Era 1926. El Frankfurter Zeitung le encomendó a Joseph Roth realizar una serie de reportajes en la Unión Soviética. La Revolución era celebrada por legiones que veían en ella el primer paso hacia un futuro luminoso, armónico, en el cual la explotación sería desterrada y cada quien recibiría aquello que su necesidad ordenara. Otros más la combatían como un movimiento bárbaro que estaba construyendo un poder sin contrapesos, sin garantía alguna para los ciudadanos, un dominio dictatorial del Partido que se había atribuido el papel de guía de la humanidad oprimida. Era apenas su noveno aniversario y el “experimento” generaba las más polarizadas reacciones.

Ilustración: Jonathan Rosas

Roth no sólo aceptó, viajó por la Unión Soviética y puntualmente informó en breves artículos, con un toque personal, sensible y quizá hasta excéntrico, sobre temas tan diversos como la situación de la mujer, la Iglesia y el ateísmo, los emigrantes zaristas o los pueblos del Cáucaso (Viaje a Rusia, traducción de Pedro Madrigal, edición y posfacio: Klaus Westerman, Minúscula, Barcelona, 2008). En uno de ellos, publicado el 28 de diciembre de 1926, quiso dar cuenta de la situación de la opinión pública, los periódicos y la censura, que empezaba de la siguiente manera: “Constituye la esencia de una dictadura reaccionaria (por ejemplo, la de Mussolini) que prohíba. Pertenece a la esencia de la dictadura proletaria de Rusia el que (en la actualidad) dicte más que prohíba…”. Un matiz que se prestaba para una formulación irónica. Se podría decir que en la URSS no había censura porque censurar es prohibir que uno diga lo que piensa; en cambio en la República de los Soviets no existía esa prohibición, solamente te indicaban, te dictaban, lo que debías decir.

Más de 30 años después, en 1958, un exilado ruso, que para entonces era y había sido maestro de literatura en distintas universidades norteamericanas y que alcanzaría una vigorosa celebridad con su novela Lolita, ofreció una conferencia en el Festival de las Artes de la Universidad de Cornell sobre “escritores, censores y lectores rusos”. Vladimir Nabokov no podía resistirse a “ese respiro que es la ironía” ni “a ese lujo que es el desprecio”, y trazaba en grandes y certeras pinceladas la presión improductiva que el nuevo poder ejercía sobre los creadores y las coacciones que antes y después de la Revolución habían sufrido y sufrían los escritores.

Se permitía transcribir pasajes de alguna novela en la cual la heroína se sentía obligada a declararle a su pareja que “había algo que amaba con más fuerza… El Partido”. Porque lo que lo irritaba era esa literatura realizada por encargo, con la misión de “educar” en las “verdades” del nuevo poder, “montañas de tópicos, mesetas de vulgaridades”. Y todo ello porque el Estado “no puede tolerar la existencia de la búsqueda personal, del coraje creador, de lo nuevo, lo original, lo difícil, lo extraño”.

No era algo del todo nuevo, pero afirmaba que, en el siglo XIX, “en Rusia… existían, sí, restricciones, pero no se daban órdenes a los artistas”. “Aquellos escritores… vivían en un país de opresión y esclavitud, pero tenían… la inmensa ventaja… de no verse obligados a decir que no había opresión, que no había esclavitud”. Es decir, unos márgenes de libertad superiores a los del nuevo régimen. No edulcoraba el pasado. Los zares, destacadamente Nicolás I, habían intentado ser todo para los creadores: “padre, padrino, ama seca, nodriza, carcelero y crítico literario”. Eran además matones y payasos y sin duda censores, intolerantes, pero los escritores podían ejercer “el agudo placer de irritar al gobierno y reírse de él de mil maneras sutiles, deliciosamente subversivas, que la estupidez gubernamental era totalmente incapaz de controlar”.

Pero si la primera fuerza que luchaba contra el artista era el gobierno, la segunda era la del utilitarismo político, la dictadura de la causa, la de la supuesta obligación de trabajar para el partido de la transformación. “Los críticos radicales combatían el despotismo, pero desarrollaron un despotismo propio”. Pretendieron dictar lo que se debía escribir y lo que no. Muchos de ellos fueron —decía— incorruptibles, heroicos, indiferentes a las privaciones del exilio o la cárcel, pero altamente celosos de los dichos y escritos que debían ajustarse a su norma. “Si para los zares los escritores debían ser servidores del Estado, para los críticos radicales debían ser servidores de las masas” (Curso de literatura rusa, Maxi, Barcelona, 2016).

Para ambos, Roth y Nabokov, ni el periodismo ni la literatura (la creación en general) encontraban espacio propicio para desarrollarse en un mundo inundado de lemas y consignas oficiales que se presentaban como el pregón de la verdad. Un universo construido de contraseñas elementales y pegajosas forjadas desde “arriba” que llamaban a la repetición cansina y alérgicas a la argumentación. Una retórica, acompañada de la fuerza, primitiva, elemental y contraria a cualquier planteamiento medianamente sofisticado.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.