Goran Petrovic, el escritor serbio, cuenta que en 1967, cuando él tenía apenas seis años, lo llevaron a un centro vacacional para los trabajadores del Ministerio del Interior, encargados por supuesto de la seguridad nacional. Escribe: “los niños podían escoger entre ‘ser eternizados’ en trajes de vaqueros, de indios o de mexicanos”. “Ser eternizados” significaba sacarse una foto disfrazados. Él escogió vestirse de mexicano. “México tenía fama gracias a los cantantes montenegrinos Slavko Perovic y Nikola Karovic” que nada me dicen. Pero también por el mariscal Tito “quien gustaba de ese tipo de música y… también fotografiarse con sombrero mexicano aun vistiendo esmoquin”. Así que Goran Petrovic vistió el traje de charro y dice que resultó un “acontecimiento increíble” (Diferencias, traducción de Dubravka Suznjevic, Sexto Piso, 2006).

México en Yugoslavia, un país que dramáticamente, luego de una cruenta guerra a inicios de los noventa, saltó en pedazos para dar paso a seis repúblicas. Pero que, en efecto, en aquellos años, sus gobiernos habían estrechado lazos. Tengo ahí, guardada y casi intocada, la Historia Gráfica de la Revolución Mexicana de los hermanos Casasola, publicada originalmente en 1971 por la editorial Trillas, y recuerdo que en ella hay fotos de las visitas recíprocas de Tito a México y de López Mateos a Yugoslavia. Eso, porque según esa versión la Revolución seguía viva hasta 1970 por lo menos. Voy a verla y en el tomo nueve se encuentran los diligentes testimonios.

Ilustración: Jonathan Rosas

El 24 de marzo de 1963 el presidente mexicano inició una gira por Europa que lo llevó a Francia y luego a Yugos-lavia. Lo recibió el mariscal, y entre las actividades reportadas se encuentran las siguientes: López Mateos depositó una ofrenda floral en el mausoleo del soldado desconocido, asistió a una recepción en su honor en el Palacio Federal, por supuesto conversaron ambos jefes de Estado, visitó la fábrica de motores y tractores Rakovitza mientras las esposas de ambos mandatarios asistían al Hospital de Rehabilitación Infantil, recibió la condecoración de la Gran Estrella Yugoslava y en reciprocidad (así dice la nota) le otorgó al mariscal Tito el Gran Collar del Águila Azteca, plantó un árbol en un parque, visitó una galería de pintura, comió en una fortaleza, firmó una declaración conjunta y fue despedido rumbo a Polonia, Holanda y Alemania. Las fotos resultan elocuentes: Tito y López Mateos, de abrigo, pasan revista a la tropa; pasean por las calles de Belgrado en un auto descubierto recibiendo las ovaciones del pueblo (así lo dice el libro); ambos mandatarios y sus respectivas esposas, de vestido largo, posan sonrientes; y nuestro presidente se ve encabezando una pequeña comitiva para depositar el arreglo floral en la tumba del ya mencionado Soldado Desconocido.

Luego Tito vendría a México. Llegó a Mérida el 3 de octubre y lo recibió Jaime Torres Bodet que lo llevó a ver las ruinas de Uxmal y después volaron a la Ciudad de México. Él y su señora se alojaron en Los Pinos y como es de rigor Tito y López Mateos conversaron. Pero además el mariscal rindió honores a los héroes de la Independencia, fue declarado huésped de honor de la Ciudad de México por el regente Ernesto P. Uruchurtu (hay foto), asistió a una cena-musical en el Castillo de Chapultepec, visitó la Ciudad Universitaria y la Unidad Independencia, asistió a una fiesta charra y a una corrida de toros en la Plaza México (también hay foto), lo llevaron a Teotihuacán y al Palacio de Bellas Artes a “deleitarse” con un festival folklórico. Y por supuesto ambos gobernantes firmaron una declaración conjunta. Luego Tito fue a Guadalajara y Acapulco, al parecer, a descansar.

Creo que esos viajes fueron los que pusieron la mesa para que un año después, en 1964, el Partizán de Belgrado viniera al estadio de Ciudad Universitaria a jugar un hexagonal. Le ganó al Necaxa y al Sao Paulo de Brasil, perdió con el América y el Guadalajara y empató con el Moskva, equipo ruso. Pero lo más memorable es que uno de sus jugadores, cuando se enfrentaban al Sao Paulo, se colgó del travesaño y lo partió. Por supuesto el partido tuvo que ser suspendido hasta que se colocara otro madero. Pero el acontecimiento no es fácil que se repita. Tengo memoria de aquellas gestas, aunque tuve que ir a Wikipedia para no mentirles a ustedes.

Pues bien, si para mí las primeras referencias de Yugoslavia son las antes mencionadas, creo que para Goran Petrovic, que es nueve años más joven que yo (nació en 1961), esas mismas imágenes quizá sean las que explican por qué un niño de seis años en Vrnjacka Banja optó por vestirse con un traje de charro para ser fotografiado y de esa manera petrificar una experiencia feliz. Digo, por si estaban preocupados.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

 

2 comentarios en “¡Qué extraño es todo!

  1. Estimado Maese, todos los que nacimos en los 50 (y muchos de nuestros articulistas a menudo dan muestra de ello), nos acordamos de esas y muchas otras cosas: Le íbamos al Necaxa; nos hicieron aprender el himno francés cuando nos visitó Charles del Gaulle; estábamos al pendiente de “Combate” en la TV; nos burlábamos de GDO, diciéndole el “hocicón” cuando salía en el noticiero de M. Carpinteiro, y, como si nada, jugábamos cascaritas en la calle. Ahora nos informas de este escritor, que por cierto voy a buscar porque lo desconozco. Pero para los ahora sesentones, creo que no todo es tan extraño, más bien se conecta nostálgica y felizmente de modo impredecible, pero natural. Saludos Maestro Woldenberg.

    Profr. David Cruz V. (Lector, enseñante de profesores, roquero, exultra setentero-redimido

  2. Recuerdo claramente el incidente de la fractura del travesaño. El jugador del Partizán, Mustafá Hasanagic, corría hacia la portería. Mi memoria no me da para tanto, tal vez no alcanzó un pase o no alcanzó a rematar de cabeza y siguió corriendo y, al llegar a la portería saltó y se colgó del larguero, levantando los pies para tocar la red con ellos. En ese momento se quebró el larguero. (Todavía eran de madera.) Cayó de espaldas al suelo y luego se levantó. El juego se suspendió hasta que el personal de mantenimiento trajo un nuevo larguero y, después de quitar los pedazos del roto, clavó el nuevo en su lugar. Me parece recordar que el árbitro expulsó a Hasanagic, aunque no esoty muy seguro. Mustafá era un jugador vivaz y pícaro que destacaba en su equipo. Eran los tiempos en que un musulmán podía jugar en un equipo de Belgrado, cosa que no me parece muy probable en estos tiempos.