Estados Unidos vive en un ciclo electoral perpetuo, sus políticos siempre están en campaña. En parte porque siempre hay elecciones —de diputados cada dos años, de senadores también y de presidente cada cuatro— pero en parte porque su política se ha convertido en un show, quizás jamás mejor representado que por Donald Trump.

Ilustración: Víctor Solís

Los interminables mítines a lo largo del país, las consignas repetidas una y otra vez; políticos y medios viven de vender un concepto: cada elección es la más importante en su historia, el futuro de la nación depende de ello.

Y, hasta cierto punto, tienen razón. La polarización política que ha vivido nuestro vecino del norte durante las últimas décadas, y cuyo origen probablemente date de la controvertida elección de George Bush hijo hace 18 años, ha hecho que cada elección se convierta en en una batalla ideológica de extremos. Demócratas y Republicanos, aunque nunca muy distintos en sus creencias torales, ahora representan dos puntos de vista opuestos. Los Republicanos, como siempre, pronegocios, antiimpuestos, celosos destructores de un Estado con vocación social, cada vez fingen menos estar del lado de los ciudadanos. Sus políticas son para las personas morales, no las físicas.

Sin embargo, mientras la economía mantenga crecimiento estable, el electorado no muestra su repudio en números suficientemente altos como para echarles en cara su renuncia a representar a los estadounidenses en el Congreso. A los estadounidenses les gusta la ficción de que si los de hasta arriba ganan, la riqueza también les llegará a ellos así sea en gotas.

Por el otro los Demócratas, en plena crisis de identidad. Jóvenes, minoritarios, millenials. Ellos representan a un nuevo Estados Unidos, un Estados Unidos que aún no sabe qué quiere ser ni cómo expresarlo. Libran batallas constantes por temas de identidad —la eliminación de la distinción de baños públicos por sexo es la más conocida y polémica—, pero se muestran ausentes de las batallas colectivas. El suyo es ahora un partido del individuo, no de la masa; por más que nuevos grupos que se autodenominan como “demócratas socialistas” intenten tomar el control de la estructura, el individuo y su identidad están por encima del grupo.

Ninguna posición admite punto medio. Si uno se adhiere a los principios demócratas, se adhiere a un siglo XXI que cambia en cuestión de minutos, ni siquiera de días. Para un país de tradición conservadora, este empujón es, de menos, difícil, si no es que imposible.

Y por el otro está el que quiere mantener las cosas como eran en el pasado. La época del racismo abierto, de los ciudadanos de primera y de segunda. La época que resurge también a nivel mundial. La de los grupos separados, en la que la posmodernidad demócrata no tiene cabida.

Y eso es lo que se vio este martes en las elecciones intermedias de Estados Unidos: dos posiciones incompatibles que rompen a un país por la mitad. Los Demócratas, fuertes en áreas urbanas, entre los jóvenes, los latinos y los afroamericanos, lograron triunfos importantes. Ahora Jared Polis —de Colorado— será el primer gobernador abiertamente gay en la historia de Estados Unidos. El congreso federal tendrá a dos representantes indígenas, native-american, también por vez primera desde su fundación. Alexandria Ocasio-Cortez, de Nueva York, será la congresista más joven en la historia del país, con 29 años. La marihuana recreativa ahora es legal en un quinto del territorio estadounidense, la médica en más de la mitad.

Pero esos triunfos, eventos dentro de sí mismos, posibles bases para la construcción de un futuro, no fueron suficientes para reparar la destrucción de Donald Trump y su partido. Si bien los Demócratas recuperaron la Cámara de Representantes ocho años después de haber perdido su control, el Senado sigue en manos de los Republicanos, quienes se afianzaron en puestos clave en las regiones rurales de Estados Unidos.

Porque si algo quedó marcado esta noche es la división entre esas dos visiones del país, la rural y la urbana. Ocasio–Cortez, Polis, la nueva ola Demócrata puede obtener los votos que quiera en sus bastiones, pero en una elección presidencial eso sirve de poco. El diseño institucional y electoral de Estados Unidos funciona con base en el colegio electoral, por lo cual las comunidades rurales, cada vez más pequeñas, mantienen una influencia vital en la elección de su presidente. Es por eso que Donald Trump ganó en 2016 a pesar de obtener casi menos de tres millones de votos que Hillary Clinton. Es por eso que los demócratas, a pesar de aumentar su votación casi 9% en esta elección no tradujeron ese aumento en más curules. La diferencia entre ambas zonas es cada vez más pronunciada, pero su efecto electoral sigue siendo pequeño.

Los Demócratas podrán darle batalla a Trump durante estos dos años desde la trinchera legislativa, eso no se cuestiona. Podrán obligarlo a presentar sus declaraciones de impuestos, podrán incluso iniciarle un juicio político. Sin embargo, no dieron un golpe lo suficientemente fuerte como para poner en peligro su reelección. Por qué, porque no tienen un candidato a dos años de la próxima elección, ni han comenzado a ungirlo. Porque no tienen un líder para la batalla. Porque los valores progresistas que enarbolan funcionan para un tipo de elector, no para todo el país. Y porque les falta un mensaje claro para 2020, más allá de plantarle cara a un presidente que ha sido lo peor que le ha pasado a Estados Unidos y quizás al mundo –pues Estados Unidos sigue siendo el imperio dominante, aunque no por mucho tiempo más–. A casi la mitad del país eso le tiene, en el mejor de los casos, sin cuidado. En el peor, hasta felicidad le causa. Para esa mitad Donald Trump ha sido, por ponerlo en términos de uno de sus grupos más importantes de apoyo, los evangélicos, una bendición. Los protege de un mundo que todo el tiempo amenaza con dejarlos atrás, en el olvido.

Dice el dicho que después de la Guerra Civil Estados Unidos cambió su nombre de plural a singular para señalar la unión del país; paso de ser Los Estados Unidos a Estados Unidos. Hoy, en 2018, ha regresado a esos tiempos de antaño. Los Estados Unidos son dos mitades, no un entero.

* * *

¿Y para los mexicanos, qué significa esta interminable lucha política estadounidense? En el largo plazo es difícil saberlo. En el corto el efecto será que rumbo a 2020 veremos a un Donald Trump todavía más ansioso y agresivo en general, que utilizará a nuestro país como válvula de escape y como imán de votos. No por nada convirtió a  la caravana migrante en el foco de la campaña durante las tres últimas semanas.

Veremos sus descargas en contra de México, sea a raíz de la migración, de la relación económica, de lo que gustemos y mandemos, pero los ataques se intensificarán. El nuevo gobierno deberá lidiar con ello por lo menos dos años, y deberá aprender a enfrentar la volatilidad del vecino del norte. Porque una consecuencia de los resultados de anoche es que Donald Trump tiene gran oportunidad de ocupar la Oficina Oval hasta por seis años más, por lo que Andrés Manuel López Obrador vivirá su sexenio entero bajo el acecho de su sombra.

 

Esteban Illades
Editor.

 

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