La izquierda latinoamericana disfrutó de pocas experiencias de gobierno antes del primer decenio del siglo XXI. En parte por eso, este número de la revista Nexos está dedicado a las enseñanzas del paso de la izquierda por el poder a partir del año 2000, para ser sintéticos. Y esas enseñanzas son muchas. No obstante, existen algunos antecedentes —unos efímeros, otros duraderos— del tránsito de las fuerzas progresistas por el gobierno antes de esa fecha. A esos casos se dedican estas breves notas, apoyadas en investigaciones expuestas hace un cuarto de siglo en La utopía desarmada: la izquierda latinoamericana después de la Guerra Fría.

Podríamos ampliar el número de ejemplos, como de enseñanzas. Además de Jacobo Arbenz en Guatemala, de Fidel Castro en Cuba, Juan Velasco Alvarado en Perú, Salvador Allende en Chile y los Sandinistas en Nicaragua, los precedentes de los años treinta —el Frente Popular en Chile, Cárdenas en México, incluso Vargas hasta 1954 en Brasil y tal vez Perón— podrían ser incluidos junto con el Trienio en Venezuela, Juan Bosch en República Dominicana y algunos más. Asimismo, aunque nos limitaremos aquí a las lecciones relativas a Estados Unidos, al ala izquierda de cada caso y a los equilibrios macroeconómicos, hay muchas otras. Por lo tanto, las sucintas y arbitrarias reflexiones que siguen deben leerse con esos pocos granos de sal.

Ilustración: Patricio Betteo

 

Primero la política, diría Mao. No hay gobierno de izquierda o revolucionario que no haya debido atender, contender o combatir a su propia ala izquierda. Desde los Social-Revolucionarios y marinos de Kronstadt frente a Lenin en la Revolución de octubre, hasta algunos radicales en Managua (y en La Habana) frente a los nueve comandantes del Frente Sandinista, siempre surge un grupo de aliados/rivales/compañeros de camino situados a la izquierda del núcleo en el poder. Plantean metas, métodos y alcances mucho más extremos y ambiciosos que aquellos propuestos y aceptados por quienes poseen el poder y deben administrarlo. Con Arbenz, a pesar de la disciplina y la moderación de los comunistas —es decir del Partido Guatemalteco del Trabajo—, sus seguidores buscaban ir más lejos en los hechos: en la reforma agraria, en los derechos obreros, y en reformas como el impuesto sobre la renta, que el equipo del presidente ex militar derrocado por la CIA en 1954. En Cuba, con todos los secretos y misterios que se quieran, Ernesto Guevara se convirtió en el ala izquierda de Fidel Castro en muchos aspectos; tanto en materia de política económica como internacional. Para los peruanos, las movilizaciones campesinas, Edgardo Mercado Jarrín en la Cancillería, y las movilizaciones obreras generaron complicaciones para un régimen con ambiciones revolucionarias y tercermundistas y a la vez anticomunistas. Allende tuvo que lidiar con el MIR, con un amplio sector de su propio Partido Socialista encabezado por Carlos Altamirano y con grupos más extremistas; pero quizás sobre todo padeció los efectos políticos de las tomas de tierras, de los activistas obreros en los cordones industriales y de los pobladores, que en los hechos, socavaban su proyecto de intenciones reformistas o moderadas.

Los Sandinistas resintieron en carne propia no sólo sus propias divisiones y las presiones de sus bases, sino también las de sus vecinos. De manera muy comprensible, la izquierda salvadoreña, a partir de octubre de 1979, comenzó a presionar al régimen revolucionario de Nicaragua para que se solidarizara con la creciente ola insurreccional en El Salvador. Los Sandinistas no tuvieron más remedio que acceder a las peticiones, y desde antes de la victoria de Ronald Reagan en las elecciones de noviembre de 1980 en Estados Unidos, iniciaron el trasiego de armas hacia el país vecino. Fueron el ala izquierda de los comandantes verde olivo de Managua.

Castro manejó el dilema mejor que nadie, pero de manera difícil de reproducir en otros países. Por su parte, Allende pagó más caro su fracaso. La moraleja es clara. Si un gobierno de izquierda, producto de una revolución, de un golpe o de una elección, no cuida su flanco de izquierda, va al despeñadero. Cuidar ese flanco no consiste en reprimirlo, ni en aceptar sus chantajes. Significa prestarle la atención suficiente, y sobre todo, tal vez, desistir de utilizarlo como espantapájaros: para justificar decisiones excesivas o equivocadas del propio régimen. El pretexto de que “me lo impuso mi gente” no funciona.

 

La segunda lección involucra el tema del nacionalismo y la relación con Estados Unidos. A diferencia de experiencias en países de Europa, donde el tema nacional no figuró en el centro de las demandas revolucionarias, en el llamado Tercer Mundo y en particular en América Latina, el nacionalismo suele ser la madre de todas las consignas. Desde luego también en China y Vietnam, pero el carácter incompleto de la construcción nacional en muchos países de nuestra región y la constante injerencia de otras potencias le brindaron al nacionalismo un derecho de ciudad previsible y lógico. Dicho nacionalismo, a su vez, no podía más que convertirse en “antiimperialismo”, ya que la inspiración marxista inicial o tardía de los citados movimientos de izquierda —a diferencia de los populistas de los años 30 y 40— se fundió con el sentimiento nacional agraviado. Y el “antiimperialismo” de manera inevitable se transformó, toujours déjà, en una postura “antiyanqui”, por razones perfectamente entendibles. Quienes invadieron, intervinieron, presionaron, en una u otra medida a todos los países mencionados, fueron los Estados Unidos. Desde la Enmienda Platt en 1905 para el caso de Cuba, hasta el financiamiento y organización de la llamada “contra” en Honduras durante los años 80 para derrocar al régimen sandinista, e incluyendo los esfuerzos de la CIA para eliminar a Allende en Chile, Washington ha sido el blanco merecido del nacionalismo o antiimperialismo de izquierda en América Latina.

A lo largo de los años, éste se ha manifestado de múltiples maneras, desde lo frívolo hasta lo aterrador. En la mayoría de los casos, los episodios de enfrentamiento directo entre gobiernos de izquierda y Washington han sido provocados por Estados Unidos, a raíz de preocupaciones reales o ficticias, geopolíticas o comerciales. Difícilmente se hubieran podido esquivar. Eisenhower, Kennedy, Nixon y Reagan, en los ejemplos que nos ocupan, resolvieron, cada uno a su manera, acabar con los brotes revolucionarios, socialistas y antiimperialistas; nada que los gobiernos emanados de dichos brotes hubieran hecho o no habría evitado la confrontación. Pero como la historia no se escribe de antemano, sólo en retrospectiva, abundan las expresiones de animosidad antiyanqui innecesarias o, como dijimos, francamente frívolas. Éstas crean el clima en el que el “imperio” contraataca. Fortalece a los abanderados de la agresión en Estados Unidos, y debilita a los aliados naturales de los proyectos progresistas. Esta es la segunda enseñanza.

Dos ejemplos de frivolidad y una de sustancia ilustran esta tesis. Durante su larga lucha contra la dinastía somozista, los Sandinistas entonaban un himno de combate que, como todos los himnos, buscaba encender ánimos y vengar agravios. Una estrofa, muy natural para un grupo guerrillero clandestino, rezaba así: “Luchamos contra el yanqui, enemigo de la humanidad”. El problema fue que a partir de la llegada al poder de los “muchachos”, como los llamaba López Portillo, en cuyo avión presidencial desembarcaron en Managua, el gobierno que más asistencia les brindó durante su primer año de gestión fue el de …. Jimmy Carter. Se mantuvo en vigor el himno y la estrofa. Cuando perdió Carter y llegó Reagan a la Casa Blanca, entre los argumentos que utilizó para “demostrar” el anti-americanismo de los sandinistas, figuró ese junto con las posturas del nuevo gobierno revolucionario, en 1980, a favor de la OLP en Medio Oriente y contra los acuerdos de paz de Campo David entre Egipto e Israel en la Cumbre de Países No Alineados celebrada en La Habana en 1979. La compra de armamento soviético por los peruanos constituye un ejemplo análogo, más serio pero igualmente innecesario.

Salvador Allende, más sabio que los nicaragüenses en muchos sentidos, cayó en dos trampas semejantes diez años antes. Invitó a su toma de posesión en 1970 a Juan Mari Brás, líder histórico del Movimiento por la Independencia de Puerto Rico. La causa puertorriqueña pertenecía a la iconografía sagrada de la izquierda latinoamericana, ayer y ahora. El hecho de que los habitantes de la isla siempre hayan votado muy mayoritariamente contra la separación de Estados Unidos no perturba esta convicción. Para Allende, para los dirigentes de la Unidad Popular, para los demás integrantes de la izquierda latinoamericana aquel día de diciembre de 1970 la presencia de Mari Brás era indispensable, emblemática, un asunto de dignidad y solidaridad. Para Nixon y Kissinger también, pero al revés. Con ese talismán mostraban la peligrosidad y el antiamericanismo de Allende lo mismo que su prosovietismo acendrado. Justificaban, ex post, los intentos por impedir el ascenso de Allende a la presidencia y sus esfuerzos por consumar un golpe que lo derribara. ¿Lo hubieran intentado de todas maneras? Desde luego. ¿La causa boricua fue el único factor que provocó la animosidad de Washington? Por supuesto que no. ¿Era necesaria? Tampoco.

El otro incidente chileno es más conocido, más sustantivo y provisto de mayores consecuencias. Basta solo mencionarlo: la estancia de un mes entero de Fidel Castro en ese país, en octubre de 1971, recorriéndolo, dando cátedra, hablando de todo y con todos, y confirmando en los hechos la cercanía y la afinidad de la Unidad Popular con la Revolución cubana. Se han esgrimido diversas explicaciones al respecto: Allende no supo deshacerse de Castro; lo necesitaba para controlar a su ala izquierda; le debía mucho, etcétera. No valía la pena.

Lo que mi padre siempre llamaba el gesto gratuito debe desterrarse del manual de gobierno de un régimen de izquierda en América Latina (y por cierto, del mundo entero). Insultar al “gringo” o enarbolar la bandera de la independencia estridente puede provocar sensaciones orgásmicas en algunos erotismos, pero no aporta nada, no enseña nada, no moviliza a nadie de manera constructiva. Irrita enormemente al “imperio” a cambio de muy poco.

 

La tercera reflexión proviene de las catástrofes económicas padecidas por todos los gobiernos que hemos mencionado. De nuevo, se ha sostenido que los cataclismos financieros, inflacionarios, de escasez de bienes y servicios básicos, de racionamiento, provinieron de la hostilidad del imperialismo: bloqueo, agresión económica y sanciones, desinversión, etcétera. En ocasiones ha sido cierto, pero con más razón resulta imprescindible mantener el equilibrio macroeconómico. Aunque abundan —nuevamente— los orígenes del colapso de las finanzas públicas y de la economía en todos los casos que hemos enumerado —gasto excesivo, elevación de salarios, elefantes blancos, desinversión extranjera, fuga de capitales— quisiera concentrarme en uno: se trata de una vieja tesis desarrollista y dependentista de izquierda, que ha conducido al abismo a más de uno.

El Che y Pedro Vuskovic en Chile quizás fueron sus mayores víctimas, pero muchos otros también. En pocas palabras, se plantea que debido a la exigüidad del mercado interno con motivo de la pobreza y de los bajos salarios, frente a la subutilización de la capacidad instalada —agrícola y sobre todo industrial— basta elevar esa demanda interna para lograr un crecimiento económico superior, incluso sin mayor inversión a corto plazo. El primer año o dos, funciona. Suben el gasto público y los salarios; la planta industrial y la agricultura responden; la tasa de crecimiento aumenta; los precios no crecen demasiado. Pero pronto el esquema se viene abajo. En economías cerradas, o más abiertas, todo revienta por la balanza de pagos y el tipo de cambio.

La capacidad instalada subutilizada resulta ser un mito. Ni la industria nacional, cuando existe o cuando no (Cuba o Nicaragua), ni la agricultura, son susceptibles de responder al shot de demanda generada. Si además se generan caídas de productividad por esfuerzos —legítimos, de reforma agraria, en Cuba, Perú, Chile y Nicaragua— o por tomas de fábricas —más controvertidas— la oferta interna crece algo y luego se topa con limitaciones infranqueables. La demanda creciente se orienta, lógicamente, hacia el exterior, y se disparan las importaciones. Se podrían financiar con créditos, inversión extranjera o mayores exportaciones, pero ninguna de estas opciones alcanza. Si por añadidura se enfrenta un conflicto internacional, peor tantito: surge un creciente déficit comercial, se agotan las reservas, se devalúa el tipo de cambio y se detona una espiral inflacionaria imparable. O se da marcha atrás, o todo acaba mal. No sólo en América Latina: con estas y más simplificaciones, es lo que sucedió en Francia bajo François Mitterand entre 1981 y 1983. A fuerza de creer en los mitos tipo Eduardo Galeano o en las prisas por cumplir promesas de campaña o insurreccionales, se crece mucho al arranque y se paga mucho después. Las buenas cuentas del primer año se desvanecen. Es mejor esperar, cuidar las otras cuentas —externas—, cumplir con los compromisos paulatinamente, descreer de las soluciones milagrosas —con lo que el imperialismo nos saqueaba pagamos todo— y suprimir los espejismos. Los anteriores —los malos, represores, corruptos, lacayos del imperialismo, etcétera— no fracasaron en su crecimiento y desarrollo por idiotas.

Nadie escarmienta en cabeza ajena, salvo los filósofos. Ni siquiera los genios: Oppenheimer, el Prometeo norteamericano, cayó de la gracia de los dioses por sus propios errores, no solo por el macartismo. Ojalá estas sucintos recuerdos sirvan para ilustrar, sino para escarmentar, a nuestros nuevos aprendices de brujos.

 

Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Su más reciente libro es Amarres perros. Una autobiografía.

 

2 comentarios en “En la historia: Lecciones mayores

  1. El problema de los desequilibrios económicos en regímenes con tendencias “sociales”, es que fácilmente pueden caer en la tentación de gastar más de lo que la racionalidad económica dicta. Difícilmente pueden estimar que tanto pueden gastar antes de desequilibrar el gasto al punto de cruzar la “línea de no retorno”. Ya que los efectos de determinada política “social” tendrán efectos en el tiempo. Y todo se va moviendo, generando efectos secundarios no deseados. Por otro lado, si estos regímenes se circunscribieran a respetar la racionalidad económica, fácilmente caerían en la impopularidad…

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