mercado de trabajo. En el caso mexicano, la existencia de una enorme masa constituida en ejército de reserva, ejerce sobre la ocupación una despiadada competencia que hace sumamente difícil unir orgánicamente las distintas modalidades de la fuerza de trabajo. Incluso para diversos sectores de la clase obrera, por mucho tiempo, la defensa de su puesto ha implicado la marginación deliberada de sectores no ocupados.

Ante estas dificultades, la clase obrera en México no ha podido utilizar la palanca fundamental del control sobre el mercado, para elevar sus reivindicaciones económicas, políticas, culturales, y se ha visto obligada a dejar que el proceso objetivo, las «fuerzas libres del mercado», modifique y amplifique la disgregación de la fuerza de trabajo. Sobre estas bases materiales se ha levantado el sindicalismo hegemónico del país, que con frecuencia toma como fundamento de su representatividad la defensa corporativa del empleo.

La única posibilidad que tenía el movimiento obrero para reforzarse, dadas las reducidas dimensiones de la base de acumulación, era obtener soluciones políticas preferentes en relación con los otros sectores populares. Tocó al nuevo Estado llenar ese vacío político sancionando, a través de las organizaciones oficiales, la escisión de la fuerza de trabajo.

PRECOCIDAD Y CORPORATIVISMO

De manera muy breve podemos señalar que la historia de este proceso se inicia con una aparente contradicción: la minúscula clase obrera mexicana de principios de siglo, logró una serie de reivindicaciones elevadas a nivel jurídico-institucional que sólo movimientos más potentes y maduros lograban en ese mismo periodo. Ciertamente la coyuntura revolucionaria explica buena parte de este hecho. Pero había también algo más. Había en el entorno una situación obrera revolucionaria mundial, que si bien no desembocó en el «asalto al cielo» general, sí logro el reconocimiento de los trabajadores como clase social y no como simple suma de individuos aislados. Con la existencia legal de sus organizaciones laborales de clase y otros derechos sociales, se abrió una nueva fase en el capitalismo internacional, cuya primera expresión importante se dio con la República de Weimar. Con la promulgación de una serie de preceptos laborales en el 1917 y en 1931, el movimiento obrero mexicano formaba parte de esa generación obrera internacional que sentaba las bases para las nuevas formas de la lucha de clases.

Esta precoz modernidad de la clase obrera mexicana enfrentaba, sin embargo condiciones materiales internas sumamente adversas. Primero que todos su reducido peso social en un país eminentemente campesino. Incluso en Europa el movimiento obrero tuvo que esperar varios decenios para hacer realidad sus conquistas y apoyarse en bases más amplias de acumulación y de inserción en el mercado mundial. Las conquistas de la clase obrera de México no reflejaban su verdadera correlación de fuerzas y el plano jurídico se mantenía cada vez a mayor distancia de la realidad. La única posibilidad que tenía el movimiento obrero para reforzarse, dadas las reducidas dimensiones de la base de acumulación, era obtener soluciones políticas preferentes en relación con los otros sectores populares. Tocó al nuevo Estado llenar ese vacío político sancionando, a través de las organizaciones oficiales, la escisión de la fuerza de trabajo.

Si en Europa el Estado que emerge se funda en un «pacto social» entre el proletariado como clase mayoritaria de la población y la burguesía, en México el Estado se funda a partir de «pactos-fragmentados» por un lado con los tres principales sectores de la fuerza de trabajo (campesinos, obreros y sectores populares urbanos) cuya condición esencial fue la organización vertical y la separación horizontal. El toque maestro fue la constitución del PRI, que más que un partido se convirtió pronto en un verdadero régimen político, cuyos tres pilares, CTM, CNOP y CNC, le dan personalidad institucional a la separación política de las tres formas de la fuerza de trabajo mexicana.

Más allá de la historia específica, los resultados son evidentes: en el plano económico, el control absoluto del mercado de trabajo generó una base productiva sumamente flexible para los proyectos capitalistas del país. En el plano político, la organización corporativa convirtió los movimientos sociales de oposición y de protesta en movimientos sectoriales, fragmentarios y regionales.

PIEDRAS EN EL ENGRANAJE

Por un buen tiempo este mecanismo de relojería pareció eterno. Pero su propio funcionamiento contenía los elementos de su agotamiento. Su éxito ampliaba la base económica y las exigencias de un desarrollismo salvaje minaban sus bases políticas de sustentación. Lo primero en desquiciarse fue el mercado de trabajo. El abandono y la marginación del campo provocaron la invasión urbana de grandes masas. El ejército de reserva se modificó, y al mismo tiempo que crecían los sectores asalariados urbanos, lo hacían las presiones sobre el mercado de trabajo urbano. La explosividad social, real y potencial, hizo saltar los viejos mecanismos de control, y la CNC y la CNOP, además de modificar su propia base, iniciaron su caída como organizaciones de masas. La CTM misma se enfrenta a dificultades para hacer funcionar sus mecanismos tradicionales. La similitud de los problemas actuales con los viejos, sobre todo los que se refieren a la difícil unidad proletaria y popular, no debe hacer olvidar las sustanciales diferencias. Las condiciones objetivas son hoy menos desfavorables para los proyectos de transformación que antes. La diferencia esencial es que existe un vigoroso y joven proletariado cuya inserción política constituirá el verdadero fiel de la balanza del próximo periodo. Sus retos fundamentales son demostrar su madurez para constituir sus organismos democráticos de clase, incrementar su preocupación por, y su aprendizaje de, otros movimientos obreros, buscar la incorporación en su proyecto de los otros sectores populares, afrontar los nuevos problemas económicos, principalmente la inflación y la desocupación y, en resumen, organizar su incorporación para la transformación de la estructura productiva.