El libro Esfuerzos mal recompensados: la elusiva búsqueda de la prosperidad en México tiene el objetivo de explicar el lento crecimiento de la economía mexicana y el estancamiento de su productividad a partir de la estructura por tamaños y tipos de empresa, sus cambios en el tiempo, y los efectos que tienen las políticas impositivas, de seguridad social, las regulaciones del mercado laboral, y las instituciones para hacer cumplir los contratos. Tanto este libro como otros trabajos anteriores de Santiago Levy1 argumentan que la productividad se ha estancado, entre otras causas, debido a una mala asignación de recursos que causa informalidad excesiva y creciente. Lo nuevo en este libro es que esta mala asignación y las políticas que la provocan se consideran el principal obstáculo al crecimiento económico de México. En mi opinión esta tesis no se demuestra y la reseña está organizada en torno a este argumento. Estoy consciente que con ello no hago justicia a la contribución del libro en otros aspectos.

 

Para empezar, conviene detenerse en lo que Levy entiende por informalidad. Para el autor las empresas informales están constituidas, en una definición similar a la de informalidad del INEGI (en contraposición a la definición de sector informal), por empresas que utilizan trabajo asalariado que no está registrado ante la seguridad social contributiva (en violación de la legislación) y por empresas que no utilizan trabajo asalariado y que por utilizar contratos no salariales (como los basados en comisiones u honorarios, o los que involucran familiares no remunerados) se les denomina informales (aunque no estén violando ninguna legislación). En mi opinión, esta definición es confusa. La razón es que falla en distinguir dos nociones de informalidad que tienen causas muy distintas e implicaciones diferentes para la productividad. La primera, presente en la economía del desarrollo desde sus inicios, puede llamarse informalidad primaria y es independiente de las distorsiones y regulaciones en el mercado de trabajo. Existe como resultado de la abundancia de trabajo con relación al capital y la existencia de “tecnologías de subsistencia” que permiten a los trabajadores sobrevivir como autoempleados o en establecimientos con muy baja intensidad de capital. Este tipo de informalidad corresponde más a la definición del INEGI de sector informal que a la de informalidad. La segunda noción, que es la enfatizada por Levy, puede llamarse informalidad secundaria y está constituida por empresas que utilizan trabajo asalariado, eluden las contribuciones a la seguridad social y existe por distorsiones de política y fiscalización imperfecta de las agencias públicas. También incluye empresas que no usan contratos salariales y que sobreviven debido a distorsiones de política, como puede ser un tratamiento fiscal muy favorable a las empresas pequeñas. Estas dos formas de informalidad mencionadas tienen causas e implicaciones distintas para la productividad. Es claro que la informalidad primaria afecta negativamente la productividad agregada, ya que las “tecnologías de subsistencia” son menos productivas que las más intensivas en capital. No obstante, es menos claro de qué manera lo hace la informalidad secundaria.

Ilustraciones: Víctor Solís

Basándose en el análisis de los censos de comercio, servicios y manufacturas, el libro de Levy presenta los siguientes hallazgos sobre la relación entre productividad, tamaño y tipo de empresa:

1. Las empresas formales grandes (contratos salariales legales con más de 50 trabajadores) son las más productivas.
2. Las segundas empresas más productivas son grandes (más de 50) pero informales (contratos salariales ilegales).
3. Las terceras más productivas son empresas medianas formales (contratos salariales legales con 11 a 50 trabajadores), lo que es indicativo de la importancia del tamaño, en relación al carácter formal o informal de la empresa, para la productividad.
4. Las empresas informales y con contratos no salariales de cualquier tamaño son las menos productivas. En su abrumadora mayoría (casi tres millones de establecimientos, 98% del total de empresas informales y legales) estas empresas son muy pequeñas (cinco trabajadores o menos). Ello tiende a confirmar el efecto del tamaño en la productividad.
5. Las diferencias más significativas de productividad son entre empresas que tienen contratos no salariales y todas las demás empresas, no entre empresas formales e informales. Eso se debe seguramente a que las empresas informales grandes y medianas tienen con frecuencia alta productividad.

Estos hallazgos deberían llevar a cuestionar el concepto de informalidad que se está utilizando. La pregunta vital reside en si ¿es menos productiva la empresa informal porque es informal o es informal porque es menos productiva? Las empresas informales son generalmente menos productivas no porque no paguen contribuciones a la seguridad social sino porque generalmente son menores en tamaño, menos intensivas en capital y hacen un menor uso de trabajo asalariado. No veo cómo argumentar que la informalidad causa problemas de productividad, con independencia del tamaño y la intensidad de capital, y, al mismo tiempo, admitir que la productividad de una empresa que pasa de formal a informal no se reduciría.

 

Levy señala, en esencia, que las empresas que operan informalmente pagan (cuando lo hacen) menos impuestos por ser pequeñas y eluden contribuciones a la seguridad social mientras que se benefician de los programas no contributivos. En cambio, las empresas más perjudicadas por el entorno de políticas son las empresas formales grandes que contribuyen a la seguridad social y pagan el impuesto sobre la renta de las empresas. Como resultado de este entorno surgen los siguientes “hechos estilizados”:

1. Se asignan demasiados recursos a empresas con contratos no salariales en relación con empresas con contratos salariales y, entre éstas, a las que violan regulaciones laborales, impositivas y de seguridad social.
2. Se induce la dispersión de la producción en empresas más pequeñas. Y como consecuencia hay demasiados individuos que participan como empresarios y demasiado autoempleo.
3. Se favorece la entrada y supervivencia de empresas de baja productividad y la salida de empresas de alta productividad.
4. La mala asignación creció en las últimas dos décadas.

Hay algunos problemas con estos “hechos estilizados”. El primero está en que los tres primeros son realmente hipótesis no comprobadas. Los recursos excesivos que absorbe la informalidad no necesariamente son resultado de distorsiones de políticas. Por ejemplo, cómo probar que las empresas con contratos no salariales o pequeñas son demasiadas, ¿con respecto a qué situación son demasiadas? Levy señala que la informalidad (al menos “la excesiva”) es resultado de una regulación asimétrica de los contratos laborales y de la fiscalización imperfecta de esos contratos. Pero ¿qué garantiza que la eliminación de esa asimetría elimine o reduzca la informalidad (si no es sólo porque así fue definida para empezar)?

 

Para aclarar este punto consideremos en mayor detalle el prototipo del modelo de economía dual de la economía del desarrollo.2 En este modelo de dos sectores, uno de ellos produce con una tecnología intensiva en capital y el otro con una tecnología de subsistencia que no usa capital en una medida significativa. Lo crucial para la coexistencia de estos dos sectores y, por lo tanto, para la existencia de la informalidad primaria es que el capital disponible en el sector moderno no alcance para emplear a la totalidad de la fuerza de trabajo a un salario igual al producto medio del trabajo que se puede obtener con tecnologías de subsistencia. Esto es así por más perfecta que se quiera que sea la competencia en los mercados de productos y de trabajo y por más ausentes que estén distorsiones asociadas a políticas de seguridad social, de protección laboral o impositiva. Tampoco importa qué tanta sustituibilidad entre trabajo y capital se quiera suponer en la tecnología moderna.

Es en relación a esta situación, en la que sólo habría informalidad primaria, que hay que juzgar el efecto de las distorsiones. Pero esto no es lo que hace el libro. En el análisis de Levy el escaso capital disponible y la existencia de tecnologías de subsistencia no juegan ningún papel. El autor argumenta que la informalidad no puede ser consecuencia de la falta de capital porque las empresas informales (legales e ilegales) tienen una participación muy significativa en el capital total invertido (43%). Sin embargo, el capital invertido por empresas informales con cinco o menos trabajadores se limita a menos de 15% y las informales con 10 o menos representan el 17% del capital total. Es decir, la enorme masa de empresas pequeñas e informales no cuenta mucho en el capital total. Esto importa por varias razones.

Primero, porque el problema de productividad se deriva no tanto de las empresas informales e ilegales grandes y medianas que, como hemos visto, tienen niveles de productividad relativamente altos, sino del exceso de trabajadores por cuenta propia y microempresas con muy baja densidad de capital (asociados con la informalidad primaria). Segundo, porque esta informalidad primaria es esencial para responder la pregunta crucial (vinculada al hecho 3) de “¿qué hace que la empresa menos productiva sobreviva?” o bien, ¿qué hace que sobreviva el vendedor de periódicos de la calle o el puesto de periódicos y revistas de la esquina en lugar de ser absorbidos por la venta de periódicos en Sanborns? La respuesta tiene todo que ver con la escasez relativa de capital en la economía, pues eso es lo que impide emplear a la totalidad de la fuerza de trabajo en actividades (intensivas en capital) de alta productividad. Eso y la existencia de “tecnologías de subsistencia” que permiten a los trabajadores “hacer las mismas cosas” que en el sector formal empleando muy poco capital.

Lo mismo se aplica a la supervivencia de empresas capitalistas informales. ¿Qué pasaría si no sobrevivieran? Los trabajadores empleados en ellas quedarían desempleados o entrarían a la informalidad primaria reduciendo así la productividad agregada. Levy argumentaría seguramente que no, que serían absorbidos por las empresas formales más productivas. También se podría contestar que, al reducirse las distorsiones, las informales se verían obligadas a formalizarse y a pagar en particular contribuciones a la seguridad social. ¿Por qué, en este caso, se volverían más productivas? La eliminación de las distorsiones no garantiza que los trabajadores previamente informales quedarán empleados como trabajadores formales, a menos que la disminución de las distorsiones favorezca la acumulación de capital en las empresas formales y ello mitigue la escasez relativa de capital.

La distribución por establecimientos en Estados Unidos y México, a la que hace referencia Levy para ilustrar el peso de la informalidad en México y la resultante dispersión de productividades, confirma la idea de que el pequeño acervo de capital favorece la existencia de un sector informal. En Estados Unidos no hay prácticamente sector informal porque con las dotaciones de capital y trabajo de la economía casi toda la fuerza de trabajo se encuentra empleada en un sector formal de alta productividad con salarios superiores a lo que los trabajadores podrían obtener con tecnologías de subsistencia. Al no haber sector informal la dispersión de productividades es necesariamente mucho menor que en un país como México.

En cambio, la estructura comparativa de empresas manufactureras en México no parece favorecer la tesis de que esta estructura está condicionada fuertemente por las distorsiones de política. De hecho, México tiene una participación en el empleo de empresas muy grandes (más de 250 empleados) que es, aunque inferior a la de Estados Unidos, superior a la de varios países de la OCDE y una participación de empresas pequeñas (menos de 10 empleados) comparable a la de Italia y Portugal.3

 

En la medida en que una mala asignación de recursos conduce a una excesiva informalidad, falta ver si hay más factores por considerar. Por lo pronto, ya hemos mencionado el problema del capital disponible y la existencia de tecnologías de subsistencia.

En primera instancia vale señalar que en varios análisis4 se ha mostrado que un tipo de cambio real alto (un peso depreciado) mejora los precios relativos y las tasas de rentabilidad en las manufacturas y otros bienes comerciables por lo que la inversión va de los no comerciables (comercio y servicios) hacia los comerciables (manufacturas). Ello sugiere que la sobrevaluación crónica del tipo de cambio real en el periodo analizado por Levy debe haber aumentado la informalidad, pues está asociada a un crecimiento de los sectores de comercio y servicios (con relativamente alta informalidad) mayor que el del manufacturero (con informalidad relativamente baja). ¿Si los precios relativos entre comerciables y no comerciables son importantes por qué no incluir la política cambiaria en el entorno relevante de políticas?

¿Y por qué no incluir en el entorno relevante la inversión en infraestructura? La discusión en el capítulo 1 del libro ¿Cómo salir de la trampa del lento crecimiento y alta desigualdad?5 muestra, contrastando la situación del sur con el resto del país, que hay vínculos claros entre disponibilidad de infraestructura y distribución y productividad de las empresas. La pobreza de la infraestructura eleva los costos y reduce el acceso de las empresas industriales a los mercados, afectando adversamente a la productividad en presencia de economías de escala y sesgando la distribución hacia las microempresas. Levy descarta el rol de la infraestructura argumentando que ésta afecta a todos los tipos de empresa por igual. Este argumento es peculiar e intrigante, más allá de que se ve contradicho por la experiencia del sur recién mencionada, pues el efecto negativo de la falta de infraestructura en la productividad no se vería disminuido por el hecho de que todas las empresas se vieran igualmente afectadas. Además, Levy argumenta que si la infraestructura fuera importante la Ciudad de México debería tener mucho menos informalidad de la que tiene por su buen acceso a infraestructura. Ello no es el caso, pero Levy no se percata de que la razón es precisamente (y en conformidad con la importancia de la informalidad primaria) que la dotación de capital por trabajador en la Ciudad de México es menor que el promedio del país como lo muestran las cifras citadas en el libro (véase cuadro 3.10, p. 103) y, además, que la composición por sectores económicos está sesgada hacia el comercio y los servicios donde prevalecen relativamente altos índices de informalidad (debido a que las tecnologías de subsistencia están más difundidas en esos sectores). Ello contribuye a un sesgo comparativo hacia la informalidad que probablemente la disponibilidad de infraestructura tiende a contrarrestar, dejando la informalidad a un nivel medio.

 

La argumentación de Levy contiene dos partes. Una se refiere a que muchas empresas poco productivas nacen y sobreviven y muchas de las más productivas no logran crecer y con frecuencia desaparecen (esta es la dinámica empresarial disfuncional que Levy atribuye al entorno de políticas). Esta parte del argumento es el que hemos discutido hasta ahora. Una segunda parte es descartar otros posibles candidatos para explicar el estancamiento de la productividad y en ello estoy de acuerdo con casi todas sus críticas, ya que he seguido una línea de argumentación muy similar en mi libro de 2013.6 Las tesis criticadas por Levy son que el capital humano ha sido una restricción al crecimiento de la productividad (capítulo 6), que la falta de competencia en sectores clave de la economía como telecomunicaciones y energía es el principal problema, y la de que éste es en realidad que las instituciones funcionan mal (capítulo 9).

Finalmente, descarta dos explicaciones, en mi opinión, equivocadamente. Una explicación se basa en la insuficiencia de inversiones en infraestructura que ya hemos comentado más arriba. La otra tiene que ver con el papel de una baja tasa de inversión en capital fijo. Sobre esto, Levy argumenta que esta explicación es inconsistente con dos hechos estilizados: 1) la tasa de inversión aumentó gradualmente mientras que la productividad total de los factores se estancaba; 2) muchas inversiones se hicieron en empresas de baja productividad mientras que las empresas de alta productividad no lograron atraer más capital. Concluye que una mayor tasa de inversión podría elevar la tasa de crecimiento del producto, pero no la de la productividad como lo demuestra que no lo ha hecho hasta ahora.

En realidad, en el periodo analizado por Levy, aunque la inversión como porcentaje del PIB aumentó levemente, la tasa de acumulación de capital (la tasa de crecimiento del acervo neto de capital) no lo hizo. Esta tasa pasó de 3% anual en 1998-2003, a 3.2% en 2003-2008, y luego a 2.6% en 2008-2013 (véase la serie de acervo neto de capital a precios de 2013 en KLEMS). Más importante aún es que un poco más de perspectiva histórica presenta un panorama muy distinto al sugerido por Levy. Los datos existentes (aunque no se puede poner la mano en el fuego por ellos) muestran que, durante las décadas de rápido crecimiento entre 1950 y 1980 hubo una disminución paulatina de la informalidad en México (incluyendo la informalidad rural). Es cuando el crecimiento se detiene en los años ochenta, con los ajustes a la crisis de la deuda, que empieza a aumentar la informalidad y cae la productividad total de los factores. De los noventa en adelante la informalidad persiste (o aumenta según como se le mida) y la productividad se recupera muy lentamente y luego se estanca. En suma, la productividad se estanca precisamente en el periodo en que la tasa de acumulación de capital se desploma. Por esa razón, la caída de la tasa de acumulación de capital a menos de la mitad en el periodo después de 1980 me parece el factor más importante para explicar por qué la economía mexicana y la productividad se estancaron en las tres últimas décadas. Ello simplemente porque las distorsiones adicionales en la política tributaria y de seguridad social introducidas después del 2000 no pueden dar cuenta del estancamiento entre 1980 y 2000. Y tampoco lo pueden hacer las distorsiones ancestrales que resultan en gravar el trabajo formal vía programas contributivos pues éstos existen desde principios de los años 1940.

 

Esta reseña se ha enfocado a evaluar la explicación que presenta el libro de Levy sobre el lento crecimiento de la economía mexicana. Por lo demás, el libro es una contribución mayor al análisis de la organización industrial de México y de la relación entre productividad y distribución por tipo y tamaño de las empresas. Pero, como lo señala, un objetivo explícito es explicar el lento crecimiento: “Este libro sostiene que las actuales políticas tributarias, de seguridad social y de protección laboral son defectuosas, que constituyen el principal motivo por el que el crecimiento es lento y que un cambio de políticas es necesario”. Y, por las razones expuestas, me parece que ese objetivo no se cumple.

Y una razón muy importante de por qué ese objetivo no se cumple es que la explicación del estancamiento de la productividad se centra en las causas de la informalidad secundaria cuyas implicaciones para la productividad agregada son mucho menos importantes que las de la informalidad primaria, que existiría en ausencia de las distorsiones y entorno de políticas considerados en el análisis de Levy.

Lo anterior no significa que no puede haber ganancias de productividad derivadas de una mejor asignación de los recursos como consecuencia de la eliminación de las distorsiones y que varias de las políticas y reformas propuestas por Levy no deban ser parte de la agenda para la recuperación de un alto crecimiento en México.7 Pero no creo que éstas sean la parte más importante de esa agenda. Esa parte más importante desafortunadamente pasa desapercibida en el análisis de Levy.8

 

Jaime Ros
Economista. Catedrático de la Facultad de Economía de la UNAM.

Agradezco los comentarios de Carlos Ibarra, Luis Monroy Gómez-Franco, Juan Carlos Moreno-Brid e Ismael Valverde a una versión anterior de este ensayo.


1 Levy, S., Good Intentions, Bad Outcomes: Social Policy, Informality and Economic Growth in Mexico, Washington D. C., Brookings Institution Press, 2008; Busso, M., M. V. Fazio y S. Levy, “(In)Formal and (Un) Productive: The Productivity Costs of Excessive Informality in Mexico”, documento de trabajo del BID, núm. 341, Washington D. C., Banco Interamericano de Desarrollo, 2012; Antón, A., F. Hernández y S. Levy, The End of Informality in Mexico? Fiscal Reform for Universal Social Insurance, Washington D. C., Banco Interamericano de Desarrollo, 2012.

2 Para una exposición detallada del modelo de Lewis y otros clásicos de la economía del desarrollo, véase Ros, J., Development Theory and the Economics of Growth, Michigan University Press, 2000, y Ros, J., Rethinking Economic Development, Growth and Institutions, Oxford UP, 2013. Ahí encontrará el lector una justificación más amplia de que el tipo de informalidad considerado por estos autores es compatible con la competencia perfecta en los mercados de trabajo y de productos, como lo asevero más adelante.

3 Véase la gráfica 1.4 del Estudio Económico de México de la OCDE, mayo de 2013.

4 Véase, por ejemplo, el examen empírico publicado en Ibarra, C. A. y J. Ros, “Profitability and capital accumulation in Mexico: a first look at tradables and non-tradables basado en KLEMS, International Review of Applied Economics, de próxima publicación.

5 Ros, J., ¿Cómo salir de la trampa del lento crecimiento y alta desigualdad?, México, El Colegio de México-UNAM, 2015.

6 Ros, J., Algunas tesis equivocadas sobre el estancamiento económico de México, México, El Colegio de México-UNAM, 2013.

7 Véase en particular las reformas mencionadas en el capítulo final, p. 310.

8 Para una discusión de esta agenda, véase Ros, J., ¿Cómo salir de la trampa del lento crecimiento y alta desigualdad?, México, El Colegio de México-UNAM, 2015.

 

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