¿Qué lapsos de tiempo durante el día se toma un escritor o un ensayista para organizar sus ideas, planear, imaginar, inventar, sopesar hechos, mentirse a sí mismo, hurgar en su memoria, etcétera, hasta finalmente dar lugar a unos párrafos, algunas líneas o a un libro entero? ¿En qué posición corporal lo hace? ¿Tirado en la cama, en flor de loto, cuando escribe, colgado de un árbol, mientras come, sube una montaña, o cuando habla con otra persona? Un misterio. Y no entraré a definir qué clase de acción es pensar, pues ello supondría adentrarse en una selva abigarrada de bichos y ruidos extraños. No podría definir si pensar es calcular, imaginar, inferir, hacer relaciones de los hechos y cosas, estimular algunas regiones cerebrales, crear estructuras, administrar emociones e intuiciones, combatir el budismo, pasear o tener miedo.

En ocasiones, cuando estoy tirado en mi camastro como la rama caída de un árbol viejo y me recriminan mi holgazanería, suelo responder: “Estoy trabajando”. Y es verdad, intento llevar a cabo algunas de las acciones descritas líneas atrás. Del cien por ciento de películas que observo en la pantalla mientras me encuentro explayado en la cama sólo pongo verdadera atención a un cinco por ciento, más o menos. Y aun cuando destine atención a la película suelo distraerme y hallarme de pronto en lugares mentales muy lejanos a mi bendito sepulcro. Otro enorme defecto de mi oficio de escritor es que también lo ejerzo cuando hablo con otras personas. Pese a que soy cortés, durante la charla me alejo de la conversación y en tanto hablamos acerca de cierto tema yo me encuentro picando piedra en una prisión lejana e imposible de situar geográficamente. Debido a que casi ninguna conversación me resulta interesante el esfuerzo que realizo para poner atención es de tal magnitud que mi mente explota y aparece en los sitios más extravagantes. No quiero decir que la charla sea inane o mi interlocutor sea aburrido o pacato, simplemente tengo la impresión de haber tenido una conversación semejante a lo largo y ancho de la eternidad.

Ilustración: Sergio Bordón

Si han llegado hasta aquí se habrán dado cuenta de que evito la palabra creación, y la he exiliado a propósito porque tengo la impresión de que cuando uno crea sólo se entrega a un impulso que lo llevará a una casa donde ya lo están esperando. Crear es hacer lo que de todas maneras tiene que ser realizado. Sé que es una visión pesimista, pero estoy tratando de ser honrado, cosa que me resulta cada vez más sencilla: basta con levantar los hombros y recorrer el camino que tiene uno allí enfrente. Sin embargo, me intriga la cuestión de la memoria y el mito, los recuerdos y el pasado. La memoria de un escritor tiene que ser maleable —supongo—, dispersa, mentirosa y algo prostituta. ¿Qué memoria es fiel, excepto aquella que es un cúmulo de traumas, o de mitos dirigidos en una dirección premeditada? Les sugiero leer el libro del filósofo Manuel Cruz, La flecha (sin blanco) de la historia, en el que el autor reúne ensayos dispares alrededor de lo que entendemos por memoria. Dado que no es mi intención hacer una reseña del libro, sólo diré que el filósofo distingue varias clases de memoria y les concede un papel determinado. Hay memorias que se manipulan con el propósito de servir de horizonte ético a una comunidad; otras que se esmeran en ser fundamento y base para actuar correctamente; unas buscan la enseñanza de valores para imponer o alimentar una concepción del bien; algunas sólo son un recuento de traumas que las sociedades almacenan y que definen su comportamiento o concepción del pasado; y así. Aunque las definiciones o rodeos anteriores se orientan más a la memoria de la sociedad, es decir a un fundamento histórico común del que se extrae un sentido ético, vale la pena coincidir con el filósofo catalán en una brillante conclusión: “Si el futuro sin una idea del pasado es inane… podríamos completar el aserto afirmando que el pasado sin una idea de futuro es inerte. Lo que pudo haber sido y no fue, en la medida en que conserve su condición de posible, constituye la materia prima para nuestras acciones y nuestros proyectos…”.

Del libro citado me aprovecho para volver robustecido a la noción que poseo acerca de la memoria de un escritor. Este señor (o señora, viejita o joven) recurre con cierta frecuencia a la memoria de aquello que no pudo ser, o de lo que podría haber sido, y al vagar por los escenarios de lo que no tuvo lugar completa de alguna manera el mundo de las cosas (reales, mentales, alucinaciones, relatos, etcétera…). Por ello, y mucho antes de que los filósofos posmodernos descartaran los valores rotundos e inamovibles de la historia (los metarrelatos, o mitos fundadores e inobjetables de lo que somos, hacemos y pensamos), ya tantos escritores habían dudado de una memoria inerte: la habían desquebrajado, mordido, dispersado, reencontrado, etcétera… y en su “holgazanería” infinita nos habían contado las más diversas historias de lo que podría haber sido, de lo que no podría ser y de un pasado sin historia fija, mecánica o eficazmente productiva. En fin, si me llegan a ver charlando animadamente con otra persona es probable que me encuentre muy lejos de allí: perdido en la memoria.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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