Ana María Matute (Barcelona, 1925-ídem, 2014) fue miembro de la Real Academia Española y de la Hispanic Society of America. En 2007 fue galardonada con el Premio Nacional de las Letras por el conjunto de su obra y, en 2010, con el Premio Cervantes. Cultivó varias facetas de la escritura, como la novela o la narración autobiográfica, pero en la totalidad de su producción desempeñan un papel central los cuentos. Presentamos un relato incluido en Todos mis cuentos (Debolsillo, 2018).


1

Existió una vez un pueblo de gente sencilla, donde cada cual vivía de su trabajo. Pero aquel pueblo pertenecía a un país que sufrió guerra y sequía, y llegó para ellos un tiempo malo y miserable.

Por aquellos días llegó al pueblo un viejo con dos burros cargados de mercancías y víveres. Empezó a hacer préstamos de dinero, herramientas, enseres e incluso comida.

De este modo, al poco tiempo todos los artesanos y vecinos estaban en sus manos.

Pasaron los años y el viejo montó un bazar a donde todos los vecinos, quisiéranlo o no, tenían que acudir para seguir viviendo, pues sus préstamos eran ya como una cadena que les tenía enlazados angustiosamente y de la que no veían fin. De este modo, el viejo arruinó a varias familias, y él cada día se enriquecía más, y se adueñaba del pueblo.

El bazar era grande, oscuro, y el viejo un hombre de corazón egoísta y duro, que todas las noches guardaba y contaba su dinero escondido en un agujero, bajo un ladrillo. Se llamaba Ezequiel y vivía completamente solo en el altillo de su tienda.

Cierta noche de invierno llamaron a su puerta, y vio a un chicuelo descalzo y muy sucio, que le miraba muy fijo con sus brillantes ojos negros.

—¿Podría usted indicarme quién es el tendero Ezequiel? —dijo—. Vengo de muy lejos, para traerle una carta muy importante.

—Yo soy Ezequiel —contestó el tendero—, pero no intentes engañarme, porque no tengo amigos ni parientes, y nadie me enviaría a un muchacho como tú para traerme ninguna carta.

Iba a cerrarle la puerta en las narices; pero el muchacho, que era escurridizo como una anguila, penetró por la rendija empujándole y riéndose.

—¡Maldito! —gritó el tendero, cogiendo su bastón—. ¡Ahora verás lo que te espera!

Pero en aquel momento el muchacho sacó de su pecho un sobre sucio y arrugado, y se lo tendió al anciano con una reverencia.

El viejo rasgó el sobre y leyó: «Querido y viejo amigo, no sé si me recordarás, pues hace muchos años que no nos vemos. Yo soy aquel con quien fuiste tan generoso a cambio de nada. Por ello te pido des acogida en tu casa a este chico. Le enseñas un oficio y tenlo como hijo. Estoy seguro de que, con el tiempo, me estarás muy agradecido, pues con él te dejo todo cuanto de bueno me queda en este mundo».

La firma estaba borrosa, como si hubiera llovido encima y se hubiera corrido la tinta.

—¿Qué broma estúpida es ésta? —Se enfadó el viejo—. ¡Hala, fuera de aquí, haragán! ¡En mi casa no hay sitio para pilluelos desvergonzados como tú! En cuanto a tu amo, padre o lo que sea, no recuerdo haber partido mi merienda con nadie, jamás. Así que lárgate de aquí antes de que me enfade y te rompa mi bastón en la cabeza.

Pero el muchacho se escondió detrás de una estantería y dijo:

—Hace usted mal, señor, si no se queda conmigo. Ya está usted muy viejo, y necesita que alguien le ayude. Por mi parte, no pienso pedirle nada: sólo que me deje dormir debajo de la escalera y me permita acudir una hora, después que haya cerrado la tienda, para barrer las casas de los vecinos y ganar un pequeño jornal a cambio. Con estas dos cosas puedo vivir feliz y, con mi ayuda, podrá usted ganar mucho dinero.

El viejo observó al muchacho. Se dio cuenta de que, a pesar de estar tan sucio y andrajoso, era vivo y ágil, y sus ojos brillaban como abalorios.

—Es cierto —dijo.

Y al observar cuán poca cosa le pedía el chico, a cambio de tanto trabajo como pensaba hacerle cumplir, se despertó su codicia y sonrió de través:

—Me estoy haciendo viejo, es cierto, y preciso quien me ayude. Pero ¿quién me asegura que eres de fiar?

—No tengo nada —dijo el muchacho—. Nada que perder ni que ganar, porque no soy ambicioso. ¿Quiere usted probarme?

El viejo tomó una larga escoba y se la echó. El niño cogió la escoba en el aire y dio dos vueltas, bailando.

—Eres algo raro —dijo el viejo—. Pero, en fin, probaremos. Empieza por barrer toda la tienda, que buena falta le hace. Pero si dentro de media hora no has terminado, te echaré a palos a la calle.

El chico cogió la escoba y desapareció por entre las estanterías del bazar.

Al día siguiente, el viejo se levantó de madrugada para espiar al muchacho. Lo que vio le dejó sin aliento: el aprendiz estaba sentado en el centro de la tienda, entre las piezas de tela, las vajillas, las herramientas, y jugaba con un montoncito de monedas de oro.

—¡Ah, granuja, malvado! —gritó el viejo, desde lo alto de la escalera—. ¿Cómo has encontrado mi oro?

Se lanzó como un rayo contra el aprendiz, con los puños en alto. Pero el aprendiz se retiró detrás de la estantería y dijo:

—No quiero tu oro, amo. Ahí lo tienes: lo he barrido debajo de las estanterías, es tuyo.

—¿Cómo debajo de las estanterías? ¡No pretendas engañarme! ¡Ya te enseñaré yo a mentir! Tratabas de robarlo…

—Te aseguro que no, amo —dijo el aprendiz—. Vete a buscar tu oro y verás que te digo la verdad.

Así lo hizo el viejo. Buscó su oro bajo el ladrillo y vio que nada faltaba. Con la boca abierta un palmo, recogió el nuevo, que, según el aprendiz, había barrido debajo de las estanterías, sin acertar a explicarse lo ocurrido.

Durante todo el día estuvo espiando al muchacho, pero nada sospechoso había en él, excepto la forma de andar, que parecía hacerlo a saltos, y su risa aguda, como el chillido del viento entre las junturas de las puertas.

Muchas personas vinieron a la tienda con aire contrito. Venían a pedir clemencia al viejo Ezequiel, porque no le podían pagar. Pero él no tenía compasión de nadie. Se quedaba con sus tiendas, tierras, animales, muebles, a cambio de lo que había prestado. Se frotaba las manos y chascaba la lengua. Las gentes se iban desesperadas, pero él no parecía tener ninguna piedad de ellos. Todo esto el aprendiz lo miraba de reojo.

A la hora de comer, el viejo abrió con su llave el candado del armario donde guardaba los víveres, y se preparó un suculento almuerzo. Pues para con él mismo era espléndido y glotón, tanto como mísero y avaro para con los demás.

Esperaba que de un momento a otro el aprendiz le pidiera, cuando menos, un pedazo de pan, para contestarle:

—¡Ni una migaja! ¡Tu contrato es únicamente un lugar para dormir bajo la escalera! Si no te gusta, te marchas, que yo no te llamé.

Sin embargo, el aprendiz no subió a pedirle nada en absoluto. El viejo recogió el mantel y los platos, lleno de estupor. En aquel momento oyó las pisadas del aprendiz, que entró en la estancia y, quitándole el trabajo de la mano, retiró toda la vajilla, la fregó y guardó cuidadosamente. Después hizo una reverencia y dijo:

—¿Qué otra cosa más me ordenas, amo?

—Atiende a los clientes —contestó Ezequiel—. ¡Y pobre de ti como hagas algo a torcidas!

Venían todos los del pueblo. Era el único bazar del lugar. El viejo Ezequiel había arruinado a los pequeños tenderos, y debían acudir a él para que les vendiese sus herramientas de trabajo, sus ropas y todo lo que precisaban. Compraban de fiado, y acababan pagando tres o cuatro veces el valor de lo que se llevaban. De este modo, la gente de aquel pueblo era muy desdichada.

Así pasó el primer día y, cuando llegó la hora de cerrar, el aprendiz dijo:

—Amo, ¿puedo ir a ofrecer mi trabajo a los vecinos?

—Vete —dijo el anciano, bastante aplacado ante la prudencia y buen comportamiento del chico.

Estaba a punto de felicitarse pensando que había encontrado una verdadera ganga. Pero, por no perder su costumbre, gritó:

—¡Vuelve a las doce en punto, si no quieres que te eche a la calle!

Se alegró de que el aprendiz saliera, pues aquélla era la hora de contar sus doblones y hacer sus cuentas, y prefería estar solo.

El aprendiz cogió su escoba, se la echó al hombro y salió. La calle estaba silenciosa. Al final, brillaba una lucecilla. Iba silbando una alegre canción, tan extraña, que la gente abría las ventanas.

Casi nadie solía ir silbando por las calles, ya que todo el mundo rumiaba sus preocupaciones.

El aprendiz pasó delante de la casa del carnicero, y se abrió una ventana sobre su cabeza. Era el hijo mayor del carnicero, un niño de cabello dorado, que dijo:

—¿Quién eres tú?

—Soy el aprendiz del tendero Ezequiel. Dile a tu padre si quiere que barra su tienda por muy poca cosa a cambio.

—¿Qué cosa?

—Oh, por solamente un trocito de carne.

El niño entró y a poco volvió a salir, muy alegre, pues aquel aprendiz silbaba una canción muy bonita, y le gustaba escucharla:

—Pasa —dijo—. Dice mi padre que está conforme, pues, aunque nada le sobre, le da compasión saber quién es tu amo.

El aprendiz entró en la tienda. Estaba oscura y vacía, y empezó a barrer. Mientras lo hacía, bailaba, y al niño del carnicero le hizo tanta gracia que fue a llamar a sus hermanos pequeños; y todos bajaron en camisón y se sentaron en los peldaños de la escalera para verlo.

Entonces se dieron cuenta de que lo que barría el aprendiz brillaba extrañamente entre las púas de la escoba. Hasta que formó un montoncito en el suelo, y les dijo:

—Llamad a vuestro padre y decidle que he encontrado algo.

Así lo hicieron los niños. El carnicero estaba haciendo sus cuentas en la mesa del comedor y acudió de mala gana:

—¿Qué diablos quieres? ¡No son horas de molestar a la gente! Bastante hice que te encargué ese trabajo por compasión, pues comprendo que si sirves al viejo de la tienda pasarás más hambre que una rata de estanco.

—Oh, señor carnicero, no se enfade conmigo —dijo el aprendiz, haciéndole una reverencia—. Sólo quería avisarle de que he encontrado esto en su tienda.

Señaló aquello que tanto brillaba. El carnicero se agachó a mirarlo, y empezó a dar alaridos:

—¡Oro! ¡Oro! —decía—. ¡Venid todos, que hemos encontrado oro!

Acudió la mujer, con las trenzas sueltas, y todos los niños saltaban y se abrazaban. Lágrimas de alegría les corrían por las mejillas, y dijeron:

—Toma tú la mitad, por haberlo encontrado.

—No —respondió—. Sólo quiero un trocito de carne.

La carnicera se apresuró a atarse el delantal y a guisarle una comida tan deliciosa que los niños levantaban la nariz al aire y decían:

—¿Acaso es hoy el día de Navidad, madre?

Sentaron a la mesa al aprendiz, y le sirvieron y le miraron comer, muy contentos. Cuando el muchacho se levantó, les saludó con mucho respeto y, echándose de nuevo la escoba al hombro, salió de allí.

Silbando, se dirigió a casa del panadero. Al oírle, la panadera abrió la ventana y dijo:

—¿Adónde vas, chico, con esa escoba? Deja de silbar, que mi marido está desesperado porque tiene grandes preocupaciones, y tu silbido le hace daño.

—Déjeme entrar a barrer su tahona —dijo el aprendiz—. Solamente le pediría a cambio un pedacito de pan. Soy el aprendiz del viejo Ezequiel.

—¡Oh! —dijo la mujer, levantando los brazos. Y sus ojos se llenaron de lágrimas —. Pasa, pasa, muchacho, si tan poca cosa pides a cambio. ¡Pobrecillo, no quisiera estar en tu lugar! Entra de puntillas, para no molestar.

El panadero estaba sentado en un rincón, con la cabeza entre las manos, pues al día siguiente, si no pagaba al abacero, éste se le quedaría a cambio la tahona.

El aprendiz empezó a barrer y, cuando terminó, también había bajo su escoba un montón de oro.

—¡Mire lo que he encontrado, señor panadero!

Al ver aquello, el hombre y la mujer se quedaron mudos. Al fin, levantando los brazos, la mujer chilló:

—¡Oro! ¡Oro! ¿Cómo has encontrado esto, muchachito? ¿Dónde estaba?

—Por ahí —contestó el aprendiz.

—Te corresponde la mitad —dijo el panadero, trémulo de gozo y abrazándole—. ¡Has salvado mi negocio!

—No, no. Sólo quiero un pedazo de pan; es lo tratado —contestó el muchacho, guiñando sus ojos con malicia.

Le dieron un pan tan grande que apenas si podía con él, y tuvieron que atárselo a la espalda. Los dejó abrazados y alabándole, y diciéndole que le querrían siempre como al hijo que no habían tenido.

Desde allí, el aprendiz fue a casa del frutero, del carpintero, del herrero, del alfarero, del sastre, del zapatero… Todos ellos estaban entrampados con el viejo Ezequiel y desesperados con sus pagos, que no podían cumplir. Tenían sus vidas en las malvadas manos del usurero. A todos ellos, el aprendiz les barrió la tienda, a cambio de muy poca cosa: una naranja, un puñado de serrín, tres clavos, una escudilla de barro, un chalequillo, cordones para sus botas… Cuando barría sus tiendas y les entregaba el oro hallado, ellos le colmaban de atenciones y le daban el doble de cuanto les había pedido. De este modo, cuando a las doce de la noche regresó a la tienda, venía cargado, vestido y calzado de nuevo, tan limpio, fresco y bien peinado, que parecía un clavel recién cortado. Traía un escabel de madera de olivo, un cesto de naranjas, un cántaro lleno de aceite, velas… El viejo le vio entrar con estupor:

—¿Qué traes ahí? —dijo.

—Es el pago a mi trabajo.

Al viejo le extrañó que no hubiera pedido dinero a cambio, pero se guardó muy bien de decirlo.

De este modo se acostaron. El viejo, en su cama de mullido colchón, y el aprendiz, en el suelo, bajo la escalera, con la cabeza apoyada en el saco del serrín y rodeado de todos sus bienes.

2

Al día siguiente, el viejo Ezequiel recibió una de las sorpresas mayores y más alegres de su vida. La tienda fue un verdadero desfile de gente. El primero de todos, muy temprano, llegó el carnicero:

—Buenos días, Maese Ezequiel —dijo—. Vengo a pagarte todo lo que te debo.

Y, así diciendo, arrojó sobre el mostrador todo cuanto debía al usurero. El viejo se quedó pasmado, mientras escuchaba el tintineo del oro sobre el mostrador. Cuando el carnicero acabó de contar las monedas que debía, el viejo parpadeó, confuso:

—Pero… ¿cómo es posible? ¿Has heredado, querido compadre?

El carnicero le dio la espalda y salió de la tienda, muy altivo. El viejo le acompañó hasta la puerta, haciéndole reverencias y diciendo:

—Ya sabes, Maese Carnicero, que siempre que os pueda ayudar…

—¡Dios nos guarde de tus ayudas! —dijo el carnicero—. Nunca más me verás, viejo malvado.

El aprendiz lanzó una risa, y el viejo le amenazó con el puño.

—¡A barrer, haragán! —le gritó.

Así lo hizo el chico, y a poco le llamó:

—Amo, mira lo que he encontrado.

El corazón del viejo le saltó dentro del pecho y se lanzó hacia allí como un gamo, brincando sobre el mostrador, sin ocuparse de su reuma. Vio, como esperaba, un montón de oro bajo la estantería:

—¿De dónde ha salido esto? —gimió de placer.

—¡De por ahí!

El viejo se arrojó sobre el oro, llenándose los bolsillos, y se precipitó escaleras arriba. Estaba tan asombrado que apenas si podía respirar.

Al poco rato, llegó el panadero:

—Vengo a devolverte todo lo que te debo.

Como el carnicero, arrojó sobre la mesa el oro y, antes de que el asombrado Ezequiel se repusiera del susto, dijo:

—Ahí está todo cuanto te debo. ¡Y no me verás nunca más, maldito avaro!

Apenas había subido escaleras arriba, para guardar su oro, sonó el tintineo de la puerta y llegó el carpintero. Luego el sastre, el albañil, el frutero, el herrero, el alfarero… En fin, todos sus vecinos deudores. Tanto subió y bajó la escalera, que perdió doce veces las zapatillas, y temblaba de emoción como una hoja. Cuando acabó el día, el viejo estaba tan nervioso que parecía enfermo.

—Hazme una taza de tila, que me acuesto —le dijo al aprendiz.

Así lo hizo el muchacho, y le arropó en la cama.

—¿Vas a barrer las casas vecinas? —le preguntó el viejo.

—No. Ya gané ayer lo suficiente —dijo el aprendiz.

Y se acostó debajo de la escalera.

Aquella noche, el viejo apenas pudo dormir. En su desvelo, sólo veía doblones y más doblones de oro, y su corazón saltaba de tal forma dentro de su pecho que varias veces tuvo que sentarse en la cama y llamar al aprendiz para que le trajese agua.

Pero el día siguiente fue más sorprendente que el anterior. Después que el aprendiz barrió y le entregó el correspondiente montón de oro, nadie entró en la tienda. Ni al otro día, ni al otro. El avaro estaba muy asombrado.

Llegado el tercer día, sus víveres se acabaron y, cogiendo una bolsita con algún dinero y una cesta, se dirigió al pueblo. Pues, como ya nadie le debía nada, no venían a traerle los géneros a la tienda.

Primero fue al carnicero.

Pero, en cuanto los niños le vieron llegar, empezaron a gritarle:

—¡Ahí viene el hombre malo, el hombre malo!

La carnicera salió con la escoba en alto y le persiguió por toda la calle, gritando:

—¡Ni por todo el oro del mundo recibirás una sola onza de carne de mi tienda! ¡Fuera, fuera, ve a que otro te venda sus géneros, malvado usurero!

Muy disgustado y sin entender que a cambio de su oro no le trataran con respeto, fue a casa del panadero. El panadero, apenas le vio, cerró las puertas de la tahona, y su mujer, asomándose a la ventana, le gritó:

—¡Fuera de aquí, malvado, fuera de aquí! ¡Ni por todo el oro del mundo recibirás un gramo de nuestro pan!

De este modo fue al frutero, y ocurrió lo mismo. Al carbonero, al lechero, al huevero… Todos le daban con la puerta en las narices y decían:

—¡Ni por todo el oro del mundo te venderemos nada, viejo malvado!

Regresó a casa tan atontado que no sabía si soñaba o estaba despierto.

Estaba muerto de hambre, y vio cómo el aprendiz, sentado bajo la escalera, cortaba su pan a rebanadas y lo comía con mucho gusto.

—¡Dame de ese pan! —le ordenó, mientras le amenazaba con el bastón.

El muchacho le dio un pedazo, y el viejo lo devoró con rabia y miedo.

Desde aquel momento, las cosas cambiaron mucho para el viejo de la tienda. Los vecinos del pueblo se reunieron en la plaza y comentaron entre sí su buena ventura. Juraron que nadie acudiría al bazar del viejo Ezequiel. Sus comercios, gracias al oro encontrado por el aprendiz en sus tiendas, volvieron a florecer.

Todos se compraban y vendían entre sí, como antaño, sin avaricia. Y la alegría volvió a reinar en el pueblo.

Llegó la primavera, y los niños iban a jugar al río, y gritaban muy alegres. Pasaban bajo la ventana del viejo, que desfallecía de odio. Y hubiera muerto de hambre de no haber sido por el aprendiz, que le daba la mitad de todos los alimentos que con tanto cariño le regalaban los artesanos del pueblo.

Todos los días venían los niños a llamarle y le decían.

—¡Ven a jugar al río con nosotros, aprendiz!

Y allí, junto al agua verde y dorada, le daban pan, fruta, vino, queso y trocitos de pastel. El aprendiz guardaba la mitad en los bolsillos, con disimulo, pues ellos decían:

—¡Cómetelo aquí, delante de nosotros, que si no el viejo malo te lo quitará!

El viejo enfermó, más que de hambre, de rabia y de dolor. Todos los días, el aprendiz le traía un montón de oro, y el oro le rodeaba de tal forma que ya ni siquiera lo acariciaba ni contaba.

Un día no se pudo levantar de la cama y llamó al aprendiz:

—Hazme una taza de tila.

Como la tila la encontraba en el campo y el agua manaba sola, el aprendiz no tardó en hacérsela. Era un día de sol y, al entrar en la habitación del viejo, lo halló tan demacrado y triste, que no pudo aguantarse y dijo:

—¿Todavía no has aprendido la lección, amo?

Entonces llegaron las golondrinas al alféizar de la ventana e iban dejándole granos de trigo, que el viejo cogía con manos temblorosas y se llevaba a los labios. En aquel momento, las lágrimas cayeron de sus ojos, y dijo:

—Sí, acabo de comprender, mi buen aprendiz. El dinero se necesita, ya que el mundo está así montado. Pero el dinero vale por lo que da a cambio y no se le debe amar en sí.

Y lloró tanto que de sus ojos se desprendieron las telarañas de egoísmo que los cegaban. Abrazó al aprendiz y dijo:

—Tú eres el único que se apiadó de mí. He sido tan malvado que bien merezco lo que me ha ocurrido. ¿Quién eres tú? ¿Quién te envió a mí?

El aprendiz dijo:

—Yo soy la única buena acción de tu vida. ¿Recuerdas que una vez pasaste por un estercolero y viste que unos chicos iban a quemar un muñeco viejo? Era un muñeco de madera, con la peluca apolillada, al que le faltaban los ojos y una pierna. Entonces tú dijiste: «No queméis ese muñeco, os lo compro». Les diste unas monedas y lo llevaste contigo. Le arreglaste la pierna, le pusiste ojos y lo colgaste de un clavo en la pared.

En aquel momento, el viejo le reconoció. El pelo rojo, los insolentes ojos negros, que no eran otra cosa que dos botoncillos de azabache.

—¡Tú eres aquel muñeco! —dijo.

Entonces huyeron las golondrinas, gritando. Una nube tapó el sol y el viejo cerró los ojos. Cuando los abrió halló entre sus manos aquel sucio muñequillo que le miraba con sus ojos de botón. Estaba tan sorprendido que apenas podía creer lo que ocurría.

Sonaron pisadas en la escalera y llegaron los niños de los artesanos. Uno le traía pan, otro aceite, otro leche…

—Mi padre se ha enterado de que está usted enfermo y le perdona —decían todos.

Le dieron de comer, se sentaron junto a él y le cuidaron. Todos los días le traían flores y le contaban cuentos. El viejo tenía siempre el muñeco entre sus manos y se sentía tan feliz que decidió cambiar de vida.

Así fue. Cuando empezó el verano, el viejo se levantó. Los niños habían cuidado de su tienda, y todos le esperaban para llevarle al prado.

Las gentes le habían perdonado.

Pero el más pequeño de los niños le arrebató el muñeco y echó a correr con él. El viejo sintió un gran dolor en el corazón y le tendió las manos. Pero, como veía al niño tan alegre con su muñeco, no se atrevió a decirle nada. El niño se alejó hacia el río y, cuando llegó la noche, el viejo le preguntó:

—¿Y aquel muñeco?

—Lo perdí —contestó el pequeño.

El anciano sintió entonces una gran fatiga, aunque era una fatiga muy dulce. Cerró los ojos y dijo:

—No deseo más el bazar, os lo regalo.

Desde aquel momento, todos los vecinos del pueblo se disputaban para tenerlo en su casa. De este modo, él repartió todo su dinero y no deseaba para sí ni un solo céntimo. Todos le llamaban Abuelo, y pasaba un día en casa de cada uno de sus vecinos, donde le servían y le daban toda clase de regalos.

Los niños le adoraban y le llevaban con ellos al prado; y en invierno, le rodeaban junto al fuego del hogar. Él se sentía feliz, pero no podía olvidar al muñeco de madera, y, a veces, suspiraba pensando en él.

Pasó el otoño, el invierno, la primavera, el verano. Cierto día de otoño se dirigió al río y se sentó a la orilla. Estaba mirando el agua, que brillaba al sol. Todas las hojas, doradas y rojas, despedían tanto resplandor que le deslumbraron. Entonces vio al aprendiz que le tendía la mano.

—¡Aquí estás tú, mi Buena Acción! —dijo alegremente.

Y se dejó conducir por un resplandeciente camino, del que nunca deseó regresar.

 

Ana María Matute
Escritora. Publicó Olvidado rey Gudú, Aranmanoth, El río, Luciérnagas, Pequeño teatro, La torre vigía y Primera memoria, entre otros libros.

 

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