Durante muchos años cuando se hablaba de transiciones políticas se entendía que éstas eran del autoritarismo a la democracia. No más. En América Latina ya hay un caso reciente de tránsito de la democracia a la autocracia: Venezuela. Sin embargo, entendemos de manera muy imperfecta el fenómeno de la “autocratización”. ¿Cómo mueren las democracias?1 Una serie de libros ha empezado a plantearse seriamente esta pregunta. Sabemos que en tiempos recientes no mueren de infartos masivos y fulminantes, sino más bien perecen de consunción. Lo que les ocurre no es la muerte súbita sino un lento tránsito hacia la autocracia. Las transiciones hacia el autoritarismo son analíticamente diferentes a los quiebres democráticos que han ocurrido en el mundo. Una ruptura del orden democrático es claramente reconocible como tal. Por ejemplo, la democracia murió de golpe cuando en septiembre de 1973 Augusto Pinochet derrocó por la vía armada al gobierno electo de Salvador Allende en Chile. Pero las democracias no siempre caen abatidas por las balas. Como señalan Levitsky y Ziblatt: “desde el  fin de la Guerra Fría la mayoría de los quiebres democráticos no han sido provocados por generales y soldados sino por los propios gobiernos electos. Como Chávez en Venezuela, líderes electos han subvertido las instituciones democráticas en Georgia, Hungría, Nicaragua, Perú, Filipinas, Polonia, Rusia, Sri Lanka, Turquía y Ucrania”. Irónicamente, la democracia empieza a morir en las urnas. La compatibilidad entre el liberalismo y la democracia, aun en países con una larga tradición democrática, como Estados Unidos, empieza a estar en duda.2

Ilustración: Belén García Monroy

La erosión democrática empieza de manera gradual y modesta. Se trata de pequeños pasos, aparentemente inconexos e inocuos, que no desafían abiertamente el consenso liberal y que son ejecutados de manera democrática. Hay varias razones que explican el éxito de esta estrategia. La primera es que debido a la naturaleza acumulativa de las vulneraciones no es probable que se produzca una reacción de protesta a gran escala. Después de todo, estas acciones son realizadas en muchos casos por gobiernos con una enorme legitimidad democrática. Para la oposición, que no quiere aparecer obstruccionista, el camino natural parecería ser trazar una raya en el piso, un umbral que, de ser transgredido, indique con toda claridad que ha ocurrido un quiebre del orden constitucional. Esta violación serviría como un catalizador de la energía social. Por ejemplo, un cambio constitucional al principio de no reelección presidencial o a la independencia del Poder Judicial o de los órganos autónomos. El problema es que a menudo la estrategia de los autócratas es precisamente no cruzar dicho umbral sino hasta el final del largo proceso acumulativo de cambio político. Así, cuando ya es evidente que se ha abandonado la orilla de la democracia —como en Venezuela en 2017— es demasiado tarde para revertir el proceso. Esta estrategia de transformación gradual de una democracia en una autocracia es notablemente eficaz. Por ello ha sido seguida por muchos líderes políticos en el mundo. Permite que gobiernos antiliberales presenten a los críticos como obstruccionistas frívolos, cuando no como paranoicos. Y si las medidas son populares hay un manto democrático que las protege de la censura. Por ejemplo, escasas voces de protesta se levantan cuando un congreso estatal elimina controles y salvaguardas para que un gobierno pueda ejecutar obras públicas prometidas en campaña. De esta forma se allana el camino a la arbitrariedad. Hay muchas cosas que una democracia puede hacer democráticamente para suicidarse.

La oposición se encuentra, pues, ante un dilema. Puede esperar a que el gobierno cruce un umbral prestablecido para tratar de catalizar la energía de protesta o bien puede combatir los pequeños avances incrementales que erosionarán en el mediano plazo a la democracia liberal. Esta última estrategia también tiene riesgos, pues el efecto acumulativo de dichos cambios no es evidente. La oposición seguramente sería criticada de sobrerreaccionar. Ven moros con tranchetes, dirán. Es muy probable que la oposición combata algunas políticas populares. Ciertamente, defender a la burocracia federal, a los empleados de confianza, no le granjeará simpatizantes a ningún partido de oposición. Ningún líder quiere defender causas impopulares. Sin embargo, la miopía es un peligro muy serio. Lo es particularmente cuando la oposición se enfrenta a un esfuerzo muy bien coordinado de construcción de hegemonía. En algunos campos este proyecto es más evidente que en otros. Es inevitable: una transformación como la prometida por el nuevo régimen no puede limitarse a los recursos y métodos ordinarios de un gobierno que apenas dura seis años y que después puede ceder su lugar a otro de ideas completamente contrarias. El cambio de largo plazo necesita de una continuidad ajena a la política democrática ordinaria. Todas las transformaciones que han precedido a la “cuarta” fueron movimientos violentos, que rompieron por la fuerza el orden establecido. Y ninguna de ellas se ciñó a ningún calendario electoral. Es una responsabilidad de la oposición pugnar porque cualquier transformación ocurra dentro de la órbita de la democracia liberal.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Steven Levistsky y Daniel Ziblatt, How Democracies Die, New York, Crown, 2018.

2 Yascha Mounk, The People vs. Democracy, Cambridge, Harvard University Press, 2018.

 

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