En el siglo III el obispo mártir San Victorino de Petovio afirmaba que Nerón era la bestia del Apocalipsis —y que regresaría. Seguramente estaba equivocado. Pero había razones para que lo pensase. Según la imagen que nos ha llegado, Nerón era frívolo, arbitrario, vanidoso, despótico, cobarde, corrupto y cruel. Así lo retrató Henryk Sienkiewicz en Quo vadis?, siguiendo a los historiadores latinos —de ahí lo toma la cultura popular. Y así lo pintan también las películas en que aparece.

Ilustración: Estelí Meza

No hay por dónde empezar. La vida sexual de Nerón es un catálogo de horrores: maltrató a sus tres esposas, vestido de mujer escenificó su matrimonio con el liberto Doríforo, mandó castrar a sus amantes, violentó a mujeres casadas y mantuvo relaciones incestuosas con su madre, Agripina. Era cruel: mandó matar a Agripina, a su hermanastro Británico, a su primera esposa, Octavia, a su hijastro Rufrio Crispino, mató a golpes a su segunda esposa, Popea Sabina, a la que quería mucho, y ordenó a Séneca que se suicidase —eso sin contar a los senadores, a los patricios que hizo asesinar. También ordenó el incendio de Roma, y la persecución y el martirio de los cristianos.

A pesar de todo, lo que resulta más escandaloso de Nerón es su frivolidad. Por lo visto, nada le preocupaba más que la música: tocar la lira, cantar. Y tenía una necesidad patológica de popularidad. Se presentaba en todos los concursos, y antes de cada actuación sufría ataques de ansiedad que resultan extrañamente conmovedores. Ganaba, y después repartía premios extravagantes entre los jueces, el público, y la población entera del lugar en que había actuado. Para que lo acompañase en sus presentaciones, contrató un pequeño ejército de 5,000 jóvenes atléticos, experimentados en diferentes clases de aplausos (los que se llamaban zumbidos, tejas y ladrillos). La imagen que lo condensa todo es la de Nerón tocando la lira, cantando mientras arde Roma.

Es el retrato de la maldad: perfecta, sin resquicios. A menos que uno quiera buscarlos. Algunas de las acusaciones más dramáticas son por lo menos dudosas. Según Tácito, no se sabe si el incendio de Roma fue por desgracia o por maldad de Nerón —“porque los autores lo cuentan de las dos formas”. En cuanto a la relación incestuosa con Agripina, Suetonio tiene claro que no es verdad; dice que “deseó tener trato carnal con su madre” pero que le disuadieron los enemigos de Agripina, que no querían que tuviese más influencia todavía.

Pero hay algo un poco más incómodo. En su discurso sobre la belleza, medio siglo después de muerto Nerón, dice Dión de Prusa que “muchos de sus súbditos lo añoraban”, y dice que lo odiaban los eunucos de la corte, pero que “por lo que se refiere a sus restantes súbditos, nada le hubiera impedido seguir en el poder durante todo el tiempo que hubiera querido, como lo demuestra el hecho de que aún ahora todos desearían que estuviese vivo, y la mayoría hasta lo cree…”. Muchos lo añoraban, todos desearían que estuviese vivo. No cuadra con la imagen del monstruo que nos hemos hecho. Algo no está del todo bien. Al convertirse en César, Aulo Vitelio hizo oficiar sacrificios funerarios en honor a Nerón, para indicar que lo tomaba como ejemplo.

Es más confuso todavía. A continuación, Dión dice que “Nerón ha muerto no una sino muchas veces, en compañía de los que creían firmemente que estaba vivo”. Adquiere con eso otro brillo el último apunte en el texto de Suetonio: “veinte años más tarde, durante mi adolescencia, surgió un personaje de condición incierta que pretendía ser Nerón, su nombre halló tanto favor entre los partos, que lo apoyaron con todas sus fuerzas y sólo a duras penas nos lo entregaron”. Ésa sería una de las muchas muertes de Nerón. Si se busca, emergen otras. En el año 69 apareció en Grecia un personaje que decía ser Nerón, y que encabezó una revuelta en la isla de Kythnos. Alrededor del año 80, en la provincia de Asia, surgió un segundo Nerón, que dirigió una expedición hacia el Éufrates. Y alrededor del año 90, en medio de los disturbios políticos de los tiempos de Domiciano, apareció un tercer Nerón, esta vez entre los partos, en Anatolia —éste es el que menciona Suetonio.

Varios personajes históricos han tenido un destino parecido, muy pocos en la antigüedad. Por algún motivo encarnan un haz de esperanzas de tal naturaleza que la gente se rehúsa a creer en su muerte, y espera secretamente su regreso: son héroes, en el sentido clásico.

Si se mira la parte menos llamativa de la biografía de Nerón, resulta que eliminó muchos impuestos, redujo otros, e hizo más transparente la recaudación; pagó la reforma de las casas de Roma para que tuviesen un pórtico que hiciera más fácil combatir los incendios; ofreció espectáculos de todas clases: combates de gladiadores, carreras, concursos, teatro; para alimentar al pueblo repartía todos los días hasta mil aves, varias cargas de trigo, también monedas de oro y plata; dio una nueva regulación a la vida urbana en Roma; nunca intentó expandir el imperio.

Sin duda, persiguió a los cristianos, “una clase de personas, dice Suetonio, que profesa una superstición nueva y perniciosa”. Y los cristianos sí tenían motivos para odiarlo. Alguien descubrió que el valor numérico de las letras hebreas para escribir Nerón César era o podía ser 666.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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