“La fortuna de comprender que el suelo sobre el que permaneces
no puede ser más grande que los dos pies que lo cubren”.
—Franz Kafka, Consideraciones sobre el pecado,
el sufrimiento, la esperanza y el camino verdadero.

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Nuestro hogar es un planeta rocoso, el tercero del sistema solar. Visualiza la Tierra. ¿Qué ves?… Quizá el globo terráqueo, desde la caprichosa perspectiva que coloca al continente americano al frente, Norteamérica en la parte superior y abajo el cono sur… Se trata de una figuración que, si bien hoy nos resulta familiar, en realidad es muy reciente; la hemos podido concebir hace no más de medio milenio. El globo terrestre más antiguo del que tenemos noticia fue ideado en el siglo II a. C. por Crates de Malos, basado en un pasaje de la Ilíada y en las conjeturas y cálculos geométricos de Eratóstenes. Sin embargo, la representación tridimensional de la Tierra más vieja que conservamos, la Manzana de la Tierra, no fue manufacturada sino hasta 1492, por Martin Behaim —en aquel globo aún no aparece la enorme masa de tierra con la que habría de toparse Colón en octubre de ese mismo año—. Lo que hoy usualmente imaginamos no es un modelo artificial del planeta, sino una fotografía del mismo, como parece mostrarla, por ejemplo, Google Earth. Suele decirse que la primera fotografía de la Tierra captada desde el espacio exterior fue tomada la Nochebuena de 1968, hace apenas cincuenta años, por Bill Anders, uno de los tres astronautas de la primera misión tripulada por humanos que orbitó la Luna, el Apolo 8. En realidad la primera fotografía data del 23 de agosto de 1966; quizá esa imagen sea menos célebre porque la captó una máquina, el Lunar Orbiter 1.

Ahora, si en lugar del planeta, te pido que imagines el mundo entero, entonces tal vez visualices un planisferio, es decir, una poderosa abstracción conceptual: la representación de la corteza terrestre en un objeto ideal de dos dimensiones. Si los delfines produjeran cartografía creo que diseñarían una representación del mundo como la que en 1942 ideó el geofísico Athelstan Spilhaus, preocupado por entender el desplazamiento de la flota de submarinos nazis, pero dada nuestra condición natural, apostaría que el mapamundi que estás figurándote no es uno en el que la atención se concentre en los océanos. Además, considerando nuestra tradición cultural, sospecho que imaginas un planisferio con la proyección ideada en Europa hace casi quinientos años por el flamenco Garardus Mercator.

La superficie terrestre mide 510 millones de kilómetros cuadrados (km2). Resulta casi imposible comprender una extensión de esa magnitud: un rectángulo de 10 mil por 51 mil kilómetros, o un cuadrado en el que cada lado es de más o menos 18 penínsulas de Baja California. Para dimensionar un área así, imagina que abordas un tren en el que recorrerás su perímetro a una velocidad invariable de cien kilómetros por hora. El tren arranca a las ocho de la mañana de un lunes… Tardarás en transitar el primer lado, sin detenerte jamás, 226 horas, así que, después de nueve días, llegarás al primer vértice el martes de la siguiente semana, a las seis de la tarde. Recorrer los cuatro cantos te tomará más de un mes, 37 días y sus noches, y 15 horas más, siempre a igual velocidad y sin parar. En una área de ese tamaño, Australia cabe 66 veces, nuestro país poco más de 255, o toda la Ciudad de México 3.4 millones de ocasiones.

De los 510 millones de km2 de la superficie terrestre, 361 están cubiertos por agua y sólo 149 son tierras emergidas: 71%, agua; 29%, tierra, porción esta última en la que se incluye los escudos de hielo del Ártico y la Antártida, 30 millones de km2 en conjunto, aunque gran parte de la roca que los sostiene se encuentra debajo del nivel del mar.

Ilustración: oldemar González

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Con un espesor difícil de determinar, la vida es una capa que cubre por completo el globo. Algunas aves llegan a volar a altitudes de hasta 1,800 metros y ciertos peces viven hasta 8,370 metros bajo el agua, por no mencionar las arqueas extremófilas y las bacterias que habitan en niveles profundos de la corteza.

Nosotros, mamíferos bípedos autodenominados sabios, hemos plagado la Tierra. El género del que formamos parte, los homínidos, se ha gestado a lo largo de los últimos 2.5 millones de años. Nuestra especie es de las más recientes: los sapiens irrumpieron hace poco más de 200 mil años en África oriental, donde permanecimos confinados durante la mayor parte de nuestra existencia, sin mucho más mérito que sobrevivir. Pero hace unos 70 mil años algunos sapiens se aventuraron a salir de África. Primero coparon Eurasia; después, hace 45 mil años, lograron las primeras travesías oceánicas para llegar a Australia, el archipiélago malayo y el resto de Oceanía. Al fin, hace 15 mil años, los hombres y mujeres sabios comenzaron a ocupar América. Poco después del oleaje dispersivo, se alzaron un par de tsunamis. En los albores de la revolución agrícola, hace diez mil años, había en todo el mundo no más de cinco millones de humanos; tan sólo ocho mil años después, en el inicio de nuestra era, ¡cerca de 300 millones!, y a mediados del siglo XVIII alrededor de 800 millones… Entonces, la revolución industrial impulsó un maremoto: en 1804 se alcanzó el primer millardo —mil millones—, monto que se duplicó al paso de sólo 126 años. Entonces, en 1930, José Ortega y Gasset reportaba sorprendido:

Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las salas de los médicos…, llenas de enfermos. Los espectáculos, llenos de espectadores… Lo que antes no solía ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio.1

Poco más de medio siglo después, de dos saltamos a cinco millardos (1987). Hoy infestamos la Tierra: 7.6 millardos de sapiens, y la ONU proyecta que, en cosa de nada, entre 2051 y 2055, seremos 10 mil millones. Muchos de nosotros, con un poco de suerte, podríamos estar aquí para ser parte de esa cuenta y poder contarlo.

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Al invadir todo el planeta no sólo trepamos a la cúspide de la pirámide alimenticia, también intervenimos drásticamente en el eslabonamiento de la cadena trófica global. El rostro más trágico de esta usurpación planetaria es la aniquilación masiva de especies: conforme fuimos copando el orbe, hemos diezmando a las grandes especies. Yuval Noah Harari afirma que las oleadas de colonización de los sapiens resultaron “los desastres ecológicos mayores y más céleres acaecidos en el reino animal”.2 No exagera y la devastación continúa… Enseguida, algunas cifras publicadas hace unas semanas por Jonathan Baillie, científico en jefe de la National Geographic Society, y Ya-Ping Zhang, de la Academia China de Ciencias.

• Los humanos aprovechamos la biomasa de otras formas de vida, convirtiéndola en los cultivos y animales útiles para nosotros. Del total de la biomasa de los mamíferos, nuestro ganado representa el 60%, y nosotros el 36%.

• La biomasa de las más de cinco mil especies de mamíferos silvestres ya sólo contribuye con el 4% del total.

• De 1970 a la fecha, las poblaciones de vertebrados silvestres han disminuido en más de la mitad.

• 20% de los vertebrados y plantas están en peligro de extinción, principalmente porque los humanos hemos degradado o modificado más del 50% del hábitat natural del planeta.

En 2010, prácticamente todos los gobiernos del mundo se comprometieron a alcanzar las Metas de Aichi del Plan Estratégico para la Biodiversidad de la ONU. La meta 11 establece que deben conservarse al menos el 17% de las zonas terrestres y de aguas continentales y el 10% de las zonas marinas y costeras. La meta 12 aboga por impedir la extinción de más especies, y la 14 insta a la protección de los ecosistemas que proporcionan servicios esenciales. En su artículo Space for nature, Baillie y Ya-Ping Zhang se preguntan si las proporciones que se pretenden conservar serán suficientes para lograr las metas 12 y 14. Su respuesta no es alentadora: “La evidencia científica sugiere que serían insuficientes”; argumentan que debería replantearse la meta, para comprometer la defensa de al menos 30% de los océanos y las tierras para 2030, y apuntar a garantizar el 50% para 2050.3

Hemos llegado al punto en el que sugerir que el hombre deje en paz a la mitad del planeta suena a locura.

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Los humanos detentamos la propiedad del mundo, y el mundo es ya el planeta entero. No siempre fue así. Que el mundo se haya hecho planetario se lo debemos a gente como Magallanes, Elcano y Colón, pero también, y quizá más, a Martin Behaim, Américo Vespucio y Martin Waldseemüller, puesto que el mundo, más que un lugar, es una abstracción. Por eso, un mapa del mundo no sólo lo representa, sino que, en principio, lo constituye y nos permite percibirlo.

El llamado Nuevo Mundo apareció para Occidente de manera simultánea a la conformación de un nuevo orden político, protagonizado por los Estados Nacionales. A finales de 2018, poblamos el orbe 7.6 millardos de humanos, prácticamente todos radicados en alguno de los casi doscientos países en los que hemos dividido las tierras emergidas —integran la ONU 193 Estados miembro y dos observadores—. A grosso modo, un país es un conjunto de instituciones políticas conocido como Estado, que retiene para sí la soberanía de un territorio en el que vive una población determinada. Exceptuando determinadas regiones marginales —como el Polo Norte, que es “administrado” desde Kingston, Jamaica, por la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos— y algunos territorios disputados por diferentes actores políticos —como Abjasia, Nagorno Karabaj, la República Turca del Norte de Chipre, entre otros—, todas las tierras emergidas pertenecen a algún país. En cualquier caso, no queda un centímetro cuadrado de terreno que los humanos no consideren su propiedad. Así que podría creerse que el territorio que posee un país es aquel que ocupa su población, habitándolo o explotando sus recursos, pero no es así necesariamente, no en todos los casos. Dos ejemplos:

• Groenlandia, una isla del tamaño de México, pertenece al Reino de Dinamarca —como las Islas Feroe y Dinamarca—, pero ahí sólo habitan, concentradas en la costa suroeste, unas 61 mil personas, casi todas —nueve de cada diez— de origen inuit. Margarita II, reina de Dinamarca, es pues la autoridad suprema de la isla más grande de la Tierra, misma que en un 80% es una cubierta de hielo.

• Australia, que posee varias islas regadas en tres océanos —Pacífico, Índico y Antártico— además de la masa continental de Sahul, tiene unos 25 millones de habitantes, aglutinados en unas cuantas ciudades costeras. Las regiones céntricas, áridas o semiáridas, están deshabitadas, y la participación relativa de la población aborigen no llega al 4%.

No sólo nos hemos apropiado todas las tierras emergidas del planeta, también del mar. La mayoría de los países con costas —44 países no tienen salida al mar—ejercen soberanía marítima hasta doce millas náuticas (22.2 km) contadas a partir de las líneas de base —otros, como Estados Unidos y Perú, reclaman 200 millas náuticas—. Más allá de los mares territoriales y de las zonas económicas exclusivas, las aguas internacionales son consideradas como “patrimonio común en beneficio de toda la humanidad”, o sea, dote no de todas las especies, nada más de nosotros…4

Lo mismo ocurre con el subsuelo, el espacio aéreo, el espectro radial… En suma, los sapiens nos creemos dueños del mundo…, bueno, y de algo más: también del espacio ultraterrestre, de la Luna y los demás cuerpos celestes, que son considerados, por nosotros mismos, “patrimonio común de la especie”, conforme se asienta en el tratado internacional respectivo de 1967. En efecto, los sapiens nos decimos dueños también del espacio sideral.

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Con 17 millones de km2, Rusia es hoy el país más extenso del orbe. Por supuesto, los ha habido más grandes: la propia URSS, sin considerar todo el Bloque del Este, llegó a tener más de 22 millones km2, por no hablar de los imperios —en 1920, el Británico llegó a controlar más de 35 millones de km2 y, seis siglos antes, el Mongol, alrededor de 25 millones de km2—. Canadá, con casi 10 millones de km2 es hoy el segundo país más vasto, seguido de China y Estados Unidos, cada uno con poco más de 9.5 millones de km2. Nuestro país es el más pequeño de América del Norte. No está entre los diez países más espaciosos del mundo: se halla en el decimotercer sitio, entre Arabia Saudita —2.1 millones de km2— e Indonesia —1.9 millones de km2—.

La extensión territorial de México ha sufrido decenas de modificaciones. Al declarar su independencia, el naciente Estado se integraba por la provincia de Chiapas, la Capitanía de Yucatán, y lo que fue la Nueva España, con lo que alcanzaba una superficie de 4.4 millones de km2. Al año siguiente, 1822, cuando Iturbide se proclamó emperador, Guatemala, Honduras y Nicaragua se anexaron, de modo que el territorio alcanzó su mayor extensión: 4.9 millones de km2. Se encadenarían después una serie de cambios en el sur: las provincias centroamericanas se separaron definitivamente (1823), en tanto que, más de una vez, el Soconusco y Yucatán se escindieron y se reincorporaron a la República Mexicana. En 1848, luego de la guerra con Estados Unidos, México fue despojado de más de la mitad de su territorio, para quedarse con dos millones de km2. Ocurrirían otros cambios menores; cuyo resultado es la actual superficie continental del país: 1,959,248 de km2 —a la que podríamos sumar los 5,127 km2 que en conjunto alcanza nuestro territorio insular—.

Con todo, considerando la población que lo habita y en comparación a otras naciones, México es enorme. Radicamos aquí 125 millones de personas —la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI arrojaba un total de 119.9 millones, mientras que, según las proyecciones de CONAPO, a mitad de 2018 éramos ya 124.7 millones—. Con este monto, el nuestro se ubica en el decimoprimer puesto entre los países más poblados del planeta, enseguida de Japón (126 millones), y muy distante de los dos primeros lugares, China e India, en donde reside poco más de un tercio de todos los seres humanos (35%).

El 30% de la tierra emergida del planeta es asiático y allá vive el 60% de la población mundial; la densidad demográfica en ese continente duplica a la que se alcanza en el orbe; 101 y 51 personas por km2, respectivamente. En Norteamérica, la población relativa es de sólo 15 habitantes por km2.

En México, la densidad de población es de 63 habitantes por km2. Bulgaria, con poco más de siete millones de habitantes, presenta una densidad poblacional similar a la de nuestro país (64), pero su territorio es poco menor que el del estado de Durango —en donde la densidad demográfica apenas llega a 14—. En contraste, por ejemplo, la densidad de población de Francia y Polonia duplica a la de nuestro país: 124 habitantes por km2; en Japón es de 335; en India, 407; en Corea del Sur, 515; en Bangladesh asciende a más 1,147, y en Hong Kong es casi 6,700. Para que en México viviéramos con la misma densidad de población que en India, nuestro país tendría que estar habitado por 814 millones de personas, o bien, los 125 millones que hoy somos tendríamos que radicar únicamente en los estados de Chihuahua y San Luis Potosí, prescindiendo del resto del territorio nacional. Dicho de otra forma, somos un país poco habitado…, claro, nada que ver con Rusia, en donde viven sólo nueve personas por km2, o Canadá y Australia, con apenas cuatro y tres habitantes por km2, respectivamente.

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La manera en la que la gente se distribuye en nuestro país no es homogénea. Por ejemplo, en términos de altitud, de cada 100 habitantes, 56 viven en poblados y urbes situados hasta mil metros sobre el nivel del mar (msnm), y sólo cinco en localidades localizadas a más de 2,500 msnm. Así que el dato de población relativa, como cualquier media aritmética, puede resultar muy engañoso. De hecho, más allá del promedio que expresa la densidad de población, el espacio habitado en México es extremadamente reducido: todos nosotros, los 125 millones de seres humanos que residimos en este país, lo hacemos en ciudades y poblaciones que, en su conjunto, ocupan apenas 2% de la superficie total del territorio nacional. Y al interior de ese reducido espacio, nos concentramos todavía más: tres cuartas partes del total de la población (77%) vive en alguna de las 4,563 localidades urbanas o ciudades de 2,500 habitantes y más, las cuales, entre todas, espacialmente ocupan sólo unos 23,500 kilómetros cuadrados, es decir, el 1.2% de la superficie territorial. Dicho de otra manera: toda la población urbana del país, toda, unos 96.2 millones de personas, habita en una superficie ligeramente más pequeña que Tabasco o igual a Belice. Consecuentemente, la densidad de población en las áreas urbanas de México es muy superior a los 63 del promedio nacional, y asciende a 4,104 habitantes por km2. Claro, también al interior de los polígonos urbanos encontramos diferencias drásticas: por ejemplo, en Iztacalco, una de las 16 demarcaciones territoriales la Ciudad de México, la población relativa asciende a casi 17 mil personas por km2. En la colonia Hogares de Atizapán —ubicada a un costado de la carretera Lechería-Chamapa, a la altura de la ciudad deportiva Ana Gabriela Guevara—, en el municipio de Atizapán de Zaragoza, Estado de México, ya en 2010 la densidad de población ascendía a 41,900 personas por km2, y no era el lugar más densamente poblado de toda la Zona Metropolitana del Valle de México: en el fraccionamiento El Arenal Puerto Aéreo, un pequeño asentamiento construido en la entonces delegación Venustiano Carranza, en terrenos cedidos por el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, para dotar de vivienda a gente damnificada del terremoto de 1985, la población relativa es mucho mayor: 70,650 habitantes por km2.

Por su parte, la población rural de nuestro país, el 23% del total, vive dispersa en una multitud de localidades menores a 2,500 habitantes: hablamos de poco más de 28 millones y medio de hombres y mujeres habitando en 299,638 localidades desperdigadas, es decir, poblados cuya media no alcanza ni siquiera un ciento de residentes. De las casi 300 mil localidades rurales, el INEGI cuenta con cartografía para las que presentan algún tipo de “amanzanamiento”, es decir, de conjuntos más o menos organizados de viviendas y calles; en total casi 45 mil, mismas que en ocupan una superficie de alrededor 16 mil kilómetros cuadrados. El resto, esto es, casi 255 mil poblaciones, son tratadas cartográficamente como “localidades puntuales”, puesto que, dada su pequeñez y diseminación en el territorio nacional, se representan en los mapas únicamente con puntos. Todas estas localidades se hallan dispersas en más de 1.92 millones de kilómetros cuadrados, de tal suerte que hay una por cada 7.5 kilómetros cuadrados, o si se prefiere, 0.132 localidades rurales puntuales por kilómetro cuadrado.

Colofón

Cualquier afán de meter cierto orden a nuestra relación con el medio ambiente, en efecto, debe considerar la relación gente/territorio. Pero me parece que una conciliación inteligente con la tierra y con la Tierra, precisa una reinterpretación de nuestros vínculos espaciales, desde el suelo que pisamos y los ámbitos que solemos transitar cotidianamente, hasta la abstracción del mundo entero, pasando y teniendo siempre en mente la ciudad, nuestro pueblo, el barrio, y especialmente el hogar. Como escribió Gastón Bachelard en su Poética del espacio, “todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa”.

 

Germán Castro


1 José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas. Editorial Andrés Bello. Chile, 1996. p. 54.

2 Yuval Noah Harari. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Debate.

3 Jonathan Baillie & Ya-Ping Zhang. “Space for nature”. Science. 14 Sep. 2018: V. 361, Issue 6407, pp. 1051.

4 ONU. Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes. 1967.

 

4 comentarios en “Gente/Territorio: los humanos en el espacio

  1. Ameno, interesante e informativo. Un ejemplo logradísimo de cómo comunicar datos y mantener al lector en el texto desde la primera línea hasta la última.

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