Presentamos un pasaje de Collages (Cal y arena, traducción de Cristina Rascón), novela de Anaïs Nin, inédita hasta ahora en lengua española

Para R. P.
Para el jardinero verdadero
creador de un mundo
en el cual un libro con humor pudiera florecer.

Viena era la ciudad de las estatuas. Eran tan numerosas como la gente que caminaba sus callejuelas. Se erguían en la cima de las torres más altas, yacían sobre tumbas de piedra, montaban a caballo, se arrodillaban, oraban, peleaban contra animales y guerras, bailaban, bebían vino y leían libros hechos de piedra. Adornaban las cornisas como mascarones de barcos antiguos. Se erguían al centro de las fuentes centelleando con el agua como si justo acabaran de nacer. Se sentaban bajo los árboles en los parques durante el verano y el invierno. Algunas vestían trajes de otras épocas y otras no vestían nada. Hombres, mujeres, niños, reyes, enanos, gárgolas, unicornios, leones, payasos, héroes, sabios, profetas, ángeles, santos y soldados preservaban para Viena una ilusión de eternidad.

De niña, Renata podía verlas desde la ventana de su habitación. De noche, cuando las cortinas blancas de muselina oscilaban como vestidos de novia abombados, las escuchaba susurrar como figuras que hubieran sido petrificadas por un hechizo durante el día y que sólo durante la noche volvían a la vida. Su silencio diurno le enseñó a leer sus labios congelados como se leen los mensajes de los sordomudos. En días lluviosos, de las cuencas de los ojos de granito brotaban lágrimas mezcladas con hollín.

Renata nunca permitía que alguien le contara la historia de las estatuas, o que las identificara. Esto las ubicaría en el pasado. Estaba convencida de que la gente no moría, se tornaba estatua. Eran personas bajo un hechizo y, si era lo suficientemente observadora, ellas mismas le dirían quiénes eran y cómo vivían ahora.

Los ojos de Renata eran verde mar y tumultuosos, como una reducción del propio mar. Cuando parecían a punto de desbordarse de emoción, su risa vibraba como las campanillas de viento y formaba un cuenco de cristal para contener las aguas turquesas como si fuera un acuario, y entonces sus ojos se tornaban escenas de Venecia, canales de reflejos y pizcas de oro nadaban en ellos como góndolas. Su cabello largo y negro era alejado de su rostro gracias a un nudo sobre la cabeza, desde donde caía sobre sus hombros.

Ilustración: Raquel Moreno

El padre de Renata construía telescopios y microscopios, así que por mucho tiempo Renata no supo el tamaño exacto de nada. Sólo había visto las cosas disminuidas o magnificadas.

El padre de Renata la trataba como a una confidente, como a una amiga. La llevaba con él a sus viajes, a la inauguración de sus telescopios o a esquiar. Discutía con ella sobre su madre, como si Renata fuera una mujer adulta, y le explicaba que había sido la constante depresión de su madre lo que a él le había alejado del hogar.

Se deleitaba con la risa de Renata y hubo ocasiones en las que la misma Renata se preguntaba si no estaría riendo por dos personas, riendo por ella pero también por su madre, quien nunca reía. Renata reía hasta cuando tenía ganas de llorar.

A los dieciséis años decidió que quería ser actriz. Se lo informó a su padre mientras éste jugaba ajedrez, esperando que la concentración en el juego neutralizara su reacción. Pero dejó caer al rey y palideció. 

Luego le dijo, muy fría y tranquilamente:

—Pero yo te he observado en tus obras de teatro escolares y no creo que seas una buena actriz. Tan sólo has actuado una exagerada versión de ti misma. Además, eres una niña, no una mujer todavía. Te ves como si te hubieras disfrazado con las ropas de tu madre para un baile de máscaras.

—Pero, padre, ¡tú mismo dijiste una vez que lo que más te gustaba de las actrices era que eran mujeres exageradas! Y ahora usas esta misma frase en contra mía, para emitir un juicio sobre mí.

Renata hablaba vehemente y, mientras lo hacía, su sentido de injusticia se magnificó. Tomó la forma de una larga acusación.

—Tú siempre has amado a las actrices. Pasas todo tu tiempo con ellas. Te vi una noche trabajando en un juguete basado en una interacción de espejos. Pensé que era para mí. Era a mí a quien le gustaba ver a través de los caleidoscopios. Pero se lo diste a una actriz. Una vez no quisiste llevarme al teatro, dijiste que era muy joven, pero llevaste a una chica de mi escuela, y me mostró todas las flores y dulces que le enviaste. Tú sólo quieres mantenerme como una niña por siempre, para que me quede en casa y te conforte.

No hablaba como una niña enojada porque su padre no creía en su talento, sino como una esposa o amante traicionada.

Renata enfureció y su ira fue aumentando hasta notar a su padre cada vez más pálido y tocándose el corazón. Asustada, se contuvo, corrió por la medicina que le había visto tomar, le dio las gotas y se arrodilló a su lado. Le dijo en voz baja: 

—Padre, padre, no te alteres. Sólo estaba fingiendo. Estaba montando un acto para probarte que podría ser buena actriz. ¿Ves? Me creíste, y todo fue una simulación. 

Estas palabras, dichas con suavidad, reanimaron a su padre que sonrió lánguidamente y dijo:

—Eres mucho mejor actriz de lo que pensé. De verdad, me aterraste.

Por el sentimiento de culpa enterró a la actriz. Mucho después descubrió que su padre llevaba ya tiempo enfermo, que a ella se lo ocultaron, y que no fue esta escena la que acarreó los primeros síntomas de un corazón débil.

En toda relación, tarde o temprano, hay una escena de litigio. Acusaciones, contracusaciones, un juicio, un veredicto.

En esta escena con su padre, Renata condenó a la actriz a muerte pensando que su sentimiento de culpa venía de oponerse a su voluntad. Sólo después comprendió que esto no había sido un litigio entre padre e hija.

Por unos momentos había tomado el lugar de su madre y dio voz a acusaciones que su madre nunca pronunció. Su madre se había contentado con amargarse o sollozar. Pero Renata había expresado inconscientemente el breviario para una esposa no amada.

No había sido la rebelión de una hija contra las órdenes de su padre lo que le infundía un sentimiento de culpa, sino el asumir lo que debió haber sido el rol y lugar de su madre en el corazón de su padre.

Y su padre tampoco, ahora lo sabía, había sido lastimado por la rebelión de una hija, sino por la develación de un secreto: no veía a Renata como una hija sino como una mujer, y su insistencia en mantenerla niña era para disimular la compañía de la cual disfrutaba.

Después de este episodio, el padre de Renata buscó un tutor porque por ese tiempo ella se negó a continuar asistiendo a la escuela.

Su padre tenía un hermano que se encerró en su cuarto con un montón de libros, tras rechazar el ir a la escuela. Sólo salía de ahí para comer y renovar su provisión de libros. Después de siete años salió y aprobó sus exámenes de forma brillante y se convirtió en profesor.

Se permitía una apacible forma de demencia que no afectaba sus conocimientos filosóficos y académicos. Insistía en que sus huesos no tenían médula.

El padre de Renata pensó que su hermano sería un buen tutor para ella. Podría enseñarle música, pintura e idiomas. Ayudaría a tenerla en casa, lejos de la influencia de otras jovencitas. Le explicó la obsesión del profesor y le enfatizó claramente que no debía referirse a sus huesos o médula porque encendería dicha obsesión irracional.

Naturalmente, Renata sentía la fuerte tentación de discutir dicho tema tan desconcertante, la demencia de la médula de su tío le interesaba mucho más que cualquier otra cosa que pudiera enseñarle.

Pasó varios días tratando de encontrar cómo introducir con tacto el tema en sus conversaciones. Realizó investigaciones preparatorias en la biblioteca. Descubrió que las aves no tienen médula ósea. Compró un canario para su tío, con voz de coloratura, y dijo:

—¿Sabías que los huesos de las aves no tienen médula?

—Sí —dijo su tío—, los míos tampoco.

—Maravilloso —dijo Renata—. ¡Eso significa que puedes volar!

Su tío estaba impresionado, pero no se pondría a prueba. Por temor a que la joven pudiera urgirle a explorar ese nuevo concepto, nunca volvió a referirse a su discapacidad. Pero antes de adoptar completo silencio al respecto le ofreció una explicación racional.

—Mi madre me contó que se embarazó cuando todavía estaba dándome el pecho. Poco a poco me fui dando cuenta de que este otro niño, mi hermano, había absorbido todo el nutrimento de mí, dejando así mis huesos sin médula.

 

Anaïs Nin
Escritora. Es autora de: Delta de Venus y Ser mujer, entre otros libros.